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En un corto, pero interesantísimo ensayo que recoge la revista cibernética Rebelión en su edición del 21 de marzo de 2009, el diplomático venezolano Alfredo Toro Hardy nos lanza una pregunta muy relevante: “¿Se encuentra Estados Unidos volcado hacia el futuro o hacia el pasado?”. Independientemente de que su poder mundial se encuentre o no en un proceso de decadencia, nadie puede negar que  los Estados Unidos son un país fundamental para enfrentar los enormes retos que agobian a la humanidad. La actitud que asuman los norteamericanos ante temas como el calentamiento global, la pobreza o la proliferación de armas nucleares puede resultar determinante porque, inevitablemente, influirá en la posición que asuman otras naciones del planeta. Además, los Estados Unidos se encuentran en un momento muy difícil de su historia, caracterizado por una profunda crisis económica (además, de quiebra moral), cuya solución requerirá que se dejen atrás prácticas e ideas del pasado. En consecuencia, determinar hacia dónde miran los norteamericanos –si al pasado o al futuro– es un asunto fundamental.

Alfredo Toro Hardy

Alfredo Toro Hardy

Toro Hardy es actualmente embajador de Venezuela en España, posición que ha ocupado en países como el Reino Unido, Estados Unidos, Brasil, Chile, Irlanda y Bahamas. También ha representado a Venezuela en la CEPAL y ha servido como  Director del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Toro es autor de dieciséis  libros y co-autor de otros diez en materia de relaciones internacionales. Entre sus obras destacan: Hegemonía e imperio (Bogotá, Villegas Editores, 2007), La guerra en Irak: sus causas, riesgos y consecuencias (Caracas, Editorial Panapo, 2003) y The Age of Villages: The Small Village vs. The Global Village. (Bogotá, Villegas Editores, 2002). Además de su carrera diplomática, Toro Hardy ha destacado como profesor visitante  de varias universidades (Universidad de Princeton y Universidad de Brasilia) y como director del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad Simón Bolívar.

Para responder a la pregunta que le inquieta, Toro desarrolla un valiosísimo análisis de los rasgos de la cultura política e idiosincrasia nacional norteamericana. Su análisis repasa elementos que ya hemos visto en autores ya reseñados, pero también incluye elementos novedosos y un balanceado enfoque crítico que llamó poderosamente mi atención.

El primer tema que toca el autor es el religioso y lo hace de una forma directa, sin ambigüedades: para Toro, los “excesos de religiosidad” convierten a los norteamericanos en “un pueblo más cercano a los fundamentalista del Medio Oriente, que  a sus congéneres de Occidente”. Palabras muy duras, pero sustentadas con hechos: según Toro Hardy, el 39% de los estadounidenses “interpreta literalmente” el contenido de la Biblia, el 46% de los cristianos  (71% de los evangélicos) creen en el Armagedón y el 31% de los norteamericanos cree “en un Dios bravo vengativo que castiga al no creyente”. Para rematar, el autor afirma que sólo uno de cada cuatro estadounidenses cree en la teoría de la selección natural. ¡Pobre Darwin!

De la religión Toro pasa al análisis lo que él identifica como el puritanismo social, es decir,  la tendencia norteamericana a “penalizar, regular, legislar o asignarle  un carácter patológico a las más insignificantes amenazas sociales”. Este un tema que no hemos tratado anteriormente, pues apunta más la esfera doméstica que a las relaciones internacionales de los Estados Unidos.  Herencia del pasado puritano estadounidense, esta noción cultural es la que lleva al 70% de los norteamericanos a respaldar la pena de muerte. Toro Hardy es dolorosamente claro: “Ningún otro país occidental visualiza la retribución a los delitos con igual dureza ni evidencia tal predilección por la pena de muerte”.

La  próxima característica analizada por Toro es una que ya hemos discutido en varias ocasiones, lo que no le resta vital importancia: el excepcionalismo. Los norteamericanos, señala el autor, se consideran un pueblo escogido por Dios, excepcional, moralmente superior. Esto les lleva a vivir lo que Toro identifica como una religión seglar basada en “la convicción de disponer de un modelo societario superior y de constituir la expresión de una historia excepcional en los anales humanos.”  Esta es un pieza clave para entender las historia de los Estados Unidos, pues ha estado presente –conciente o inconcientemente– en la mayoría de las acciones norteamericanas a nivel internacional, desde la guerra hispano-cubano-norteamericana hasta el desastre iraquí.

ToroDel excepcionalismo el autor pasa a un tema de la mitología nacional norteamericana que no habíamos tocada anteriormente: el espíritu de la frontera. La frontera es un concepto fundamental en el desarrollo histórico de los Estados Unidos, que se origina en el momento mismo de la fundación de los primeros asentamientos coloniales ingleses en la costa este a principios del siglo XVII. Citando a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies, Toro aclara que la frontera no era solamente un espacio geográfico, sino también una “expresión de ideas acerca del significado de la historia. Un genuino espacio mítico”. El espíritu de la frontera  responde a la creencia de “ser un pueblo que se ha forjado a sí mismo enfrentando peligros y amenazas”. Los norteamericanos viven con temor a la “hostilidad circundante”, de ahí su necesidad a estar armados a nivel individual y nacional. De los pieles rojas a los talibanes, siempre habido un enemigo que enfrentar, una amenaza que frenar. En otras palabras, los estadounidenses viven en un “paranoia extrema”, pues el peligro no desaparece no importa cuán armados estén los ciudadanos o el país. Ello explica dos cosas: que el derecho a portar armas sea sagrado en la sociedad norteamericana y que en 2007 los norteamericanos poseían 240 millones de armas de fuego.

Toro concluye de forma muy atinada que los Estados Unidos son una sociedad aplastada por la carga del pasado”. La sociedad norteamericana vive con el ropaje de la tradición, la inmovilidad y la rigidez social. En palabras del autor,

“La suya es una cultura de la ‘virtud’ asentada en valores inmanentes definidos por los padres fundadores en la que Dios y la protección divina constituyen referencias cotidianas. Una sociedad proclive a los fundamentalismos por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de ‘misión’”.

Todo ello contrasta con Europa, pues los Estados Unidos son una sociedad joven que “luce aferrada a su pasado”, mientras los europeos no temen “reinventarse y reconfigurarse”. La vieja Europa no le tema a la innovación, a la experimentación ni a los retos, los norteamericanos sí.

Lo curioso y contradictorio, según Toro, es que a nivel de la industria, la ciencia, tecnología, el entretenimiento y la academia, los Estados Unidos son un país vigoroso, no una nación envejecida.

“Así las cosas no encontramos con la curiosa paradoja de un país que a pesar de liderar al mundo en tantos sectores, sigue hablando y pensando de manera extrañamente arcaica. La suya es una incomprensible amalgama entre  factores extremos de tradicionalismo y modernidad”.

Toro Hardy concluye que los Estados Unidos se encuentran simultáneamente a la vanguardia del mundo moderno “y rebelión en contra del mundo moderno”, lo que explica lo complicado que es entender a los estadounidenses.

Concuerdo con la apreciación de Toro y admiro sus capacidad para sintetizar y presentar de forma balanceada y honesta un tema tan importante. Su mirada es muy certera y refleja una observación cuidadosa de la sociedad estadounidense. A pesar de ello, sospecho lo  que deben estar pensando algunos optimistas: la victoria de Barack Obama marcó el triunfo del futuro sobre el pasado, así que para qué perder el tiempo preguntándonos hacía donde van los Estados Unidos. No tan rápido, por favor. Aunque la Casa Blanca la ocupe un afro-americano inteligente y en busca de respuestas para los grandes retos que enfrenta su país, la vocación al pasado de los norteamericanos sigue viva y a la espera de una oportunidad para  sabotear la necesaria transformación de los Estados Unidos. Los patrones culturales y las mentalidades no mueren súbitamente, ni se suicidan. De no ser el caso, cómo explicar entonces la resistencia, por ejemplo, que las propuestas para un  plan médico universal ha generado en diversos sectores de la sociedad norteamericana. Invito a quienes aún no estén convencidos a escuchar los comentarios del  locutor radial y comentarista político conservador Rush Limbaugh. Me atrevo a concluir que la batalla entre el pasado y el futuro continúa, y que su desenlace será crucial para el destino de los Estados Unidos y el mundo.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 31 de marzo de 2009

Que mejor forma de comenzar el año 2009 que reseñando una obra monumental, el libro del historiador brasileño Luiz Alberto Móniz Bandeira, La formación del imperio americano: de la guerra con España a la guerra de Irak (Buenos Aires, Ediciones Norma, 2007, traducción de Miguel Grinberg). Móniz Bandeira (Bahia, 1935) es hijo de una familia de aristócratas brasileños cuyos miembros se han destacado en diversas áreas de las humanidades, la política y la diplomacia. Militante socialista, Móniz salió al destierro tras el golpe militar que acabó con la presidencia de João Goulart. Tras ­­­­­­­­varios años de exilio, Móniz regresó de forma clandestina al Brasil para incorporarse a la lucha contra la dictadura. Sus actividades en contra de la dictadura militar le llevaron a la cárcel. Una vez finalizada la dictadura, Móniz se reincorporó a la vida académica, jugando un papel muy importante en el desarrollo del estudio de las relaciones exteriores en su país. Móniz Bandeira es autor de importantes obras, entre las que destacan Presença dos Estados Unidos no Brasil (1973) Brasil-Estados Unidos: a rivalidade emergente (1989), Conflito e integração na América do Sul: Brasil, Argentina e Estados Unidos (Da Tríplice Aliança ao Mercosul) (2003) y As Relações Perigosas : Brasil-Estados Unidos (De Collor a Lula, 1990-2004) (2004).

Luiz Alberto Móniz Bandeira

Luiz Alberto Móniz Bandeira


La formación del imperio americano: de la guerra con España a la guerra de Irak es una obra monumental no sólo por su extensión de más de 700 páginas, sino también porque su autor busca “describir el mosaico que configuró la formación del Imperio Americano” (17), es decir, el proceso que permitió que la nación norteamericana se convirtiera en una superpotencia en menos de un siglo. Para ello, Móniz se embarca en un análisis detallado y extenso de la historia de los Estados Unidos desde el estallido de la guerra hispano-cubano-norteamericana en 1898 hasta la invasión de Irak en el año 2003. El autor combina de forma magistral el análisis de la política exterior estadounidense y el estudio del desarrollo doméstico de los Estados Unidos, dejando al descubierto la interacción entre ambas esferas en el desarrollo de las prácticas imperialistas norteamericanas.

Móniz realiza un análisis crítico y consistente de la historia norteamericana, dejando claro la naturaleza imperialista de los EEUU y el significado de las acciones del gobierno norteamericano para la humanidad. El resultado es un libro imprescindible para quienes quieran entender la política exterior de los EEUU en un contexto global y visualizar el desarrollo histórico de la humanidad a la sombra de lo que el autor denomina la “formación del imperio americano”.

Dadas sus dimensiones, no creo conveniente hacer una reseña detallada del contenido de este libro, sino mas bien un recuento de los elementos que llamaron mi atención. Uno de ellos es el análisis que hace Móniz de la política exterior norteamericana durante la presidencia de George W. Bush como una expresión del neoconservadurismo estadounidense (cabe recordar que la versión original del libro se publicó en el año 2005, justo al inicio del segundo mandato presidencial de Bush). Móniz elabora una lista de elementos que, según él, caracterizaron la política exterior de la administración Bush (hijo): el unilateralismo, el desprecio por la soberanía de otros países, el militarismo, la prepotencia, la arrogancia, la pretensión de formar el mundo a su imagen y el uso de la democracia como excusa para desatar guerras. Lo que me parece verdaderamente interesante de esta lista no es su contenido, sino que el autor plantee que estas tendencias no son una consecuencia de los eventos del 11 de setiembre de 2001, sino que se remontan “a los orígenes de la fundación de los Estados Unidos”. (30). En otras palabras, Móniz plantea que la administración Bush no se inventó nada al recurrir al militarismo o al unilateralismo como bases de su política exterior. Por el contrario, la administración Bush (hijo) puso en práctica de forma abierta lo que el autor considera tendencias históricas de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. En palabras de Móniz,

“El desprecio por la soberanía de otras Estados, el unilateralismo y el militarismo, que estaban latentes y se manifestaban a veces, se convirtieron en normas oficiales de su política internacional. La prepotencia, la arrogancia y la mentira pasaron a ser la característica de su administración [la de Bush]”. (30)

Tales tendencias forman parte de lo que el autor denomina  el proceso “de perversión de la democracia” (30), producto de la militarización de la economía norteamericana y de la transformación de la guerra y la violencia en políticas nacionales. Móniz ve a los EEUU como una nación históricamente imperialista, agresiva y peligrosa, que ha cometido grandes crímenes en defensa de sus intereses, excusada en la defensa y promoción de la democracia.

A pesar de que comparto buena parte de los argumentos del autor, debo señalar que hay dos asuntos que me preocupan. En primer lugar, el autor explica el desarrollo de las relaciones exteriores de los EEUU desde 1898 desde una óptica económica y estratégica, dejando factores culturales e ideológicos en un plano muy limitado. En pocas ocasiones el autor enfoca las ideas y patrones culturales que están detrás de las acciones norteamericanas (por ejemplo, cuando enfoca el tema del excepcionalismo en la página 27 y cuando señala en la página 575 que las ideas de los neoconservadores “tenían raíces en el pasado”, pero no especifica cuáles). En su análisis del desarrollo imperialista estadounidense, Móniz se concentra en tres factores: el impacto del complejo militar-industrial (la militarización de la economía estadounidense y dependencia en la guerra), el peso de los hidrocarburos (las industrias petroleras) y la promoción de los intereses comerciales (corporaciones) estadounidenses en la política exterior de los EEUU. Según él, estos factores han determinado las acciones norteamericanos desde finales de la segunda guerra mundial. En otras palabras, Moniz considera al Estado norteamericano como una herramienta que los grandes intereses económicos estadounidenses manejan a través de sus vínculos con el liderato político del país.  No niego la importancia de estos factores en el desarrollo del imperialismo norteamericano, pero no puedo dejar de subrayar que al minimizar el peso de los elementos ideológicos y culturales,  Móniz no le hace justicia a los ricos matices ideológicos de la política exterior de los Estados Unidos.

Por otro lado, su nivel de crítica del imperialismo norteamericano es tan intenso, que el autor lanza acusaciones o da como validos planteamientos cuestionables como, por ejemplo, que la explosión del USS Maine fue intencional, que Franklin D. Roosevelt dejó que los japoneses atacaran Pearl Harbor para así tener una excusa para entrar en la segunda guerra mundial o que el gobierno norteamericano no evitó los taques terroristas del 11/9 para poner en práctica el programa del New American Century. No es que víctima de una ingenuidad rampante no crea al gobierno norteamericano capaz de tales acciones, sino que nunca he sido fanático de las teorías conspirativas. Prefiero ver los eventos como producto de procesos históricos, no como resultado de conspiraciones a puertas cerradas.

A pesar de las críticas antes expuestas, considero que esta obra es una aportación importantísima al entendimiento de la naturaleza imperialista de los Estados Unidos. Su lectura es imprescindible para entender la historia del mundo en el llamado siglo americano. Agradezco a Ediciones Norma la traducción al castellano de una obra que, sin lugar a dudas, ayudará a promover el estudio de la historia de los Estados Unidos y del imperialismo norteamericano en el mundo hispano parlante.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

San Juan, Puerto Rico

19 de enero de 2009

El teólogo nortemericano Ira Chernus nos recuerda que la política exterior de los Estados Unidos está construida “sobre unos cimientos profundos de teología cristiana”. Chernus, profesor de estudios religiosos en la Universidad de Colorado (http://spot.colorado.edu/~ chernus/), es un agudo analista  de la política exterior norteamericana y colaborador de  publicaciones  como CommonDreams (www.commondreams.org), TomDispatch (www.tomdispatch.com) y AlterNet   (http://www.alternet.org/).

chernus

Ira Chernus

De acuerdo con Chernus, los neoconservadores norteamericanos secuestraron las ideas de Niebuhr y les transformaron en una visión de mundo: si los impulsos egoístas no son controlados pueden destruir una sociedad, por lo tanto, para preservar el orden social es necesario restaurar el orden moral, y para ello es necesario distinguir y definir el bien del mal. Dado que la religión es el mejor instrumento para “promover absolutos morales y autocontrol”, es necesario, por ende, protegerle del relativismo moral y del humanismo secular que promueven los “impulsos egoístas” que nos llevarán al caos y a la destrucción.

Los neoconservadores estadounidenses no fueron fieles a los conceptos de Niebuhr al aplicarlos a la política internacional, pues al diferenciar entre las naciones y los individuos crearon una jerarquía. En otras palabras, para los neoconservadores no todas las naciones son pecadoras. Al tope de la jerarquía creada por éstos se ecuentran  los EEUU, porque según ellos, las motivaciones nacionales de la nación norteamericana son por naturaleza buenas y puras y, por ende, no están manchadas por el pecado original. El segundo lugar lo ocupan las naciones amigas de los EEUU y los países neutrales. En el fondo de la pirámide se encuentran los enemigos de los norteamericanos cuya incapacidad para el autocontrol les convierte en fuente de inestabilidad y maldad.

Los neoconservadores se aferran a esta visión (Chernus le llama mito) que reduce las relaciones internacionales a una lucha maniquea entre bondad absoluta y maldad absoluta, porque ésta les brinda un “sentido de claridad y certeza moral”. Para los neoconservadores, los norteamericanos están solos en esta lucha contra el mal porque no pueden confiar en el resto del mundo ni en las instituciones internacionales porque éstas son demasiados egoístas (por ende, la única salida es el unilateralismo). El último componente de esta doctrina es la idea de que lo único que los pecadores entienden es la fuerza, por lo que los EEUU deben depender, principalmente, de su poder militar.

Chernus está claro de que este mito no fue creado por los neoconservadores, sino que se origina en los puritanos y su idea del pueblo escogido con Chernus 2privilegios y responsabilidades (traer orden aun mundo caótico y pecador). En otras palabras, la doctrina del pecado original forma parte de una filosofía nacional que explica porque muchos norteamericanos continúan viendo a su país como una especie de héroe mundial con una tarea sagrada y guiado por el deseo desinteresado de servir a la humanidad diseminando la libertad por el mundo.

Este trabajo de Iran Chernus es sin lugar a dudas, un buen punto de partida para enfocar el lado religioso de la política exterior norteamericana no sólo durante los años de la administración Bush (hijo), sino a lo largo de gran parte del siglo XX.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 14 de setiembre de 2008

Nota: todas las traducciones del texto de Chernus son mías.

La edición peruana del Le Monde Diplomatique correspondiente a abril del 2008 recoge un ensayo del analista francés Pierre Conesa titulado “EstadosLemonde Unidos, riesgo para Europa” que llamó poderosamente mi atención. ()Conesa, Director Gerente de la Compagnie Européenne d’Intelligence Stratégique en Paris, se pregunta si la política exterior de los Estados Unidos constituye una amenaza “para la seguridad internacional”. La preocupación del francés es un claro reflejo del impacto de la política exterior de la administración Bush (hijo) sobre la imagen internacional de la nación estadounidense. Según Conesa, nos encontramos en un periodo de transición de un “sistema de unilateralismo militarista” controlado por un superpotencia (los EEUU) a un sistema “multilateralista” de potencias emergentes (Brasil, China, India) y de países con armas nucleares (Corea del Norte, India, Pakistán). Todo ello enmarcado en una espiral de altos precios del petróleo y escasez de alimentos. El autor se pregunta hasta qué punto las acciones unilaterales norteamericanas podrían “tener un papel desestabilizador” en el contexto actual. Mas que nada, este autor está preocupado por el impacto que las acciones norteamericanas podrían tener sobre Europa.

Conesa se embarca en un interesante análisis del objeto de su desvelo –el unilateralismo norteamericano– ubicando su origen en 1991, pero sin especificar cómo ni por qué fue éste implementado ese año. El autor afirma que el unilateralismo estadounidense posee características “únicas” que se “amplificaron” tras los ataques del 11 se setiembre de 2001. En palabras de éste,

“El poder de Washington supera los límites habituales asociados a la soberanía clásica y se extiende al conjunto del planeta. Este unilateralismo es el de una potencia sin igual, que justifica su identidad con un “particularismo sacralizado” o un “mesianismo democrático radical”.”

Conesa

Piere Conesa

Tal unilateralismo mesiánico posee unos rasgos particulares. Primero, “el poder de rechazar las reglas de seguridad comunes,” como el convenio contra las minas personales. Segundo, el poder de decidir quién es “el enemigo” e imponerlo a la comunidad internacional, por ejemplo, la lucha contra el terrorismo. Tercero, “el poder de actuar militarmente por propia cuenta” gracias a su vasta superioridad militar. Cuarto, “el derecho que uno se otorga a sí mismo de volver a dibujar el mapa del mundo”. A estos cuatro factores Conesa añade un quinto y muy importante elemento: el excepcionalismo como filosofía nacional. En este punto el análisis de Conesa es claro y contundente:

“El individualismo, el moralismo y el excepcionalismo que impregnan tanto a las elites como a la opinión pública explican el sentimiento consensual de que nadie tiene derecho a cuestionar la pureza de sus intenciones. Ni la precisión de sus definiciones del Bien y del Mal. El deslizamiento estratégico de Washington desde la disuasión –una doctrina de preservación de la paz que funcionó durante toda la guerra fría– a la prevención, que es una lógica de desencadenamiento de la guerra, encuentra su origen en el excepcionalismo estadounidense. Éste postula que la seguridad del país no debe depender de nadie y que podría justificar por sí sola un ataque preventivo. El ataque directo y homicida sobre el territorio estadounidense del 11 de septiembre consolidó este tipo de “postulado””.

El respaldo incondicional a Israel, un gasto militar que es la suma del resto de los presupuestos militares del mundo y la predilección por el uso de la fuerza militar completan el cuadro que perturba a Conesa y le lleva a preguntarse, ¿son los Estados Unidos un riesgo para Europa?

¿Hubiese sido posible este planteamiento hace diez años? Creo que no, y no porque entonces no hubiese quien pensase que los Estados Unidos eran una amenaza, sino porque entonces la política exterior norteamericana se mantenía dentro de unos márgenes internacionales que la administración Bush (hijo) decidió transgredir. Al hacer eso, cayó un telón muy fino que reveló una imagen de la nación norteamericana difícil de reconocer para unos, pero muy familiar para otros. Sería bueno preguntar a millones de indochinos, indonesios, iraquíes, iraníes, guatemaltecos, chilenos, angoleños y afganos si los últimos cincuenta años de la política exterior norteamericana –unilateral o no– constituyeron una amenaza para sus vidas.

Me parece muy valido que Conesa mire hacia el futuro, pero yo por formación no puedo dejar de mirar al pasado y preguntarme, ¿desde cuándo la política exterior norteamericana es una amenaza?

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 13 de julio de 2008

Greg Grandin es un historiador norteamericano, profesor de la Universidad de Nueva York y autor de varios libros sobre los efectos de la política exterior norteamericana en América Latina, especialmente, en Centroamérica. (http://history.fas.nyu.edu/object/greggrandin) Su enfo- que crítico y su capacidad de llamar las cosas por su nombre, le convierten, a mí juicio, en uno de los latinoamericanistas norteamericanos más destacados de la actualidad.

Grandin

Greg Grandin

Grandin acaba de publicar un artículo en la página cibernética del American Empire Project que llamó poderosamente mi atención. En su escrito titulado “Losing Latin America What Will the Obama Doctrine Be Like?”, (http://aep.typepad.com/american_empire_project/2008/06/losing-latin-am.html) Grandin analiza las posibles repercusiones de una victoria de Barak Obama sobre las relaciones de los Estados Unidos con América Latina. Aunque sus comentarios sobre este tema me resultaron muy interesantes, debo confesar que lo que más llamó mi atención fueron sus observaciones sobre la doctrina Monroe. Esta famosa doctrina emitida en 1823 por el entonces presidente de los Estados Unidos James Monroe ha sido, desde entonces, la base de la política exterior norteamericana hacia América Latina. Desde Teodoro Roosevelt hasta Ronald Reagan, varios líderes norteamericanos recurrieron a los postulados de ésta para justificar sus desmanes en la región latinoamericana.

Grandin reacciona a los argumentos de un informe preparado por un “task force” del Council on Foreign Reations titulado U.S.-Latin America Relations: A New Direction for a New Reality publicado en mayo de 2008. (http://www.cfr.org/publication/16279/uslatin

_america_relations.html) Este informa analiza el estado actual de las relaciones latinoamericanas y concluye que la era del dominio norteamericano en América Latina ha llegado a su fin. Prueba de ello es que gran parte de la región está gobernada por líderes de centro-izquierda cuya orientación oscila desde el populismo de Chávez hasta el reformismo de Lula. Este liderato rebelde, según el infome, ha buscado distancia de los Estados Unidos cortejando a China y abriendo mercados en Europa. Además, el liderato latinoamericano ha asumido una actitud disidente con relación a la guerra contra el terrorismo, ha puesto trabas a los tratados de libre comercio y ha marginado al Fondo Monetario Internacional. Todo esto lleva a los autores del informe a declarar obsoleta la doctrina Monroe, cosa que Grandin llama a tomar con cuidado.

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James Monroe

De acuerdo con Grandin, esta no es la primera vez que la doctrina Monroe es declarada obsoleta por un grupo de analistas estadounidenses. La crisis que vivieron los Estados Unidos en la década de 1970 provocada por la derrota en Vietnam, la caída del dólar, el escándalo de Watergate, la competencia europea y el aumento en los precios del petróleo generó una revisión de la política exterior estadounidense por parte de los sectores liberales del “establishment” diplomático norteamericano. Éstos propusieron una reorientación de la política exterior norteamericana que incluía el abandono de la doctrina Monroe. Los liberales no fueron los únicos que analizaron la crisis de 1970. La primera generación de neoconservadores y la derecha religiosa también reaccionaron, pero de forma completamente opuesta. Intelectuales conservadores como Jeanne Kirkpatrick enfocaron a América Latina y no dieron por muerta a la doctrina Monroe, sino que la usaron para justificar la política del presidente Reagan con resultados genocidas en Centroamérica.

greg_grandinSegún Grandin, la disyuntiva actual (un claro descenso del poder norteamericano, una América Latina movilizada, un inminente cambio de presidencia en los EEUU y la ruina de la alianza neoconservadora de George W. Bush) podría hacer que políticos norteamericanos voltearan sus ojos hacia el sur. Grandin teme que ello provoque un renacer de la doctrina Monroe cuyas consecuencias estarían por verse.

Comparto la preocupación de Grandin y como él, no doy por muerta la doctrina Monroe. Históricamente, América Latina ha ocupado una posición secundaria y subordinada en la política exterior de los Estados Unidos. Las autoridades estadounidenses sólo han revaluado su visión y relación con la región en momentos de crisis como la segunda guerra mundial y la radicalización de la revolución cubana. Además, no se debe olvidar que tales reenfoques no fueron, necesariamente, beneficiosos para la región. La disyuntiva actual (decadencia norteamericana a nivel doméstico e internacional y altos precios en los hidrocarburos y los alimentos) unida a los inevitables cambios que sufrirá el sistema internacional como consecuencia de la redistribución de fuerzas, los cada vez más evidentes problemas climáticos y la creciente competencia por fuentes de energía y otras materias primas, podrían forzar a los Estados Unidos a volver sus ojos a la región que tradicionalmente han considerado su área de hegemonía natural, lo que haría inevitable un resurgir de la doctrina Monroe como su justificante ideológico.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 3 de julio de 2008

Dramatización narrada por Viggo Mortensen del artículo del historiador Howard Zinn, «Empire or Humanity», relatando cómo llegó al entendimiento de la naturaleza imperialista de los Estados Unidos. http://www.tomdispatch.com/post/174913/howard_zinn_the_end_of_empire_

 

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Morris Berman

Con la traducción y publicación de la conferencia dictada por Morris Berman en la Southern Utah University el 6 de marzo de 2007 titulada Localizar al enemigo: mito versus realidad en la política exterior de los Estados Unidos, la editorial Sextopiso hace una importante aportación al análisis del imperialismo norteamericano. Publicado como un acompañante gratuito de la edición en español del libro El crepúsculo de la cultura americana, también de la autoría de Berman, Localizar al enemigo es un análisis breve y muy bien escrito de las bases ideológicas de la política exterior norteamericana desde el periodo colonial hasta nuestros días. Berman, un historiador y critico social norteamericano (http://morrisberman.blogspot.com/) autor de interesantes e incisivos análisis de la sociedad estadounidense, analiza el desarrollo de lo que él denomina la “identidad negativa” de los Estados Unidos y su impacto histórico. Según él, desde el periodo colonial, los norteamericanos han desarrollado una identidad nacional a partir de lo que no son, siempre rechazando otra cosa, por ejemplo, el Viejo Mundo, la nobleza, etc. El problema con este tipo de identidad, subraya Berman, es que no te permite ver qué realmente eres. Ese precisamente es uno de los problemas fundamentales de la política exterior de los Estados Unidos, pues ésta ha estado basada en la percepción ideologizada que los norteamericanos tienen de sí mismo y no una examen crítico de lo que realmente son.

Esta ideología-religión secular se fundamenta en el rechazo a la disensión camuflado de patriotismo (un americano de verdad no critica a su país y menos en tiempos de guerra); en un fuerte sentido de misión divina, de una necesidad de propagar por el mundo la democracia y las bendiciones de la sociedad norteamericana (de hacer cumplir la voluntad de Dios); en el desarrollo de una identidad nacional que no está basada en un historia común, sino en un compromiso moral y religioso con el país; en una visión maniquea que reduce la realidad a una lucha entre el bien (los Estados Unidos) y el mal (sus opositores); en la idea de una bondad e inocencia innatas que guían las acciones norteamericanas; y en la creencia en la universalidad de los valores y la forma de vida norteamericana (a pesar de lo que puedan decir sus líderes, los pueblos del mundo quieren ser como los estadounidenses).darkages

Originada en el siglo XVII por los puritanos creadores de la idea de ciudad sobre una colina, esta religión secular ha evolucionado a lo largo de la historia norteamericana convirtiendo a los Estados Unidos, según Berman, en una nación peligrosa. Inculcada en los niños desde la escuela primaria, la idea de la excepcionalidad norteamericana ha tenido consecuencias desastrosas, pues ha llevado a los Estados Unidos a perder de vista los colores de espectro luminoso y adoptar una política exterior sin matices y profundamente ideologizada. Según Berman, la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años ha estado basada en la constante búsqueda de un enemigo a quien enfrentar representándole “como una gran fuerza unificada” con la que no se razona, sino se enfrenta, se combate. En palabras de Berman,

“El resultado fue la incapacidad de entender los movimientos nacionalistas, las guerras de liberación o las guerras civiles, porque todo lo que se desviara de nuestra visión del mundo, se definía ahora como malvado. El nacionalismo a menudo se confundió con el comunismo y repentinamente nos hicimos responsables de casi cualquier evento político que tuviera lugar en el planeta, y a todos se les asignaba la misma importancia en términos de nuestra seguridad.” (p. 15)

Este pequeño, pero fascinante escrito, debería ser lectura obligada de todos aquellos que quieran entender los patrones culturales, ideológicos, sicológicos y religiosos con que opera la política exterior de los Estado Unidos.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 4 de mayo de 2008.

Salvo algunas escasas excepciones, la mayoría de los historiadores norteamericanos han enfocado la guerra hispanoamericana desde una perspectiva muy limitada dejando fuera los ricos matices internacionales de este conflicto. En esta perspectiva, la guerra hispanoamericana suele quedar reducida a un conflicto entre los Estados Unidos y España por culpa de Cuba, en el que Puerto Rico y las Filipinas terminaron involucrados casi por cosa del destino. Una interesante excepción a esa tendencia historiográfica es el libro del Juez Juan R. Torruella que la Editorial de la Universidad de Puerto Rico acaba de publicar bajo el título Global Intrigues.

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En su libro, Torruella examina la guerra hispanoamericana desde una perspectiva global analizando el papel que jugaron los países no beligerantes durante el conflicto y cómo esto afectó el desenlace de la guerra. Para ello, el autor se embarca en un interesante análisis de la situación sociopolítica de las principales potencias mundiales a finales del siglo XIX que permite entender las motivaciones de éstas durante la guerra hispanoamericana. La conclusión de Torruella es muy clara: de todas las potencias mundiales decimonónicas, sólo Gran Bretaña consideraba que una victoria de los Estados Unidos sobre España sería favorable a sus intereses geopolíticos –sobre todo en China– y por ello asumió una actitud a favor de sus primos norteamericanos. El resto de las potencias mundiales adoptó una actitud pro-española por considerar que una victoria norteamericana podría afectar negativamente sus intereses comerciales, políticos y estratégicos.

Es necesario aclarar que el autor no limita su análisis a factores geopolíticos, pues reconoce que hubo factores de tipo ideológico, religioso, racial y familiar que determinaron las simpatías de la mayoría de las potencias europeas con la causa española. Por ejemplo, la cercanía entre las familias reinantes en Alemania y España jugó un papel de importancia para entender la actitud anti-norteamericana que asumió el Káiser durante la guerra.

Esta es no sólo es la parte más sólida del libro, sino también la más valiosa, pues el autor brinda un análisis sintético y claro de las dinámicas diplomáticas que sirvieron de contexto internacional a la guerra hispanoamericana. Ello permite sacar el conflicto hispano-norteamericana del estricto contexto americano (Cuba) y ubicarle dentro de la dinámica geopolítica mundial de finales del siglo XIX.

El análisis de Torruella del significado de la guerra a nivel internacional resulta más problemático. Según el autor, la guerra hispanoamericana, y especialmente la adquisición de las Filipinas por los Estados Unidos, alteró el orden mundial, pues colocó a la nación norteamericana en una posición ventajosa con relación al acceso al mercado chino, la principal causa de competencia entre las naciones imperialistas. La presencia norteamericana en las Filipinas obligó, según Torruella, a las naciones imperialistas en pugna por el mercado chino a buscar puertos en China desde donde contrarrestar la ventaja norteamericana, dada la cercanía del archipiélago filipino al territorio continental chino. Este planteamiento olvida que para 1898 las potencias imperialistas poseían una sólida presencia en China con puertos y zonas de influencia bajo su control que la guerra hispanoamericana no afectó ni amenazó. Mas que alterar el orden internacional, me parece más acertado plantear que guerra hispanoamericana confirmó la emergencia de una nueva potencia mundial, los Estados Unidos. Además, cabe preguntarse si no se podría decir lo mismo de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), y con mayor razón, pues ésta no sólo marcó el triunfo de una potencia asiática sobre un imperio europeo, sino que también  provocó transferencias territoriales que tendrían serias repercusiones a largo plazo.  

Otro problema del libro son las fuentes y el manejo que su autor hace de éstas. Primero que nada, me resulta curioso que a pesar de que las Filipinas juegan un papel central en el argumento del autor, la bibliografía que éste maneja sobre las islas es muy reducida y hasta cuestionable. Por ejemplo, gran parte del análisis del autor está basado en la colección de documentos capturados por los norteamericanos a los insurgentes filipinos durante la guerra filipino-norteamericana publicada en 1971 bajo el título The Philippine Insurrection Against the United States. Esta compilación de documentos es, sin lugar a dudas, una fuente importantísima para entender la historia filipina, pero la bibliografía filipina sobre el 1898 es mucho más amplia y rica. Asimismo, la actitud japonesa durante y después de la guerra hispanoamericana ocupa una parte importante de este libro, sin embargo, Torruella maneja una bibliografía también muy reducida sobre este tema. En especial, hecho de menos los trabajos sobre las relaciones japonesas-norteamericanas del prestigioso historiador japonés Akira Iriye y los estudios sobre la actitud japonesa con relación a las Filipinas de la historiadora filipina Lydia N. Yu-Jose.

No puedo terminar sin destacar varios puntos que me resultan muy importantes con relación a este libro. Independientemente de lo controversiales que me pueden resultar algunos de sus argumentos, es indiscutible que el autor hace un excelente trabajo colocando la guerra hispanoamericana en su contexto internacional. El enfoque comparativo del libro es otro acierto de su autor, pues enfrenta de forma directa uno de los problemas tradicionales de la historiografía de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. Además, el autor asume una posición clara con relación a la condición imperial de los Estados Unidos. La política exterior de la actual administración de la Bush, sobre todo, la tragedia iraquí, desató en los Estados Unidos un intenso debate sobre la naturaleza imperial de la nación norteamericana. Este debate no es fenómeno nuevo e inclusive se podría plantear como un fenómeno cíclico en la historia de los Estados Unidos. Torruella entra en este debate reconociendo de forma directa el carácter imperialista de la nación norteamericana y ello me parece digno de ser reconocido. Por otro lado, me resulta refrescante que un historiador puertorriqueño supere el insularismo analizando un tema crucial de nuestra historia desde un perspectiva internacional. Por último, me resulta esperanzador que un historiador puertorriqueño atienda la tan olvidada historia de nuestra metrópoli.

Norberto Barreto-Velázquez, Ph. D.

Reseña publicada por el periódico El Nuevo Día el 10 de febrero de 2008.