Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category
LA CREACIÓN DEL 54 DE MASSACHUSETTS
Posted in Imperialismo norteamericano, tagged 54th of Massachusetts, Abraham Brown, Alex Johnson, American Civil War, Blacks, Charles Douglass, Civil War (US) (1861-65), Emancipation Proclamation, Fort Wagner, Glenn David Brasher, Guerra civil, Historia de Estados Unidos, James Gooding, James Henry Gooding, John Andrew, Lewis Douglass, Robert Gould Shaw, Slavery, William Carney on 14 abril 2013| 2 Comments »
BLACK HISTORY MONTH
Posted in Imperialismo norteamericano, tagged Estados Unidos, Historia de Estados Unidos on 9 febrero 2013| 4 Comments »
En Estados Unidos se dedica el mes de febrero a conmemorar y recordar los eventos históricos y personajes de la comunidad afroamericana. El llamado Black History Month, que se viene celebrando desde la década de 1920, ha servido para reafirmar la identidad de los afroamericanos, subrayando sus aportaciones, recordando los abusos e injusticias a las que fueron sometidos desde que sus ascentros llegaron encadenados de África y celebrando a sus héroes y mártires. La página web de la American Historical Association nos regala una lista de recursos on-line relacionados con el Black History Month. La lista ha sido recopilada por Jessica Pritchard e incluye una impresionante selección de mapas, documentos, biografías, etc. Comparto con ustedes esta lista de recursos. No puedo dejar de preguntarme si una celebración similar sería posible en el Perú. ¿En Puerto Rico?
Norberto Barreto Velázquez, PhD
Lima 9 de febrero de 2013
LINCOLN, EL DEBATE
Posted in Imperialismo norteamericano on 8 febrero 2013| Leave a Comment »
La película Lincoln (2012) de Steven Spielberg ha desatado un intenso debate entre historiadores estadounidenses. Hay quienes cuestionan su enfoque y, sobre todo, su exactitud o precisión histórica. Otros, no han tenido mayor problema con la película. El debate es muy interesante por lo que refleja de la profesión histórica en Estados Unidos y por lo que dice sobre las mitologías nacionales estadounidenses. La History News Network ha hecho una recopilación de algunos de las noticias, artículos y ensayos que han sido parte de este debate. Comparto con ustedes el link a esa lista.
SOUNDTRACKS OF EMPIRE: LAS CANCIONES DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO
Posted in Imperialismo norteamericano, tagged Coon songs, Filipinas, Guerra filipino-norteamericana, Guerra hispanoamericana, Robert W. Rydell, Tin Pan Alley on 25 diciembre 2012| Leave a Comment »
En los primeros meses de este año (2012) leí un ensayo que me pareció fascinante, pero que por diversas razones no pude entonces reseñar. No quiero que terminé el año sin hacerlo. Se trata de “Soundtracks of Empire: “The White Man´s Burden,” the war in the Philippines, the “ideals of America and Tin Pan Alley” de Robert W. Rydell. Publicado en el European Journal of American Studies, “Soundtracks of Empire” examina las canciones que sirvieron de banda sonora a la expansión norteamericana de finales del siglo XIX.
Antes de continuar el análisis de este corto ensayo es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor. Robert W. Rydell es profesor del Departamento de Historia, Filosofía y Estudios Religiosos de la Montana State University y autor uno de los trabajos pioneros en el estudio cultural del imperialismo norteamericano. Me refiero al ya clásico All the World’s a Fair: Visions of Empire at American International Expositions, 1876-1916, publicado en 1984 por la University of Chicago Press. En este libro, Rydell enfoca como las ferias mundiales celebradas en Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX sirvieron de herramientas legitimadoras, tanto del orden racial como del imperialismo estadounidense.
En “Soundtracks of Empire”, Rydell examina las canciones compuestas en Estados Unidos con motivo de la Guerra hispano-cubano-norteamericana por los “songsters” (cantores) del llamado Tin Pan Alley. El autor analiza las obras de compositores como Charles K. Harris (Ma Filipino Babe), J. A. Wallace (Yankee Doodle Dewey) y Edward W. Wickes y Ben Jansen (He Laid Away a Suit of Gray to Wear the Union Blue). Es necesario aclarar que Tin Pan Alley es como era conocida la zona en la ciudad de Nueva York donde estaban ubicados los compositores y productores musicales en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX (Calle 28, entre la 5ta y la 6ta Avenida). Esta zona fue testigo de una impresionante producción musical que marcó el desarrollo de la cultura estadounidense.
De acuerdo con Rydell, los compositores del Tin Pan Alley también jugaron un papel muy importante en el desarrollo del imperialismo estadounidense. Las canciones que éstos crearon con motivo de la guerra con España y en las Filipinas– “canciones imperiales” les llama Rydell– ayudaron a la clase media norteamericana a desarrollar “una conexión emocional e intelectual” con el imperialismo estadounidense. Sin embargo, estas canciones –y sus creadores– mantuvieron una relación más compleja con el expansionismo de finales del siglo XIX, pues aunque no le cuestionaron, sí subrayaron algunas de sus consecuencias “negativas”, especialmente, las raciales. Según Rydell, las canciones imperiales no sólo recogieron lo que él denomina como “the joys of imperial pursuits” (los gozos de la empresa imperial), sino también las ansiedades asociadas al incremento del llamado “problema racial” de la sociedad estadounidense, es decir, la existencia de una minoría negra. En otras palabras, las canciones sirvieron para justificar la guerra con España, pero también reflejaron las inquietudes raciales de la época en reacción a la adquisición de territorios poblados por pueblos no blancos. Las “imperial songs” enviaron un mensaje muy claro: la inferioridad racial de la población de las colonias recién adquiridas les hacía incapaces para el autogobierno y, por ende, para ser incorporados como ciudadanos de la nación estadounidense.
Una parte clave del ensayo de Rydell es su análisis las “Coon songs”. Estas canciones surgieron a finales del siglo XIX y representaban los negros norteamericanos de forma profundamente racista y estereotipada. La palabra “coon”, diminutivo de “raccoon” (mapache), era usada desde el siglo XVIII para referirse a los negros en Estados Unidos. Según el autor, en el siglo XIX, los “blackface minstrels”, trovadores blancos que se pintaban la cara de negro para cantar y bailar, convirtieron la palabra coon en un insulto racista. Rydell aclara que la combinación entre la palabra coon y la música no se dio hasta finales del siglo XIX, dando vida a un nuevo género musical, las “Coon songs”. El responsable de tal hecho fue un cantante afroamericano llamado Ernest Hogan con su canción All Coons Look Alike to Me, que fue publicada en 1896 y vendió millones de copias. No está claro por que Hogan, un negro, escribió esta canción profundamente racista, pero es indiscutible que con ello dio vida a una nuevo género musical y creó oportunidades comerciales para otros compositores afroamericanos. Fue así como las “Coon songs” se convirtieron en un producto comercialmente muy exitoso.
El éxito comercial de la “Coon songs” llamó la atención de los compositores y productores blancos del Tin Pan Alley, quienes usaron sus considerables recursos económicos para saturar el mercado con este tipo de canción. Cuando estalló la guerra con España, los productores musicales adaptaron con gran rapidez e ingenio las “coon songs” con temáticas y letras relacionadas con la guerra con España y la ocupación de las Filipinas, ayudando así a la domesticación del imperio ganado en 1898.
El proceso de producción en masa de canciones imperiales comenzó con el desastre del USS Maine. De acuerdo con el autor, entre 1898 y 1899, fueron compuestas más de 100 canciones sobre la guerra con España. Rydell menciona algunas de ellas: Brave Dewey and his Men, The Charge of the Roosevelt Ride, In Memorian of the Maine, y Teddy Rough and Ready. Estas canciones ayudaron “a hacer héroes de simples mortales y a avivar las llamas de la fiebre belicista y el nacionalismo”.
BRAVE DEWEY AND HIS MEN – E. F. Galvin, 1898
A squadron lay at break of day with enemy in view,
Each boat and tar had sailed afar a glorious deed to do.
American each ship and man, fought that eventful fray!
Twas Dewey’s fleet the foe did meet down at Manila Bay.
Chorus.
Then raise a cheer all earth can hear, and three times three again.
The noblest tars who sail the sea, brave Dewey and his men:
Then raise a cheer, all earth can hear, and three times three again.
The noblest tars who sail the sea, brave Dewey and his men:
A gallant dash, a roar, a crash, our guns spoke faultlessly,
And Dewey brave quick orders gave, which made new history.
At cannon’s mouth our tars did shout. “Avenge the Maine to-day!”
All Spain now weeps, four hundred sleeps down at Manila Bay.-Cho.
The Castile flag, that yellow rag. Has dipped to rise no more.
The stripes and stars, and our loved tars, are masters on the shore.
Those heroes grand throughout the land are idolized to-day:
Our foes are slain, no more of Spain down at Manila Bay.-Cho.
Fuente: http://www.traditionalmusic.co.uk/songster/60-brave-dewey-and-his-men.htm
Además de promover el espíritu bélico, canciones como Fighting side by side the Blue and the Gray de Charles Graham y There’s No North or South Today de Paul Dressler, usaron el conflicto con España para fomentar la reconciliación entre el Norte y el Sur. Estas canciones subrayaban a España como el enemigo común que enfrentaban los antiguos adversarios de la guerra civil norteamericana. En canciones como He Laid Away a Suit of Gray to Wear the Union Blue de Edward M. Wickes y Ben James, los norteamericanos sanaban las heridas de la guerra civil y volvían a ser un solo pueblo unido frente a un enemigo común.
Cuando la euforia nacional de la victoria contra España dio pasó a un intenso debate entre imperialistas y anti-imperialistas, Tin Pan Alley reenfocó la temática de sus canciones hacia el problema racial que significaban los habitantes de las islas recién adquiridas. Rydell examina una de las muestras más importantes de esta tendencia, Ma Filipino Babe (1899) de Charles K. Harris. Según el autor, en esta canción sobre el reencuentro de dos amantes separados por la guerra–un soldado afroamericano y una mujer filipina– Harris invocaba el fantasma del “miscegenation” (el mestizaje) –uno de los grandes temores de la época– e identificaba las semejanzas entre los filipinos (los sujetos coloniales externos, diría yo) y los negros norteamericanos (los sujetos coloniales internos). Aunque no criticaba la guerra, esta canción sí cuestionaba la capacidad de los filipinos para convertirse en ciudadanos estadounidenses al igualarles con los afroamericanos.
MA FILIPINO BABE – Charles K. Harris (1899)
On a war boat from Manila,
Steaming proudly o’er the foam,
There were many sailors’ hearts fill’d with regret;
Gazing backwards at the islands,
Where they’d spent such happy days
Making love to ev’ry pretty girl they met;
When up spoke a colored sailor lad
With bright eyes all aglow,
‘Just take a look at ma gal’s photograph.’
How the white crew laugh’d and chaffed him.
Where shiny face they saw.
But he said: “I love ma Filipino baby.”
Chorus—
She’s ma Filipino baby,
She’s ma treasure and ma pet.
There’s no yaller gal that’s dearer,
Though her face is black as jet
For her lips are sweet as honey,
And her heart is pure I know;
She’s ma pretty blackfaced Filipino baby.
In a little rustic cottage
In the far off Philippines,
Sits a little black-faced maiden all alone,
Waiting for sailor lover;
Though he’s black as black can be,
Yet she loves him and her heart for him does yearn.
Suddenly she hears his dear voice,
As he cries out, ‘Carolin,
I’ve come back to the only gal I love.’
And that night there was a wedding,
All the ship’s crew gathered there.
Fuente: Charles K. Harris, Charles K. Harris’ Complete Songster. Chicago: Frederick J. Drake Co., 1903, 88-90.
Otros compositores vincularon a los filipinos con la alegada lascivia que caracterizaba a los afroamericanos como una táctica para “racializar el discurso imperial uniendo imágenes degradantes de afroamericanos a imágenes de las personas de piel oscura que se encontraban ahora bajo la sombrilla imperial norteamericana”. De esta forma se les recordaba a los estadounidenses que ya existía un problema racial en Estados Unidos que el “imperialismo republicano” buscaba aumentar añadiendo territorios poblados por pueblos racialmente inferiores.
Rydell concluye que como las caricaturas y las fotografías, las canciones imperiales ayudaron –junto a sus coloridas caratulas– a hacer visible y audible el imperio para los norteamericanos, ayudando así a generar un consenso doméstico a favor de la guerra y de la expansión. Sin embargo, éstas también jugaron un papel importante en el debate sobre qué hacer con el producto de tal expansión. Al resaltar la alegada incapacidad racial de los sujetos coloniales para la ciudadanía –es decir, para su incorporación política la Unión– contribuyeron a la representación de las nuevas colonias como “outlying possessions” (posesiones periféricas), “insular possesions” (posesiones insulares) e “incorporated territories” (territorios incorporados), subrayando así su lejanía racial y geográfica. Las canciones imperiales ayudaron a los norteamericanos de clase media a entender el imperialismo en términos raciales y de género, subrayando que los posibles beneficios de éste venían acompañados del peligro de incorporar políticamente (hacer ciudadanos estadounidenses) a pueblos racialmente inferiores. De esta forma ayudaron a crear –junto a otros factores– el escenario para las decisiones de la Corte Supremo en los llamados casos insulares. En 1901, la Corte Suprema norteamericana examinó el estatus político de las recién adquiridas posesiones coloniales de los Estados Unidos a través de una serie de importantes decisiones que pasaron a ser conocidas colectivamente como los casos insulares. En el más importante de éstos, Downes v. Bidwell, la corte decidió que las islas obtenidas en la guerra con España eran territorios no incorporados de la nación norteamericana. Según la corte, las islas pertenecían, pero no eran parte de Estados Unidos. Como los nuevos territorios eran propiedad, pero no parte integral de los Estados Unidos, era el Congreso quien definiría la aplicación de la constitución norteamericana a los habitantes a éstas. En otras palabras, ni los filipinos, ni los puertorriqueños estaban cobijados por la constitución norteamericana y, por ende, el Congreso tenía pleno poder para discriminarles negándoles la ciudadanía o el libre acceso al mercado estadounidense. En el caso de Puerto Rico, tal discriminación se ha extendido hasta nuestros días.
Sólo tengo un crítica para este interesante y valioso ensayo: su autor no deja claro cómo las canciones que analiza ejercieron la influencia que les adjudica. En otras palabras, ¿cómo estas canciones llegaban a los norteamericanos? ¿Qué hacían éstos con ellas? ¿Cuántas de ellas se vendieron? ¿Qué ganancias generaban? ¿En qué medios artísticos se reproducían y por quienes? Rydell está consciente de esta limitación y de ahí que recurra al trabajo de la historiadora norteamericana Kristin L. Hoganson sobre la importancia de la esfera doméstica en el desarrollo del imperialismo norteamericano en los últimos años del siglo XIX y primeros del XIX (Consumers’ Imperium: The Global Production of American Domesticity, 1865-1920. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2007). Sin embargo, Hoganson no le sirve para contestar del todo las preguntas antes planteadas porque ésta se limita a enfocar el papel jugado por las mujeres de clase media transformando sus hogares en “imperial outposts” (puesto de avanzada imperial). No cuestionó la importancia de la esfera doméstica en el proceso de creación de un consenso nacional alrededor del imperialismo, pero considero que ésta no explica del todo la influencia que tuvieron estas canciones. Espero que Rydell enfoque este problema en trabajos futuros.
Debo terminar subrayando que esta crítica no le resta importancia a este ensayo por varias razones. En primer lugar, porque Rydell expande los horizontes del análisis del imperialismo estadounidense al incorporar la música. El autor examina el rol que desempeñó un grupo de compositores en la construcción de un consenso nacional imprescindible para la expansión de finales del siglo XIX. Con ello confirma la importancia de la cultura en el análisis de las prácticas, políticas e instituciones imperiales estadounidenses. Segundo, el autor identifica la relación que existió entre raza y música en el debate nacional que provocó la guerra con España y la adquisición de un imperio insular. Los compositores del Tin pan Alley apoyaron la guerra y a expansión, pero rechazaron en términos profundamente raciales la incorporación política de los pueblos que fueron adquiridos en 1898.
Norberto Barreto Velázquez, PhD
Lima, Perú, 25 de diciembre de 2012
NOTA: todas las traducciones del inglés son mías. Aquellos interesados en el tema analizado por Rydell podrían visitar los siguientes vínculos:
VECINOS EN CONFLICTO: ARGENTINA vs. ESTADOS UNIDOS
Posted in Imperialismo norteamericano, Panamericanismo, tagged Argentina, Conferencias Panamericanas, Estados Unidos, Panamericanismo on 1 diciembre 2012| Leave a Comment »
Acabo de leer un libro que me resultó, además de interesante, muy instructivo. Me refiero a Vecinos en conflicto: Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955). Escrito por Leandro Morgenfeld y publicado en 2011 por Ediciones Continente, Vecinos en conflicto es un estudio concienzudo del desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses desde las últimas décadas del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Morgenfeld no es un autor ajeno a esta bitácora, pues en octubre pasado compartimos sus comentarios sobre el cincuentenario de la Crisis de los misiles. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, Morgenfeld es, sin lugar a dudas, uno de los analistas latinoamericanos de las relaciones interamericanas más destacados en la actualidad.
Este libro, tesis doctoral de su autor, enfoca el desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses a través de un análisis profundo de la interacción entre ambas naciones en las diez conferencias panamericanas realizadas entre 1889 y 1954. Según Morgenfeld, durante gran parte de ese periodo, Argentina saboteó o entorpeció los intentos norteamericanos de usar las conferencias panamericanas como herramienta para adelantar sus intereses económicos y geopolíticos en el hemisferio occidental. Este enfrentamiento argentino-norteamericano estuvo definido por varios factores: el carácter competitivo de las economías argentina y estadounidense, las políticas arancelarias norteamericanas, la orientación europeísta de la Argentina –dada la dependencia de su oligarquía en el mercado británico–, el nacionalismo argentino y las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos.
La extensión y profundidad del análisis de este libro –unidos a la naturaleza de esta bitácora– me obligan a limitar mis comentarios a los puntos más significativos del trabajo de Morgenfeld. Comenzaré con su enfoque teórico.

Leandro Morgenfeld
Morgenfeld parte de una visión materialista histórica en la que las relaciones internacionales se fundamentan en elementos de carácter económico-sociales comprendidos “en el marco de las relaciones políticas, económicas, sociales, estratégicas e ideológicas más generales.” (422) De ahí que afirme que las políticas externas de Argentina y Estados Unidos estuvieron “determinadas por los intereses económicos sociales que defendían las clases dirigentes de sus países”. (424) Morgenfeld, consciente de las limitaciones de este tipo de argumento, plantea que “esto no quiere decir que respondieran mecánica ni automáticamente a las necesidades de las clases dominantes y de los capitales argentinos y estadounidenses, sino que la dirección de dichas políticas podía desplegarse, en el mediano y largo plazo, según los límites que imponían estas necesidades.” (424) El autor reconoce, además, la influencia de otros factores en este proceso: las coyunturas en que se desarrollaron cada una de las conferencias panamericanas, las luchas políticas internas, las disputas de carácter ideológico, los aspectos estratégicos, los aspectos culturales y los individuos (las ambiciones personales de los representantes poíticos y diplomáticos de cada país). En otras palabras, Morgenfeld tiene claro que los factores económicos-sociales no se dan un vacío político, ideológico o cultural. Este es un acercamiento que me parece valioso, ya que resalta la importancia de las clases sociales en el estudio de las relaciones internacionales sin caer en determinismos.

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889
Como parte de su enfoque materialista, el autor se muestra muy preocupado por ubicar las relaciones argentino-estadounidense en el contexto del desarrollo del capital y de las luchas inter-imperialistas. De ahí que preste atención al papel y evolución de Argentina como país dependiente y exportador, y el de Estados Unidos como potencia industrial y financiera ascendente. Esta evolución, y el carácter competitivo de las economías de ambos países, determinó la participación de la delegación argentina en las conferencias panamericanas. En otras palabras, las disputas comerciales causadas por el efecto del proteccionismo estadounidense sobre los productos argentinos fue un factor determinante en la actitud que Argentina asumió frente a las propuestas norteamericanas. Durante el periodo analizado por el autor, los intereses agropecuarios norteamericanos fueron capaces de bloquear o limitar el acceso de los productos argentinos al mercado del vecino del norte, mientras que Argentina importaba cada vez más productos estadounidenses. Los delegados argentinos en las conferencias buscaron, infructuosamente, revertir esta relación asimétrica. Esta situación unida al hecho de que hasta mediados del siglo XX la relación con Estados Unidos era mucho menor que la que los argentinos mantenían con Europa, llevaron a Argentina “a ser quizás el país más escéptico respecto al proyecto panamericano que impulsaba el país del Norte para consolidar su hegemonía en la región”. (428)
Para detener el avance norteamericano en América Latina, Argentina buscó “encolumnar tras de sí a los países latinoamericanos, con desigual éxito, según las coyunturas diversas.” (428) Argentina logró sabotear los planes estadounidenses en la misma Primera Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889. En los primeros años del siglo XX, Argentina mantuvo en jaque a los estadounidenses al cuestionar el intervencionismo norteamericano en el Caribe y América Central. Entre 1914 y 1929,Argentina mantuvo lo que el autor describe como un triángulo económico con Estados Unidos y Gran Bretaña. El vecino norteamericano pasó a ser su principal inversor extranjero mientras se mantuvo una relación comercial especial con los británicos. Durante este periodo el gobierno argentino mantuvo sus críticas contra las intervenciones estadounidenses en América Central y contra el proteccionismo estadounidense. Durante los años de crisis iniciados en 1929, se mantuvo la relación triangular.

Delegados de la Tercera Conferencia Panamericana, Rio de Janeiro, 1906
El principal conflicto en las relaciones argentino-estadounidenses se dio durante la segunda guerra mundial por la negativa de Argentina a romper relaciones diplomáticas con los países del Eje, por lo que quedo fuera del sistema interamericano. El gobierno argentino insistió en mantener su neutralidad por la “fuerza y presión de los sectores nacionalistas, neutralistas y antiestadounidenses.” (429) Gran Bretaña, consciente de que Estados Unidos buscaba desplazarle, fue mucho más tolerante con la neutralidad argentina. Una vez acabado el conflicto mundial, las necesidades geopolíticas de la recién estrenada guerra fría jugaron a favor de la readmisión de Argentina en el sistema interamericano.
En el periodo de la posguerra, Argentina asumió una actitud mucho más cooperativa con Estados Unidos por varias razones. Primero, porque la reciente dependencia en las importaciones estratégicas, préstamos e insumos militares estadounidenses debilitó la capacidad de resistencia argentina. Segundo, porque el fracaso de su proyecto de desarrollo, obligó a Perón a buscar un acercamiento con Estados Unidos, dulcificando las posiciones y actitudes argentinas. Perón buscaba ayuda económica y financiamiento estadounidenses y por ello adoptó una estrategia de negociación. Tercero, porque el poderío e influencia de Estados Unidos hacían más difícil a Argentina enfrentar a su vecino del Norte o influir sobre las demás naciones americanas. A pesar de todo ello, las relaciones bilaterales no siempre fueron buenas, especialmente, por la política “tercermundista” de Perón.
Morgenfeld concluye que la “continuidad que se observa, en los 75 años analizados, es el enfrentamiento o bien la reticencia argentina a seguir las políticas estadounidenses en el continente”. (430) Es necesario subrayar que la actitud argentina frente a las aspiraciones hegemónicas norteamericanas no fue producto de visiones o actitudes anti-imperialistas o latinoamericanistas, sino mas bien consecuencia de la vinculación-dependencia de la oligarquía argentina con Europa. De acuerdo con el autor, Argentina fue incapaz de desarrollar una agenda propia o de promover la integración latinoamericana frente a Estados Unidos por su condición de nación dependiente y la actitud europeísta y racista de su oligarquía.

George Marshall se dirige a la Novena Conferencia Panamericana en Bogotá, 1948
No puedo terminar si hacer un varios cometarios finales. Comenzaré con el tema del panamericanismo, que por razones obvias es uno central en esta obra. Para el autor, el panamericanismo estadounidense respondía a “necesidades geoestratégicas” y económicas. El gobierno estadounidense impulsó el panamericanismo como una herramienta para enfrentar la presencia de otras potencias capitalistas en la región americana y el América del Sur en particular. Es necesario recordar que los europeos –especialmente, los británicos– disfrutaron hasta la primera guerra mundial de una posición dominante en el comercio y las inversiones extranjeras en América del Sur. El panamericanismo respondía, según el autor, a las necesidades de “los grandes exportadores estadounidenses” que querían ampliar sus mercados externos y del interés de los capitalistas financieros de ampliar su presencia en América del Sur. En términos estratégicos, el panamericanismo buscaba “afirmar la unidad –bajo la hegemonía estadounidense– del continente americano, que incluyera formas de resolver los litigios, de llegar acuerdos de paz, de establecer la defensa continental y de repeler potenciales ataques extracontinentales. Era la puesta en práctica, en algún sentido, de la vieja doctrina Monroe.” (423) En conclusión, los estadounidenses usaron el panamericanismo como una herramienta para expansión de su capital y para “horadar” la presencia hegemónica británica en América del Sur.
Uno de los puntos que más me sorprendió de este libro es que su autor identifica la presencia de puertorriqueños como miembros de la delegación estadounidense a dos conferencias panamericanas: la Tercera Conferencia Panamericana (Rio de Janeiro, 1906) y la Octava Conferencia Panamericana (Lima, 1938). A la reunión de Rio acudió Tulio Larrinaga y a la conferencia de Lima Emilio del Toro, Juez Presidente de la Corte Suprema de Puerto Rico. Por razones obvias, Morgenfeld no le presta mayor atención a este punto que también ha pasado inadvertido para la historiografía puertorriqueña. ¿Quién decidió la presencia de estos puertorriqueños en la delegaciones estadounidenses? ¿Qué se buscaba con ello? ¿Qué papel jugaron ambos durante las reuniones panamericanas? Estas son peguntas que, a mi entender, merecen ser atendidas, ya que podrían aportar en el estudio de un tema más amplio: el papel jugado por la colonia más antigua del mundo en la diplomacia latinoamericana de su metrópoli.
Debo también destacar un elemento metodológico: Vecinos en conflictos es el resultado de un impresionante trabajo de investigación en archivos argentinos y estadounidenses. Morgenfeld consultó las fuentes contenidas por el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (AMREC) y por la National Archives and Records Administration (NARA) en Washington D.C.. La combinación y análisis crítico de fuentes argentinas y estadounidenses le imprimen a este libro una gran profundidad y seriedad metodológica.
Para terminar, este libro es una aportación muy valiosa al estudio no sólo de las relaciones argentino-estadounidenses, sino también de las relaciones interamericanas en general. Morgenfeld hace un excelente trabajo analizando la interacción argentino-estadounidense en las conferencias panamericanas en un marco regional amplio. Vecinos en conflicto subraya también la importancia del estudio de Estados Unidos en América Latina. Es por todo ello que me genera gran expectativa la salida del próximo libro de Morgenfeld Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos(Buenos Aires: Capital Intelectual, diciembre 2012), que, además, se da en una coyuntura muy interesante como consecuencia del embargo de la Fragata Libertad y del fallo del Juez Thomas Griesa, ordenándole a Argentina pagar $1450 millones a los fondos buitre.
Norberto Barreto Velázquez, PhD
Lima, 1ro de diciembre de 2012
EL CORTO SIGLO DE HOBSBAWN
Posted in Imperialismo norteamericano on 13 noviembre 2012| 1 Comment »
Invitación de parte de un grupo de estudiantes de la especialidad de Historia de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), el Centro Federado de Estudios Generales Letras y la Unidad Académica de Estudios Generales Letras a un homenaje al maestro Hobsbawn.
Cualquier investigador, estudiante o interesado que ha tenido la intención de conocer más sobre la historia contemporánea ha tenido que recurrir a un libro fundamental: “La Era de los Extremos” o más conocida como “Historia del siglo XX” del historiador británico marxista Eric Hobsbawm. La peculiaridad de este libro es que da una visión general de los procesos históricos del llamado “corto siglo XX”,abarcando los principales acontecimientos tanto sociales, económicos, políticos y culturales. Una obra que nodesestimó en recurrir a un estilo ejemplar y a una prosa pulcra para llegar desde el más conocedor de este siglo hasta a un público general aficionado. La obra de Hobsbawm, para muchos el mejor historiador del siglo XX, es parte de la “tetralogía” sobre la historia del capitalismo en la que se demuestra el espíritu crítico y cuestionador a partir de su convicción política y teórica ligada al marxismo.
La entrada es libre para la comunidad PUCP, aquellos interesados externos sírvanse a inscribirse a través del siguiente enlace: http://ares.pucp.edu.pe/en?accion=IngresarRDU&u=%2Fpucp%2Fprocinsc%2Fpiwinscr%2FpiwinscrPucpQuestionaccion%3DCrearInscDatosPrincipalesPucpAmpersandtipoproceso%3D037PucpAmpersandidentificaproceso%3D526&ol=1&s=cv&oo=1&on=1&os=0&oi=0&t=Conferencia+sobre+Hobsbawm&di=es
El EXPANSIONISMO NORTEAMERICANO, 1783-1898
Posted in Destino Manifiesto, Doctrina Monroe, Excepcionalismo, Guerra filipino-norteamericana, Guerra Mexicano-norteamericana, Hegemonía norteamericana, Imperialismo norteamericano, Misión civilizadora, Navalismo, tagged Batalla de San Jacinto, Colonialismo, Compra de Alaska, Compra de Luisiana, Cuba, Destino manifiesto, El Álamo, Era de los buenos sentimientos, Estados Unidos, Expansión continental, Expansión extra-continental, Expansionismo, Historia de Estados Unidos, John L. O’Sullivan, Liliuokalani, Moses Austin, Ordenanzas del Noroeste, Oregon, Texas, Tratado Adams-Onís, Tratado de Guadalupe Hidalgo on 25 octubre 2012| 106 Comments »
Revisando viejos archivos, encontré este ensayo sobre el expansionismo norteamericano que escribí hace ya varios años por encargo del Departamento de Educación del gobierno de Puerto Rico. Desafortunadamente, el libro de ensayos del que debió formar parte nunca fue publicado. Lo comparto con mis lectores con la esperanza que les sea interesante o útil.
La expansión territorial es una de las características más importantes del desarrollo histórico de los Estados Unidos. En sus primeros cien años de vida la nación norteamericana experimentó un impresionante crecimiento territorial. Las trece colonias originales se expandieron hasta convertirse en un país atrapado por dos océanos. Como veremos, este fue un proceso complejo que se dio a través de la anexión, compra y conquista de nuevos territorios
Es necesario aclarar que la expansión territorial norteamericana fue algo más que un simple proceso de crecimiento territorial, pues estuvo asociada a elementos de tipo cultural, político, ideológico, racial y estratégico. El expansionismo es un elemento vital en la historia de los Estados Unidos, presente desde el mismo momento de la fundación de las primeras colonias británicas en Norte América. Éste fue considerado un elemento esencial en los primeros cien años de historia de los Estados Unidos como nación independiente, ya que se veía no sólo como algo económica y geopolíticamente necesario, sino también como una expresión de la esencia nacional norteamericana.
No debemos olvidar que la fundación de las trece colonias que dieron vida a los Estados Unidos formó parte de un proceso histórico más amplio: la expansión europea de los siglos XVI y XVII. Durante ese periodo las principales naciones de Europa occidental se lanzaron a explorar y conquistar dando forma a vastos imperios en Asia y América. Una de esas naciones fue Inglaterra, metrópoli de las trece colonias norteamericanas. Es por ello que el expansionismo norteamericano puede ser considerado, hasta cierta forma, una extensión del imperialismo inglés.
Los Estados Unidos experimentaron dos tipos de expansión en su historia: la continental y la extra-continental. La primera es la expansión territorial contigua, es decir, en territorios adyacentes a los Estados Unidos. Ésta fue vista como algo natural y justificado pues se ocupaba terreno que se consideraba “vacío” o habitado por pueblos “inferiores”. La llamada expansión extra-continental se dio a finales del siglo XIX y llevó a los norteamericanos a trascender los límites del continente americano para adquirir territorios alejados de los Estados Unidos (Hawai, Guam y Filipinas). Ésta provocó una fuerte oposición y un intenso debate en torno a la naturaleza misma de la nación norteamericana, pues muchos le consideraron contraria a la tradición y las instituciones políticas de los Estados Unidos.
El Tratado de París de 1783
El primer crecimiento territorial de los Estados Unidos se dio en el mismo momento de alcanzar su independencia. En 1783, norteamericanos y británicos llegaron a acuerdo por el cual Gran Bretaña reconoció la independencia de las trece colonias y se fijaron los límites geográficos de la nueva nación. En el Tratado de París las fronteras de la joven república fueron definidas de la siguiente forma: al norte los Grandes Lagos, al oeste el Río Misisipí y al sur el paralelo 31. Con ello la joven república duplicó su territorio.
Los territorios adquiridos en 1783 fueron objeto de polémica, pues surgió la pregunta de qué hacer con ellos. La solución a este problema fue la creación de las Ordenanzas del Noroeste (Northwest Ordinance, 1787). Con ésta ley se creó un sistema de territorios en preparación para convertirse en estados. Los nuevos estados entrarían a la unión norteamericana en igualdad de condiciones y derechos que los trece originales. De esta forma los líderes norteamericanos rechazaron el colonialismo y crearon un mecanismo para la incorporación política de nuevos territorios. Las Ordenanzas del Noroeste sentaron un precedente histórico que no sería roto hasta 1898: todos los territorios adquiridos por los Estados Unidos en su expansión continental serían incorporados como estados de la Unión cuando éstos cumpliesen los requisitos definidos para ello.
La compra de Luisiana
La república estadounidense nace en medio de un periodo muy convulso de la historia de la Humanidad: el periodo de las Revoluciones Atlánticas. Entre 1789 y 1824, el mundo atlántico vivió un etapa de gran violencia e inestabilidad política producida por el estallido de varias revoluciones socio-políticas (Revolución Francesa, Guerras napoleónicas, Revolución Haitiana, Guerras de independencia en Hispanoamérica). Estas revoluciones tuvieron un impacto severo en las relaciones exteriores de los Estados Unidos y en su proceso de expansión territorial.
Para el año 1801 Europa disfrutaba de un raro periodo de paz. Aprovechando esta situación Napoleón Bonaparte obligó a España a cederle a Francia el territorio de Luisiana. Con ello el emperador francés buscaba crear un imperio americano usando como base la colonia francesa de Saint Domingue (Haití). Luisiana era una amplia extensión de tierra al oeste de los Estados Unidos en donde se encuentran ríos muy importantes para la transportación.
Esta transacción preocupó profundamente a los funcionarios del gobierno norteamericano por varias razones. Primero, ésta ponía en peligro del acceso norteamericano al río Misisipí y al puerto y la ciudad de Nueva Orleáns, amenazando así la salida al Golfo de México, y con ello al comercio del oeste norteamericano. Segundo, el control francés de Luisiana cortaba las posibilidades de expansión al Oeste. Tercero, la presencia de una potencia europea agresiva y poderosa como vecino de los Estados Unidos no era un escenario que agradaba al liderato estadounidense. En otras palabras, la adquisición de Luisiana por Napoleón amenazaba las posibilidades de expansión territorial y representaba una seria amenaza a la economía y la seguridad nacional de los Estados Unidos. Por ello no nos debe sorprender que algunos sectores políticos norteamericanos propusieran una guerra para evitar el control napoleónico sobre Luisiana. A pesar de la seriedad de este asunto, el liderato norteamericano optó por una solución diplomática. El presidente Thomas Jefferson ordenó al embajador norteamericano en Francia, Robert Livingston, comprarle Nueva Orleáns a Napoleón. Para sorpresa de Livingston, Napoleón aceptó vender toda la Luisiana porque el reinició de la guerra en Europa y el fracaso francés en Haití frenaron sus sueños de un imperio americano. En 1803, se llegó a un acuerdo por el cual los Estados Unidos adquirieron Luisiana por $15,000,000, lo que constituyó uno de los mejores negocios de bienes raíces de la historia.
La compra de Luisiana representó un problema moral y político para el Presidente Jefferson, pues éste era un defensor de una interpretación estricta de la constitución estadounidense. Jefferson pensaba que la constitución no autorizaba la adquisición de territorios, por lo que la compra de Luisiana podía ser inconstitucional. A pesar de sus reservas constitucionales, el presidente adoptó una posición pragmática y apoyó la compra de Luisiana. Para entender porque Jefferson hizo esto es necesario enfocar su visión de la política exterior y del expansionismo norteamericano. Jefferson era el más claro y ferviente defensor del expansionismo entre los fundadores de la nación norteamericana. Éste tenía un proyecto expansionista muy ambicioso que pretendía lograr de forma pacífica. Según él, los Estados Unidos tenían el deber de ser ejemplo para los pueblos oprimidos expandiendo la libertad por el mundo. De esta forma Jefferson se convirtió en uno de los creadores de la idea de que los Estados Unidos eran una nación predestinada a guiar al mundo a una nueva era por medio del abandono de la razón de estado y la aplicación de las convicciones morales a la política exterior. Esta idea de Jefferson estaba asociada a la distinción entre republicanismo y monarquía. Las monarquías respondían a los intereses de los reyes y las repúblicas como los Estados Unidos a los intereses del pueblo, por ende, las repúblicas eran pacíficas y las monarquías no. Jefferson rechazaba la idea de que las repúblicas debían de permanecer pequeñas para sobrevivir. Éste creía posible la expansión pacífica de los Estados Unidos, es decir, la transformación de la nación norteamericana en un imperio sin sacrificar la libertad y el republicanismo democrático.
Para Jefferson, conservar el carácter agrario del país era imprescindible para salvaguardar la naturaleza republicana de los Estados Unidos, pues era necesario que el país continuara siendo una sociedad de ciudadanos libres e independientes. Sólo a través de la expansión se podía garantizar la abundancia de tierra y, por ende, la subsistencia de las instituciones republicanas norteamericanas. Al apoyar la compra de Luisiana, Jefferson superó sus escrúpulos con relación a la interpretación de la constitución para garantizar su principal razón de estado: la expansión.
La era de los buenos sentimientos
Años de controversias relacionadas a los derechos comerciales de los Estados Unidos culminaron en 1812 con el estallido de una guerra contra Gran Bretaña. El fin de la llamada Guerra de 1812 trajo consigo un periodo de estabilidad y consenso nacional conocido como la Era de los buenos sentimientos. Sin embargo, a nivel internacional la situación de los Estados Unidos era todavía complicada, pues era necesario resolver dos asuntos muy importantes: mejorar las relaciones con Gran Bretaña y definir la frontera sur. La solución de ambos asuntos estuvo relacionada con la expansión territorial.
Mejorar las relaciones con Gran Bretañas tras dos guerras resultó ser una tarea delicada que fue facilitada por realidades económicas: Gran Bretaña era el principal mercado de los Estados Unidos.En 1818, los británicos y norteamericanos resolvieron algunos de sus problemas a través de la negociación. Los reclamos anglo-norteamericanos sobre el territorio de Oregon era uno de ellos. Los británicos tenían una antigua relación con la región gracias a sus intereses en el comercio de pieles en la costa noroeste del Pacífico. Por su parte, los norteamericanos basaban sus reclamos en los viajes del Capitán Robert Gray (1792) y en famosa la expedición de Lewis y Clark (1804-1806). En 1818, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron una ocupación conjunta de Oregon. De acuerdo a ésta, el territorio permanecería abierto por un periodo de diez años.
Una vez resuelto los problemas con Gran Bretaña los norteamericanos se enfocaron en las disputas con España con relación a Florida. El interés norteamericano en la Florida era viejo y basado en necesidades estratégicas: evitar que Florida cayera en manos de una potencia europea. En 1819, España y los Estados Unidos firmaron el Tratado Adams-Onís por el que Florida pasó a ser un territorio norteamericano a cambio de que los Estados Unidos pagaran los reclamos de los residentes de la península hasta un total de $5 millones. La adquisición de Florida también puso fin a los temores de los norteamericanos de un posible ataque por su frontera sur.
La Doctrina Monroe
El fin de la era de las revoluciones atlánticas a principios de la década de 1820 generó nuevas preocupaciones en los Estados Unidos. Los líderes estadounidenses vieron con recelo los acontecimientos en Europa, donde las fuerzas más conservadoras controlaban las principales reinos e imperaba un ambiente represivo y extremadamente reaccionario. El principal temor de los norteamericanos era la posibilidad da una intervención europea para reestablecer el control español en sus excolonias americanas. A los británicos también les preocupaba tal contingencia y tantearon la posibilidad de una alianza con los Estados Unidos. La propuesta británica provocó un gran debate entre los miembros de la administración del presidente James Monroe. El Secretario de Estado John Quincy Adams desconfiaba de los británicos y temía que cualquier compromiso con éstos pudiese limitar las posibilidades de expansión norteamericana. Adams temía la posibilidad de una intervención europea en América, pero estaba seguro que de darse tal intervención Gran Bretaña se opondría de todas maneras para defender sus intereses, sobre todo, comerciales. Por ello concluía que los Estados Unidos no sacarían ningún beneficio aliándose con Gran Bretaña. Para él, la mejor opción para los Estados Unidos era mantenerse actuando solos.
Los argumentos de Adams influyeron la posición del presidente Monroe quien rechazó la alianza con los británicos. El 2 de diciembre de 1823, Monroe leyó un importante mensaje ante el Congreso. Parte del contenido de este mensaje pasaría a ser conocido como la Doctrina Monroe. En su mensaje, Monroe enfatizó la singularidad (“uniqueness”) de los Estados Unidos y definió el llamado principio de la “noncolonization,” es decir, el rechazo norteamericano a la colonización, recolonización y/o transferencia de territorios americanos. Además, Adams estableció una política de exclusión de Europa de los asuntos americanos y definió así las ideas principales de la Doctrina Monroe. Las palabras de Monroe constituyeron una declaración formal de que los Estados Unidos pretendían convertirse en el poder dominante en el hemisferio occidental.
Es necesario aclarar que la Doctrina Monroe fue una fanfarronada porque en 1823 los Estados Unidos no tenían el poderío para hacerla cumplir. Sin embargo, esta doctrina será una de las piedras angulares de la política exterior norteamericana en América Latina hasta finales del siglo XX y una de las bases ideológicas del expansionismo norteamericano.
El Destino Manifiesto
En 1839, el periodista norteamericano John L. O’Sullivan escribió un artículo periodístico justificando la expansión territorial de los Estados Unidos. Según O’Sullivan, los Estados Unidos eran un pueblo escogido por Dios y destinado a expandirse a lo largo de América del Norte. Para O’Sullivan, la expansión no era una opción para los norteamericanos, sino un destino que éstos no podían renunciar ni evitar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. O’Sullivan también creía que los norteamericanos tenían una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores. Las ideas de O’Sullivan no eran nuevas, pero llegaron en un momento de gran agitación nacionalista y expansionista en la historia de los Estados Unidos. Éstas fueron adaptadas bajo una frase que el propio O’Sullivan acuñó, el destino manifiesto, y se convirtieron en la justificación básica del expansionismo norteamericano.
La idea del destino manifiesto estaba enraizada en la visión de los Estados Unidos como una nación excepcional destinada a civilizar a los pueblos atrasados y expandir la libertad por el mundo. Es decir, en una visión mesiánica y mística que veía en la expansión norteamericana la expresión de la voluntad de Dios. Ésta estaba también basada en un concepto claramente racista que dividía a los seres humanos en razas superiores e inferiores. De ahí que se pensara que era deber de las razas superiores “ayudar” a las inferiores. Como miembros de una “raza superior”, la anglosajona, los norteamericanos debían cumplir con su deber y misión.
La anexión de Oregon
Como sabemos, en 1819, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron ocupar de forma conjunta el territorio de Oregon. Ambos países reclamaban ese territorio como suyo y al no poder ponerse de acuerdo optaron por compartirlo. Por los próximos veinte cinco años, miles de colonos norteamericanos emigraron y se establecieron en Oregon estimulados por el gobierno de los Estados Unidos.
Las elecciones presidenciales de 1844 estuvieron dominadas por el tema de la expansión. La candidatura de James K. Polk por los demócratas estuvo basada en la propuesta de “recuperar” Oregon y anexar Texas. Polk era un expansionista realista que presionó a los británicos dando la impresión de ser intransigente y estar dispuesto a una guerra, pero que en el momento apropiado fue capaz de negociar. En 1846, el Presidente Polk solicitó la retirada británica del territorio de Oregon aprovechando que complicada por problemas en su imperio, Gran Bretaña no estaba en condiciones para resistir tal pedido. Tras una negociación se acordó establecer la frontera en el paralelo 49 y todo el territorio al sur de esa frontera pasó a ser parte de los Estados Unidos.
Texas
En 1821, un ciudadano norteamericano llamado Moses Austin fue autorizado por el gobierno mexicano a establecer 300 familias estadounidenses en Texas, que para esa época era un territorio mexicano. La llegada de Austin y su grupo de emigrantes marcó el origen de una colonia norteamericana en Texas. El número de norteamericanos residentes en Texas creció considerablemente hasta alcanzar un total de 20,000 en el año 1830. Las relaciones con el gobierno de México se afectaron negativamente cuando los mexicanos, preocupados por el gran número de norteamericanos residentes en Texas, buscaron reestablecer el control político del territorio. Para ello los mexicanos recurrieron a frenar la emigración de ciudadanos estadounidenses y a limitar el gobierno propio que disfrutaban los texanos (norteamericanos residentes en Texas). Todo ello llevó a los texanos a tomar acciones drásticas. En 1836, éstos se rebelaron contra el gobierno mexicano buscando su independencia. Tras una derrota inicial en la Batalla del Álamo, los texanos derrotaron a los mexicanos en la Batalla de San Jacinto y con ello lograron su independencia.
Después de derrotar a los mexicanos y declararse independientes, los texanos solicitaron se admitiera a Texas como un estado de la unión norteamericana. Este pedido provocó un gran debate en los Estados Unidos, pues no todos los norteamericanos estaban contentos con la idea de que Texas, un territorio esclavista, se convirtiera en un estado de la unión. Los sureños eran los principales defensores de la concesión de la estadidad a Texas, pues sabían que con ello aumentaría la representación de los estados esclavistas en el Congreso (la asamblea legislativa estadounidense). Los norteños se oponían a la concesión de la estadidad a Texas porque no quería fortalecer políticamente a la esclavitud dando vida a un nuevo estado esclavista. Además, algunos norteamericanos estaban temerosos de la posibilidad de un guerra innecesaria con México por causa de Texas, pues creían que el gobierno mexicano no toleraría que los Estados Unidos anexaran su antiguo territorio.
El tema de Texas sacó a flote las complejidades y contradicciones de la expansión norteamericana. La expansión podría traer consigo la semilla de la libertad como alegaban algunos, pero también de la esclavitud y la autodestrucción nacional. Cada nuevo territorio sacaba a relucir la pregunta sobre el futuro de la esclavitud en los Estados Unidos y esto provocaba intensos debates e inclusive la amenaza de la secesión de los estados sureños.
La guerra con México
La elección de Polk como presidente de los Estados Unidos aceleró el proceso de estadidad para Texas. Éste era un ferviente creyente de la idea del destino manifiesto y de la expansión territorial. Durante su campaña presidencial, Polk se comprometió con la anexión de Texas. En 1845, Texas fue no sólo anexada, sino también incorporada como un estado de la Unión. Ello obedeció a tres razones: la necesidad de asegurar la frontera sur, evitar intervenciones extranjeras en Texas y el peligro de una movida texana a favor de Gran Bretaña. Como habían planteado los opositores a la concesión de la estadidad a Texas, México no aceptó la anexión de Texas y rompió sus relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Con la anexión de Texas, los Estados Unidos hicieron suyos los problemas fronterizos que existían entre los texanos y el gobierno de México, lo que eventualmente provocó una guerra con ese país. La superioridad militar de los norteamericanos sobre los mexicanos fue total. Las tropas estadounidenses llegaron inclusive a ocupar la ciudad capital del México.
Las fáciles victorias norteamericanos desataron un gran nacionalismo en los Estados Unidos y llevaron a algunos norteamericanos a favorecer la anexión de todo el territorio mexicano. Los sureños se opusieron a la posible anexión de todo México por razones raciales, pues consideraban a los mexicanos racialmente incapaces de incorporarse a los Estados Unidos. Algunos estados del norte, bajo la influencia de un fuerte sentimiento expansionista, favorecieron la anexión de todo México. Tras grandes debates sólo fue anexado una parte del territorio mexicano.
En el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) que puso fin a la guerra, los Estados Unidos duplicaron su territorio al adquirir los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Utah, y Nevada; México perdió la mitad de su territorio; México reconoció la anexión de Texas y los Estados Unidos acordaron pagarle a México una indemnización de $15 millones. Con ello los Estados Unidos lograron expandirse del océano Atlántico hasta el océano Pacífico. La guerra aumentó del poder de los Estados Unidos, fortaleció la seguridad del país y se abrió posibilidades de comercio con Asia a través de los puertos californianos. Sin embargo, la expansión alcanzada también expuso las debilidades domésticas de los Estados Unidos, exacerbando el debate en torno a la esclavitud en los nuevos territorios, lo que endureció el problema del seccionalismo y llevó a la guerra civil. La victoria sobre México también promovió la expansión en territorios en poder de los amerindios norteamericanos lo que desembocó en las llamadas guerras indias y en la reubicación forzosa de miles de nativos americanos.
Expansionismo y esclavitud
La década de 1850 estuvo caracterizada por un profundo debate en torno al futuro de la esclavitud en los Estados Unidos. Los estados sureños vieron en la expansión territorial un mecanismo para fortalecer la esclavitud incorporando territorios esclavistas a la unión norteamericana. Con ello pretendían alterar el balance político de la nación a su favor creando una mayoría de estados esclavistas. Es necesario señalar que los esfuerzos de los estados sureños fueran bloqueados por el Norte que se oponía a la expansión de la esclavitud.
El principal objetivo de los expansionistas en este periodo fue la isla de Cuba por ser ésta una colonia esclavista de gran importancia económica y estratégica para los Estados Unidos. En 1854, los norteamericanos trataron, sin éxito, de comprarle Cuba a España por $130 millones de dólares. Los Estados Unidos tendrían que esperar más de cuarenta años para conseguir por las armas lo que no lograron por la diplomacia.
La compra de Alaska
En el periodo posterior a la guerra civil la política exterior norteamericana estuvo desorientada, lo que frenó el renacer de las ansias expansionistas. El resurgir del expansionismo estuvo asociado a la figura del Secretario de Estado William H. Seward (1801-1872). Seward era un ferviente expansionista que tenía interés en la creación de un imperio norteamericano que incluyera Canadá, América Latina y Asia. Los planes imperialistas de Seward no pudieron concretarse y éste tuvo que conformarse con la adquisición de Alaska.
Alaska había sido explorada a lo largo de los siglos XVII y XVIII por británicos, franceses, españoles y rusos. Sin embargo, fueron estos últimos quienes iniciaron la colonización del territorio. En 1867, los Estados Unidos y Rusia entraron en conversaciones con relación al futuro de Alaska. Ambos países tenían interés en la compra-venta de Alaska por diferentes razones. Para Seward, la compra de Alaska era necesaria para garantizar la seguridad del noroeste norteamericano y expandir el comercio con Asia. Por sus parte, los rusos necesitaban dinero, Alaska era un carga económica y la colonización del territorio había sido muy difícil. Además, el costo de la defensa de Alaska era prohibitivo para Rusia. En marzo de 1867 se llegó a un acuerdo de compra-venta por $7.2 millones.
El problema de Seward no fue comprar Alaska, sino convencer a los norteamericanos de la necesidad de ello. La compra enfrentó fuerte oposición, pues se consideraba que Alaska era un territorio inservible. De ahí que se le describiera con frases como “Seward´s Folly,” Seward´s Icebox,” o “Polar Bear Garden.” Tras mucho debate, la compra fue eventualmente aceptada y aprobada por el Congreso. Lo que en su momento pareció una locura resultó ser un gran negocio para los Estados Unidos, pues hoy en día Alaska produce el 25% del petróleo de los Estados Unidos y posee el 30% de las reservas de petróleo estadounidenses.
Hawai
Para comienzos de la década de 1840, Hawai se había convertido en una de las paradas más importantes para los barcos norteamericanos en un ruta a China. Esto generó el interés de ciertos sectores de la sociedad norteamericana. Los primeros norteamericanos en establecerse en las islas fueron comerciantes y misioneros. A éstos le siguieron inversionistas interesados en la producción de azúcar. Antes de 1890 el principal objetivo norteameamericano no era la anexión de Hawai, sino prevenir que otra potencia controlara el archipiélago. La actitud norteamericana hacia Hawai cambió gracias a la labor misionera, la creciente importancia de la producción azucarera como consecuencia de la reciprocidad comercial con los Estados Unidos y la importancia estratégica de las islas. El crecimiento de la población no hawaiana (norteamericanos, japoneses y chinos) despertó la preocupación de los locales, quienes se sentían invadidos y temerosos de perder el control de su país ante la creciente influencia de los extranjeros. La muerte en 1891 del rey Kalākaua y el ascenso al trono de su hermana Liliuokalani provocó una fuerte reacción de parte de la comunidad norteamericana en la islas, pues la reina era una líder nacionalista que quería reafirmar la soberanía hawaiana. Los azucareros y misioneros norteamericanos la destronan en 1893 y solicitaron la anexión a los Estados Unidos. Contrario a los esperado por los norteamericanos residentes en Hawai, la estadidad no les fue concedida. Además, el Presidente Grover Cleveland encargó a James Blount investigar lo ocurrido en Hawai. Blount viajó a las islas y redactó un informa muy criticó de las acciones de los norteamericanos en Hawai, concluyendo que a mayoría de los hawaianos favorecían a la monarquía. Cleveland era un anti-imperialista convencido por lo que el informe de Blount lo colocó en un gran dilema: ¿restaurar por la fuerza a la reina o anexar Hawai? Lo controversial de ambas posibles acciones llevó a Cleveland a no hacer nada.
Ante la imposibilidad de la estadidad, los norteamericanos en Hawai optaron por organizar un gobierno republicano. El estallido de la Guerra hispano-cubano-norteamericana en 1898 abrió las puertas a la anexión de Hawai. Noventa y cinco años más tarde el Presidente William J. Clinton firmó una disculpa oficial por el derrocamiento de la reina Liliuokalani.
La expansión extra-continental
Como hemos visto, a lo largo del siglo XIX los norteamericanos se expandieron ocupando territorios contiguos como Luisiana, Texas y California. Sin embargo, para finales del siglo XIX la expansión territorial norteamericana entró en una nueva etapa caracterizada por la adquisición de territorios ubicados fuera de los límites geográficos de América del Norte. La adquisición de Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawai dotó a los Estados Unidos de un imperio insular.
La expansión de finales del siglo XIX difería del expansionismo de años anteriores por varias razones. Primero, los territorios adquiridos no sólo no eran contiguos, sino que algunos de ellos estaban ubicados muy lejos de los Estados Unidos. Segundo, estos territorios tenían una gran concentración poblacional. Por ejemplo, a la llegada de los norteamericanos a Puerto Rico la isla tenía casi un millón de habitantes. Tercero, los territorios estaban habitados por pueblos no blancos con culturas, idiomas y religiones muy diferentes a los Estados Unidos. En las Filipinas los norteamericanos encontraron católicos, musulmanes y cazadores de cabezas. Cuarto, los territorios estaban ubicados en zonas peligrosas o estratégicamente complicadas. Las Filipinas estaban rodeadas de colonias europeas y demasiado cerca de una potencia emergente y agresiva: Japón. Quinto, algunos de esos territorios resistieron violentamente la dominación norteamericana. Los filipinos no aceptaron pacíficamente el dominio norteamericano y se rebelaron. Pacificar las Filipinas les costó a los norteamericanos miles de vidas y millones de dólares. Sexto, contrario a lo que había sido la tradición norteamericana, los nuevos territorios no fueron incorporados, sino que fueron convertidos en colonias de los Estados Unidos. Todos estos factores explican porque algunos historiadores ven en las acciones norteamericanas de finales del siglo XIX un rompimiento con el pasado expansionistas de los Estados Unidos. Sin embargo, para otros historiadores –incluyendo quien escribe– la expansión de 1898 fue un episodio más de un proceso crecimiento imperialista iniciado a fines del siglo XVIII.
Para explicar la expansión extra-continental se han usado varios argumentos. Algunos historiadores han alegado que los norteamericanos se expandieron más allá de sus fronteras geográficas por causas económicas. Según éstos, el desarrollo industrial que vivió el país en las últimas décadas del siglo XIX hizo que los norteamericanos fabricaran más productos de los que podían consumir. Esto provocó excedentes que generaron serios problemas económicos como el desempleo, la inflación, etc. Para superar estos problemas los norteamericanos salieron a buscar nuevos mercados donde vender sus productos y fuentes de materias primas. Esa búsqueda provocó la adquisición de colonias y la expansión extra-continental.
Otros historiadores han favorecidos explicaciones de tipo ideológico. Según éstos, la idea de que la expansión era el destino de los Estados Unidos jugó, junto al sentido de misión, un papel destacado en el expansionismo norteamericanos de finales del siglo XIX. Los norteamericanos tenían un destino que cumplir y nada ni nadie podía detenerlos porque era la expresión de la voluntad divina.
La religión y la raza también ha jugado un papel importante en la explicación de las acciones imperialistas de los Estados Unidos. Según algunos historiadores, los norteamericanos fueron empujados por el afán misionero, es decir, por la idea de que la expansión del cristianismo era la voluntad de Dios. En otras palabras, para muchos norteamericanos la expansión era necesaria para llevar con ella la palabra de Dios a pueblos no cristianos. Como miembros de una raza superior –la anglosajona– los estadounidenses debían cumplir un papel civilizador entre las razas inferiores y para ello era necesaria la expansión extra-continental.
Los factores militares y estratégicos también han jugado un papel de importancia en la explicación del comportamiento imperialista de los norteamericanos. Según algunos historiadores, la necesidad de bases navales para la creciente marina de guerra de los Estados Unidos fue otra causa del expansionismo extra-continental. Éstos apuntan a la figura del Capitán Alfred T. Mahan como una fuerza influyente en el desarrollo del expansionismo extra-continental . En 1890, Mahan publicó un libro titulado The Influence of Sea Power upon History que influyó considerablemente a toda una generación de líderes norteamericanos. En su libro Mahan proponía la construcción de una marina de guerra poderosa que fuera capaz de promover y defender los intereses estratégicos y comerciales de los Estados Unidos. Según Mahan, el crecimiento de la Marina debía estar acompañado de la adquisición de colonias para la construcción de bases navales y carboneras.
Una de las explicaciones más novedosas del porque del expansionismo imperialista recurre al género. Según la historiadora norteamericana Kristin Hoganson, el impulso imperialista era una manifestación de la crisis de la masculinidad norteamericana amenazada por el sufragismo femenino y las nuevas actitudes y posiciones femeninas. En otras palabras, algunos norteamericanos como Teodoro Roosevelt defendieron y promovieron el imperialismo como un mecanismo para reafirmar el dominio masculino sobre la sociedad norteamericana.
La expansión norteamericana de finales del siglo XIX fue un proceso muy complejo y, por ende, difícil de explicar con una sola causa. En otras palabras, es necesario prestar atención a todas las posibles explicaciones del imperialismo norteamericano para poder entenderle.
La Guerra hispano-cubano-norteamericana
En 1898, los Estados Unidos y España pelearon una corta, pero muy importante guerra. La principal causa de la llamada guerra hispanoamericana fue la isla de Cuba. Para finales del siglo XIX, el otrora poderoso imperio español estaba compuesto por las Filipinas, Cuba y Puerto Rico. De éstas la más importante era, sin lugar a dudas, Cuba porque esta isla era la principal productora de azúcar del mundo. La riqueza de Cuba era fundamental para el gobierno español, de ahí que los españoles mantuvieron un estricto control sobre la isla. Sin embargo, este control no pudo evitar el desarrollo de un fuerte sentimiento nacionalista entre los cubanos. Hartos del colonialismo español, en 1895 los cubanos se rebelaron provocando una sangrienta guerra de independencia. Al comienzo de este conflicto el gobierno norteamericano buscó mantenerse neutral, pero el interés histórico en la isla, el desarrollo de la guerra, las inversiones norteamericanas en la isla (unos $50 millones) y la cercanía de Cuba (a sólo 90 millas de la Florida) hicieron imposible que los norteamericanos no intervinieran buscando acabar con la guerra. La situación se agravó cuando el 15 de febrero de 1898 un barco de guerra norteamericano, el USS Maine, anclado en la bahía de la Habana, explotó matando a 266 marinos. La destrucción del Maine generó un gran sentimiento anti-español en los Estados Unidos que obligó al gobierno norteamericano a declararle la guerra a España.
La guerra fue una conflicto corto que los Estados Unidos ganaron con mucha facilidad gracias a su enorme superioridad militar y económica. En el Tratado de París que puso fin a la guerra hispanoamericana, España renunció a Cuba, le cedió Puerto Rico a los norteamericanos como compensación por el costo de la guerra y entregó las Filipinas a los Estados Unidos a cambio $20,000,000. A pesar de lo corto de su duración, esta guerra tuvo consecuencias muy importantes. Primero, la guerra marcó la transformación de los Estados Unidos en una potencia mundial. El poderío que demostraron los norteamericanos al derrotar fácilmente a España dio a entender al resto del mundo que la nación norteamericana se había convertido en un país poderoso al que había que tomar en cuenta y respetar. Segundo, gracias a la guerra los Estados Unidos se convirtieron en una nación con colonias en Asia y el Caribe lo que cambió su situación geopolítica y estratégica. Tercero, la guerra cambió la historia de varios países: España se vio debilitada y en medio de una crisis; Cuba ganó su independencia, pero permaneció bajo la influencia y el control indirecto de los Estados Unidos; las Filipinas no sólo vieron desaparecer la oportunidad de independencia, sino que también fueron controladas por los norteamericanos por medio de una controversial guerra; Puerto Rico pasó a ser una colonia de los Estados Unidos.
Con la expansión extra-continental de finales del siglo XIX se cerró la expansión territorial de los Estados Unidos, pero no su crecimiento imperialista ni su transformación en la potencia dominante del siglo XX.
Norberto Barreto Velázquez, PhD
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