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Archive for the ‘Guerra hispanoamericana’ Category

He tropezado con una interesantísima selección de fotos de la Guerra hispanoamericana procedentes  de la Photographic Collection de la State Library and Archives of Florida. El estado de Florida, y en especial la ciudad de Tampa, jugaron un papel muy importante durante la guerra. Tampa sirvió de base de entrenamiento y operaciones para la campaña del Caribe. En esa ciudad se congregaron miles de soldados y toneladas de equipo bélico para la invasión de Cuba y Puerto Rico. La llegada de unos 30,000 soldados cambió la vida de lo que hasta ese entonces había sido una pequeña ciudad en la costa oriental de la Florida. Estas fotos   nos presentan el lado norteamericano del conflicto, de ahí su gran valor histórico. Espero que las disfruten.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 3 de agosto de 2009

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler,  Capellán Henry A. Brown,  Coronel Leonard Wood, y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt. (later 26th U.S. President).

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler, Capellán Henry A. Brown, Coronel Leonard Wood y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt.

Voluntarios cubanos.

Voluntarios cubanos.

Soldados marchando por la calles de Tampa

Soldados marchando por la calles de Tampa

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Acabo de descubrir la existencia de una organización que agrupa a descendientes de veteranos de la Guerra Hispanoamericana llamada Sons of Spanish American War Veterans. De acuerdo con su página web, esta organización nació en 1927 y congrega no  sólo a veteranos de la guerra con España, sino también de la «insurrección» filipina y de la expedición en contra de los “boxers”.  Organizada en capítulos denominados “camps”, los Sons of the Spanish American War Veterans están presentes en varios estados de la Unión norteamericana: Nueva York, Illinois, Florida, Ohio, Colorado, Carolina del Sur, Pennsylvania, Virgina, Kentucky y California. Además descubrí, que el “Cuba Libre Camp #172” en la Florida posee un blog con información y comentarios sobre el conflicto hispano-cubano-norteamericano que podría resultar de interés y utilidad. Aquí incluyo un corto programa de radio creado por el Cuba Libre Camp #172, que busca dar a conocer y promocionar a los Sons of Spanish American War Veterans.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 31 de julio de 2009

Sons of Spanish American War Veteran’s, Cuba Libre Camp #172

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No suelo comentar noticias, pero ésta es una que llamó poderosamente mi atención. Según Chloé Morrison del Chatanooga Times Free Press (edición del 27 de mayo de 2009),  John Culpepper,  administrador de la ciudad de Chickamauga en el estado de Georgia, busca fortalecer el turismo local  explotando el papel que su ciudad jugó durante la guerra hispano-cubano-norteamericana. Recordada como campo de batalla  de la guerra civil estadounidense, Chickamauga fue también la cede de una importante base militar durante  la guerra contra España.  Según Morrison, Camp Thomas, nombre de la base en cuestión, fue el centro de entrenamiento norteamericano más importante de la guerra hispano-cubano-norteamericana. Unos 70,000 soldados fueron entrenados en Chickamauga antes de ser enviados a Cuba, las Filipinas o Puerto Rico.

us-ga)cmSegún Morrison, el historiador Raymond Evans realizó  un investigación sobre el papel que jugó Chickamauga durante la guerra gracias al apoyo económico de Comisionado del Condado Walker, Bebe Heiskell. El señor comisionado espera que esta “renovación en el interés en la Guerra Hispanoamericana” estimule la economía de la zona a través del desarrollo del turismo patrimonial.

Hay dos cosas que me impresionan de esta noticia. La primera es cómo se maneja el tema de la guerra hispano-cubano-norteamericana. La única referencia a ésta se limita a decirnos que el conflicto ocurrió entre abril y agosto de 1898, y que fue una guerra causada por temas relacionados a la lucha independentista cubana. En otras palabras, esta noticia revela la persistencia de la invisibilidad del imperialismo a nivel público en los Estados Unidos.  No esperaba que Morrison hiciera un profundo análisis crítico del rol de su país en la guerra hispano-cubano-norteamericana, pero me choca que no haya en su escrito el más mínimo intento de recuperar el significado histórico de una guerra que cambió  el destino no sólo de la pequeña ciudad Chickamauga, sino de los Estados Unidos, Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

Lo segundo que me impresiona de esta noticias es como el rol desempeñado por la ciudad Chickamauga  en el desarrollo del imperialismo norteamericano queda escondido tras lo anecdótico. Aunque no se le reconozca como tal, se rescata el pasado imperialista estadounidense, pero no para reflexionar sobre él, sino para convertirle en un souvenir turístico.

Según Morrison, Evans publicará un libro con los resultados de su investigación.  Ojalá este libro brinde a los ciudadanos de Chickamauga una perspectiva crítica que les permita reflexionar sobre el papel que jugó su ciudad en el desarrollo del imperialismo estadounidense.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 27 de mayo de 2009

Nota: LAS TRADUCCIONES DEL INGLÉS SON MÍAS.


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El unilateralismo abierto y franco, el militarismo agresivo y el fuerte tono ideológico de la  política exterior de la presidencia de George W. Bush, provocaron en los Estados Unidos un intenso e interesantísimo debate académico en torno a la naturaleza imperialista de la nación norteamericana. En los último ocho años, autores como Chalmers Johnson, Fareed Zakaria, Robert Kagan, Max Boot, Francis Fukuyama, Niall Ferguson, Amy Kaplan, Noam Chomsky, Charles S. Maier, Michael Ignatieff, Howard Zinn, James Petras y Patrick K. O’Brien  (entre otros) se embarcaron en una intensa producción académica  (decenas de libros, artículos, ensayos, reportajes noticiosos y documentales) que giró en torno a una pregunta básica: ¿Son o actúan los Estados Unidos como un imperio? Tal interrogante ha estado directamente asociada con temas como el de la hegemonía norteamericana, el unilateralismo, el  neoconservadurismo, la guerra contra el terrorismo, el uso de la tortura, el choque de civilizaciones y otros.

Como he señalado anteriormente, éste no es un debate nuevo y hasta se podría plantear que es un proceso cíclico que responde a periodos o eventos traumáticos en el desarrollo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos (por ejemplo, la guerra hispano-cubano-norteamericana o la guerra de Vietnam).  Estos periodos o  eventos traumáticos forzaron en su momento un análisis crítico de la política exterior estadounidense que llevó  a algunos analistas norteamericanos reconocer el carácter imperialista de ésta.  Lo novedoso del debate desarrollado en la primera década del siglo XXI es no sólo la fuerza con que la naturaleza imperialista de las acciones estadounidense ha sido reconocida por historiadores, sociólogos, politólogos y otros analistas estadounidenses, sino también cómo algunos de éstos vieron esas acciones como un proceso necesario. En otras palabras, como  algunos de estos analistas justificaron la “transformación” de los Estados Unidos en un imperio como un paso necesario para el bienestar de la nación norteamericana y la estabilidad y paz mundial.  Es necesario subrayar que un grupo significativo de estudiosos condenó las acciones norteamericanas, especialmente en Irak, y subrayó sus terribles consecuencias a corto y a largo plazo.

bachevich

Andrew J. Bacevich

Uno de los participantes más importantes de este debate lo es el historiador conservador Andrew J. Bacevich. Bacevich es un exCoronel del Ejército de los Estados Unidos, graduado de la Academia Militar de West Point, veterano de la guerra de Vietnam, que posee un Doctorado de la Universidad de Princeton y que actualmente se desempeña como profesor de Historia en la Universidad de Boston.  Además, Bacevich tiene el triste honor de haber perdido a su hijo, el Teniente Primero Andrew J. Bacevich, en Irak en mayo del 2007. Escritor prolífico, Bacevich  es  autor de los siguientes libros: American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2002); The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire (Chicago, Ivan R. Dee, 2003); The New American Militarism: How Americans are Seduced by War (New York, Oxford University Press, 2005); The Long War: A New History of U.S. National Security Policy since World War II (New York, Columbia University Press, 2007); y The Limits of Power: The End of American Exceptionalism (New York, Metropolitan Books, 2008).  A través de sus libros, artículos, ensayos y presentaciones públicas, Bacevich ha desarrollado una incisiva y sistemática crítica de las acciones y de las bases ideológicas y culturales de la política exterior estadounidense.  Ello resulta realmente admirable dada su orientación ideológica (pues se le considera un historiador conservador) y, sobre todo, por su transfondo personal y profesional.

En su edición del 28 de abril de 2009, TomDispatch.com incluyó un corto, pero valioso ensayo de Bacevich titulado “Farewell, the American Century Rewriting the Past by Adding In What’s Been Left Out” (publicado en español por Rebelión.org bajo el título “Adiós, siglo estadounidense”). En este trabajo, Bacevich reacciona a una columna de Robert Cohen titulada “Moralism on the Shelf”, que fue publicada en el Washington Post el 10 de marzo pasado. En su columna, Cohen reacciona a comentarios del presidente Barack Obama rechazando la  posibilidad de negociar con los talibanes moderados y propone que el llamado  “American Century”  (“siglo norteamericano”) ha llegado a su fin. Bacevich usa la columna de Cohen como excusa para hacer una reflexión crítica del significado (y limitaciones) de uno de los conceptos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de paso hacer un examen crítico de la política exterior norteamericana de los últimos sesenta años.

Luce

Henry Luce

Mi objetivo es reseñar el ensayo de Bacevich, pero antes es necesario hacer un poco de historia. A principios de 1941, la segunda guerra mundial llevaba un poco más de un año de iniciada y Alemania parecía invencible.  Tras aplastar a Polonia y noquear a  Francia, Hitler logró en menos de un año lo que las tropas imperiales alemanas no alcanzaron durante toda la primera guerra mundial, la conquista de Europa occidental continental.  Con Francia fuera de la guerra, Gran Bretaña resistía, casi sola, las embestidas del expansionismo nazi. En los Estados Unidos, el Presidente Franklin D. Roosevelt hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar a los británicos, pero sus esfuerzos se veían seriamente limitados por la apatía y el aislacionismo reinante en el Congreso y en sectores de la opinión pública estadounidense.
En febrero de 1941, el publicista norteamericano Henry Luce publicó en la revista Time un  corto ensayo titulado “The American Century” que se convertiría en uno de los documentos más importantes de la historia de los Estados Unidos en el siglo XX. Henry Luce era hijo de misioneros presbiterianos,  lo que explica que naciera en China en 1898. Graduado de la Universidad de Yale, en 1923 Luce  funda la revista  Time,  que sería la base para la creación de un imperio publicitario que incluiría publicaciones como Fortune y Life. Preocupado por la situación mundial, Luce escribió “The American Century” para llamar la atención de sus compatriotas ante la amenaza nazi.  En su breve escrito, Luce resaltó la responsabilidad de los Estados Unidos ante los eventos mundiales, pues según él, eran “la nación más poderosa y vital del mundo”, y como tal, debían hacer sentir su influencia y poder. Para Luce, era necesario que los norteamericanos entendieran que los Estados Unidos ya estaban involucrados en la guerra mundial y que sólo la nación estadounidense podía “definir de forma efectiva los objetivos de esta guerra.” Hijo de su momento histórico, “The American Century” buscaba luchar contra el aislacionismo sacudiendo a quienes se negaban a aceptar que los Estados Unidos debían intervenir en la guerra mundial para dar vida al “primer gran siglo norteamericano”. De esta forma, Luce anunció la hegemonía norteamericana de la posguerra.

Bacevich reconoce que aunque el chauvinismo, la religiosidad y la grandilocuencia de los argumentos de Luce no caen bien hoy en día, “The American Century” caló hondo en la mentalidad norteamericana, pues promovió la idea de los Estados Unidos  como “la fuente de salvación” del mundo, como el guía espiritual de la humanidad que sirvió de justificante ideológico-cultural de las políticas norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.  En otras palabras, Luce capturó en un frase la esencia de un momento histórico y aportó así un nuevo elemento a lo que el crítico cultural estadounidense  John Carlos Rowe denomina el “repertorio de métodos de dominación” del imaginario imperialista de los Estados Unidos.

Para Bacevich, la idea –él le llama mito– del siglo norteamericano tiene dos problemas básicos: primero, exagera el papel de los Estados Unidos y, segundo, “ignora y trivializa  asuntos en conflicto con el relato  triunfal” en el que ésta está basada. Con ello se perpetúa lo que Bacevich llama una “serie de ilusiones” que no permiten a los norteamericanos tomar conciencia de sí mismos, y que obstaculizan “nuestros esfuerzos para navegar por las aguas traidoras en las que se encuentra actualmente el país”.  La idea  de un supuesto siglo norteamericano perpetúa, por ende, una versión mítica del pasado estadounidense que no le permite a los norteamericanos entender los retos y problemas actuales.

Bacevich no tienes dudas de que el siglo XXI no es el siglo norteamericano, pero está conciente de que el pueblo y, en especial el liderato estadounidense aún permanecen bajo la “esclavitud” de esta idea. Por ello le combate demostrando su falsedad. Lo primero que hace Bacevich es reconocer que los Estados Unidos no derrotaron a la Wehrmacht, sino lo soviéticos. Segundo, Bacevich niega que los norteamericanos ganasen la guerra fría, pues según él, el imperio soviético fue víctima de la ineptitud de su liderato, no de las acciones de los norteamericanos. Tercero, Bacevich examina varios “errores cometidos por los Estados Unidos” que, según él, permiten ver la verdadera naturaleza del llamado siglo norteamericano: Cuba en 1898, la bomba atómica de 1945, Irán en 1953 y Afganistán desde la década de 1980.  Veamos cada uno de estos errores:

•    Cuba: En 1898, los Estados Unidos pelearon una guerra con España para, supuestamente, liberar a Cuba, pero la isla terminó convertida en un protectorado norteamericano, preparando así el camino hacia Fidel Castro y la Revolución Cubana, el fiasco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y Gitmo.
•    La bomba nuclear: Bacevich enfatiza la responsabilidad de los Estados Unidos en la creación de uno de los principales peligros que amenazan a la Humanidad: la proliferación de armas nucleares. Los Estados Unidos  no sólo crearon y usaron la bomba, sino que también definieron su posesión como “el parámetro de poder en el mundo de la posguerra” mundial, dejando a las demás potencias mundiales en una posición desventajosa. En otras palabras, la ventaja nuclear estadounidense obligó a las demás potencias a desarrollar su propio armamento nuclear, fomentando así la proliferación de las armas nucleares.
•   Irán: Bacevich reconoce que los problemas actuales de los Estados Unidos e Irán no se originan en la Revolución Iraní de 1979, sino en el papel que jugó la CIA en el derrocamiento, en 1953, del primer ministro iraní Mohammed Mossadegh.  En otras palabras,  el pueblo iraní fue condenado a vivir bajo la dictadura del Shah para que los norteamericanos pudieran obetener petróleo. Bacevich llega inclusive a reconocer que el anti-norteamericanismo que llevó a la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 no “fue enteramente sin motivo.”
•    Afganistán: Bacevich considera necesario reconocer el rol que jugaron los norteamericanos en la creación de los talibanes. Los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan enviaron armas y dieron ayuda a los fundamentalistas afganos que libraran una guerra santa en contra de los soviéticos. En ese momento se creía que la política norteamericana era muy inteligente, pues les causaba serios problemas a la Unión Soviética. Sin embargo, el tiempo demostró que la política norteamericana en Afganistán  alimentó un  cáncer que terminó costándole muy caro a los Estados Unidos.

Bacevich reconoce que nadie puede asegurar que, por ejemplo, si a principios del siglo XX los Estados Unidos hubiesen enfocado el tema cubano de una forma diferente, Cuba no sería hoy un enemigo de los Estados Unidos. Lo que sí le parece indiscutible es que las acciones norteamericanas en Cuba, Irán y Afganistán lucen hoy en día como acciones y políticas erradas.  Además, demuestran la falsedad del mito del siglo norteamericano y subrayan la necesidad de reconocer los errores de la política exterior estadounidense. Según el autor, “sólo a través de la franqueza lograremos evitar repetir estos errores”.

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Pero no basta con reconocer los errores, los Estados Unidos deben pedir disculpas, deben hacer un acto de contrición.  Según Bacevich, los norteamericanos deben pedir perdón a los cubanos, japoneses, iraníes y  afganos (yo añadiría a los guatemaltecos, a los chilenos, a los vietnamitas, a los camboyanos, a los salvadoreños, a los palestinos, a los angoleños y a otros pueblos que sufrieron los efectos del “siglo norteamericano”) sin esperar ni pedir nada a cambio.  Bacevich es muy claro:

“No, les pedimos perdón, pero por nuestro propio bien –para liberarnos de los engreimientos acumulados del siglo norteamericano y para reconocer que Estados Unidos participó plenamente en la barbarie, locura y tragedia que definen nuestra época. Debemos responsabilizarnos por todos esos pecados.”

Bacevich concluyen que para resolver los problemas que enfrentan los Estados Unidos, los norteamericanos tienen que verse a sí mismos tal como son, y para ello es imprescindible dejar a un lado “las ilusiones encarnadas en el siglo norteamericano”.

Debo reconocer que la franqueza y dureza del análisis de Bacevich me dejo muy impresionado.  Su deconstrucción del mito del siglo norteamericano es muy efectiva, aunque no incluye elementos como la guerra filipino-norteamericana, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí y las intervenciones en América Latina (Guatemala, Chile, Nicaragua, El Salvador, etc.) Concuerdo plenamente en que es necesario que el gobierno y el pueblo norteamericano hagan un examen crítico y honesto de su política exterior. Para ello necesario dejar atrás varios elementos  ideológicos que han servido de base y justificante moral, cultural y política para las acciones norteamericanas desde el siglo XIX. No se trata sólo de superar el mito del siglo norteamericano,  es también necesario examinar críticamente ideas como el excepcionalismo, el sentido de misión, la doctrina Monroe, el puritanismo social, la doctrina del pecado original, el espíritu de la frontera, etc. En otras palabras, no basta con reconocer el carácter mitológico del llamado siglo norteamericano, pero sería un paso importantísimo.  La mentalidad que ha predominado en la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años (por lo menos) es muy compleja y responde a patrones culturales muy enraizados en la historia de los Estados Unidos.  Superarlos no será fácil, pero yo quiero pensar que es posible.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, 24 de mayo de 2009

Las  traducciones del inglés son mías

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En 1898, los Estados Unidos pelearon una breve, pero importante guerra con España. La llamada guerra hispanoamericana marcó la transformación de la nación norteamericana en una potencia mundial.  Gracias a esa guerra, los Estados Unidos se hicieron dueños de un imperio insular que incluía el control directo de Puerto Rico y las islas Filipinas, e indirecto de Cuba. En Puerto Rico, los norteamericanos fueron recibidos como libertadores. Los cubanos, debilitados por años de guerra, tuvieron que aceptar la infame enmienda Platt, convirtiendo a su país en un protectorado de los Estados Unidos. Los filipinos recibieron a los estadounidenses como aliados y les ayudaron a derrotar a las fuerzas españolas sitiadas en Manila. Sin embargo, una vez los nacionalistas filipinos comprobaron que los norteamericanos no llegaban como libertadores, sino como conquistadores, desataron una rebelión que le costó a los Estados Unidos más sangre y dinero que la guerra con España.

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La guerra filipino-norteamericana –la primera guerra de liberación nacional del siglo XX– fue un conflicto muy controversial que generó una gran oposición en los Estados Unidos, especialmente, entre los sectores anti-imperialistas. No todos los norteamericanos celebraron la adquisición de un imperio insular. Hubo un grupo de intelectuales, políticos y hombres de negocios que criticaron la política imperialista del entonces presidente William McKinley. El comportamiento de las tropas norteamericanos provocó la indignación de los anti-imperialistas, quienes abiertamente denunciaron la quema de iglesias, la profanación  de cementerios y la ejecución de prisioneros. Sin embargo, lo que más causó revuelo en la sociedad norteamericana fueron las denuncias del uso de tortura contra prisioneros filipinos,  especialmente, lo que a principios del siglo XX fue conocido como  la “water cure”,  y que hoy denominaríamos “waterboarding” o ahogamiento provocado.

En un interesante ensayo titulado «The Water Cure: Debating Torture and Counterinsurgency—a Century Ago» publicado por la revista New Yorker, el historiador norteamericano Paul A. Kramer enfoca  este episodio de la historia norteamericana. Me parece que el análisis de este corto ensayo cobra particular importancia en momentos en que la sociedad norteamericana “descubre” el alcance de las políticas de la administración de George W. Bush  con relación al uso de la tortura, y debate qué hacer al respecto.

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Paul A. Kramer

Kramer es profesor de historia en la Universidad de Iowa y según el History News Network, es uno de los historiadores jóvenes más destacados de los Estados Unidos. Kramer es autor de importantes trabajos analizando la guerra filipino-norteamericana y el colonialismo norteamericano en las Filipinas. Entre sus obras destacan: The Blood of Government: Race, Empire, the United States and the Philippines (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2006), “Race-Making and Colonial Violence in the U. S. Empire: The Philippine-American War as Race War”, (Diplomatic History, Vol. 30, No. 2, April 2006, 169-210), “The Darkness that Enters the Home: The Politics of Prostitution during the Philippine-American War” (en Ann Stoler, ed., Haunted by Empire: Geographies of Intimacy in North American History,  Durham: Duke University Press, 2006, 366-404) y “Empires, Exceptions and Anglo-Saxons: Race and Rule Between the British and U. S. Empires, 1880-1910” (Journal of American History, Vol. 88, March 2002, 1315-53).  Sus trabajos forman parte de una corriente historiográfica innovadora que en los últimos años ha venido refrescando el estudio de la relaciones exteriores de los Estados Unidos, y del imperialismo norteamericano en particular.

Kramer hace un recuento detallado de este periodo desafortunado de la historia norteamericana. Según éste, las primeras denuncias de torturas aparecieron en los periódicos norteamericanos un año después de comenzada la guerra.  Ello a pesar de la censura impuesta por las autoridades militares a la información procedente de las Filipinas. Curiosamente, quienes hicieron esas primeras denuncias fueron soldados norteamericanos en las Filipinas en cartas personales dirigidas a sus familiares en los Estados Unidos. En mayo de 1900, el periódico Omaha World-Herald publicó una carta del soldado A. F. Miller del Regimiento Voluntario de Infantería #32 (en ese entonces, el ejército norteamericano era uno pequeño por lo que fue necesario usar tropas voluntarias procedentes de varios estados de la Unión tanto en la guerra hispanoamericana como en la guerra filipino-norteamericana).  En su carta, el soldado Miller revelaba el uso de la tortura contra los prisioneros de guerra y en particular, el uso de la “water cure” como mecanismo para obtener información de los filipinos. Según el soldado Miller, los filipinos eran colocados de espaldas, sujetadas por varios soldados y se les colocaba un pedazo de madera redonda en la boca para obligarlos a mantenerla abierta. Una vez sometido el prisionero filipino, se procedía a verter grandes cantidades de agua en su boca y fosas nasales hasta provocarles asfixia. Este “tratamiento” se repetía hasta que los torturadores “conseguían” las información que estaban buscando. Miller era muy claro en su apreciación del efecto del “water cure”: “Puedo decirles que es una tortura terrible”.watercure

Según Kramer, la reacción inicial de los anti-imperialista ante estas denuncias fue muy cautelosa por dos razones básicas: primero, porque las acusaciones eran muy difíciles de sustentar y, segundo, porque el imperialismo se había convertido en un tema central en las elecciones presidenciales de 1900 y no querían perjudicar a su candidato –el demócrata William Jennings Bryan– provocando acusaciones de anti-norteamericanismo por cuestionar el comportamiento de los soldados estadounidenses en las Filipinas. Tras la derrota de Bryan, los antiimperialista  sintieron que ya no tenían nada que perder e hicieron suyas las denuncias de torturas y malos tratos en las Filipinas. Según Kramer, Herbert Welsh –un reformista antiimperialista radicado en la ciudad de Filadelfia– se convirtió en el  abanderado de “la exposición y castigo de las atrocidades” cometidas por soldados estadounidenses. Para Welsh, los Estados Unidos sólo recuperarían su posición entre las naciones civilizadas  si se hacía justicia en el caso de la torturas.

En el Congreso, el senador republicano George F. Hoar, un ferviente opositor a la guerra, propuso que se llevara a cabo una investigación especial sobre el comportamiento de las tropas  norteamericanas en las Filipinas.  La investigación, llevada a cabo por el Comité de las Filipinas presidido por el poderoso senador y ferviente imperialistas Henry Cabot Lodge, comenzó en enero de 1902. Durante diez semanas  testificaron  oficiales militares y civiles, y surgieron una serie de temas relacionados no sólo con el problema de la tortura, sino también con la ocupación norteamericana de las Filipinas. El testimonio de William H. Taft, gobernador de las Filipinas y futuro presidente de los Estados Unidos, resultó ser uno de los momentos cruciales.  Acosado por las preguntas del Senador Charles A. Culberson, Taft reconoció que en las Filipinas se habían cometido “cruelties” como la “water cure”, pero añadió que las autoridades militares habían condenado tales métodos e inclusive realizado varias cortes marciales para investigar y castigar a los culpables.

En representación de la administración Roosevelt (McKinley fue asesinado en setiembre de 1901 por un anarquista) testificó el Secretario de la Guerra Elihu Root. Este abogado corporativo es uno de los personajes más importantes en el desarrollo de las políticas imperialistas estadounidenses de principios del siglo XX, entre ellas, la enmienda Platt.  El Secretario tildó de exageradas las denuncias y comentarios referentes al uso de tortura en las Filipinas y acusó a los nacionalistas filipinos  de haber llevado a cabo una guerra cruel y bárbara.  Desafortunadamente para Root, paralelo con su testimonio dio inicio en Manila una corte marcial contra el Mayor Littleton Waller, acusado de haber ordenado el fusilamiento de once guías y portadores filipinos.  En octubre de 1901, un grupo de rebeldes filipinos le infligió una sorpresiva derrota al ejército norteamericano al matar a 48 soldados estadounidenses en la villa de Balangiga en la isla de Samar.  Los eventos de Balangiga provocaron una dura reacción de los militares norteamericanos y, sin lugar dudas, influyeron el ánimo del Mayor Waller. Éste se encontraba en Samar y al mando de una expedición que terminó trágicamente, pues “perdido, febril y paranoico”, Waller pensó que sus guías le conducían a una trampa y les asesinó. Durante la corte marcial, el Mayor Waller testificó que había recibido órdenes del General Jacob H. Smith de convertir la isla de Samar en un “páramo aullante” (“howling wilderness”). Según Waller, sus órdenes eran claras: “matar y quemar” con la mayor intensidad posible, matar a cualquier filipino mayor de diez años de edad. Las órdenes de Smith no sólo eran producto de los eventos en Balangiga, sino que salvaron al Mayor Waller, quien fue exculpado de las acusaciones de que era objeto.  [El General Smith fue juzgado en una corte marcial acusado no de asesinato, sino por conducta que “perjudicaba el buen orden y la disciplina militar”. Por recomendación del Secretario Root, Smith pasó a retiro y no se le sometió a mayor castigo.]

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El testimonio de Waller causó gran indignación y revuelo en la sociedad norteamericana. Para complicar aún más las cosas para la administración Roosevelt, un veterano de la guerra filipino-norteamericana llamado Charles S. Riley testificó ante el comité del Senado haber sido testigo presencial del uso de “water cure” en un prisionero filipino de nombre Tobeniano Ealdama. Las acusaciones de Riley fueron confirmadas por otros veteranos, forzando al gobierno a llevar a cabo una corte marcial contra el Capitán Edwin Glenn, oficial acusado de haber torturado a Ealdama. El juicio de Glenn duró una semana y contó con el testimonio de la alegada víctima, quien describió cómo había sido torturado. El testimonio del acusado es muy interesante porque sus argumentos resuenan hoy en día entre los defensores del “water boarding” y del “extreme rendition”. Según Glenn, la tortura de Ealdama estaba justificada por “razones militares”  y constituía “un uso legítimo de la fuerza justificado por las leyes de la guerra”. El acusado fue encontrado culpable y condenado a perder un mes de paga y a pagar un multa de cincuenta dólares.  Parece que la corte marcial no dañó la carrera militar del capitán, pues según Kramer, Glenn se retiró del ejército con el rango de Brigadier General.

Según Kramer, los testimonios de Waller, Glenn, Riley y otros veteranos llevaron al gobierno,  apoyado por periodista a favor de la guerra, a iniciar una intensa campaña en defensa del Ejército. Para ello recurrieron a argumentos patrióticos condenando a quienes se atrevían a criticar las acciones de soldados norteamericanos. También se recurrió al racismo al tildar a los filipinos de salvajes que no estaban cobijados por las leyes de la guerra entre naciones civilizadas. En otras palabras, no se podía dar un trato civilizado a un grupo de salvajes.

El 4 de julio de 1902, el presidente Teodoro Roosevelt dio fin oficial a la guerra filipino-norteamericana declarando la victoria de las fuerzas norteamericanas. Ello ayudó a que el tema de las atrocidades fueran quedando en el olvido. Aunque los antiimperialistas continuaron criticando la conducta de las fuerzas militares en las Filipinas, las noticias procedentes de la Filipinas  ya no causaban revuelo entre los norteamericanos.  Es así como la “water cure”, la quema de villas y el asesinato indiscriminado pasaron a formar parte de la amnesia imperialista norteamericana hasta ser rescatados por este ensayo de Paul A. Kramer.

En momentos en que los estadounidenses discuten qué hacer con los oficiales de la CIA y los funcionarios de la administración Bush hijo involucrados en la tortura de prisioneros de la llamada guerra contra el terrorismo, este pequeño ensayo debería servir para recordarles que aún están a tiempo para enmendar pecados del pasado, y de paso recuperar parte del respeto internacional perdido tras un periodo demasiado largo de una arrogante insensatez.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 29 de abril de 2009

Nota: Todas las traducciónes del ensayo de Kramer son mías.

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Salvo algunas escasas excepciones, la mayoría de los historiadores norteamericanos han enfocado la guerra hispanoamericana desde una perspectiva muy limitada dejando fuera los ricos matices internacionales de este conflicto. En esta perspectiva, la guerra hispanoamericana suele quedar reducida a un conflicto entre los Estados Unidos y España por culpa de Cuba, en el que Puerto Rico y las Filipinas terminaron involucrados casi por cosa del destino. Una interesante excepción a esa tendencia historiográfica es el libro del Juez Juan R. Torruella que la Editorial de la Universidad de Puerto Rico acaba de publicar bajo el título Global Intrigues.

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En su libro, Torruella examina la guerra hispanoamericana desde una perspectiva global analizando el papel que jugaron los países no beligerantes durante el conflicto y cómo esto afectó el desenlace de la guerra. Para ello, el autor se embarca en un interesante análisis de la situación sociopolítica de las principales potencias mundiales a finales del siglo XIX que permite entender las motivaciones de éstas durante la guerra hispanoamericana. La conclusión de Torruella es muy clara: de todas las potencias mundiales decimonónicas, sólo Gran Bretaña consideraba que una victoria de los Estados Unidos sobre España sería favorable a sus intereses geopolíticos –sobre todo en China– y por ello asumió una actitud a favor de sus primos norteamericanos. El resto de las potencias mundiales adoptó una actitud pro-española por considerar que una victoria norteamericana podría afectar negativamente sus intereses comerciales, políticos y estratégicos.

Es necesario aclarar que el autor no limita su análisis a factores geopolíticos, pues reconoce que hubo factores de tipo ideológico, religioso, racial y familiar que determinaron las simpatías de la mayoría de las potencias europeas con la causa española. Por ejemplo, la cercanía entre las familias reinantes en Alemania y España jugó un papel de importancia para entender la actitud anti-norteamericana que asumió el Káiser durante la guerra.

Esta es no sólo es la parte más sólida del libro, sino también la más valiosa, pues el autor brinda un análisis sintético y claro de las dinámicas diplomáticas que sirvieron de contexto internacional a la guerra hispanoamericana. Ello permite sacar el conflicto hispano-norteamericana del estricto contexto americano (Cuba) y ubicarle dentro de la dinámica geopolítica mundial de finales del siglo XIX.

El análisis de Torruella del significado de la guerra a nivel internacional resulta más problemático. Según el autor, la guerra hispanoamericana, y especialmente la adquisición de las Filipinas por los Estados Unidos, alteró el orden mundial, pues colocó a la nación norteamericana en una posición ventajosa con relación al acceso al mercado chino, la principal causa de competencia entre las naciones imperialistas. La presencia norteamericana en las Filipinas obligó, según Torruella, a las naciones imperialistas en pugna por el mercado chino a buscar puertos en China desde donde contrarrestar la ventaja norteamericana, dada la cercanía del archipiélago filipino al territorio continental chino. Este planteamiento olvida que para 1898 las potencias imperialistas poseían una sólida presencia en China con puertos y zonas de influencia bajo su control que la guerra hispanoamericana no afectó ni amenazó. Mas que alterar el orden internacional, me parece más acertado plantear que guerra hispanoamericana confirmó la emergencia de una nueva potencia mundial, los Estados Unidos. Además, cabe preguntarse si no se podría decir lo mismo de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), y con mayor razón, pues ésta no sólo marcó el triunfo de una potencia asiática sobre un imperio europeo, sino que también  provocó transferencias territoriales que tendrían serias repercusiones a largo plazo.  

Otro problema del libro son las fuentes y el manejo que su autor hace de éstas. Primero que nada, me resulta curioso que a pesar de que las Filipinas juegan un papel central en el argumento del autor, la bibliografía que éste maneja sobre las islas es muy reducida y hasta cuestionable. Por ejemplo, gran parte del análisis del autor está basado en la colección de documentos capturados por los norteamericanos a los insurgentes filipinos durante la guerra filipino-norteamericana publicada en 1971 bajo el título The Philippine Insurrection Against the United States. Esta compilación de documentos es, sin lugar a dudas, una fuente importantísima para entender la historia filipina, pero la bibliografía filipina sobre el 1898 es mucho más amplia y rica. Asimismo, la actitud japonesa durante y después de la guerra hispanoamericana ocupa una parte importante de este libro, sin embargo, Torruella maneja una bibliografía también muy reducida sobre este tema. En especial, hecho de menos los trabajos sobre las relaciones japonesas-norteamericanas del prestigioso historiador japonés Akira Iriye y los estudios sobre la actitud japonesa con relación a las Filipinas de la historiadora filipina Lydia N. Yu-Jose.

No puedo terminar sin destacar varios puntos que me resultan muy importantes con relación a este libro. Independientemente de lo controversiales que me pueden resultar algunos de sus argumentos, es indiscutible que el autor hace un excelente trabajo colocando la guerra hispanoamericana en su contexto internacional. El enfoque comparativo del libro es otro acierto de su autor, pues enfrenta de forma directa uno de los problemas tradicionales de la historiografía de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. Además, el autor asume una posición clara con relación a la condición imperial de los Estados Unidos. La política exterior de la actual administración de la Bush, sobre todo, la tragedia iraquí, desató en los Estados Unidos un intenso debate sobre la naturaleza imperial de la nación norteamericana. Este debate no es fenómeno nuevo e inclusive se podría plantear como un fenómeno cíclico en la historia de los Estados Unidos. Torruella entra en este debate reconociendo de forma directa el carácter imperialista de la nación norteamericana y ello me parece digno de ser reconocido. Por otro lado, me resulta refrescante que un historiador puertorriqueño supere el insularismo analizando un tema crucial de nuestra historia desde un perspectiva internacional. Por último, me resulta esperanzador que un historiador puertorriqueño atienda la tan olvidada historia de nuestra metrópoli.

Norberto Barreto-Velázquez, Ph. D.

Reseña publicada por el periódico El Nuevo Día el 10 de febrero de 2008.


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