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Archive for the ‘Historia de Estados Unidos’ Category

Henry Ford es, sin lugar a dudas, una de las figuras más importantes de la historia de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Ford hizo posible la producción en masa de automóviles a través de la creación de la línea de ensamblaje. Con ello pudo bajar considerablemente el precio de sus automóviles. Por ejemplo, el Ford Modelo T costaba $950 en 1909, $360 en 1916 y $290 en 1925. De esta forma los automóviles dejaron de ser un lujo y se convirtieron en una necesidad. Para 1923 había 23 millones de carros en los Estados Unidos. La masificación del uso del automóvil cambió de forma dramática  de vida de los estadounidenses.

Ford  fue una persona muy controversial. Además del inventor y empresario exitoso, Ford fue un feroz opositor del sindicalismo y sometió a sus trabajadores a un régimen laboral opreviso y regulador. Su antisentismo está plenamente confirmado.  Una de sus facetas menos conocidas son sus vínculos económicos con la Alemania Nazi y, en especial, la Unión Soviética.

Comparto con mis lectores una reseña del libro de Stefan J. Link titulado Forging Global Fordism: Nazi Germany, Soviet Russia, and the Contest over the Industrial Order  (Princeton University Press, 2020) escrita por la historiadora Claudia Contente.  La Dra. Contente comenta el análisis de Link sobre  la cercanía entre el  modelo empresarial de Ford – el Fordismo-  y los totalitarismos de izquierda y de derecha en la década de 1930.



Henry Ford - Biography, Inventions & Assembly Line - HISTORY

El mundo que creó Henry Ford

A Henry Ford se le puede considerar en gran parte el padre del sistema industrial del siglo XX, que es lo mismo que decir que muy posiblemente sea uno de los grandes responsables de la forma de vida de los países occidentales. Sin embargo, sorprendentemente, su huella fue mucho más allá: su concepción de la producción industrial y su propuesta social fueron muy influyentes en el periodo de entreguerras tanto en la URSS como en la Alemania nazi. Con esta última, Ford compartía además el beligerante antisemistismo.

Cuando el primer Ford T salió de la línea de producción de la Ford Motor Company en 1908, Henry Ford ya llevaba años buscando cómo mejorar el sistema para producir más y más barato. Aplicaba los principios de gestión científica del trabajo de Frederick Taylor, que dividía las tareas entre los operarios y las cronometraba para racionalizar al máximo cada gesto.

No era suficiente para él. En los mataderos de Cincinnati y Chicago encontró la fórmula para perfeccionar el sistema: hizo que el coche en construcción avanzara por una cinta trasportadora mientras cada obrero intervenía sin moverse de su lugar, tal como Chaplin inmortalizó con fina ironía en Tiempos Modernos (1936). Resultó un éxito. Pero aún quedaban otras dificultades.

Una era la rotación del personal, pues había que contratar y capacitar operarios que permanecieran en la compañía. ¿La solución? Duplicó los sueldos, con lo que además de estabilizar la mano de obra, pudo atraer a los mejores y, contra todo pronóstico, pudo reducir todavía más los costes de producción.

Los accionistas eran otro inconveniente porque, cuando los beneficios empezaron a ser consistentes, exigieron que se repartieran dividendos. Ford se negó, prefería invertir ese dinero en ampliar la compañía. La solución fue radical: compró las acciones, expulsó a los demás del negocio y la empresa quedó en manos de solo tres accionistas: su mujer, su hijo y él mismo.

Y si para los empleados, el trabajo era monótono y cansado, las mejoras salariales y la caída de los precios, además de ser un alivio, hicieron que si antes de la primera guerra mundial un trabajador medio necesitaba el equivalente de dos años de salario para comprar un coche, hacia fines de la década de 1920 el sueldo de unos tres meses era suficiente. Los propios operarios de la Ford se convirtieron en clientes potenciales, algo no previsto al principio.

Forging Global Fordism: Nazi Germany, Soviet Russia, and the Contest over  the Industrial Order (America in the World): Link, Stefan J.:  9780691177540: Amazon.com: BooksAsí, Ford había dado con la fórmula mágica que prometía tanto un crecimiento infinito como una alternativa al sistema económico mundial y el capitalismo salvaje. Stefan J. Link explica en Forging Global Fordism: Nazi Germany, Soviet Russia, and the Contest over the Industrial Order (Forjando el fordismo global: la Alemania nazi, la Rusia soviética y la lucha por el orden industrial) que naciones como Alemania, Italia, Japón o la URSS, devastadas tras la Gran Guerra, que buscaban un modelo de transformación social e industrial, vieron en la propuesta y el éxito apabullante del fordismo, la solución a sus problemas.

Ford publicó varios libros sobre sus ideas en la década de 1920. El primero fue El judío internacional. El primer problema del mundo, un panfleto antisemita plagado de argumentos sobre el complot del poder judío en el mundo. Luego fue su libro más conocido, My life and Work (Mi vida y obra), seguido por Today and Tomorrow (Hoy y mañana) que tuvieron una enorme repercusión.

Link señala que My life and Work más que consejos para hacer buenos negocios, contiene un proyecto de reforma social y una crítica al sistema industrial y a la organización económica de la sociedad. Y eso es justo lo que seguramente impactó tanto en Hitler como en los soviéticos.

Trump Hails "Good Bloodlines" of Nazi Favorite Henry Ford

El mensaje claro era, por una parte, que solo gracias a haber logrado ser independiente del capital financiero (tras el cual veía el poder judío), la empresa pudo llegar hasta donde lo hizo. Por otra parte, que la producción a gran escala es un esfuerzo colectivo. Sostenía, además, que su compañía no pagaba buenos salarios, si no que compartía beneficios con el personal en el que descansaba el éxito de la empresa.

Pese a las diferencias abismales que separaban ideológicamente a EE.UU. de soviéticos y nazis, Ford ofrecía al mundo un modelo productivo, social y cultural seductor que encajaba con las ambiciones y necesidades de ambos regímenes. Cada uno de ellos encontró en aquel modelo elementos que, más allá de la producción en serie, influyeron en la sociedad que querían construir. Además, si querían ponerse al día y competir, necesitaban desesperadamente alcanzar las capacidades productivas de los EE.UU. en lo relacionado con la industria pesada y tecnología.

Trabajadores rusos junto a empleados estadounidenses que participaron en la construcción de la planta de Ford en la URSS

Trabajadores rusos junto a empleados estadounidenses que participaron en la construcción de la planta de Ford en la URSS. Bettmann Archive

De modo que las fábricas automotrices de Detroit, y en particular la de Ford, se convirtieron en la meca a la que peregrinaban una multitud de ingenieros y especialistas de todo el mundo para ver, copiar y si fuera necesario, robar, las técnicas de fabricación. Ford, dada la ideología populista de la compañía, a menudo dio acceso ilimitado a sus instalaciones a todo aquel que quisiera visitarlas.

Link señala que, según Stalin, la “esencia del leninismo era la combinación de la limpieza de la revolución soviética y la eficiencia estadounidense”. Así que se pusieron manos a la obra. Había que obtener su tecnología al precio que fuera, pero también pretendían mantener los extranjeros a distancia, de modo que firmaron un acuerdo por el que comprarían automóviles y repuestos a Ford que, a cambio, se comprometió a transferir tecnología y brindarles asistencia técnica para que construyeran su planta de producción de Gaz en Gorky, lo que dio lugar a un fluido intercambio de personal que pronto fue capaz de innovar y diseñar por su propia cuenta.

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Especialistas estadounidenses en la fábrica de autos diseñada por el arquitecto Albert Kahn en Cheliábinsk en 1932

Los alemanes, en cambio, encararon su transformación industrial de otra manera: invirtiendo en su propio territorio. Dado que algunas empresas como Ford o la General Motors ya tenían intereses allí, la estrategia empleada por el nacionalsocialismo consistió en combinar presión política, incentivos e intercambios económicos.

El propósito era obligar a los industriales estadounidenses a desplegar su tecnología en territorio alemán y, además, enviaron varias delegaciones a Detroit en busca de ideas, máquinas, reclutando incluso a veteranos de Ford (de preferencia de origen alemán) a los que propusieron condiciones fantásticas para que fueran a impulsar el desarrollo de Volkswagen en su tierra natal.

Henry Ford, en el momento de recibir la Gran Cruz del Águila, la mayor condecoración nazi a un extranjero

Henry Ford, en el momento de recibir la Gran Cruz del Águila, la mayor condecoración nazi a un extranjero. Bettmann Archive

Así, tanto Ford como la GM invirtieron y desarrollaron sus plantas de producción en Alemania. GM fue incluso más receptiva a las presiones del régimen y construyó en Brandeburgo en asociación con Opel y, en coordinación con las autoridades militares, una fábrica de camiones que combinaba tecnología de vanguardia e instalaciones de producción fácilmente adaptables a la producción militar.

El resultado fue que cuando estalló la guerra, entre el 50 y 70% de la flota alemana de camiones había salido de una planta de propiedad estadounidense. Está de más decir que en ese momento aquellas fábricas pasaron a producir armamento y se convirtieron en objetivo de bombardeos aliados. De hecho, fueron bombas norteamericanas las que destruyeron la planta de la GM en Brandeburgo.

Justo antes de la guerra, en 1938, cuando las relaciones entre los EEUU y Alemania estaban ya muy deterioradas, en un gesto por recomponer la situación, Henry Ford y James Mooney (director ejecutivo de la GM) fueron condecorados con la Orden del Águila alemana por el régimen nazi.

Grandes empresas y los nazis (V) | DocumaniaTV

Link piensa que la significativa colaboración norteamericana con los nazis se debió esencialmente a que, tras la crisis de 1929 y el derrumbe de la economía norteamericana, ambas compañías apostaron por las posibilidades de recuperación económica que brindaba Alemania, más allá de consideraciones ideológicas.

En todo caso, las realidades de postguerra y la llegada de Henry Ford II al frente de la empresa, haría que el centro de gravedad de la compañía pasara de los talleres y líneas de producción a la sala de juntas y acabarían con la visión populista de la producción en cadena. El tiempo de Henry Ford y su sueño de reformar la sociedad había terminado.

Claudia Contente es historiadora en la Universitat Pompeu Fabra.

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Franklin D. Roosevelt llegó a la Casa Blanca en momentos en que los Estados Unidos vivían una de las peores crisis de su historia.  En el invierno de 1932, los efectos de la  crisis habían superado la capacidad de las instituciones públicas de ayuda. El hambre amenazaba no sólo a la población urbana, sino también rural. En la ciudad de Nueva York se reportaron 95 muertes por inanición. El país parecía avocado a la anarquía, la revolución, la destrucción. Ante un clima de desesperanza general Roosevelt inició su mandato buscando inyectar confianza al pueblo estadounidense. Roosevelt comenzó esta campaña en su discurso inaugural pidiéndole a sus conciudadanos que sólo le tuvieran miedo al miedo mismo. Al día siguiente de su juramentación, Roosevelt emitió una proclama cerrando todos los bancos del país por cuatro días. Durante la crisis económica iniciada en 1929, la quiebra de bancos había minado la confianza de los norteamericanos, pues sólo en 1931 cerraron 2,000 instituciones bancarias.  El Presidente también convocó al Congreso a una sesión especial para que discutiera, entre otras cosas, la aprobación de una ley bancaria de emergencia. De acuerdo con esta ley, los bancos serían intervenidos por el gobierno federal y sólo se le permitiría abrir a aquellos que demostrasen solvencia. Los que no, recibirían ayuda del gobierno federal. Presionado por las circunstancias, el Congreso aprobó la ley rápidamente. La ley ayudó a disipar el pánico, pues tres cuartas partes de los bancos volvieron abrir sus puertas en los tres días siguientes avalados por el gobierno federal. Los ciudadanos recobraron así  la confianza  y  comenzaron a depositar su dinero  nuevamente en los bancos, poniendo fin a la crisis bancaria. Prueba de ello es que en 1934 sólo cerraron 61 bancos.

El 12 de marzo de 1933, una semana después de asumir la presidencia, Roosevelt emitió por radio su primera “charla hogareña” (fireside chat). En ésta, como en los cientos que seguirían semanalmente, el Presidente se dirigió a los estadounidenses de forma directa  para darles a conocer los pasos que su gobierno estaba tomando para la enfrentar las crisis. Las charlas radiales de Roosevelt se convirtieron en un excelente instrumento para mantener una comunicación directa con el pueblo, y darles ánimo y esperanza.  Su objetivo era claro: que el pueblo estadounidense  recuperara la confianza  en el gobierno y en sí mismo.

Comparto con mis lectores esta nota escrita por William A. Harris sudirector de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, conmemorando 88 años de esa histórica primera fireside chat de Roosevelt. Esta incluye un archivo de voz en donde Roosevelt aborda uno de los principales problemas que enfrentaba Estados Unidos en marzo de 1933: la crisis bancaria.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 11 de marzo de 2021


Celebrating the First Fireside Chat

William A. Harris, Deputy Director

FDR Library March 19, 2021

With water at the ready and microphones arrayed before him, the President prepares for a radio address, 1934. (FDR Library, 47-96 1783)

This week marks the 88th anniversary of FDR’s first “Fireside Chat.” Though not identified as such on March 12, 1933, the President’s address to the nation marked a key moment in his new Administration. He would speak directly to the American people over the airwaves about the banking crisis. And he would come to them not in the formal setting of an inauguration or a conference, but in a more personal manner. He would join them by radio in their homes, after dinner, and speak frankly, in plain terms, about the crisis and and his Administration’s efforts to stabilize the financial system and move forward.

FDR had already begun to fashion his radio style through statewide addresses to the citizens of New York during his gubernatorial years, 1932. (FDR Library, 09-1712M)

Not a distant or aloof leader speaking down to his subjects, FDR opened his remarks with “my friends,” and proceeded to engage listeners on terms that made sense to them. Those who might normally be tuning into programs such as the Manhattan Symphony Orchestra or D.W. Griffith’s Hollywood sat rapt before their sets as the President spoke with them, not at them. That these talks became known as “Fireside Chats” is easy to understand in listening to the March 12th broadcast. Here was a President in complete command of the medium–engaging, stalwart, respectful, and altogether confident that his hosts, the American people, who’d invited him into their homes, would join him in tackling the issues at hand.

FDR’s remarks to the American people on the banking crisis, his first “Fireside Chat,” March 12, 1933. (FDR Library, 65-9:2(1-2) [dig]. RLxA-4)

The President’s radio remarks had been publicized beforehand in newspapers and on radio. Carried by all major networks at the time (NBC Red, NBC Blue, and CBS), he spoke from the White House promptly at 10:00 Eastern Time. The White House had yet to organize the radio and newsreel setups with the efficiency that would come later through experience, but the broadcast proved a success, judging from coverage in the press the following day and from mail and telegrams that poured into the White House.

In this 1930s photograph, the complexities of broadcasting live from the White House are readily evident. Announcers and technicians crowd along the wall in the Diplomatic Reception Room before a “Fireside Chat.” (Photo courtesy of Library of Congress, Harris and Ewing Collection)

Don’t forget the newsreels. Usually after the live radio broadcast, the President filmed a portion of his remarks for newsreel cameras. This 1930s view of the opposite side of the room from the previous photo evidences how crowded the room would get with equipment and personnel. (Photo courtesy of Library of Congress, Harris and Ewing Collection)

The address had an immediate impact in terms of instilling confidence in the banking system and the Administration’s executive and legislative program. Over the next twelve years, FDR would continue to go directly to the American people by radio, forging a personal relationship with everyday Americans unlike any other President before. He was a trailblazer in harnessing the power of technology and media to achieve his goals, and the impacts of his visionary approach are still felt today.

FDR used this RCA model 4-A-1 carbon condenser microphone, now in the Library’s collection, to deliver some of his Fireside Chats from the White House during the 1930s. (FDR Library, 5-7-MO-1997-10)Enter a caption

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Comparto con mis lectores este interesantísimo ensayo del Dr. Martin Conway, criticando la complacencia con la que algunos historiadores han interpretado la elección de Joe Biden como el fin de Trump y del Trumpismo. Para Martin,  Trump es un síntoma de una enfermadad socio-politica y económica muy peligrosa, cuyos síntomas y causas no desaparecerán con la salida del estadounidense de la Casa Blanca. El Dr. Conway es profesor de historia europea en la Universidad de Oxford.


A Starting Point | Perspectives on History | AHA

Making Trump History

Martin Conway

H-Diplo   25 February 2021 

Historians seem to have a problem with Trump.  I do not mean by this the dominance of partisan hostility to Trump in the ranks of the historical profession, or even the way in which many historians have been offended by the way in which the president has treated history as a resource to be exploited, rather than a reality to be respected or understood.  The more substantial problem posed by Trump is that for many historians he simply should not exist.  The possibility that the conclusion of the evolution of the United States across the half-century since the 1960s could be the election – albeit against the weight of individual votes – of a man who boasts of his distaste for the goals of racial equality, wider health-care provision, and a narrowing of income differentials, seems to many historians to be somewhere between an institutional outrage and an absurd accident of history.  But the political is supplemented by the personal.  Trump’s swagger, and his disregard for bureaucratic procedure and legal constraints, stands as a refutation of deeply-held assumptions among historians about how the democratic politics of the U.S. are supposed to work. The complexity of institutional procedures, the careful reconciliation of competing interests, and above all the prestige of the presidency as the symbol of democratic legitimacy, have all been bulldozed by a man whose personal qualities – or lack of them – seem like an insult to the historical narrative.

However, as the narrow scale of the victory of Biden in 2020 amply demonstrates, these responses are not adequate.  The Trump phenomenon is here to stay, if not the man, or indeed his position of power.  His attempt to manipulate a crisis sufficient to enable him to ride out his electoral defeat provoked a circumstantial mobilisation in defence of institutions, and through that a wider assertion of the established norms of political debate.  But crises recede, and (as the outcome of the impeachment process probably pre-figured) realities return.

Whether or not Trump recovers his personal momentum to become the Republican candidate in 2024, it is already clear that the successful candidate who emerges from the Republican primaries ahead of that election will be defined, in policy terms at least, by the heritage of Trump.  Consequently, the recognition that, win or lose, Trump is not a parenthesis, has become part of the new orthodoxy that has emerged since November.[1] This presents a challenge to those whose job it is to analyse where U.S. politics might go over the coming years, but also to those who would pretend to understand the past from which he emerged.

 

Trump isn't going anywhere. It's time for Europe First | US news | The  Guardianputin

Nor is this a specifically American problem.  Trump has provided the West European political class with ample opportunity to find in the corruption and charlatanism of the Trump presidency familiar demonstrations of the crudity of American politics, contrasted against the supposed sophistication of the European model.  Their grounds for doing so are, however, distinctly insecure.  The Brexit referendum result in 2016, and the electoral victory of Boris Johnson in the UK in 2019, are just two of the most visible manifestations of the much wider vulnerability of European democratic structures to challenge from below, through the emergence of movements of economic and political protest across southern and central Europe, or from above, through – as in Hungary and Poland – the dismantling of constitutional and judicial structures.  French President Emmanuel Macron, German Chancellor Angela Merkel, and European Commission President Ursula von der Leyen may for now be the custodians of political legitimacy, but they risk becoming the ancien régime as the rumble of a new European 1848 draws closer.

How then might historians seek to understand this?  Probably they should start by throwing away the templates and narratives of the twentieth century.  Yes, of course, there was much in the actions and rhetoric that surrounded the chaotic invasion of the Capitol on 6 January 2021 that recalled the street violence of the Nazi Party; but such analogies can easily be stretched far beyond the plausible.  Occasional favourable references among right-wing politicians to the fascist past in Germany, Austria and Italy aside, there is little to suggest that the new politics has its origins in Europe’s mid-twentieth-century past.  That of course is one of the secrets of its success.  Like Trump’s approach to the U.S. Civil War, Europe’s populists wear their history lightly, seizing opportunistically on the injustices of the Treaty of Trianon in Hungary, the legacies of Communist rule in Poland, or the supposed grandeur of Benito Mussolini’s Fascist empire to invest their present-day campaigns with a little three-dimensional depth.  But this is not the main story.  Their politics is part of a new history, that of the twenty-first century.

Historians therefore need to bury their narratives of the twentieth century.  They can squabble politely over whether its endpoint lay in the demise of the socialist regimes in eastern Europe in 1989, the great implosion of the Soviet Union in the 1990s, or the new challenges so powerfully expressed by the attack on the Twin Towers on 9/11, and the subsequent surges of radicalised Islamic violence.[2] But what matters, in Europe as in America, is less the choice of dates, than the way in which these events form part of a larger process: the emergence of a new era, that we might term the History of the Present.

Understanding Economic InsecurityThere are multiple aspects to this new historical era: the financial crash of 2008-9, the emergence of an authoritarian China with massive economic power, and the sudden and disruptive transition from a print and televisual culture rooted in languages and national borders, to a global and digital world.  But, to understand the new politics of Trump and his European equivalents, three elements provide the trig points from which we can map the uncharted landscape.

The first is the demise of stable meanings of democracy, or indeed of the political.  The creation of a formal and disciplined political sphere was one of the great legacies of the modernization of Europe from the 1860s to the 1960s, giving birth to the complex organisational charts of European and American government which illustrated political-science textbooks of the later twentieth century, rather in the manner of guides to install central-heating systems.[3] But that has now gone.  The old politics continues to happen, but it does not rule.  Power has shifted from parliaments, parties, and the conventional institutions of political debate – notably the political press – to new spaces, some community-based, others digital, which lack the organisational skeleton of the old politics of the twentieth century.  They are amorphous and fast-changing currents, which can carry individuals and issues such as Black Lives Matter and QAnon to transitory prominence; but, after their demise, leave little trace behind them.  This is the new unpredictability of democratic politics, and yet it is not obviously democratic or political.  Instead, it effaces the divisions between the political and the wider worlds of communication and the entertainment media, creating a new world where footballers, tv celebrities, and rap artists communicate more directly and effectively with the public than do those who remain constrained within the label of politicians.  It is easy to bemoan these changes, and to see in them the demise of the democratic politics of old.[4] But it is also pointless to do so.  Democratic politics has burst its banks, and has become part of a much wider public sphere, in which the democratic process has been adulterated through the addition of a much wider range of emotions, grievances, but also forms of identity, and dreams of a better world, collective and individual.

Las conspiraciones de QAnon prenden en Canadá | Internacional | EL PAÍS

The second trig point is therefore the emergence of new citizens.  That term too is part of the legacies of the Age of Revolutions, redolent with the language of the American and French constitutions of the late eighteenth century.  But it has proved to have a long life.  It was challenged fundamentally by the comradeship of the Communist revolutionary project, and by the racial identities of the Nazi Volksgemeinschaft, and yet it proved sufficiently resilient to resurface in the second half of the twentieth century as the definition of the democratic citizen of modern societies.  The duties of these citizens were manifold: they were required to vote soberly and with due decorum, to pay their taxes, to obey the laws and the comprehensive regulatory structures of modern societies, and in the case of young men in many states, to serve in the conscript armies.  But that, of course, was only half of the deal.  The other half was the provision by the state of a predictable universe, through an ever wider range of social goods in the form of housing, education, and transport infrastructures, and the safety nets of welfare and health provision which mitigated the anxieties that had haunted previous generations. That model reached its high point around the 1970s, with the construction in the U.S. and Europe of larger and more complex institutions of government that anticipated the needs of citizens, and provided solutions which it would be far beyond the resources of citizens to bring about themselves.[5]

But, since the 1980s, that model has been in retreat.  Government – as we have learned painfully through the current pandemic – has lost the means to provide reliably for the health of its citizens.  Under the pressure of the newly fashionable languages of neo-liberalism and marketization, state institutions have been replaced by the new politics of the bazaar, in which rival companies and a range of semi-public and semi-private institutions compete to supplant provision by the state.  Few citizens positively willed this change, but they have adapted rapidly to its reality.  If the state provides so much less, so they are less willing to pay its taxes, obey its laws, or respect its leaders.  This is the mentality of what is often called the new populism – a term which seems inescapable in describing the politics of the present, but which simultaneously risks defining it in too narrowly political terms.[6] What is different about the politics of a Trump, Matteo Salvini, Vladimir Putin, or Viktor Orbán is not that they seek to use mendaciously the language of the common man (or woman) – the real majority – against some form of privileged elite.  Most of their supporters can see such claims as the all too transparent forms of marketing that they are.  But they make considered decisions that they would prefer to support the charlatans and adventurers against those whom they know to be more sober and qualified.

La UE se conjura para evitar el avance del populismo

Historians underestimate the seriousness of that decision-making by citizens at their peril.  Their decisions might be distracted at times by the slogans and emotions of outmoded nationalist or ethnic languages, but at heart most twenty-first-century citizens know what they want, and indeed what they do not want.  If there is one conclusion that emerges loud and clear from the great weight of studies that have been undertaken on the electorate of the Rassemblement national in France since the 1980s, and the studies of subsequent surges in populist political movements up to Trump and Brexit,[7] it is that the electors who voted for them knew what they were doing, and why they were doing it.  Three themes dominate: security, control, and the primacy of the personal.  These citizens want protection from crime, immigration, and its perceived socio-economic consequences, and from the alien threats – racial, environmental, and cultural – which stalk a much less predictable world.  They consequently also want control: control of their local neighbourhood and their national society, but also the control to decide what they want for themselves, rather than what others might deem to be good for them.  These are not proud Know Nothings, but they are deeply impatient of Know Alls.  They therefore also want the right to make their own decisions – call it freedom, if you want – be that in terms of their identity, sexuality, or values, or, more prosaically, in how they live their daily lives.  Political commentators often focus on the authoritarian and intolerant aspects of the new politics, as reflected in protest campaigns against the rights of gender or of race, but at the core of the new politics is often a surprising willingness to accept diversity, as long as it does not prejudice the wider unity of society.

Economic insecurity or immiseration? | occasional links & commentaryThis, then, is the third trig point of the new politics.  The agenda of politics has disappeared, and has done so in ways which exclude any simple return to the political frontiers of left and right of the twentieth century. Many of the old issues have not gone away: in a time of economic insecurity, present and future, the mobilising power of class will remain evident.  But its force manifests itself not through the representative institutional hierarchies of old, but through the new protest campaigns of factory gates and direct action, as well as the denunciation of the oligarchical wealthy through the tools of social media.  Class, moreover, is no longer the reliable determinant of political identity that it once was.  As the chaotic exuberance of the movement of the gilets jaunes in France in 2018-19 demonstrated, it co-exists with the other bearers of identity, be they ethnic, gendered, or community-based: the intoxicating solidarity of the imagined “we” against “them.”

The new politics therefore lacks what would have been regarded until recently as a coherent agenda.  The short attention span encouraged by a digital universe is replicated in politics through the shifting shapes of a rapidly moving succession of primarily visual images.  This, of course, is what Trump understood quicker than most.  Coherence and policy-making matter much less than the empty gesture or the transient announcement: declaring you are going to build a wall does not require you to build one.  Indeed, one suspects that very few of his supporters thought that he would build the wall, just as one might question how far those who voted leave in the Brexit referendum campaign actually intended to bring about the departure of the UK from the EU.  Political action too is more about the participants than the end result: the gilets jaunes occupying roundabouts on the edges of French provincial towns is rather different from the storming of the Bastille.  But to regard such actions as naïve or ineffectual is to misunderstand their purpose.  They are the means of expressing an identity or grievance, rather than the conventional pursuit of a goal, still less a wish to take power.  The era when political and ideological affiliations were for life has largely evaporated.  Instead, increasingly large numbers of citizens lend their votes and support to a series of diverse causes – often through a momentary liking of a tweet, or a signature on a digital petition – which respond to their emotions, group identity, or aspirations.[8]

There is much that is disconcerting in the new politics, but it would be wrong to dismiss it as the rise of a new barbarism.  The devil has not once again acquired all of the best tunes, and the new political world is one which can generate a wide range of outcomes.  Nor will it be necessarily as radical as it currently seems.  With time the disruptive impact of figures such as Trump may be channelled within new norms, enabling a continuity of institutional structures to reassert itself, within or without the Republican Party.  But, for now, it suffices to recognise that the mentality of incremental reformist change which was embedded in the machinery of West European and American politics in the later twentieth century has in large part disappeared.  The future could be many things, but it seems highly unlikely that it will be social democratic.[9] This requires historians to change their focus.  Institutional structures, ideological traditions, and indeed democratic norms, have been replaced by a less disciplined and more open politics, in which the aspiration to save the planet and end racism can co-exist alongside the wish to re-assert the nation-state and to control immigration. The multiple incoherences between and within such attitudes matter less than the pervasive sense of a daily referendum in which new practices of direct democracy co-exist with a visual theatre of rhetoric and gesture.  With greater skill than his many detractors would readily admit, Trump provided a first sketch of the character of the new politics.  But he too will quite rapidly come to seem out of date.  The unpredictable history of the present has only just begun.

Martin Conway is Professor of Contemporary European History at the University of Oxford and a Fellow of Balliol College, Oxford.  His books include The Sorrows of Belgium: Liberation and Political Reconstruction, 1944–1947 (Oxford University Press, 2012) and Western Europe’s Democratic Age, 1945-1968 (Princeton University Press, 2020).

Notes


[1] Samuel Moyn, ‘Biden Says “America is Back.” But Will his Team of Insiders Repeat their Old Mistakes?,” The Guardian, 1 December 2020.

[2] See, notably, Eric J. Hobsbawm, Age of Extremes: The Short Twentieth Century 1914-1991 (London: Michael Joseph, 1994); Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (London: Hamish Hamilton, 1992).

[3] I have written about a characteristic example of these texts, Herman Finer’s The Major Governments of Modern Europe (London: Methuen, 1960), in Martin Conway, “Democracy in Western Europe after 1945,” in J. Kurunmäki, J. Nevers and H. te Velde, eds., Democracy in Modern Europe: A Conceptual History (New York: Berghahn Books, 2018), 231-256.

[4] See, for example, A.C. Grayling Democracy and its Critics (London, 2017).

[5] I have written about this in Conway, Western Europe’s Democratic Age, 1945-1968 (Princeton: Princeton University Press, 2020), 199-254.

[6] Jan-Werner Müller, What is Populism? (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2016).

[7] Pascal Perrineau, Le symptôme Le Pen: radiographie des électeurs du Front National (Paris: Fayard, 1997); Harold D. Clarke, Matthew Goodwin, and Paul Whiteley, Brexit: Why Britain Voted to Leave the European Union (Cambridge: Cambridge University Press, 2017); Roger Eatwell and Matthew Goodwin, “The Grip of Populism,” The Sunday Times, 7 October 2018.

[8] The concept of voters lending their support to a political party was articulated explicitly by Boris Johnson on the night of the result of the 2019 election, to describe the votes gained by the Conservative Party in areas of the North of England that had formerly voted for the Labour Party: “You may only have lent us your vote, you may not think of yourself as a natural Tory and you may intend to return to Labour next time round.” The Guardian, 13 December 2019.

[9] Tony Judt, Ill fares the Land: A Treatise on our Present Discontents (London: Allen Lane, 2010).

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Ayer, 9 de marzo de 2021, murió a los 83 años el gran historiador estadounidense Walter LaFeber.  Uno de los grandes analistas de la historia de las relaciones exteriores de Estados Unidos, LaFeber hizo su doctorado en la Universidad de Wisconsin de la mano de William Appleman Williams, Fred Harvey Harrington y Philipp D. Curtain. Bajo la influencia de la escuela realista y con una temprana tendencia hacia las interpretaciones económicas, LaFeber desarrolló una impresionante carrera con obras imprescindibles como The New Empire: An Interpretation of American Expansion, 1860–1898 (1963), America, Russia and the Cold War, 1945-1966 (1967), The Panama Canal: The Crisis in Historical Perspective (1978), Inevitable Revolutions: The United States in Central America (1984), The Clash: U.S.-Japanese Relations Throughout History (1997), Michael Jordan and the New Global Capitalism (1999) y The Deadly Bet: LBJ, Vietnam, and the 1968 Election (2005). Su labor didáctica es igual de impresionante. LaFeber trabajó por más de treinta años en la Universidad de Cornell, ayudando a formar destacados historiadores de las relaciones exteriores de Estados Unidos. Entre sus estudiantes destacan Richard Immerman, Nancy F. Cott, Andrew Rotter, Frank Costigliola, entre otros.

Descanse en paz Maestro, y gracias.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 10 de marzo de 2021

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En este interesante artículo, el periodista especializado en Estados Unidos, Carlos Hernández-Echevarría, analiza la historia del sentimiento anti-católico en la nación estadounidense.


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Cuando Estados Unidos odiaba y temía a los católicos

Carlos Hernández-Echevarría

La Vanguardia   4 de febrero de 2021

Cuando John Kennedy se presentó a la presidencia en 1960, tuvo que aclarar que, si ganaba, no dejaría que el papa Juan XXIII le dictara desde el Vaticano cómo gobernar. Joe Biden, desde hace unos días el segundo presidente católico de la historia de Estados Unidos, no ha pasado por nada parecido. Hoy ese discurso parecería ridículo, y eso es todo un signo del progreso de un país con una larga tradición de maltrato y discriminación hacia los católicos.

El anticatolicismo estaba presente en EE. UU. desde antes incluso de que se fundara el país. Hasta hace no mucho, los libros de historia de los niños estadounidenses empezaban con el relato de cómo los primeros colonos llegaron desde Inglaterra a las costas de Massachusetts para poder practicar su religión en libertad. Sin embargo, esos mismos libros olvidaban contar que los que habían huido de la opresión religiosa no tardaron mucho en convertirse en opresores.

Los colonos transportaron al “nuevo mundo” los prejuicios que en Inglaterra eran comunes contra la minoría católica. En 1700, la colonia de Massachusetts aprobó una “Ley contra los Jesuitas y los Curas Papistas” que los declaraba “incendiarios y perturbadores de la paz y la seguridad pública” y también “enemigos de la verdadera religión cristiana”. Por eso daba a esos sacerdotes un corto plazo para abandonar el territorio o serían condenados a cadena perpetua. Si a alguno se le ocurría escapar de prisión, recibiría la pena de muerte.

No es un caso único. El futuro estado de Rhode Island fue fundado por un hombre que había escapado de Massachusetts buscando más libertad religiosa, pero la colonia también acabó prohibiendo a los católicos ocupar cargos públicos.

En Maryland, fundada por un aristócrata católico para refugiar a los que compartían su fe, la ley pasó en unas décadas de reconocerles la libertad religiosa a imponerles todo tipo de restricciones: no podían ser profesores o abogados y tampoco votar. Tenían prohibido celebrar misa fuera de sus casas y bautizar a cualquiera que no fuera hijo de católicos.

Caricatura dibujada por Thomas Nast en 1876 en la que se presenta a obispos católicos como cocodrilos atacando a las escuelas públicas en connivencia con los políticos católicos irlandeses.

Caricatura de 1876 que presenta a obispos católicos como cocodrilos atacando a las escuelas públicas en connivencia con los políticos católicos irlandeses.
 Dominio público

Muchas de estas restricciones, por ejemplo en Nueva York, siguieron en vigor incluso tras ganar la independencia de Gran Bretaña y durante los primeros años de vida de los nuevos Estados Unidos de América. Solo en 1789 la nueva constitución estableció que el país no tendría religión oficial y que tampoco restringiría la práctica de ninguna fe. Además, especificó que las creencias religiosas “no pueden ser nunca un requisito para acceder a un cargo público” federal.

Los llamados “padres fundadores” habían creado un estado aconfesional, pero los prejuicios contra los católicos estaban muy lejos de desaparecer.

Inmigración y ‘fake news’

Entre 1820 y 1930, llegaron a EE. UU. unos 4,5 millones de inmigrantes irlandeses católicos. Esta inmensa oleada migratoria puso nerviosos desde el principio a muchos protestantes, que recibieron a los recién llegados con los prejuicios heredados de los primeros colonos y algunos nuevos. Era habitual acusarlos de querer derribar al gobierno por orden del papa, y sobre ellos se difundían las fake news más exageradas, a veces con consecuencias dramáticas.

En 1834, una turba le prendió fuego a un convento cerca de Boston. Habían corrido rumores de que la congregación había asesinado a una de sus monjas por intentar abandonar la orden, aunque resultó que estaba tan viva que testificó en el juicio contra los incendiarios.

Todos los edificios del complejo quedaron completamente arrasados, en parte por la pasividad de los bomberos, que no pusieron mucho esfuerzo en apagar el fuego. Solo un hombre fue a prisión por el crimen, pero después fue indultado.

Dibujo que representa las ruinas del convento quemado en 1834.

Dibujo que representa las ruinas del convento quemado en 1834.
 Dominio públic

Los bulos anticatólicos estaban a la orden del día y además eran un negocio muy rentable. Maria Monk, una mujer canadiense que había pasado por un albergue católico para prostitutas, vendió durante la década de 1830 cientos de miles de libros en los que decía falsamente que había sido monja y contaba toda suerte de historias sobre asesinatos de bebés en conventos.

Para difundir sus libros, Monk se asoció con algunos pastores protestantes radicales, aunque no está muy claro quién se quedó con los beneficios, porque ella murió en un hogar para indigentes después de ser detenida por robar a un cliente en un burdel.

A veces la violencia no se desataba por un rumor, sino por disputas políticas, sobre todo en las grandes ciudades, donde la población migrante católica iba creciendo y quería hacer valer su fuerza electoral. En 1844, el debate sobre qué biblia debía usarse en las escuelas públicas de Filadelfia provocó unos disturbios en los que ardieron varias viviendas de católicos y dos de sus iglesias y murieron al menos veinte personas.

Al enterarse de ello el arzobispo de Nueva York, un inmigrante irlandés, advirtió a las autoridades de que no consentiría lo mismo. “Si una sola iglesia católica se quema, Nueva York será un nuevo Moscú”, dijo en referencia al incendio de la capital rusa durante la invasión de Napoleón.

El partido que no sabía nada

Los católicos empezaban a organizarse políticamente, pero también los anticatólicos. Fue en esa época cuando surgió el partido Know-nothing, “no sé nada”. Tomó ese nombre porque en sus inicios era una sociedad secreta cuyos miembros debían responder así cuando se les preguntara por ella.

Unos años después se organizaron abiertamente bajo el nombre de Partido Nativo Americano o Partido Americano, y predicaron con bastante éxito el odio a los inmigrantes en general y a los católicos en particular. Sobre todo a los de origen irlandés y alemán.

En la década de 1850, el partido xenófobo llegó a tener más de un centenar de representantes en el Congreso, donde defendía que se prohibiera a los católicos desempeñar cargos públicos y abogaba por las deportaciones masivas de inmigrantes.

Además, gobernaba en ocho estados y en la ciudad de Chicago, donde el alcalde Levi Boone impedía a los católicos trabajar para el ayuntamiento o entrar en la policía. Pero los Know-nothing no se limitaban a impulsar el racismo en las instituciones, también lo hacían en la calle.

En una jornada electoral en agosto de 1855, los militantes del partido en Louisville, Kentucky, estaban decididos a que solo los “verdaderos americanos” votasen. Un tercio de la población de la ciudad eran católicos de ascendencia alemana o irlandesa, así que los Know-nothing desplegaron patrullas en el exterior de los centros electorales que pedían a los votantes una contraseña difundida de antemano entre los protestantes. A los que no la tenían les impedían el paso y a los que no se iban a casa, les daban una paliza.

Imagen del ciudadano ideal estadounidense según el movimiento Know Nothing.

Imagen del ciudadano ideal estadounidense según el partido Know-nothing.
 Dominio público

Por supuesto, el candidato a la alcaldía de los Know-nothing ganó aquellas elecciones, pero además el llamado “lunes sangriento” dejó 22 muertos. La catedral católica de la ciudad, construida tres años antes, fue destruida, y más de un centenar de casas y negocios de católicos acabaron ardiendo. Los tribunales no condenaron a nadie por ello.

Aquella década de 1850 fue el pico del poder del partido anticatólico, que en los siguientes años se partiría en dos por el debate sobre la legalidad de la esclavitud que empujó al país a una guerra civil. Sin embargo, otros grupos extremistas no tardarían en reclamar su legado.

Una ley seca contra los católicos

La siguiente gran oleada de inmigrantes no fue tan irlandesa, pero también fue católica. Entre 1880 y 1914, más de cuatro millones de italianos se trasladaron a EE. UU. y sufrieron los prejuicios que ya existían sobre su religión, además de una mayor dificultad para aprender el idioma.

Aparte de las acusaciones ya tradicionales de que iban a derribar la democracia por orden del papa, los católicos de la época se vieron arrastrados al gran debate de la época: la prohibición de la venta y consumo de alcohol.

El movimiento a favor de la ley seca tenía su mayor fortaleza en las zonas rurales de EE. UU., que contaban con muchos menos católicos que las grandes ciudades. Si uno busca entre los principales líderes abolicionistas de aquella era, encontrará muchas declaraciones anticatólicas.

El fundador de la Liga Anti Salones, William H. Anderson, decía que si las ciudades no apoyaban la ley seca era por “los extranjeros que no se lavan” y porque la Iglesia católica estaba “indignada por lo que consideran una victoria protestante”. El obispo episcopaliano James Cannon Jr. decía que los italianos o los polacos le daban “dolor de estómago” y que había que cerrarles la puerta del país.

Ningún lugar era tan odiado por los líderes abolicionistas como Nueva York, y no despreciaban a ningún líder político tanto como a su gobernador, el católico Al Smith. A la ciudad, donde un tercio de sus casi seis millones de habitantes había nacido en el extranjero, la llamaba el obispo Cannon “la sede de Satán”. También decía que sus habitantes católicos eran “la gente que quiere Smith, las personas sucias que encuentras por las aceras de Nueva York”.

Al Smith dando un discurso.

Al Smith dando un discurso.
 Dominio público

En 1924, cuando el Partido Demócrata se planteó por primera vez hacer a Al Smith candidato a presidente, su convención nacional fue una batalla campal. Primero los delegados discutieron agriamente sobre si condenar o no las actividades del Ku Klux Klan, que acababa de resurgir con enorme fuerza gracias, entre otras cosas, a su discurso anticatólico. Después de no lograrlo, tuvieron que votar 103 veces a lo largo de dos semanas para elegir entre el católico Smith y otro candidato apoyado por el KKK. A la vista de que el bloqueo era insuperable, ambos se retiraron para permitir la elección de un candidato desconocido.

Cuatro años después, Smith sí que consiguió ser el primer católico en convertirse en candidato presidencial de uno de los grandes partidos. Durante aquella campaña se le acusó de querer imponer el catolicismo como religión oficial y se imprimieron panfletos que lo acusaban de haber construido un túnel submarino entre el Vaticano y Nueva York para recibir órdenes del papa. Varios predicadores protestantes pidieron a sus fieles que no le votaran, y el obispo episcopaliano Cannon lo definió como “el clásico intolerante de la jerarquía católica romana irlandesa de Nueva York”.

El esfuerzo funcionó. La ley seca era impopular y le quedaban cinco años para la derogación, pero Smith se derrumbó en el Sur protestante y sufrió una derrota arrasadora. El recuerdo de esa catástrofe política pesó mucho durante años en el Partido Demócrata y muchos de sus líderes lo tenían en mente cuando, 32 años después, el católico John Kennedy se presentó a la presidencia. ¿Estaba EE. UU. preparado por fin?

De Kennedy a Biden

En 1960, muchos de los líderes demócratas más importantes eran católicos, jefes políticos de grandes ciudades donde los descendientes de los inmigrantes irlandeses o italianos ya eran mayoría. Sin embargo, temían que el resto del país diera a Kennedy el mismo trato que había dado a Smith.

El candidato logró disipar sus dudas venciendo en las primarias demócratas de West Virginia, donde el 95% de la población era protestante, después de pronunciar su famoso discurso sobre el catolicismo: “¿Vamos a decir que un tercio de la población de EE. UU. tiene vedada para siempre la Casa Blanca?”.

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Jonh Fitzgerald Kennedy, el primer presidente católico de Estados Unidos.

Kennedy aún tuvo algunos problemas más. Un grupo de 150 ministros protestantes declaró antes de las elecciones que no sería independiente del papa salvo que renunciara abiertamente a su catolicismo.

La campaña de Nixon obtuvo un mejor resultado de lo esperado en algunos estados de fuerte tradición protestante, pero Kennedy ganó, y abrió el camino a que Joe Biden ni siquiera haya tenido que responder a muchas de las preguntas con las que él se encontró.

El anticatolicismo en EE. UU., que el historiador Arthur Schlessinger llamó “el sesgo más profundo de la historia del pueblo americano”, ha quedado aparentemente para los libros de historia.

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El Gilder Lehrman Institute of American History acaba de anunciar sus cursos gratuitos de historia de Estados Unidos para estudiantes de escuela elemental, media y superior. En total son seis: un curso en el que el elenco del musical Hamilton leerá libros de historia estadounidense para niños, un curso sobre la vida de los esclavos en la era de los Padres Fundadores, un curso sobre el uso dramático de fuentes históricas, Joe Welch (2018 National History Teacher of the Year) enseñará un curso sobre la guerra fría, un curso preparatorio para los exámenes avanzados de historia estadounidense y por último, un curso sobre la constitución de Estados Unidos.

Quienes estén interesados pueden ir aquí por más información.

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En Estados Unidos se dedica el mes de febrero a conmemorar y celebrar la historia de los afroamericanos, tema que no es ajeno a esta bitacora. ¿Qué mejor manera de comenzar este mes que con un artículo que busca rescatar la profundidad de uno de los íconos del movimiento de los derechos civiles? En este escrito que comparto con mis lectores, la politóloga estadounidense Jeanne Theoharis nos recuerda que la labor y el legado de  Rosa Parks no se limitan a su desafío a la segregación racial de la transportación pública en la Alabama de los años 1950. La figura de Parks es mucho más grande que eso. Según la Dra. Theoharis, la Sra. Parks dedicó muchos años de su vida a luchar contra el racismo en  los estados del norte. También resalta sus simpatías con los Black Panthers y su admiración por Malcolm X. 

En otras palabras, Rosa Parks -como tambien el Dr. King- es un personaje mucho más complejo  del que los medios, los libros textos y los políticos usualmente proyectan en un esfuerzo de apropiación que busca diluir su mensaje y su ejemplo, y hacerlos así aceptables.


A  booking photo of Rosa Parks taken on Feb. 22, 1956, at the county sheriff’s office in Montgomery, Ala.

Credit…Montgomery County Sheriff’s Office, via Associated Press

The Real Rosa Parks Story Is Better Than the Fairy Tale

The New York Times   February 1, 2021 

 

Mug shot No. 7053 is one of the most iconic images of Rosa Parks. But the photo, often seen in museums and textbooks and on T-shirts and websites, isn’t what it seems. Though it’s regularly misattributed as such, it is not the mug shot taken at the time of Mrs. Parks’s arrest in Montgomery, Ala., on Dec. 1, 1955, after she famously refused to give up her seat on a bus to a white passenger. It was, in fact, taken when she was arrested in February 1956 after she and 88 other “boycott leaders” were indicted by the city in an attempt to end the boycott. The confusion around the image reveals Americans’ overconfidence in what we think we know about Mrs. Parks and about the civil rights movement.

Martin Luther King Jr. and Rosa Parks dominate the Civil Rights Movement chapters of elementary and high school textbooks and Black History Month celebrations. And yet much of what people learn about Mrs. Parks is narrow, distorted, or just plain wrong. In our collective understanding, she’s trapped in a single moment on a long-ago Montgomery bus, too often cast as meek, tired, quiet and middle class. The boycott is seen as a natural outgrowth of her bus stand. It’s inevitable, respectable and not disruptive.

But that’s not who she was, and it’s not how change actually works. “Over the years, I have been rebelling against second-class citizenship. It didn’t begin when I was arrested,” Mrs. Parks reminded interviewers time and again.

Rosa Parks papers give insight into the civil rights icon

Born Feb. 4, 1913, she had been an activist for two decades before her bus stand — beginning with her work alongside Raymond Parks in 1931, whom she married the following year, to organize in defense of the “Scottsboro Boys” (nine Black teenagers who were falsely accused of raping two white women). Indeed, one of the issues that animated her six decades of activism was the injustice of the criminal justice system — wrongful accusations against Black men, disregard for Black women who had been sexually assaulted, and police brutality. With a small group of other activists, including E.D. Nixon, who would become branch president, she spent the decade before her well-known bus stand working to transform the Montgomery NAACP into a more activist chapter that focused on voter registration, criminal justice and desegregation. This was dangerous, tiring work and Mrs. Parks said it was “very difficult to keep going when all our work seemed to be in vain.” But she persevered.

Dispirited by the lack of change and what she called the “complacency” of many peers, she reformed the NAACP Youth Council in 1954 and urged her young charges to take greater stands against segregation. When 15-year-old Claudette Colvin was arrested for refusing to give up her seat on a bus in March 1955, many Black Montgomerians were outraged by Mrs. Colvin’s arrest, but some came to decide that the teenager was too feisty and emotional, and not the right test case. Mrs. Parks encouraged the young woman’s membership in the Youth Council and was the only adult leader, according to Ms. Colvin, to stay in touch with her the summer after her arrest. Mrs. Parks put her hope in the spirit and militancy of young people.

The Rebellious Life of Mrs. Rosa Parks (Young Readers Edition) by Jeanne  Theoharis: 9780807067574 | PenguinRandomHouse.com: BooksThat evening on the bus, Mrs. Parks challenged the police officers arresting her: “Why do you push us around?” There are no photos from the arrest — no sense this would be a history-changing moment. But networks that had been built over years sprang into action late that night when Mrs. Parks decided to pursue her legal case and called Fred Gray, a young lawyer and fellow NAACP member, to represent her. Mr. Gray called the head of the Women’s Political Council, Jo Ann Robinson, who decided to call for a one-day boycott on Monday, the day Mrs. Parks would be arraigned in court.

Braving danger, Ms. Robinson left her home in the middle of the night to run off 50,000 leaflets with the help of a colleague and two trusted students. In the early-morning hours, the women of the W.P.C. fanned out across the city, leaving the leaflets in churches, barbershops and schools. Mr. Nixon began calling the more political ministers to get them on board. Buoyed by the boycott’s success that first day, the community decided to continue. The boycott succeeded in part because the Black community organized a massive car pool system, setting up some 40 pickup stations across town, serving about 30,000 riders a day, and in part because of a federal legal case challenging Montgomery’s bus segregation that Mr. Gray filed in February with courageous teenagers, Ms. Colvin and Mary Louise Smith, serving as two of the four plaintiffs.

The boycott seriously disrupted city life and bus company revenues. Police harassed the car pools mercilessly, giving out hundreds of tickets — and then, when that didn’t work, the city dredged up an old anti-syndicalism law and indicted 89 boycott leaders. Refusing to be cowed or to wait to be arrested, Mrs. Parks, along with others, presented herself to the police while scores of community members gathered outside. Mug shot No. 7053.

The Rosa Parks fable also erases the tremendous cost of her bus stand and the decade of suffering that ensued for the Parks family. They weren’t well-off. The Parkses lived in the Cleveland Court projects, Mrs. Parks’s husband, Raymond, working as a barber at Maxwell Air Force Base and Mrs. Parks spending her days in a stuffy back room at Montgomery Fair department store altering white men’s suits. Five weeks after her bus stand, she lost her job; then Raymond lost his. Receiving regular death threats, they never found steady work in Montgomery again. Eight months after the boycott’s successful end, the Parks family was forced to leave Montgomery for Detroit, where her brother and cousins lived. They continued to struggle to find work, and she was hospitalized to treat ulcers in 1959, which led to a bill she couldn’t pay. It was not until 1966, 11 years after her bus arrest, after she was hired to work in U.S. Representative John Conyers’s new Detroit office, that the Parks family registered an income comparable to what they’d made in 1955. (Mrs. Parks had supported Mr. Conyers’s long-shot bid for Congress in 1964.)

 

Mrs. Parks spent the next several decades of her life fighting the racism of the North — “the Northern promised land that wasn’t,” she called it — marching and organizing against housing discrimination, school segregation, employment discrimination and police brutality. In July 1967, on the fourth day of the Detroit uprising, police killed three Black teenagers at the Algiers Motel. Justice against the officers proved elusive (ultimately none of them were punished for murder or conspiracy) and Detroit’s newspapers grew reluctant to press the issue. At the request of young Black Power activists who refused to let these deaths go unmarked and the police misconduct be swept under the rug, Mrs. Parks agreed to serve as a juror on the “People’s Tribunal” to make the facts of the case known.

Credit…Michael J. Samojeden/Associated Press

“I don’t believe in gradualism,” she made clear, “or that whatever is to be done for the better should take forever to do.” In the 1960s and ’70s, she was part of a growing Black Power movement in the city and across the country. Describing Malcolm X as her personal hero, she attended the 1968 Black Power convention in Philadelphia in 1968 and the 1972 Gary Convention, worked for reparations and against the war in Vietnam, served on prisoner defense committees, and visited the Black Panthers’ school in 1980. “Freedom fighters never retire,” she observed at a testimonial for a friend — and she never did.

But this Rosa Parks is not the one most of us learned about in school or hear about during Black History Month commemorations. Instead, we partake in an American myth, as President George W. Bush put it after her death in 2005, that “one candle can light the darkness.” A simple seamstress changes the course of history with a single act, decent people did the right thing and the nation inexorably moved toward justice. Mrs. Parks’s decades of work challenging the racial injustice puts the lie to this narrative. The nation didn’t move naturally toward justice. It had to be pushed.

The Rebellious Life of Mrs. Rosa Parks – Race, Politics, Justice

The boycott was a tremendous feat of organization that drew on networks built over years. Understanding the demonization, death threats and economic hardship Mrs. Parks endured for more than a decade underscores the costs of such heroism. Most Americans did not support the civil rights movement when it was happening; in a Gallup poll right before the March on Washington in 1963, only 23 percent of Americans who were familiar with the proposed march felt favorably toward it.

Reckoning with the fact that Mrs. Parks spent the second half of her life fighting the racism of the North demonstrates that racism was not some regional anachronism but a national cancer. And seeing how she placed her greatest hope in the militant spirit of young people (finding many adults “complacent”) gives the lie to the ways commentators today have used the civil rights movement to chastise Black Lives Matter for not going about change the right way. Learning about the real Rosa Parks reveals how false those distinctions are, how criminal justice was key to her freedom dreams, how disruptive and persevering the movement, and where she would be standing today — an essential lesson young people, and indeed all Americans, need to understand to grapple honestly with this country’s history and see the road forward.

Jeanne Theoharis is a professor of political science and the author of eleven books on the civil rights and Black Power movements including “The Rebellious Life of Mrs. Rosa Parks” and “The Rebellious Life of Mrs. Rosa Parks Young Readers’ Edition,” co-adapted with Brandy Colbert.

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El proceso de independencia estadounidense fue posible gracias a la combinación de una serie de factores domésticos e internacionales. No todos ellos han formado  parte del discurso y la mitología nacionales de Estados Unidos.  Uno de los factores  menos recordados es la significativa -determinante, dirían algunos- ayuda externa que recibieron los rebeldes en su lucha contra el imperio inglés. Bajo la consigna de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, varios países europeos ayudaron a las Treces Colonias en una movida geopolítica contra la hegemonía inglesa. Por ejemplo, los franceses concedieron préstamos y otras ayudas que permitieron a los estadounidenses superar la desventaja con que habían estado luchando contra los casacas rojas. La presencia de militares franceses, así como también de otras naciones europeas, ayudó a fortalecer y profesionalizar el ejército revolucionario. Oficiales como el famoso Marqués de La Fayette (francés), el Barón Von Steuben (prusiano), el General Thaddeus Kosciuszko (polaco) y el Conde de  Rochambeau (francés) aportaron con su conocimiento y experiencia a la victoria estadounidense.

Comparto con mis lectores esta corta nota del historiador Gonzalo M. Quintero dedicada a una de  las figuras extranjeras más olvidadas de la guerra de independecia estadounidense, el general español Bernardo de Gálvez, el héroe de la batalla de Pensacola.  Este escrito forma parte del libro Bernardo de Gálvez, un héroe español en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (Alianza Editorial, 2020).


El español que fue decisivo en la independencia de EEUU

GONZALO M. QUINTERO

El País 27 de enero de 2021

Las fuerzas españolas lideradas por Bernardo de Gálvez durante la batalla de Pensacola (Florida), obra de Augusto Ferrer-Dalmau (2015)

Las fuerzas españolas lideradas por Bernardo de Gálvez durante la batalla de Pensacola (Florida), obra de Augusto Ferrer-Dalmau (2015). WIKIPEDIA 

Desde principios de la primavera de 1781, fuerzas españolas llevaban asediando la plaza de Pensacola en La Florida Occidental británica. En mayo, después de haber repelido un feroz contraataque británico contra las posiciones avanzadas españolas, el general Bernardo de Gálvez confesaba a su buen amigo Francisco de Saavedra su preocupación sobre la lentitud del avance de las fuerzas de Su Católica Majestad. Saavedra había sido compañero de clase de Gálvez en la Real Escuela Militar de Ávila y estaba en Pensacola como enviado personal del poderoso ministro de Indias, José Gálvez, tío de Bernardo.

Más de dos meses después de la llegada de las primeras fuerzas españolas a la bahía de Pensacola, el agotador trabajo de los ingenieros excavando las trincheras y construyendo las baterías, y la exasperante rutina del intercambio de fuego artillero empezaban a minar la moral de las tropas españolas. Gálvez estaba preocupado. Los suministros traídos desde La Habana se estaban acabando. Las balas de cañón de grueso calibre eran tan escasas que había tenido que recurrir a pagar a sus soldados dos reales por cada bala de cañón británica encontrada en el campo español que pudiera ser vuelta a disparar contra Pensacola. Según Saavedra, “en esta situación estaba resuelto a asaltar por escalada aquella misma noche el fuerte enemigo de la Media Luna [fuerte de la Reina], cuya posesión haría rendir muy en breve los otros dos fuertes (…) y abreviaría de esta suerte el sitio que se hacía muy prolongado”.

Mapa de la bahía de Pansacola (Pensacola) de Antonio Donato Paredes (1782). WIKIPEDIA

Finalmente tuvo que abandonar su plan de lo que hubiera sido un desesperado y casi suicida ataque frontal, pues cuando las fuerzas españolas llegaron frente al fuerte británico ya había amanecido y se había perdido toda sorpresa. Al día siguiente, una vez terminados los trabajos en la batería más próxima al fuerte de la Reina, Gálvez ordenó abrir fuego resignándose a esperar otro día más en el ya demasiado largo asedio de Pensacola. Sin embargo, a las nueve y media de la mañana del martes 8 de mayo de 1781 todo cambió. Se oyó una gran explosión. Gálvez corrió hacia la batería y, viendo la destrucción en el fuerte de la Media Luna, ordenó el ataque. Las tropas españolas se apoderaron rápidamente de la posición y con Pensacola ahora bajo el alcance del fuego enemigo, el comandante británico, el general George ­Campbell, no tuvo más opción que rendirse. Esa misma noche se firmó la capitulación por la que no sólo Pensacola sino también toda La Florida Occidental volvían al seno del imperio español en América del Norte.

El 16 de diciembre de 2014, el presidente Barack Obama firmó la resolución conjunta del Congreso de Estados Unidos por la que se confería la nacionalidad honoraria a Bernardo de Gálvez. El más alto honor que el Gobierno de este país puede otorgar a un ciudadano extranjero y que sólo se ha concedido en ocho ocasiones. Su texto recoge que Bernardo de Gálvez fue “un héroe de la Guerra de la Revolución [norteamericana] que arriesgó su vida por la libertad del pueblo de los Estados Unidos”. Sus “victorias contra los británicos fueron reconocidas por George Washington como un factor decisivo en el resultado” de la guerra. En este mismo sentido, “el Congreso Continental de los Estados Unidos declaró, el 31 de octubre de 1778, su gratitud y sentimientos favorables a Bernardo de Gálvez por su comportamiento hacia los Estados Unidos” por “haber jugado un papel esencial en la guerra y en ayudar a asegurar la independencia de los Estados Unidos”. Pese a estos reconocimientos oficiales y pese al hecho de que “varios lugares geográficos, incluyendo [la ciudad de] Galveston y el condado de Galveston, ambos en Texas, y los pueblos de Galvez y St. Bernard Parrish, en Luisiana, derivan su nombre de Bernardo de Gálvez”, lo cierto es que tanto su biografía como el papel que desempeñó como la más alta autoridad del imperio español en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos han sido pasados por alto por la historia popular en dicho país.

I Alone: Bernardo de Galvez's American Revolution: Amazon.co.uk: Garrigues,  Eduardo, Membrez, Nancy: 9781558858923: BooksLa vida de Bernardo de Gálvez puede considerarse casi como una novela de aventuras. Incluso un leve vistazo a su vida muestra que, pese a su brevedad (murió a los 40 años), tuvo una carrera militar llena de acción y desafíos. Pese a conocer muchas victorias, también supo del sabor de la derrota. Su rápido ascenso desde simple teniente a general es una historia de ambición personal y familiar, de valor y, a veces, de pura buena suerte. Era de carácter impetuoso y romántico, profundamente enamorado de su mujer, Felicitas, y apasionado en su vida privada, fuera tocando la guitarra o vitoreando la faena de un torero.

En un contexto más amplio, la vida de Bernardo de Gálvez puede ser contemplada también a través del importante papel jugado por España en la Guerra de Independencia norteamericana, donde Gálvez fue el comandante supremo de las fuerzas españolas que combatieron a los británicos en los estados de Mississippi, Alabama y Florida y, más tarde, jefe de las fuerzas franco-españolas en el Caribe. Un mapa de Norteamérica publicado en Londres en 1783 muestra cómo un tercio de la superficie de los actuales Estados Unidos estaba entonces bajo la soberanía del imperio español, al menos en teoría. En realidad España tenía muy escaso control sobre la mayoría de este vasto territorio donde la población indígena local apenas se veía afectada por esta teórica soberanía española.

Aunque a veces la participación de España en la Revolución Americana se ha presentado como una contribución a la independencia de los Estados Unidos, incluso como si se hubiera tratado de un regalo, la realidad es que la decisión española de entrar en guerra contra Gran Bretaña se basó exclusivamente en consideraciones de política imperial. Además de ser una oportunidad para vengar la derrota española en la Guerra de los Siete Años y de ser un capítulo más en la centenaria confrontación entre España y Gran Bretaña en América, los objetivos españoles en la guerra eran debilitar al imperio británico y recuperar territorios específicos, muy especialmente Gibraltar. Al mismo tiempo, el Gobierno español consideraba la independencia de los Estados Unidos como un subproducto de la guerra que podría sentar un peligroso precedente para las posesiones españolas en América. Obligada a elegir entre compartir Norteamérica con el imperio británico o con una nueva y pequeña república con un gobierno central muy débil como el establecido en los Artículos de Confederación de 1777, España se decidió por lo último. En este contexto, no es sorprendente que el Gobierno español nunca considerase a los Estados Unidos como un aliado. Para España, la Revolución Americana era simplemente una guerra imperial más entre España y Francia contra Gran Bretaña.

Mucho antes de que se declarase la guerra, Gálvez fue el principal responsable de canalizar la mayoría de la ayuda secreta proporcionada por el Gobierno español a los rebeldes norteamericanos. Aunque España nunca fue formalmente un aliado de los Estados Unidos en la lucha por su independencia, pues lo impedían consideraciones políticas, su entrada en la guerra definitivamente inclinó la balanza contra Gran Bretaña. La flota combinada franco-española superaba a la británica y el asedio a Gibraltar y las operaciones contra Menorca obligaron a Gran Bretaña a tener que combatir al mismo tiempo en lugares muy distantes. Del mismo modo, las campañas de Gálvez contra los asentamientos británicos a lo largo del río Mississippi, y más tarde contra Mobila y Pensacola impidieron que los británicos pudiesen concentrar sus fuerzas contra el Ejército Continental al mando de George Washington.

Gonzalo M. Quintero Saravia (Lima, 1964) es diplomático y doctor en Historia de América por la Universidad Complutense y en Derecho por la UNED. Este extracto es un adelanto de su libro ‘Bernardo de Gálvez, un héroe español en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica’, que Alianza editorial publica el próximo 28 de enero.

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Comparto con mis lectores este interesante capítulo del libro de la historiadora Josefina L. Martínez, ¡No somos esclavas! Huelgas de mujeres trabajadoras, ayer y hoy . Esta obra analiza el papel que han jugado las mujeres en el desarrollo del movimiento obrero y, en especial, en huelgas a nivel global. En el caso específico del capítulo que comparto, Martínez enfoca una huelga en Lawrence (Massachussets) llevada a cabo en marzo de 1912. Aquellos interesados en la historia obrera, de género y de la intersección entre ambas, podrían encontrar muy útil este capítulo.


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Manifestación en Lawrence (Massachusetts) durante la huelga de 1912.
LAWRENCE HISTORY CENTER PHOTOGRAPH COLLECTION

La huelga de Pan y Rosas

Josefina L. Martínez

Ctxt.com     16/01/2021

Desde que comenzó la pandemia hemos visto en varios países la irrupción de luchas de mujeres trabajadoras cruzadas por la explotación y los agravios del racismo y las migraciones. El grito de las jornaleras contra los abusos en el campo, la protesta de las enfermeras y limpiadoras en los hospitales, las trabajadoras del hogar contra la esclavitud moderna o las vecinas autoorganizadas para frenar los desahucios. Estas experiencias muestran la potencialidad de apostar por la construcción de un feminismo de clase, alejado tanto del punitivismo moralista de las disputas en redes sociales como de los techos de cristal del feminismo meritocrático.

El libro ¡No somos esclavas! Huelgas de mujeres trabajadoras, ayer y hoy recupera algunas de estas luchas, sus dolores y también sus deseos de emancipación. Pero el hilo rojo y morado que entrevera género y clase no comienza hoy. Por eso la primera parte está dedicada a huelgas de mujeres en la historia: la huelga de Pan y Rosas en 1912 en EE.UU., la revuelta de las mujeres contra el aumento de los precios en Barcelona, Málaga y Alicante en 1918, las huelgas de las inquilinas en las primeras décadas del siglo XX o las luchas de las trabajadoras textiles contra el Corte Inglés en la Transición española. Varios capítulos están basados en artículos publicados en los últimos años en CTXT, ahora reeditados, junto con historias nuevas. Para la publicación del libro, ilustrado por Emma Gascó, se ha lanzado una campaña de crowdfunding en Verkami. Presentamos aquí, como adelanto editorial, el capítulo sobre la huelga de Pan y Rosas, una de las más importantes de la historia de la clase obrera en Estados Unidos. Protagonizada por decenas de miles de trabajadoras textiles, jóvenes, inmigrantes y precarias, se desarrolló en Lawrence entre el 11 de enero y el 14 de marzo de 1912.

La mañana del 11 de enero el frío cortaba la respiración en Lawrence, Massachusetts. Antes de las 6 de la mañana, miles de bocas tragaron pequeños trozos de pan en cocinas oscuras, las mujeres alimentaron a los niños y se calzaron los abrigos. Minutos después, los portales escupían figuras que se multiplicaban al doblar la esquina; polleras, sombreros y botines cruzaban puentes y aceleraban el paso, mientras el humo de las chimeneas y el chillido de los silbatos indicaba el camino de tan temprana procesión. El torrente se precipitaba por calles y avenidas, bifurcándose en los portones de cada fábrica: la Everett Mills, la Pacific Mills, la Washington Mills, unas 30 en total. Lawrence abría sus fauces, enormes mandíbulas mecánicas, trituradoras de ladrillo y metal, para engullir esa masa de carne y nervios, músculos y cerebros. En cada taller, los hilos se tensaban y los brazos se acoplaban a las máquinas, iniciando el traqueteo infernal que iba a martillear los tímpanos durante 10 horas.

Portada del libro. Ilustración: Emma Gascó

La ciudad había sido fundada en 1845 por la Asociación de empresarios de Boston en un lote de tierras despobladas de Nueva Inglaterra. Abbot Lawrence la había imaginado como un modelo ideal de laboriosidad y puritanismo donde las jóvenes solo se ocuparían unos años en la confección, hasta que llegara la edad de casarse y estuvieran listas para engendrar hijos devotos. Cuarenta años después, las ‘chicas de Lawrence’ seguían trabajando con la espalda doblada 14 horas al día en talleres mugrientos, pariendo hijos que entraban a trabajar antes de tener un solo pelo en la caraHacia 1910, Lawrence se transformó en uno de los centros de la industria textil norteamericana –sus fábricas procesaban el 25% del total del tejido de lana en Estados Unidos–, una urbe de casi 86.000 habitantes, en su mayoría trabajadores y trabajadoras no cualificadas que llegaban en oleadas desde el sur de Italia, Polonia, Lituania, Grecia, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia para abastecer la creciente demanda de mano de obra. En su Informe sobre la huelga de los trabajadores textiles de Lawrence de 1912, el Gobierno Federal indicaba que al menos la mitad de la población mayor de 14 años se ocupaba en la industria textil de lana y algodón y más del 80% de la población era extranjera.

Ese día invernal, sin embargo, debajo de la rutina aparente, circulaba una potente corriente subterránea, una tensión que se transmitía en las miradas, en frases intercambiadas en diferentes lenguas, en rostros endurecidos. Las polacas fueron las primeras. 200 mujeres que, al recibir la paga semanal y comprobar que les habían bajado el salario, estallaron con furia y pararon la producción. Bajaron los brazos y con esa declaración de inmovilidad, dejando caer hilos y agujas, condenaron a las máquinas a su impotencia de cacharros sin alma. Con ese gesto, iniciaron una huelga que iba a ser imparable.  Short Pay, short pay! All out! ¡Menos salario, todas afuera! Durante 63 días, trabajadoras y trabajadores inmigrantes sostuvieron una huelga que desafió a las corporaciones textiles más importantes de Estados Unidos, enfrentó a los gobiernos, a la policía y la milicia armada, a los medios de comunicación conservadores y al clero reaccionario, hasta conseguir un triunfo.

La lucha tuvo varios hitos: la creación de un comité de huelga, con 56 miembros, donde estaban representadas más de veinte comunidades étnicas y nacionales; la organización de cocinas populares que garantizaron dos comidas diarias a miles de huelguistas y sus familias; una caja de resistencia que recibió aportes desde todo el país; los piquetes móviles de las mujeres para burlar a la policía. Y lo que quizás sea el evento más conocido: el “éxodo de los niños”, cuando las trabajadoras enviaron en tren a cientos de sus hijos hacia otras ciudades, para ser alimentados y cuidados por familias solidarias durante la huelga.

Al parecer, los días previos al 11 de enero ya había circulado el rumor de la huelga en varios idiomas. El disparador fue una reducción salarial de unos pocos centavos en las nóminas. Una ley reciente establecía la reducción de la jornada laboral para mujeres y menores de edad, que debía pasar de 56 a 54 horas semanales. Y como en la industria textil la mayoría eran mujeres, tenía un gran impacto en la ciudad. Los empresarios aceptaron recortar la jornada de trabajo, pero a cambio redujeron también los salarios, no pensaban perder ni un céntimo en esta operación.

20 centavos equivalían a varias barras de pan, pero fue mucho más que eso lo que desencadenó el conflicto. Según la Comisión del Trabajo de Massachusetts, el salario mínimo que necesitaba una familia obrera para sobrevivir era de 8,28 dólares por semana, mientras un tercio de los hogares cobraba por debajo de esa cifra, menos de siete dólares. Por un piso con tres piezas, se pagaba entre dos y tres dólares semanales; el salario no alcanzaba. Si eras abogado o cura, tenías una esperanza de vida de 64 años, pero si eras una trabajadora textil, con suerte podías superar los 40 años. Eran frecuentes las enfermedades respiratorias, provocadas por la inhalación de partículas de algodón y productos tóxicos. A esto se sumaba un récord nacional de accidentes laborales: brazos amputados, dedos arrancados, piernas machacadas. La pujante industria norteamericana se alimentaba de sangre fresca, y no era una metáfora.

Cuando se supo que las polacas habían bloqueado la producción, miles de trabajadoras se reunieron espontáneamente fuera de las plantas, gritando: “¡Todas afuera!”. En minutos, una lluvia de piedras y trozos de hielo volaron hacia las ventanas, una buena forma de llamar la atención de quienes todavía dudaban. Al día siguiente, las trabajadoras se dirigieron al salón de la asociación franco-belga, constituyeron el comité de huelga y pidieron ayuda a la IWW (Industrial Workers of the World). Este era un sindicato militante y combativo que, a diferencia de la conservadora central AFL, organizaba a los trabajadores no cualificados, los más precarios, los afroamericanos y las mujeres. La IWW enviaba a sus mejores organizadores, los wobblys, a todos los puntos del país para apoyar las huelgas y organizar las cajas de resistencia.

Enseguida, el comité de huelga lanzó un mensaje a las trabajadoras y trabajadores de Lawrence: “Ahora que la asociación de los capitalistas ha mostrado la unidad de todos nuestros adversarios, os llamamos como hermanos y hermanas a unir vuestras manos junto con nosotros en este gran movimiento. Nuestra causa es justa… Trabajadores y trabajadoras, dejad vuestros martillos, tirad vuestras herramientas, dejad que las máquinas se paren, que la energía deje de hacer girar las ruedas y los telares, dejad la maquinaria, apagad los fuegos, paralizad las plantas, paralizad la ciudad”.

Pájaros de fuego, chicas rebeldes

Las investigadoras Anne F. Mattina y Domenique Ciavattone señalan que los tres ingredientes claves para el triunfo de la huelga fueron el papel de la IWW, las redes de solidaridad creadas por las organizaciones nacionales de inmigrantes y el activismo militante de las mujeres obreras.

One Big Union: Ireland and the Wobbly World | Irish Centre for the  Histories of Labour & Class, NUI GalwayElizabeth Gurley Flinn fue una de las principales organizadoras de la huelga. La ‘Chica Rebelde’, como se la conocía popularmente, tenía 21 años cuando llegó a Lawrence, enviada por la IWW. Hija de socialistas irlandeses, militaba desde muy joven. Durante la huelga de Lawrence, organizó reuniones especiales para las mujeres, tomando en cuenta las dificultades que tenían para organizarse. Lo explicaba así: “Las mujeres querían hacer piquetes. Eran huelguistas, tanto como esposas y valientes luchadoras”. Otra organizadora destacada era Annie Walzenback, de 34 años. Había ingresado en las fábricas textiles cuando tenía 14. Hablaba inglés, alemán, polaco y yiddish. Era una agitadora y organizadora de los piquetes diarios, junto a sus dos hermanas. Se dice que una noche, 2.000 mujeres la acompañaron hasta su casa después de una manifestación, solo para asegurarse de que llegara bien y no fuera detenida por la policía, que la tenía fichada. Finalmente, la noche del 15 de febrero fue trasladada directamente desde su cama a la cárcel por las fuerzas policiales.

El papel de estos experimentados organizadores y organizadoras de la IWW fue fundamental para la lucha que sacudió a Lawrence, pero la fuerza de propulsión brotaba de la rebelión de las trabajadoras inmigrantes. Esas mujeres jugaron un papel crucial por su presencia en múltiples espacios: en las fábricas, en los piquetes callejeros y en los barrios. Allí mantenían redes, tejidas durante años, cuando intercambiaban con sus vecinas un poco de comida o se ayudaban para cuidar a los niños. Durante la huelga, aquellos contactos permitieron que la información diaria circulara de casa en casa, en tiempos en que no había redes sociales ni teléfonos móviles.

Tan solo un año antes, muchas trabajadoras habían comentado entre ellas, con los ojos llenos de rabia y dolor, los acontecimientos ocurridos en la fábrica Triangle Shirwaist de Nueva York, cuando un incendio causó la muerte de 146 trabajadoras. Cuando comenzó ese incendio, las operarias que estaban en el octavo piso pudieron escapar, pero en el noveno las mujeres se dieron cuenta demasiado tarde de lo que ocurría. 50 trabajadoras se lanzaron por las ventanas huyendo del humo abrasador y murieron por el impacto: pájaros de fuego. Otras fueron aplastadas en las escaleras de incendio o en el hueco del ascensor. Y el resto murieron asfixiadas y quemadas. Todo esto ocurrió en menos de media hora. Una verdadera tragedia causada por la codicia patronal, que conmovió a la clase trabajadora de este a oeste. Días después, 400.000 personas marcharon en una procesión de homenaje a las mujeres de Triangle. En su mayoría, se trataba de jóvenes trabajadoras e inmigrantes, muy parecidas a las que unos meses después se lanzarían a la huelga en Massachusetts. Parecía como si todo ese dolor acumulado hubiera explotado en Lawrence, desatando la huelga.

Flashback Photo: The 1912 Bread and Roses Strike - New England Historical  Society

Los mítines multitudinarios se traducían en simultáneo a 30 idiomas, superando las divisiones étnicas y nacionales al interior de la clase obrera. Desde siempre, las patronales habían utilizado esas diferencias para enemistar a unos trabajadores contra otros, debilitando su fuerza colectiva. Pero ahora eso ya no funcionaba. Las mujeres descubrieron la táctica de formar piquetes móviles para desbordar a las fuerzas policiales y a las milicias armadas. Todos los días marchaban en largas cadenas humanas, con los brazos entrelazados, cortejos de miles de personas, cantando y gritando. Se cuenta que un grupo de mujeres italianas desarmó a un policía; entre varias le quitaron la placa, la porra y hasta los pantalones, antes de arrojarlo al río helado. Uno de los empresarios dijo, horrorizado, acerca de aquellas mujeres: “Tienen demasiada astucia y demasiado carácter. Están por todos lados, y se está poniendo cada vez peor”. El intendente también dejó caer una frase que se hizo famosa: “Un policía puede controlar a diez hombres, mientras que hacen falta 10 policías para controlar a una sola mujer”.

Durante la primera semana de huelga hubo una tormenta de nieve y la temperatura llegó a 10 grados bajo cero. El 15 de enero, miles de huelguistas montaron un piquete para impedir la entrada de rompehuelgas en las instalaciones de la Washington and Wood Mills. Cuando llegaron hasta la Prospect Mill, lanzaron piedras y bolas de hielo. Se dirigían hacia la Atlantic y Pacific Mills cuando la policía los interceptó, lanzando agua helada a los manifestantes con mangueras de apagar incendios.

“Pueden usar su manguera, pero se está encendiendo en el corazón de los trabajadores una llama de revuelta proletaria que ninguna manguera de incendios en el mundo puede apagar”, declaró después Joseph Ettor. En los barrios, los panaderos polacos bajaron los precios para los huelguistas, mientras que los peluqueros se negaban a atender a los rompehuelgas. En las calles, miles de personas cruzaban miradas cómplices, se reconocían fácilmente porque llevaban insignias con el lema: “No seas rompehuelgas” o con las siglas de la IWW.

Amazon.com: Lawrence Strike 1912 Ncartoon 1912 By Art Young On The Lawrence  Massachusetts Textile Worker Strike Of That Year Poster Print by (24 x 36):  Posters & PrintsLa represión y la batalla por la opinión pública

La jornada del 29 de enero fue un punto de inflexión. Ese día la policía asesinó a la trabajadora Anna LoPizzo durante una concentración y varios dirigentes de la huelga fueron detenidos.

La ofensiva represiva iba creciendo semana a semana. El alcalde Michael Scanlon había desplegado a la policía local, pero al tomar nota de la determinación de las huelguistas, el 15 de enero convocó a la milicia armada y llegó a declarar la ley marcial. Varios escuadrones de la milicia (antecesora de la Guardia Nacional) se establecieron en Lawrence, reforzados por la policía de Boston y francotiradores de los Marines.

Así trascurrían las semanas, las fuerzas se tensaban y las huelguistas no daban el brazo a torcer, a pesar del hambre y el frío. Pero lo que terminó de definir el futuro de la huelga fue el “éxodo de los niños” y la feroz represión. Entonces se logró ganar la batalla por la opinión pública. A principios de febrero apareció un aviso en el periódico socialista de Nueva York, The Call:

RECIBID A LOS NIÑOS

Los niños de Lawrence tienen hambre. Su padres y madres están luchando, pero el hambre puede romper la huelga. Estas mujeres y hombres están dispuestos a sufrir, pero no pueden ver el dolor de sus hijos o soportar sus llantos pidiendo comida. Se solicita a aquellos trabajadores y simpatizantes de la huelga que puedan acoger al hijo de un huelguista hasta que la huelga termine, que envíen con urgencia su nombre y domicilio al Call. Hacedlo de inmediato.

En pocas horas hubo cientos de llamados y cartas ofreciendo un lugar para los niños de Lawrence. La táctica se había inspirado en tradiciones de lucha del movimiento obrero europeo, a propuesta de varios activistas. En pocos días, la enfermera Margaret Sanger junto con Elizabeth Gurley Flinn y otros miembros del comité organizaron todo. Un primer grupo de 119 niños viajó a Nueva York el 10 de febrero. Un millar de personas recibió a los pequeños con euforia en la Estación Central. Cuando un segundo grupo llegó a Nueva York, el 17 de febrero, se organizó una manifestación. En las fotos vemos los pequeños rostros orgullosos. Una pancarta decía: “Piden pan, reciben bayonetas”. La noticia seguía corriendo en toda la prensa nacional y otras ciudades también querían recibir a los niños de Lawrence. Su “éxodo” representaba todo lo humano de esta lucha contra la codicia de los empresarios. Y para tratar de frenar esa corriente de simpatía, el alcalde de Lawrence no tuvo mejor idea que prohibir los viajes de niños. Pero una nueva delegación de 200 pequeños ya estaba preparada para montar al tren, el 24 de febrero. Ese día, decenas de madres con sus hijos se dirigieron a la estación, donde se encontraron con un inmenso dispositivo policial.

Cuando el tren se acercaba a los andenes, las mujeres trataron de avanzar. Entonces llovieron los palos, golpes y empujones, la policía cargando contra mujeres y niños. –¡Tened cuidado con los niños, los estáis matando! –gritó Tema Camitta, del comité de solidaridad de Philadelphia. Minutos después, se produjeron más de 50 arrestos y una docena de niños fue trasladada en coches de la milicia. Una multitud de huelguistas se lanzó sobre ellos, muchos eran los padres desesperados buscando a sus hijos. Y la represión continuó.

Barre, the Socialist Labor Party Hall, and the Lawrence Strike of 1912 -  Old Labor Hall

El New York Times informó al día siguiente que para “desanimar cualquier intento de los huelguistas de rescatar a los niños, cuatro compañías de infantería y un escuadrón de caballería rodearon la estación de trenes”. Lo que no sabían aquellas mujeres, cuando resistieron como leonas para que la policía no les arrancara de los brazos a sus pequeños, era que, en ese preciso instante, habían ganado la huelga. Después de la represión se produjo tal escándalo a nivel nacional, que los empresarios se vieron obligados a ceder. Pocos días después, una asamblea multitudinaria aprobó por aclamación el acuerdo alcanzado.

Josefina L. Martinez

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A la hora de explicar el arraigo y popularidad de Donald J. Trump entre millones de estadounidense imperan dos factores: el económico y el racial. El primero hace alusión a los efectos de más de trienta años de neoliberalismo «reaganiano»  sobre las clases media y baja blanca estadounidenses. Su empobrecimiento y abandono por parte de los principales partidos políticos -y en especial los Democratas- las hizo muy receptivas a la demagogia de Trump.  Las fabricas se fueron a China o a México, los estadounidense de baja nivel educativo vieron sus opciones económicas reducirse, los ricos se hicieron más ricos y  los pobres cayeron víctimas de opiáceos y de la avariacia de ciertas compañías farmaceuticas.  El esperado goteo (trickle-down) de la riqueza no llegó.

En cuanto al tema racial, es necesario reconocer que, contrario a lo que muchos pensaron, la victoria de Obama en 2008 no marcó el fin de los conflictos raciales en Estados Unidos. Por el contrario, la presencia de un negro en la Casa Blanca exacerbó los ánimos raciales y preparó el camino para el éxito del discurso racista de Trump.  Sitiéndose amenazados y preocupados por perder sus privilegios ante el crecimiento y avance de las minorías raciales, millones de estadounidense vieron en Trump el líder necesario para hacer a Estados Unidos blanco de nuevo. Con Trump en la presidencia, supremacistas blancos y otros grupos extremistas se sintieron el libertad de expresar abiertamente lo que pensaba o sentían en privado.

¿Cuál de estas explicaciones es la correcta? No creo en explicaciones simples, por lo que veo necesario recurrir a ambas para entender cómo llegamos a la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021. Ese día, miles de estadounidenses, en su inmensa mayoría  blancos, llegaron a Washington D.C. convocados por el Presidente para cuestionar la certificación congresional de la victoria de Joe Biden. En lo que los medios identificaron erróneamente como algo inédito en la historia de Estados Unidos, los seguidores de Trump marcharon sobre el Congreso y con una facilidad pasmosa lo tomaron por la fuerza. Luego vino un despliegue de lo peor de la sociedad estadounidense.

Quienes participaron en el ataque al Congreso se hicieron parte de una tradición estadounidense, la de cuestionar los resultados electorales cuando no favorecen a un sector social o racial.

En este escrito, el periodista británico Toby Luckhurst reseña los eventos que ocurrieron en Wilmington, Carolina del Norte, cuando en 1898 una turba de hombres blancos derrocaron a una coalición racialmente mixta, que democráticamente habían ganado el control de la ciudad.


Wilmington 1898: When white supremacists overthrew a US government

Toby Luckhurst

BBC News

A mob stands outside the burnt offices of the Wilmington Daily Record

The mob burned down the offices of the Wilmington Daily Record a caption

Following state elections in 1898, white supremacists moved into the US port of Wilmington, North Carolina, then the largest city in the state. They destroyed black-owned businesses, murdered black residents, and forced the elected local government – a coalition of white and black politicians – to resign en masse.

Historians have described it as the only coup in US history. Its ringleaders took power the same day as the insurrection and swiftly brought in laws to strip voting and civil rights from the state’s black population. They faced no consequences.

Wilmington’s story has been thrust into the spotlight after a violent mob assaulted the US Capitol on 6 January, seeking to stop the certification of November’s presidential election result. More than 120 years after its insurrection, the city is still grappling with its violent past.

Short presentational grey line

After the end of the US Civil War in 1865 – which pitted the northern Unionist states against the southern Confederacy – slavery was abolished throughout the newly-reunified country. Politicians in Washington DC passed a number of constitutional amendments granting freedom and rights to former slaves, and sent the army to enforce their policies.

But many southerners resented these changes. In the decades that followed the civil war there were growing efforts to reverse many of the efforts aimed at integrating the freed black population into society.

Wilmington in 1898 was a large and prosperous port, with a growing and successful black middle class. Undoubtedly, African Americans still faced daily prejudice and discrimination – banks for instance would refuse to lend to black people or would impose punishing interest rates. But in the 30 years after the civil war, African Americans in former Confederate states like North Carolina were slowly setting up businesses, buying homes, and exercising their freedom. Wilmington was even home to what was thought to be the only black daily newspaper in the country at that time, the Wilmington Daily Record.

300+ Unfair politics ideas | african american history, black history,  history facts«African Americans were becoming quite successful,» Yale University history professor Glenda Gilmore told the BBC. «They were going to universities, had rising literacy rates, and had rising property ownership.»

This growing success was true across the state of North Carolina, not just socially but politically. In the 1890s a black and white political coalition known as the Fusionists – which sought free education, debt relief, and equal rights for African Americans – won every state-wide office in 1896, including the governorship. By 1898 a mix of black and white Fusionist politicians had been elected to lead the local city government in Wilmington.

But this sparked a huge backlash, including from the Democratic Party. In the 1890s the Democrats and Republicans were very different to what they are today. Republicans – the party of President Abraham Lincoln – favoured racial integration after the US Civil War, and strong government from Washington DC to unify the states.

But Democrats were against many of the changes to the US. They openly demanded racial segregation and stronger rights for individual states. «Think of the Democratic party of 1898 as the party of white supremacy,» LeRae Umfleet, state archivist and author of A Day of Blood, a book about the Wilmington insurrection, told the BBC.

Democratic politicians feared that the Fusionists – which included black Republicans as well as poor white farmers – would dominate the elections of 1898. Party leaders decided to launch an election campaign based explicitly on white supremacy, and to use everything in their power to defeat the Fusionists. «It was a concerted, co-ordinated effort to use the newspapers, speechmakers and intimidation tactics to make sure the white supremacy platform won election in November 1898,» Ms Umfleet said.

White militias – including a group known as the Red Shirts, so named for their un

iforms – rode around on horseback attacking black people and intimidating would-be voters. When black people in Wilmington tried to buy guns to protect their property, they were refused by white shopkeepers, who then kept a list of those who sought weapons and ammo.

Red Shirts pose at the polls in North Carolina

Enter a captioThe Red Shirts militia intimidated and attacked blacn

Newspapers meanwhile spread claims that African Americans wanted political power so they could sleep with white women, and made up lies about a rape epidemic. When Alexander Manly, owner and editor of the Wilmington Daily Record, published an editorial questioning the rape allegations and suggesting that white women slept with black men of their own free will, it enraged the Democratic party and made him the target of a hate campaign.

The day before the state-wide election in 1898, Democratic politician Alfred Moore Waddell gave a speech demanding that white men «do your duty» and look for black people voting.

And if you find one, he said, «tell him to leave the polls and if he refuses kill, shoot him down in his tracks. We shall win tomorrow if we have to do it with guns.»

The Democratic party swept to victory in the state elections. Many voters were forced away from polling stations at gunpoint or refused to even try to vote, for fear of violence.

But the Fusionist politicians remained in power in Wilmington, with the municipal election not due until the next year. Two days after the state election Waddell and hundreds of white men, armed with rifles and a Gatling gun, rode into the town and set the Wilmington Daily Record building alight. They then spread through the town killing black people and destroying their businesses. The mob swelled with more white people as the day went on.

Wilmington Coup 1898 | Downtown Wilmington, NC

As black residents fled into the woods outside the town, Waddell and his band marched to the city hall and forced the resignation of the local government at gunpoint. Waddell was declared mayor that same afternoon.

«It [was] a full-blown rebellion, a full-blown insurrection against the state government and the local government,» Prof Gilmore said.

Within two years, white supremacists in North Carolina imposed new segregation laws and effectively stripped black people of the vote through a combination of literacy tests and poll taxes. The number of registered African American voters reportedly dropped from 125,000 in 1896 to about 6,000 in 1902.

«Black people in Wilmington didn’t think that something like this would ever happen,» Prof Gilmore said. «There was a Republican governor in the state, their congressman was a black man. They thought that things were actually getting better. But part of the lesson about it was as things got better, white people fought harder.»

Deborah Dicks Maxwell is president of the local branch of the National Association for the Advancement of Colored People [NAACP] in Wilmington. Born and raised in the town, she didn’t learn about the attack until she was in her thirties.

«It was something that those who are here [in Wilmington] knew but it was not widely talked about,» she told the BBC. «It’s not in the school curriculum like it should be – no one wants to admit this happened.»

It was not until the 1990s that the city began to discuss its past. In 1998 local authorities commemorated the 100th anniversary of the attack, and two years later set up a commission to establish the facts. Since then the city has erected plaques at key points to commemorate the events, and has created the 1898 Monument and Memorial Park – something Ms Dicks Maxwell described as «small but significant».

Given what the city has gone through, it’s no surprise that its residents and historians who have covered its past drew parallels between the 1898 insurrection and the attack on the US Capitol this month. Ms Dicks Maxwell and her NAACP branch had for months after the US election been highlighting what they saw as the similarities between what happened in Wilmington and how politicians today in the US were trying to undermine the election results.

«Earlier that day we had a press conference denouncing our local congressman for supporting Trump, [saying] that there would be a possible coup and that we did not want another coup to ever occur in this country,» she said. Just hours later the mob marched on the US Capitol.

Christopher Everett is a documentary maker who made a film about the 1898 insurrection, Wilmington on Fire. When Mr Everett saw the attack on the Capitol he thought of Wilmington.

«No one was held accountable for the 1898 insurrection. Therefore it opened up the floodgates, especially in the south, for them to… strip African Americans’ civil rights,» he told the BBC. «That’s the first thing that came to my mind after the DC insurrection – you’re opening the door for something else to happen, or even worse.»

The 1898 attack was not covered up. University buildings, schools and public buildings throughout the state were all named after the instigators of the insurrection. Men would later claim to have taken part in the attack to boost their stature in the Democratic Party. As the decades passed, history books started to claim the attack was in fact a race riot started by the black population and put down by white citizens.

«Even after the massacre, a lot of these folks who participated in and orchestrated the insurrection became immortalised – statues, buildings named after them, throughout the country, especially in North Carolina,» Mr Everett said.

CWilmington insurrection of 1898 - Wikiwandharles Aycock – one of the organisers of the white supremacy electoral campaign – became governor of North Carolina in 1901. His statue now stands in the US Capitol, which rioters entered on 6 January.

Mr Everett is now filming a sequel to his documentary to examine how Wilmington is grappling with its past. He said many local leaders are working to «bring the city of Wilmington back to the spirit of 1897, when you had this Fusion movement of white folks and black folks working together and making Wilmington an example of what the new south could have been after the civil war.»

«Wilmington was a model for the white supremacy movement with the insurrection,» he said. «But now Wilmington could also be a model to show how we can work together and overcome the stain of white supremacy as well.»

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