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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

Comparto esta interesantísima nota anónima publicada en The Attick sobre el papel que jugaron las bicicletas  en la sociedad decimonónica estadounidense. Según su autor o autora, en la década de 1890 se registró un “boom de las bicicletas” en Estados Unidos que cambió mucho más que el transporte. Las principales beneficiadas de este boom fueron las estadounidenses, pues ganaron libertad.

Hasta 1890 las bicicletas eran artefactos peligrosos y costosos, lo que cambió gracias a la innovaciones de los franceses. La más importante de ellas fue el neumático de goma.

Otro factor que propició el boom fue la caída de los precios de las bicicletas a  menos de $100. También fueron creadas bicicletas más livianas.

Todo ello llevó a un aumento impresionante en el uso de la bicicleta. En 1890 había 80,000 bicicletas en Estados Unidos. Seis años más tarde habían llegado al millón. Los pilotos más revolucionarios fueron las mujeres, que constituían una tercera parte de sus usuarios.

La necesidad de comodidad y seguridad al pedalear también provocó un cambio en la moda femenina, haciendo aceptable una pieza antes rechazada: los bombachos (bloomers). Estos pantalones holgados ayudaron a las mujeres a superar la incomodidad que conllevaba viajar en bicicleta con la ropa que se usaba en los años 1890 y, junto con la bicicleta, dieron libertad a miles de mujeres estadounidenses.

El boom tuvo su fin a finales del siglo XIX con la motorización de las bicicletas.

Este breve ensayo viene acompañado de hermosas imágenes, de las cuales hemos compartido algunas.

The Attick  es una revista digital dedicada a una gran variedad de temas y géneros .


Una bicicleta hecha para ella

The Attick

WICHITA, KS, 1896 — ¡La noticia es impactante!  Charles Dennison ha solicitado el divorcio. Parece que hace un año Charles le regaló una bicicleta a su esposa, Elma.  Nada ha sido igual desde entonces.

“El Sr. Dennison dice que su esposa desarrolló la fiebre de la bicicleta a tal grado que descuidó todo: su hogar, sus hijos y su esposo.  Vivía sólo para su rueda, y sobre ella”.  Como prueba de que su esposa se ha convertido en una “fanática de las bicicletas”, el Sr. Dennison ofrece la siguiente carta: “Mi querido esposo: Encuéntrame en la esquina de la calle Tercera y la Séptima Avenida y trae contigo mis bombachos negros, mi lata de aceite y mi llave inglesa de bicicleta”.

Los inventos que cambiaron el mundo son pocos.  Los millennials hablan del teléfono inteligente, mientras que los boomers recuerdan la televisión o la PC.  Pero en la década de 1890, la vida estadounidense se vio sacudida, sobresaltada y empujada a una velocidad más alta por una maravilla que ahora damos por sentada: la bicicleta.

“Como fuerza revolucionaria en el mundo social, la bicicleta no ha tenido igual en los tiempos modernos”,  escribió Century Illustrated en 1896.  “Lo que está haciendo, de hecho, es poner a la raza humana sobre ruedas por primera vez en su historia”.

Los encantadores anuncios antiguos y las melodías nostálgicas sobre una “bicicleta construida para dos” idealizan el “boom de las bicicletas” de la década de 1890.  Pero junto con la diversión, la bicicleta cambió más que el transporte.  Les dio a las mujeres un raro sabor de libertad.  Ese sabor, por supuesto, no vino sin una reacción violenta.

Durante décadas antes de 1890, las bicicletas habían dado la vuelta a la manzana, pero eran peligrosas y decididamente solo para hombres.  Se necesitó la audacia de un macho para subirse a un “penique” y viajar a seis pies sobre el pavimento pedaleando una enorme rueda delantera.  ¿Neumáticos?  De madera o de acero, lo que les valió a estas bicicletas el apodo de “sacudehuesos”.  ¿Frenos?  Arrepentido.  Intenta dar marcha atrás.

Entonces, un mecánico parisino inventó la “bicicleta de seguridad”.  Este precursor de las bicicletas actuales tenía ruedas, pedales y una cadena modestos.  La mayor innovación, sin embargo, fueron los neumáticos de goma.  Se acabaron los temblores de huesos.

En 1887, la Overman Wheel Company en Chicopee Falls, Massachusetts, comenzó a fabricar los primeros modelos estadounidenses.  Llegada la nueva década, la locura estaba en marcha. New York Journal: “Hombre, mujer y niño —la población de la cristiandad— está en una rueda.  ¿La iglesia?  Está olvidado.  ¿El sábado?  Un día de ciclismo.  ¿El caballo?  Símbolo y compañero de caballerosidad.  El tabaco ha sido abandonado.  La política se ha convertido en una mera atención a los deseos de los hombres del timón”.

Todo el mundo, al parecer, quería una bicicleta.  Y a medida que los precios cayeron a menos de 100 dólares, a medida que las bicicletas más livianas reemplazaron a las chatarra de 50 libras, todos, todos los adultos de todos modos, obtuvieron uno.  La reina Victoria andaba en bicicleta.  Tolstoi aprendió a montar… ¡a su edad!  Los clubes de ruedas enviaban a cientos de jinetes a excursiones nocturnas, a veces al son de bandas de música.  Pero los pilotos más revolucionarios, un tercio del total, fueron mujeres.

“¿La Nueva Mujer surge del ciclista”, preguntó el Chicago Tribune , “o el ciclista surge de la Nueva Mujer?  Ciertamente son primos”.  La construcción básica de la bicicleta, sin embargo, planteó un problema básico para la América victoriana.

Las mujeres podían montar a caballo, a caballo de lado.  Pero andar en bicicleta requería sentarse a horcajadas sobre el asiento.  ¿Con una falda larga?  ¿Con enaguas?  “Unos amigos y yo estábamos un día cabalgando contra un viento muy fuerte”, escribió una mujer, “cuando me agarró la falda y la enrolló alrededor de mi pedal, lanzándome.  La rapidez con la que andaba hizo que la fuerza de la caída me rompiera el brazo.  Me dejó en reposo seis semanas”.

La respuesta fue una prenda de décadas de antigüedad, pero rechazada por (¡ejem!) mujeres adecuadas.  La sufragista Amelia Bloomer podría usar estos pantalones holgados, pero ninguna mujer que se respete a sí misma lo haría.  Hasta que aparecieron las bicicletas.

A medida que las ventas de bicicletas y bombachos se dispararon, ¡las mujeres viajaron libremente!  Libre de maridos, tareas domésticas, trabajo pesado.  Fue maravilloso, tan maravilloso que hubo que detenerlo. La Liga de Rescate de Mujeres de Nebraska se quejó de que las bicicletas llevaban a las mujeres “de cabeza al diablo”.  ¡El Congreso debería aprobar una ley!  Más de un divorcio se atribuyó a una esposa que “pasaba casi todo el tiempo montada en su rueda”.  Sin embargo, las mujeres se defendieron.

Los bombachos y las bicicletas, escribió uno, simplemente muestran “que las mujeres tienen piernas como cualquier otra persona, y que están hechas para usarlas”.  La bicicleta, agregó, “marca el comienzo de una nueva era”.

En 1896, Margaret DeLong viajó en bicicleta de Chicago a San Francisco, sola (con una pistola).  Pero siguieron otras jeremiadas: “¿No tenemos suficientes problemas sexuales en nuestras manos sin abrir la caja de Pandora y sacar una bicicleta?”

Aun así, la locura continuó.  En 1890, Estados Unidos tenía 80.000 bicicletas.  Seis años más tarde, el número superó el millón, “Todo es bicicleta”, señaló el autor Stephen Crane. A medida que las bicicletas florecían, el negocio se resentía.  Los fabricantes de cigarros, los salones, los vendedores de zapatos, todos vieron caer las ventas.  “Ya no hay nada en mi negocio”, se quejó un peluquero de Manhattan.  “La bicicleta lo ha arruinado”.

El boom finalmente se fue a pique a medida que se acercaba un nuevo siglo.  Alguien descubrió cómo motorizar una bicicleta, haciendo que 10 m.p.h. parezcan lentos.  Los automóviles estaban en ciernes.  Las empresas de bicicletas, después de haber producido en exceso, quebraron, pero el legado perduró.

No, las bicicletas no “condujeron a la esterilidad en el varón”.  No le dieron a las mujeres “cara de bicicleta”, ni “aniquilaron el hábito de la lectura”.  (Culpa a la televisión y a los teléfonos inteligentes por eso).  Pero habiendo abierto un nuevo mundo para las “chicas de la bicicleta”, el simple vehículo de dos ruedas sembró las semillas de la liberación.

La sufragista Susan B. Anthony dijo: “La bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo”.   ¡A pedalear!


Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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La representación metropolitana de las colonias adquiridas por Estados Unidos en 1898 es un tema que ha recibido la atención de académicos estadounidenses, filipinos y puertorriqueños. Me refiero a los trabajos de Paul Kramer, Julian Go, Lanny Thompson, José Anazagasty Rodríguez, entre otros. Estos han examinado cómo Puerto Rico, Filipinas, Guam y Háwai fueron representados en Estados Unidos por académicos, militares, viajeros, oficiales coloniales, políticos, etc.

En este, que parece ser la primera parte de una serie de ensayos, el historiador puertorriqueño Mario Cancel hace algo que me parece necesario y muy valioso: ver cómo Estados Unidos era representado en el Puerto Rico decimonónico. En otras palabras, Cancel invierte el enfoque y analiza cómo los puertorriqueños vieron y entendieron a su futura metrópoli. Esto le permite identificar vínculos novedosos entre ambos países anteriores al “quiebre” que significó la guerra hispano-cubano-estadounidense. El autor se concentra en dos áreas:  la representación política y la social. En la primera nos describe la ambigüedad del discurso de la elite criolla boricua entre la fidelidad a España y la admiración a Estados Unidos. La segunda está dominada por la esclavitud y el abolicionismo, temas cruciales para ambos países, especialmente, en las décadas de 1860 y 1870. No me voy a explayar con más detalles del contenido del ensayo, pues mi objetivo es que lo lean, no que se conformen con mis comentarios introductorios.

El Dr. Cancel  – quien no  es un autor ajeno a esta bitácora, pues  hemos compartido algunos sus trabajos (ver: ¿Por qué mirar una vez más el 1898? y Nacionalistas: vigilancia y represión entre 1927 y 1936) – es Catedrático de Historia en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. Es autor de un número impresionante de obras, no solo de carácter histórico, sino también literario. Su libro más reciente es Historiografía y enfoques de la historia: pensamiento y escritura histórica (Editorial Plaza Mayor, 2023).


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Representaciones de Estados Unidos en el siglo 19 puertorriqueño: notas iniciales

Mario Cancel

Claridad   28 de mayo de 2024

Las relaciones económicas y culturales entre Puerto Rico y Estados Unidos crecieron de forma dramática a partir de la implementación de la Real Cédula de 1815. Aquel documento autorizado por Fernando VII, “El Deseado”, a su regreso al poder, ratificó la fragilidad de las prácticas económicas intervencionistas y monopólicas de raíces mercantilistas en un orden internacional nuevo. En el contexto de las luchas separatistas hispanoamericanas el crecimiento de la actividad económica y, claro está de los recaudos del estado, requeriría el desarrollo de relaciones más intensas con el que se perfilaba como el adversario principal de España en el hemisferio: Estados Unidos.

La articulación de las reglas de 1815 se apoyó en el intercambio de bienes de capital y consumos de aquel país y el aprovechamiento de la producción azucarera puertorriqueña. Las autoridades hispanas confiaban en que Puerto Rico seguiría siendo español, pero el temor de que el “virus del separatismo” prosperara en la colonia se generalizó en las esferas de gobierno.  Las prevenciones respecto de que grupos de interés de Estados Unidos o de la Gran Colombia fundada en 1819, animaran el movimiento separatista con fines anexionistas a uno u otro poder, emergieron entre los sectores de poder de inmediato. Dos conjuras, una de 1822 y otra de 1823, atribuidas a Luis Guillermo Doucoudray Holstein y a Antonio Valero de Bernabé respectivamente, ratificaron el recelo[1]. Las reflexiones de Pedro Tomás de Córdova[2], Secretario del gobernador Miguel de la Torre, están plagadas de afirmaciones de esa índole cercanas a las teorías de la conspiración. Todo sugiere que la nacionalidad española se bruñó alrededor de unos miedos precisos. Así como la invasión francesa de 1808 insufló a su identidad con un aliento antifrancés que giraba alrededor de los fantasmas de 1789, la situación surgida a partir del 1815 alentó el celo nacional con un fuerte componente anti sajón.

Representaciones políticas: integristas y separatistas 

 La situación era delicada y algo confusa. Aunque la fidelidad de las elites criollas de Puerto Rico a España era incuestionable y el “virus del separatismo” si bien contaminó a algunos sectores como temía Córdova, no alcanzó el éxito, nadie podía negar la admiración que despertaban los logros materiales y jurídicos de Estados Unidos en el liderato liberal y en un sector del conservadurismo. En términos generales el amor a España no inhibía ni estaba competido con la admiración a Estados Unidos. Los discursos económicos y políticos progresistas no iban de la mano. La fidelidad política no obligaba a la fidelidad económica. El progreso era un discurso que se ubicaba más allá de las especulaciones nacionalistas de la hispanidad en el siglo 19. Por eso, los criollos de tendencias liberales reformistas y autonomistas, que eran integristas convencidos siempre ansiosos de que se les reconociera como iguales por los peninsulares, vacilaban entre simpatía y la antipatía cuando del sajón, identificado como “norteamericano”, se trataba. La ambigüedad penetraba su representación de aquel poderoso competidor.

Los costos políticos de aquel doble discurso eran altos. En aquel complejo contexto aquella anfibología podía conducir a que se les acusara de separatistas. Los liberales resentían tanto que se les acusara de independentistas como de anexionistas porque ambas posturas implicaban una traición a la nacionalidad con la que se identificaban. La lealtad retórica duró hasta los días difíciles del 1898. Todavía en marzo de aquel año los autonomistas en el poder, agradecidos por un régimen concedido  con prisa bajo la amenaza de una guerra, confiaban en que el heroísmo hispano echaría al sajón del territorio como lo habían hecho en 1797 con los ingleses.[3] La situación solo cambió una vez ocupado el territorio y declarado el cese al fuego cuando los autonomistas, fusionistas y ortodoxos, aceptaron sin resistencia la separación de España y comenzaron a elaborar alianzas tácticas con el nuevo soberano. El referido espíritu anti sajón disuelto en el meandro de la invasión de 1898 renacería, con nuevos contenidos en un contexto diferente, en el seno del nacionalismo puertorriqueño posterior al 1920. La deuda del discurso nacionalista de 1920 y 1930, el moderado y el radical, con el discurso liberal reformista, es un tema que valdría la pena tratar en algún momento.

Representaciones sociales: esclavismo y abolicionismo

 Otro elemento clave para la figuración de la imagen de Estados Unidos en la clase política puertorriqueña fue la experiencia de la esclavitud. Aquel sistema laboral fue una nota común en ambos escenarios hasta 1865. La experiencia compartida favoreció la identificación de numerosos sectores de interés de Puerto Rico con el sur esclavista y agrario estadounidense. Aquel era un mercado importante para los productos tropicales y un suplidor de mano de obra para su reproducción. Hasta el final de la Guerra Civil, incluso muchos conservadores españoles estaban en posición de identificarse de algún modo con aquel país a pesar de las aprensiones políticas manifiestas en la retórica de Córdova y de la Torre, entre otros, y la retórica abolicionista de ciertos sectores liberales de aquel país. La situación cambió en el contexto de la Reconstrucción posguerra civil entre 1865 y 1877. Estados Unidos sin esclavitud tendría que ser resignificado.

La Reconstrucción, me parece importante resaltarlo, coincidió con lo que se ha denominado el Ciclo Revolucionario Antillano (1865-1878).[4] Desde la perspectiva de los abolicionistas el cese de la esclavitud en Estados Unidos al cabo de la guerra resaltaba aún más el carácter reaccionario y tozudo de España ante el “problema social”, eufemismo común para denominar aquel régimen laboral. Entre los defensores del abolicionismo, fuesen gradualistas y moderados o inmediatistas o radicales, se generalizó la práctica de invocar el ejemplo estadounidense de una diversidad de formas. La situación era complicada. El Ciclo Revolucionario Antillano puede ser interpretado como una intensa crisis política asociada al aumento de la presión abolicionista y separatista de tendencias independentistas y anexionista. Pero la crisis política se combinó con un importante desajuste en el mundo azucarero. Después de todo, lo que he llamado el “orden de 1815”, celebrado por la historiografía puertorriqueña emergente del siglo 19 por su eficacia tanto por historiadores conservadores como liberales, había terminado a mediados de la década de 1840.

Al interior del liberalismo integrista defendido por reformistas y autonomistas, la percepción de que la abolición de la esclavitud era un peldaño que había que subir para asegurar la ruta del progreso se incrementó. Lo mismo puede afirmarse de los abolicionistas que asociaban aquel reclamo como una necesidad en el tránsito hacia la separación para fines independentistas o anexionistas. Después de 1865, por ejemplo, un Puerto Rico esclavista no era un buen candidato a la anexión. Como se sabe, la Revolución de Septiembre de 1868 abrió las puertas para la redacción de un decreto de abolición en 1873. El proceso fue comedido y gradual, requirió leyes preparatorias y acabó por someter a los libertos, concepto que acabó por transformarse en un estigma social, a una condición de desigualdad ante la ley en Puerto Rico por un término de 5 años. El temor que, sobre la base de profundos prejuicios raciales animó la reforma de 1873, era extraordinario.

No todos los abolicionistas comprometidos celebraron el hecho. Dentro del sector separatista independentista, dominado por los inmediatistas o radicales, produjo incluso molestia. Betances sugería que el “ruido” que se hacía con la abolición era desproporcionado y que “lejos de ser (un acto) espontáneo” se anunciaba cuando “no ha sido posible eludirlo por más tiempo”.[5] Aquel no era un acontecimiento digno de ser celebrado, sugería, e invitaba a España a mirarse en el espejo de Estados Unidos a la luz de su guerra civil. El dato es valioso. En alguna medida aquel país sin esclavitud y donde el trabajo libre era la ley, se ratificó en el espectro político puertorriqueño como el modelo adecuado para “ser modernos”. Este no es el lugar para documentar la representación de ese fenómeno en el pensamiento integrista (liberal o conservador) o separatista (independentista o anexionista) pero la revisión de un caso emblemático servirá para calibrarlo.

Proyecto Para La Abolicion De La Esclavitud En Puerto Rico 1959

Me refiero al Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, manifiesto presentado en la Junta Informativa de Reformas de 1867 de Madrid, a pesar de la oposición de la mesa presidencial y de que el tema no estaba en agenda. Leo este documento como el testimonio más preciso del variopinto liberalismo en su tiempo y como una de las articulaciones más precisas del liberalismo puertorriqueño de la era del Ciclo Revolucionario Antillano. Si se interpreta la Junta de 1867, lo que me parece ajustado, como un preámbulo de la Insurrección de Lares de 1868, repensar el episodio con una mirada fresca puede ser de un valor incalculable. La convocatoria a la Junta en 1865 había estimulado una convergencia entre abolicionistas de afiliación integrista, es decir, liberales reformistas, y separatistas en general. José Julián Acosta y Francisco Mariano Quiñones traducían a los primeros; Segundo Ruiz Belvis y su asesor Ramón E. Betances Alacán, quien había pretendido la representación puertorriqueña en la reunión de Madrid, a los segundos. Antes y después del evento de 1867, el liderato de ambos sectores se había consultado sobre ese y otros temas.[6]

Los separatistas, por su parte, se encontraban en un momento de inflexión que tenía que ver en gran medida con Estados Unidos. Desde 1865 cubanos y puertorriqueños en el exilio se debatían entre la estrategia independentista y la anexionista para culminar la separación del país sin que aquel asunto afectara sus lazos de solidaridad. El balance ideológico en el liderato de Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico es un ejemplo de ello. La cuestión de una confederación antillana para una u otro fin, como se sabe, no estaba en el panorama todavía y solo maduró después del 1868.

En los capítulos 3, 4 y 5 del Proyecto… se invocó el caso de Estados Unidos al menos 4 veces con el fin de llamar la atención de España sobre la necesidad de una abolición inmediata y sin compensación a los esclavistas.[7] Tómese en cuenta que la abolición no era otra cosa que un proceso de expropiación forzosa que ratificaba la condición de res o cosa del esclavo, considerado este una forma de propiedad más, por lo que la indemnización por la pérdida de ese bien era un aspecto importante.  Nótese que lo que se pedía, a sabiendas de que sería negado, era algo por completo distinto a lo que impuso el gobierno de la Revolución de Septiembre en 1873 en Puerto Rico. Razones tenía Betances para devaluar la emancipación en 1873.

La primera referencia en el Proyecto… era para afirmar la tesis de que el trabajo libre era más “fecundo” y “barato” que el trabajo esclavo. La argumentación delataba la superexplotación con un “mínimo de subsistencia” a la que sometían algunos esclavistas de aquel país a sus trabajadores a fin de justificar lo contrario (61). La segunda aparecía al enumerar los avances de la emancipación durante el siglo 19 y celebraba la abolición en aquel país “después de una guerra sin ejemplo” mientras asumían, erróneamente, que aquella significó la “consagración de sus derechos” (66).

La tercera alusión poseía una peculiar importancia que podía ser considerada incluso premonitoria. Utilizaban el temor español a la “intervención de pueblos extraños en la vida de las Antillas”, fobia in crescendo desde 1815, para mover su voluntad política. Al afirmar que ese peligro era “mucho mayor” para una España esclavista desde el fin de la guerra civil, liberales reformistas y separatistas apelaban al fantasma de la agresión sajona y del anexionismo. Le recordaban a España que Estados Unidos, “que no han desistido nunca de ser el pensamiento y la cabeza de América”, podían consagrar sus esfuerzos a forzar la abolición de la esclavitud desde afuera e imponérsela en el futuro. El otro fantasma al que apelaban para mover el ánimo de España era la posibilidad de una “guerra de razas” tan temida en un orden dominado por el racismo institucional. Los negros esclavos de los ingenios insulares, conocedores de que sus “hermanos de los Estados Unidos” habían conseguido su libertad en medio del “ruido de las armas”, podrían reproducir el hecho en el país y alzarse contra sus amos (68).

IberlibroLa cuarta era una referencia para atenuar el temor a un levantamiento de los libertos una vez disuelta la institución, preocupación que incluso compartían algunos abolicionistas moderados y radicales. Dejando el caso de Haití a un lado, alegaban, los procesos de abolición por lo general no había estimulado las venganzas raciales. En Estados Unidos, afirmaban, gracias a un orden de hierro y a una “inhumanidad hasta un extremo que pone espanto en el ánimo”, ese tipo de confrontación no se había dado (70). En general, dado que asumían que el trabajo era una condición “natural”, aseguraban que los libertos, una vez festejaran y holgaran, regresarían sin remedio a las labores que el hábito, la necesidad y el mercado les habían impuesto (74). Un último detalle. No deba pasarse por alto que el lema que abría el Proyecto… era una cita de una Historia de los Estados Unidos escrita por Eduardo Renato Lefebvre de Laboulaye entre 1855 y 1866, un autor al cual Betances Alacán prologó para el público antillano el libro El Partido Liberal su progreso y su porvenir en 1869.[8]

Notas que no son finales

La representación de Estados Unidos en el Proyecto… de 1867 era bastante ambigua. En ocasiones se asume como un modelo a seguir y un fenómeno que se admira. En otras se invoca como un espantajo para atemorizar al gobierno de España y se le reconoce una voluntad hegemónica amenazante de la cual esta debe cuidarse. Su relectura sigue siendo útil para comprender cualquier disgusto de los abolicionistas radicales con la abolición de 1873. Igual que en cuestiones de mercado Estados Unidos tuvo un papel protagónico en la historia del país, su presencia en la reflexión política y social no fua nada detestable.

No me cabe la menor duda de que los eventos de 1868 y de 1873, y los debates que generaron al interior del liberalismo puertorriqueño abrieron una fosa entre los integristas y los separatistas que nunca sanó del todo. Las posibilidades de cooperación entre ambos sectores ideológicos quedaron cerradas después de aquellos eventos. El Ciclo Revolucionario Antillano marcó en fin de una época y el inicio de otra. La actitud que se adoptara ante Lares y la abolición escindió el liberalismo puertorriqueño en dos sectores que, si bien nunca dejaron de comunicarse, representaban extremos opuestos irreconciliables. Los hechos del 1898 atenuaron esa situación por algún tiempo como trataré de demostrar en otra ocasión.

Por último, si bien la frontera entre ambos territorios discursivos era bastante movediza y porosa, el tránsito de liberales de uno a otro campo también es un tema que aguarda una indagación cuidadosa.

El autor es historiador

[1] Germán Delgado Pasapera (1984) Puerto Rico sus luchas emancipadoras (Río Piedras: Cultural): 28-29.

[2] Véase el fragmento y el comentario al respecto en Mario R. Cancel-Sepúlveda (20 de marzo de 2011) “Historia oficial: Pedro Tomás de Córdova, Miguel de la Torre y el separatismo (1832)” en Puerto Rico entre siglos. URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2011/03/20/historia-oficial-pedro-tomas-de-cordova-miguel-de-la-torre-y-el-separatismo-1822/

[3] Luis Muñoz Rivera según citado en Nieve de los Ángeles Vázquez (2023) El Jefe: populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898 (Illinois): 153.

[4] Uso el concepto según lo inscribió Andrés Ramos Mattei (1987) Betances en el ciclo revolucionario antillano: 1867-1875 (San Juan: ICP), pero redefino la cronología para fines ilustrativos solamente.

[5] Refiero al interesado a Ramón E. Betances (1872) “La abolición de la esclavitud en Puerto Rico y el gobierno radical y monárquico de España” en Ada Suárez Díaz (1980) El doctor Ramón Emeterio Betances y la abolición de la esclavitud (San Juan: ICP): 119-126.

[6] Ver Delgado Pasapera (1984): 68-83 donde sugiere en la página 70 la existencia de un frente de facto en aquella circunstancia.

[7] Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta y Francisco Mariano Quiñones (1969) Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico (San Juan: ICP): 61, 66, 68, 70, 74.

[8] Haroldo Dilla y Emilio Godínez (1983) Ramón Emeterio Betances (La Habana: Casa de las Américas): 98-99.

 

 

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En este corto, pero excelente ensayo, el historiador Steven Hahn analiza el desarrollo de las ideas y prácticas anti-liberales en la historia estadounidense. Su mensaje es claro: “el antiliberalismo estadounidense está profundamente arraigado en nuestro pasado y se alimenta de prácticas, relaciones y sensibilidades que han estado cerca de la superficie, incluso cuando no han estallado a la vista”. En otras palabras, el trumpismo no marca “un cambio excepcional en la historia del país” porque Trump es parte de una  tradición antiliberal que ha formado “conjuntos coherentes de ideas” y cuyo origen Hahn ubica en el periodo colonial. Hahn demuestra cómo las ideas anti-liberales se han  desarrollado y adaptado a lo largo de toda la historia republicana estadounidense.

Hahn es profesor en la New York University y ganador de los premios Pulitzer y Bancroft por su libro A Nation Under Our Feet: Black Political Struggles in the Rural South from Slavery to the Great Migration (Belknap Press, 2003). Su obra más reciente es   Illiberal America: a History (Norton, 2024).


The Illiberalism at America's Core | The New Republic

Las raíces profundas y enmarañadas del antiliberalismo estadounidense

Steven Hahn

New York Times 4 de mayo de 2024

En una entrevista reciente  en el Time Magazine, Donald Trump prometió un segundo mandato autoritario caracterizado por el  amiguismo administrativo, las deportaciones masivas de indocumentados, el acoso a las mujeres por el aborto, las guerras comerciales y la venganza contra sus rivales y enemigos, incluido el presidente Biden. “Si dijeran que un presidente no obtiene inmunidad”, dijo Trump a Time, “entonces Biden, estoy seguro, será procesado por todos sus crímenes”.

Una prueba más, al parecer, de los esfuerzos de Trump por construir un mundo político como ningún otro en la historia de Estados Unidos. Pero, ¿qué tan inédito es, realmente? El hecho de que Trump siga liderando las encuestas debería dejar claro que él y su movimiento MAGA son más que malas hierbas nocivas en un suelo democrático liberal.

Muchos de nosotros no hemos querido verlo así. “Esto no es lo que somos como nación”, exclamó un periodista en lo que fue una respuesta común a la violencia del 6 de enero, “y no debemos permitirnos a nosotros mismos ni a otros creer lo contrario”. Biden ha dicho más o menos lo mismo.

Si bien es cierto que Trump fue el primer presidente en perder una elección e intentar mantenerse en el poder, los observadores han llegado a reconocer la necesidad de una visión más amplia del trumpismo. Aun así, son propensos a imaginar que hubo un tiempo, no hace mucho tiempo, en el que prevalecía la “normalidad” política. Lo que no han entendido es que el antiliberalismo estadounidense está profundamente arraigado en nuestro pasado y se alimenta de prácticas, relaciones y sensibilidades que han estado cerca de la superficie, incluso cuando no han estallado a la vista.

The Illiberalism at America's Core | PortsideEl antiliberalismo es generalmente visto como una reacción violenta contra las ideas y políticas liberales y progresistas modernas, especialmente aquellas destinadas a proteger los derechos y promover las aspiraciones de grupos empujados durante mucho tiempo a los márgenes de la vida política estadounidense. Pero en Estados Unidos, el anti-liberalismo se entiende mejor como conjuntos coherentes de ideas que están relacionadas pero que también cambian con el tiempo.

Este antiliberalismo celebra las jerarquías de género, raza y nacionalidad; homogeneidad cultural; la fe religiosa cristiana; el marcaje de enemigos internos y externos; familias patriarcales; heterosexualidad; la voluntad de la comunidad sobre el Estado de Derecho; y el uso de la violencia política para alcanzar o mantener el poder. Este antiliberalismo echó raíces desde la época de la colonización europea y se extendió desde pueblos y ciudades hasta los niveles más altos del gobierno. De una forma u otra, ha dado forma a gran parte de nuestra historia. El antiliberalismo ha sido con frecuencia un caballo de batalla, si no en el círculo de los ganadores. Casi nunca ha sido derrotado rotundamente.

Algunos ejemplos pueden ser ilustrativos. Aunque la colonización europea de América del Norte se ha imaginado a menudo como una ruptura brusca con las costumbres de los países de origen, los sueños neofeudales inspiraron la creación de sociedades euroamericanas desde las Carolinas hasta el valle del Hudson, basadas como estaban en fincas y mano de obra forzada, mientras que las ciudades puritanas de Nueva Inglaterra, con sus propias jerarquías,  exigían la sumisión a la fe y vigilaban duramente a sus miembros y a los posibles intrusos por igual. El interior comenzó a llenarse de colonos hambrientos de tierras que generalmente formaban enclaves basados en la etnia, miraban a los forasteros con sospecha y, con raras excepciones, esperaban librar a su territorio de los pueblos nativos. La mayoría de los que llegaron a América del Norte entre principios del siglo XVII y la época de la Revolución Americana estaban esclavizados o en servidumbre, y la jurisprudencia amo-sirviente dio forma a las relaciones laborales mucho después de que se aboliera la esclavitud, un fenómeno que se ha descrito como “feudalismo tardío”.

El anticolonialismo de la Revolución Americana fue acompañado no sólo por la guerra contra los pueblos nativos y las recompensas para los esclavizadores, sino también por un anticatolicismo profundamente arraigado, y la hostilidad hacia los católicos siguió siendo una potente fuerza política hasta bien entrado el siglo XX. Las soluciones monárquicas fueron discutidas durante la redacción de la Constitución y la primera década de la República Americana: John Adams pensó que el país se movería en esa dirección y otros líderes de la época, incluidos Washington, Madison y Hamilton, se preguntaron en privado si sería necesario un rey en caso de que fracasara un “remedio republicano”.

La década de 1830, comúnmente vista como el apogeo de la democracia jacksoniana, estuvo atormentada por violentas expulsiones de católicos, mormones y abolicionistas de ambas razas, junto con miles de pueblos nativos desposeídos de sus tierras natales y enviados al “Territorio Indio” al oeste del Mississippi.

La nueva política democrática de la época a menudo estaba marcada por la violencia del día de las elecciones después de que las campañas estuvieran impregnadas de cadencias militares, mientras que los funcionarios electos generalmente requerían el apoyo de los patrocinadores de la élite para garantizar los bonos que tenían que pagar. Incluso en las legislaturas estatales y en el Congreso, se podían blandir armas y organizar duelos; Los “matones” imponían las voluntades de sus aliados.

Cuando los esclavistas de los estados sureños recurrieron a la secesión en lugar de arriesgar su sistema bajo la administración de Lincoln, dejaron claro que su Confederación se basaba en la piedra angular de la esclavitud y la supremacía blanca. Y aunque su aplastante derrota trajo consigo la abolición, el establecimiento de la ciudadanía por nacimiento (excepto para los pueblos nativos), la exclusión política de los confederados y la extensión del derecho al voto a los hombres negros —los resultados de una de las grandes revoluciones del mundo—, no pasó mucho tiempo antes de que la revolución retrocediera.

El gobierno federal pronto permitió que los ex confederados y sus partidarios blancos regresaran al poder, destruyeran el activismo político negro y, acompañados de linchamientos (que expresaban la “voluntad” de las comunidades blancas), construyeran el edificio de Jim Crow: segregación, privación de derechos políticos y un duro régimen laboral. Ya anticipado en el Norte anterior a la Guerra Civil, Jim Crow recibió el imprimátur de la Corte Suprema y la administración de Woodrow Wilson.

Trump plans to hold news conference on January 6 riot anniversary

Pocos progresistas de principios del siglo XX tuvieron muchos problemas con esto. La segregación parecía una forma moderna de coreografiar las “relaciones raciales”, y la privación del derecho al voto resonaba con su desencanto con la política popular, ya fuera impulsada por los votantes negros en el sur o por los inmigrantes europeos en el norte. Muchos progresistas eran devotos de la eugenesia y otras formas de ingeniería social, y en general favorecían el imperialismo de ultramar; algunos comenzaron a imaginar el andamiaje de un Estado corporativo, todos anticipando los oscuros giros en Europa durante las próximas décadas.

De hecho, en la década de 1920 surgieron impulsos fascistas que provenían de varias direcciones en Estados Unidos y, al igual que en Europa, se dirigieron a los radicales políticos. Benito Mussolini ganó elogios en muchos sectores estadounidenses. El laboratorio donde trabajaba Josef Mengele recibió el apoyo de la Fundación Rockefeller. El fundamentalismo protestante blanco reinaba en las ciudades y en el campo. Y la Ley de Inmigración de 1924 estableció límites al número de recién llegados, especialmente los del sur y el este de Europa, que se pensaba que eran política y culturalmente inasimilables.

Lo más preocupante es que el Ku Klux Klan, energizado por el anticatolicismo y el antisemitismo, así como por el racismo contra los negros, marchó descaradamente en ciudades grandes y pequeñas. El Klan se convirtió en un movimiento de masas y ejerció un poder político significativo; fue crucial, por ejemplo, para la aplicación de la Ley Seca. Una vez que la organización se desmoronó a finales de la década de 1920, muchos hombres y mujeres del Klan encontraron su camino hacia nuevos grupos fascistas y la derecha radical en general.

Marginada por la Gran Depresión y el New Deal, la derecha antiliberal recuperó terreno a finales de la década de 1930, y durante la década de 1950 ganó el apoyo de las bases a través de un vehemente anticomunismo y la oposición al movimiento por los derechos civiles. Ya en 1964, en una carrera por la nominación presidencial demócrata, el gobernador George Wallace de Alabama comenzó a perfeccionar una retórica de agravio blanco y hostilidad racial que tenía atractivo en el Medio Oeste y el Atlántico Medio, y la campaña de Barry Goldwater ese año, a pesar de su fracaso, puso vientos en las velas de la Sociedad John Birch y los Jóvenes Americanos por la Libertad.

Cuatro años más tarde, Wallace movilizó suficiente apoyo como candidato de un tercer partido para ganar cinco estados. Y en 1972, una vez más como demócrata, Wallace acumuló victorias en las primarias tanto en el norte como en el sur antes de que un intento de asesinato lo obligara a abandonar la carrera. Las crecientes reacciones contra la desegregación escolar y el feminismo echaron más leña al fuego de la derecha, allanando el camino para el ascenso conservador de la década de 1980.

A principios de la década de 1990, el neonazi y miembro del Klan David Duke había ganado un escaño en la Legislatura de Luisiana y casi tres quintas partes del voto blanco en las campañas para gobernador y senador. Pat Buchanan, que buscaba la nominación presidencial republicana en 1992, pidió “Estados Unidos primero”, la fortificación de la frontera (una “valla Buchanan”) y una guerra cultural por el “alma” de Estados Unidos, mientras que la Asociación Nacional del Rifle se convirtió en una fuerza poderosa en la derecha y en el Partido Republicano.

Cuando Trump cuestionó la legitimidad de Barack Obama para servir como presidente, un proyecto que rápidamente se conoció como “birtherism”, hizo uso de un tropo racista de la era de la Reconstrucción que rechazaba la legitimidad de los derechos políticos y el poder de los negros. Al hacerlo, Trump comenzó a cimentar una coalición de votantes blancos agraviados. Estaban listos para hacer retroceder la creciente diversidad cultural de la nación, encarnada por Obama, y los desafíos que veían a las jerarquías tradicionales de familia, género y raza. Tenían mucho sobre lo que construir.

En la década de 1830, Alexis de Tocqueville, en “La democracia en América”, vislumbró las corrientes antiliberales que ya enredaban la política del país. Si bien se maravillaba de la “igualdad de condiciones”, la fluidez de la vida social y la fortaleza de las instituciones republicanas, también se preocupaba por la “omnipotencia de la mayoría”.

Opinion | The Deep, Tangled Roots of American Illiberalism - The New York Times

“Lo que encuentro más repulsivo en Estados Unidos no es la extrema libertad que reina allí”, escribió Tocqueville, “sino la escasez de garantías contra la tiranía”. Señaló que las comunidades “se toman la justicia por su mano” y advirtió que “las asociaciones de ciudadanos sencillos pueden componer cuerpos muy ricos, influyentes y poderosos, es decir, cuerpos aristocráticos”. Lamentando su conformidad intelectual, Tocqueville creía que si los estadounidenses alguna vez renunciaban al gobierno republicano, “pasarían rápidamente al despotismo”, restringiendo “la esfera de los derechos políticos, quitando algunos de ellos para confiarlos a un solo hombre”.

El deslizamiento hacia el despotismo que Tocqueville temía puede estar en marcha, sea cual sea el resultado de las elecciones. Incluso si tratan de engañarse a sí mismos pensando que Trump no cumplirá, millones de votantes parecen dispuestos a confiar sus derechos a “un solo hombre” que ha anunciado su intención de usar poderes autocráticos para la retribución, la represión, la expulsión y la misoginia.

Solo reconociendo a lo que nos enfrentamos podemos montar una campaña efectiva para proteger nuestra democracia, apoyándonos en las importantes luchas políticas —abolicionismo, antimonopolio, socialdemocracia, derechos humanos, derechos civiles, feminismo— que han desafiado al anti-liberalismo en el pasado y ofrecen la visión y los caminos políticos para guiarnos en el futuro.

Nuestro mayor error sería creer que estamos asistiendo a un cambio excepcional en la historia del país. Porque desde el principio, Trump ha aprovechado raíces antiliberales profundas y en constante expansión. La historia del antiliberalismo es la historia de Estados Unidos.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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En este ensayo, la socióloga Megan Kang examina un tema en el que Estados Unidos es realmente excepcional: la posesión civil de armas de fuego. Partiendo de un artículo publicado en 1970 por el gran historiador estadounidense Richard Hofstadter, Kang busca explicar por qué “los estadounidenses poseen aproximadamente 400 millones de armas de fuego y el país tiene la desafortunada distinción de ser el único en el mundo en el que se sabe que las armas de fuego  son la principal causa de muerte de niños y adolescentes”. Las cifras que nos presenta son realmente aterradoras: a pesar de ser solo el 5% de la población mundial, los estadounidenses poseen casi la mitad de todas las armas en manos de civiles del planeta Tierra. El promedio de posesión de armas es de un 1.2 armas por ciudadano.

Según la autora, este enamoramiento con las armas de fuego no es resultado de un proceso irremediable ni innato. El punto de inflexión que llevó al resultado actual se registró a mediados del siglo XX. En otras palabras, Kang rechaza la existencia de una cultura de armas continua en la historia estadounidense. Reconoce el papel que estas ha jugado en la historia estadounidense (guerra de independencia, expansión al Oeste, etc.), pero identifica otros factores que explican mejor la situación actual. El primero de ellos es el auge económico de la posguerra de la segunda guerra mundial. La capacidad económica de los estadounidenses en los años 1950 les permitió adquirir más armas. En segundo lugar, por presiones de la industria armamentista que quería aprovechar la coyuntura favorable, el gobierno federal redujo la regulación existente para la posesión de armas.

Kang cierra su ensayo enfatizando la importancia de entender la historia detrás del enamoramiento estadounidense con las armas de fuego para conocer y lidiar mejor con el problema que representan los millones de armas en manos de ciudadanos estadounidenses.

Megan Kang es candidata doctoral en sociología en Princeton University. Es, además,   investigadora afiliada al University of Chicago Crime Lab y al Violence and Inequality Project de Princeton.

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¿Por qué Estados Unidos se enamoró de las armas?
Megan KangAEON   9 de abril de 2024

En 1970, en medio de una confrontación nacional con la cultura de las armas de Estados Unidos tras los asesinatos de Robert F. Kennedy y Martin Luther King Jr., el historiador Richard Hofstadter se esforzó por dar sentido a cómo el país se había convertido en la “única nación industrial en la que la posesión de rifles, escopetas y pistolas prevalece legalmente entre un gran número de su población”. Escribiendo para la revista American Heritage, expresó su grave preocupación por un país “a flote con armas, tal vez hasta 50 millones de ellas, en manos civiles”. Si Estados Unidos estaba a flote entonces, ahora está inundado.

Medio siglo después, los estadounidenses poseen aproximadamente 400 millones de armas de fuego y el país tiene la desafortunada distinción de ser el único en el mundo en el que se sabe que las armas de fuego  son la principal causa de muerte de niños y adolescentes. Hoy en día, los estadounidenses viven con alrededor  de 1.2 armas per cápita, el doble que el siguiente país con mayor puntuación, Yemen. A pesar de tener menos  del 5 por ciento de la población mundial, Estados Unidos posee casi la mitad de las armas de fuego de propiedad civil del mundo. Además, en los últimos años, los estadounidenses han sido testigos de un aumento en las ventas de armas y las muertes relacionadas con armas de fuego, en un contexto de leyes de armas cada vez más indulgentes en todos los estados.

A la luz de estos acontecimientos, la pregunta de Hofstadter  adquiere una renovada urgencia: “¿Por qué en todas las demás sociedades democráticas modernas los que están en peligro piden que se desarmen a esos hombres, mientras que sólo en los Estados Unidos insisten en armarse?” ¿Cómo llegó Estados Unidos a ser tan terriblemente excepcional con respecto a sus armas?

Desde el punto de vista actual, es difícil imaginar un mundo en el que las armas fueran menos centrales en la vida estadounidense. Pero un país lleno de armas no era innato ni inevitable. La evidencia apunta a un punto de inflexión clave en la cultura de las armas en Estados Unidos a mediados del siglo XX, poco antes de que el estado de la política de armas captara la atención de Hofstadter.

Las estimaciones de armas de fuego derivadas de las ventas de armas y las encuestas indican que, en 1945, había alrededor de 45 millones de armas en los EE. UU. en un momento en que el país tenía 140 millones de habitantes. Un cuarto de siglo después, en 1970, el número de armas se duplicó, mientras que la población aumentó en poco menos del 50%. Para 2020, el número de armas se había disparado a casi diez veces su tasa de 1945, mientras que la población creció menos de 2.5 veces el número de 1945.

Desde mediados del siglo XX hasta hoy, las armas también pasaron de desempeñar un papel relativamente menor en la delincuencia estadounidense a ocupar un lugar central. La investigación realizada por el criminólogo Martin Wolfgang sobre los patrones de homicidios de Filadelfia entre 1948 y 1952 revela que solo el 33 por ciento de los homicidios de la ciudad involucraron un arma de fuego. Hoy en día, el 91 por ciento de los homicidios en Filadelfia tienen como resultado un arma de fuego. Del mismo modo, la tasa nacional de homicidios con armas de fuego es del 81%. Además, las encuestas de opinión trazaron la evolución durante la segunda mitad del siglo XX desde que los estadounidenses compraban armas principalmente para cazar y recrear hasta comprarlas para protegerse de otras personas. En conjunto, estos hallazgos revelan un cambio radical en la cultura de las armas de fuego en Estados Unidos entre mediados del siglo XX y la actualidad.

Entonces, ¿cómo se produjo este cambio? Hasta hace poco, era difícil decirlo. La escasez de datos históricos sobre la disponibilidad de armas ha dejado en el misterio los orígenes de la excepcional cultura de las armas en el país.

Estados Unidos carece de un registro nacional de armas, que es lo que la mayoría de los demás países utilizan para contar su suministro de armas. Sin embargo, el registro de armas ha sido un tema muy controvertido entre los propietarios de armas de Estados Unidos, a quienes les preocupa que el registro obligatorio por el estado sea un precursor de la confiscación patrocinada por el estado. A pesar de que se ha demostrado que los registros de armas reducen las muertes por armas de fuego, la ley estadounidense, específicamente, la Ley de Protección de Propietarios de Armas de Fuego de 1986 aprobada bajo el entonces presidente Ronald Reagan, prohíbe que el gobierno federal mantenga un registro. A día de hoy, solo seis estados de EE.UU. mantienen registros de armas.

Sin un registro nacional de armas, los investigadores han tenido que depender de encuestas y representantes de armas para investigar las tendencias relacionadas con la disponibilidad de armas en los EE. UU. La mayoría de los datos existentes sobre la prevalencia de las armas de fuego provienen de unas pocas preguntas de la Encuesta Social General (GSS, por sus siglas en inglés), que comenzó a preguntar a los hogares estadounidenses si poseían armas en 1973 y ha seguido preguntándoles cada dos años desde entonces. Debido a su consistencia a lo largo del tiempo y a su muestra representativa a nivel nacional, el GSS se considera el estándar de oro de los datos sobre la propiedad de armas. También se ha utilizado para validar los indicadores de propiedad de armas que proporcionan mejores estimaciones a nivel local y estatal. Algunos de los estimaciones del número armas más utilizados provienen de licencias de caza y suscripciones a revistas como Guns & Ammo por condado, así como el porcentaje de suicidios con armas de fuego por estado.

Gun Control Act | Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos

Las ventas anuales de armas nos dan otro indicador del flujo de armas hacia el país, pero dado que es imposible saber dónde terminan esas armas o durante cuánto tiempo están en uso, las ventas de armas proporcionan una medida imperfecta de la propiedad a lo largo del tiempo. Además, los datos sobre las ventas de armas están disponibles de manera consistente solo a nivel nacional y, por lo tanto, no permiten a los investigadores explotar las diferencias a nivel estatal o de condado para explorar cómo los cambios en la posesión de armas se relacionan con otros factores sociales como el crimen, la educación y las políticas públicas en todo el país.

No es de extrañar que cuando un comité del National Research Council revisó el estado de la investigación sobre las armas y la violencia en Estados Unidos en 2005, descubrió que “las respuestas a algunas de las preguntas más apremiantes no pueden abordarse con los datos existentes”. Los mejores datos disponibles comienzan en 1973 y se limitan principalmente a unas pocas preguntas de la Encuesta Social General. Como bien señaló la comisión:

Incluso los mejores métodos no pueden superar los datos inadecuados… Si no se mejora esta situación, es probable que las cuestiones sustantivas sobre el papel de las armas de fuego en el suicidio, el homicidio y otros delitos, y las lesiones accidentales, continúen debatiéndose sobre la base de conclusiones empíricas contradictorias.

En otras palabras, sin los datos adecuados, incluso las preguntas más básicas sobre las armas –como cuándo y cómo Estados Unidos llegó a tener tantas de ellas– son incomprobables y siguen siendo susceptibles de perspectivas politizadas e interpretaciones especulativas.

Sin embargo, una investigación reciente  llevada a cabo por Elizabeth Rasich y por mí misma abre nuevos caminos al ampliar los datos para abordar cuestiones clave sobre la posesión de armas. Los investigadores han utilizado durante mucho tiempo el indicador de suicidio con armas de fuego, considerado como el indicador más confiable de los hogares estadounidenses con al menos un arma, para explorar la conexión entre la posesión de armas y varios temas, incluidos los costos sociales  de las armas de fuego,  la brutalidad policial y los tiroteos masivos. Hasta nuestro nuevo conjunto de datos ampliado, este indicador solo estuvo disponible a partir de 1973, una época en la que la cultura de las armas del país ya estaba en pleno apogeo.

Al ampliar y examinar estos datos sobre las tasas de posesión de armas en los hogares (el porcentaje de suicidios con un arma de fuego), buscamos iluminar el enigma de los orígenes de la cultura de las armas en los Estados Unidos. La clave para entender el inicio de esta transformación cultural radicó en el acceso a datos sobre la posesión de armas en décadas anteriores. Al indagar en los registros históricos, descubrimos que los datos sobre suicidios con armas de fuego se remontan a 1949, que es el primer año en que las estadísticas vitales de EE. UU. incluyeron información sobre suicidios con armas de fuego. Digitalizamos a mano los recuentos de suicidios con armas de fuego para cada estado y cada año desde 1949 hasta 1972, validamos los datos a través de una serie de pruebas estadísticas y, al hacerlo, creamos lo que ahora es el conjunto de datos de mayor alcance  sobre las tasas de posesión de armas a nivel estatal hasta la fecha.

Con los datos correctos en la mano, pasamos a nuestra siguiente tarea: dar sentido a las tasas excepcionalmente altas de posesión de armas entre los estadounidenses. Al tratar de averiguar cuándo y cómo el país adquirió tantas armas, inicialmente pensamos que la respuesta podría estar en los disturbios civiles y el aumento de las tasas de criminalidad de las décadas de 1960 y 1970. En cambio, encontramos una trayectoria que se remonta a mediados del siglo XX.

La sabiduría convencional sostiene que la amplia oferta de armas siempre ha sido parte de la tradición estadounidense, con una demanda de los consumidores que la satisface constantemente. Hofstadter pensó que esto podría tener que ver con la “mitología histórica estadounidense sobre el valor protector de las armas” como “un importante contrapeso a la tiranía”. De hecho, las armas ayudaron a los estadounidenses a asegurar su independencia y expandir la frontera occidental a través de América del Norte. Como muchos saben, el derecho de los estadounidenses a poseer y portar armas está, por supuesto, consagrado en la Constitución de los Estados Unidos.

Para qué sirve exactamente la Segunda Enmienda? - Jacobin Revista

Es cierto que las armas han estado presentes en los Estados Unidos desde sus inicios, sirviendo inicialmente como herramientas de necesidad en las colonias y en la frontera. Han desempeñado un papel clave en la imaginación, la cultura y la política estadounidenses. Sin embargo, en el último medio siglo, la cultura de las armas en Estados Unidos ha sido testigo de una transformación inequívoca. El historiador Brian DeLay sostiene que la idea de una cultura de armas continua en Estados Unidos es un mito. Su trabajo muestra que la cultura temprana de las armas era utilitaria, colectiva y dirigida por el Estado; mientras que en el último medio siglo, la aparición de nuevas tecnologías de armas, como las armas de asalto, junto con un cambio hacia los usos autodefensivos de las armas, han llegado a definir la cultura contemporánea de las armas en Estados Unidos. Estos desarrollos han llevado a expertos en armas como el sociólogo David Yamane a identificar el auge de la “Cultura de las Armas 2.0” o la “cultura de la ciudadanía armada” como un fenómeno moderno en lugar de un rasgo nacional endémico.

Una explicación alternativa para las excepcionales tasas de armas de fuego en Estados Unidos se centra en el aumento de la delincuencia y los disturbios civiles a finales de la década de 1960 y en la de 1970, un período que coincide con los escritos de Hofstadter y un repunte nacional de la delincuencia. Según esta perspectiva, el rápido aumento de las tasas de posesión de armas en el último medio siglo es el resultado del aumento de las tasas de criminalidad y la erosión de la confianza en las instituciones. Esta narrativa sitúa el punto de inflexión de la cultura de las armas en Estados Unidos en la propagación de la violencia urbana y el desgaste de la confianza pública en el gobierno en medio de la Guerra de Vietnam, que alentó a la gente a poner la seguridad en sus propias manos, o eso dice la historia.

Si bien un aumento en la delincuencia y una disminución en la confianza en el gobierno de los EE. UU. pueden haber contribuido al aumento en la demanda de armas, esta no puede ser la historia completa. Es cierto que las existencias de armas de EE. UU. aumentaron rápidamente durante este período, sin embargo, los datos históricos del Departamento de Justicia de EE. UU. indican que la tasa de familias que informaron sobre la posesión de armas se mantuvo estable o incluso disminuyó durante la década de 1960 y principios de la de 1970. Además, nuestros datos de propiedad de armas recientemente compilados que se remontan a 1949 desafían aún más esta explicación, señalando un punto de inflexión en décadas anteriores.

Para comprender los verdaderos orígenes de la excepcional cultura de las armas de los Estados Unidos, necesitábamos mirar más atrás en el tiempo. Nuestra investigación revela una nueva trayectoria desconcertante: un notable aumento del 45 por ciento en la tasa de posesión de armas de fuego en los hogares entre 1949 y 1990, alcanzando su punto máximo durante 1990. Para nuestra sorpresa, más de la mitad de este aumento se produjo antes de 1973, un período previamente oscurecido por la falta de datos sistemáticos sobre la prevalencia de las armas de fuego. Estos nuevos datos proporcionan una perspectiva histórica crucial, que muestra que el aumento en la prevalencia de armas de fuego comenzó antes del período marcado por el aumento de la delincuencia y la caída de la confianza. De hecho, nuestra medición muestra un aumento en la prevalencia de armas de fuego a partir de la década de 1950, un período definido por bajas tasas de homicidios y un pico de confianza en el gobierno, lo que genera preguntas sobre por qué y cómo más hogares adquirieron armas durante un período de relativa calma.

Indicador de suicidio con armas de fuego para la posesión de armas de fuego en el hogar (FSS), la tasa de homicidios y la tasa de homicidios con armas de fuego, 1949 a 2020. Las tasas nacionales de posesión de armas de fuego, medidas por el indicador de suicidio con armas de fuego dividido por suicidio (FSS, por sus siglas en inglés), se han movido junto con las tasas de homicidio y homicidio con armas de fuego por cada 100,000 personas durante la mayoría de los años entre 1949 y 2020. Según el representante del FSS, las tasas de posesión de armas en los hogares aumentaron en un 45% entre 1949 y 1990, el pico del país. Más de la mitad de ese aumento ocurrió entre 1949 y 1972, los datos a la izquierda de la línea de puntos verticales, el período en el que los investigadores carecían previamente de datos sobre las tasas de posesión de armas en los hogares.

Examinamos los factores que estaban más relacionados con los aumentos a nivel estatal en estas tasas entre 1949 y 1990, las décadas en las que la posesión de armas en los hogares aumentó constantemente y cuando tomó forma la excepcional cultura de las armas en Estados Unidos. Probamos varias variables diferentes que podrían haber contribuido a este aumento, incluidos los cambios demográficos, el aumento de la delincuencia, los conflictos raciales, los cambios en la educación y los disturbios civiles, entre otros. Controlamos las diferencias de estado y año dentro de nuestra muestra, como es la convención en los estudios científicos sobre la posesión de armas a lo largo del tiempo, para asegurarnos de que no estábamos comparando estados con otros estados que tienen poblaciones y tradiciones de armas drásticamente diferentes, o que los resultados no estaban sesgados por años específicos que eran valores atípicos en los datos.

De todas las posibles explicaciones que probamos, descubrimos que el auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial y la relajación de las regulaciones federales sobre armas fueron los que más impulsaron el aumento de la demanda de armas. A medida que las tasas de desempleo disminuyeron y los ingresos aumentaron, las armas de fuego, que alguna vez se consideraron un lujo o una necesidad práctica, crecieron al alcance de más y más estadounidenses. Al mismo tiempo, las actitudes culturales en torno a la posesión de armas pueden haber cambiado, ya que varias generaciones de estadounidenses que regresaban de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam se acostumbraron a poseer y usar armas.

En su libro Gun Country (2023), el historiador Andrew McKevitt complementa estos hallazgos con un rico tapiz de evidencia de archivo. Al entretejer anuncios de armas, audiencias en el Congreso y fuentes periodísticas, entre otros, McKevitt ilustra que la cultura de las armas en Estados Unidos es inequívocamente moderna, específicamente emergente después de 1945, y de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la política de la Guerra Fría.

Después de la desmovilización global en 1945, muestra McKevitt, el excedente de armas de fuego de guerra inundó el mercado estadounidense a precios muy baratos. Esta afluencia fue facilitada por los “nuevos capitalistas de armas”, un grupo de empresarios poco conocidos que importaban y vendían estas armas a los consumidores estadounidenses. Remodelaron la industria de armas de Estados Unidos al establecer un mercado masivo de armas civiles que tenía un uso práctico limitado en otros lugares y enfrentaba regulaciones más estrictas en otros países. Aprovechando el excedente de armas de fuego importadas de bajo costo, los nuevos capitalistas de armas aprendieron a estimular la demanda a través de la comercialización de armas extranjeras como bienes de consumo deseables para el estadounidense común. Comercializaron en masa estas armas importadas a consumidores llenos de dinero en efectivo y ansiosos por adquirir estas armas de guerra únicas en su tipo de todo el mundo.

Punch and Judy Comics, Volume 3, October 1947.

Los anuncios de las revistas para pedidos por correo de armas baratas se dirigían a nuevos compradores que no podían pagar los altos precios de las armas de fuego de marca estadounidenses. Estos anuncios aprovecharon el atractivo de las armas antiguas como “auténticos recuerdos de la Segunda Guerra Mundial” de Alemania, España, Rusia, Checoslovaquia, Japón y otros países devastados por la guerra. Se pueden encontrar anuncios posteriores a la Segunda Guerra Mundial que promocionan las armas como una de las mejores fabricadas por los fascistas. Llevado por las tropas alpinas italianas. El arma utilizada por Lee Harvey Oswald para asesinar al presidente John F. Kennedy era un rifle italiano comprado en una tienda de venta por correo de Chicago.

Lee Harvey Oswald

Con el fin de salvaguardar los precios de venta al público de este nuevo suministro de armas extranjeras, la industria armamentística estadounidense emprendió acciones federales para frenar el flujo no regulado de armas de fuego importadas. Sin embargo, la administración del presidente Dwight Eisenhower decidió que era preferible redirigir los arsenales mundiales de armas a los EE.UU. a que armaran a los insurgentes comunistas en todo el mundo. Fue el asesinato de Kennedy, junto con el aumento de las tasas de criminalidad en las ciudades de Estados Unidos, lo que finalmente llevó al Congreso a actuar. El senador Thomas Dodd presentó un proyecto de ley en 1963 destinado a restringir las armas de fuego por correo. Estos esfuerzos culminaron en la Ley de Control de Armas de 1968, una de las leyes de armas más importantes en la historia de Estados Unidos.

Al considerar las explicaciones de la cultura de armas única de los estadounidenses, Hofstadter pensó que tal vez surgió de la idea nacional perdurable de que el acceso a las armas contrarresta la tiranía. Tenía parte de razón. Como muestra la nueva evidencia histórica, fue la prosperidad económica posterior a la Segunda Guerra Mundial, el abundante suministro de armas baratas, junto con el aumento de los ingresos, lo que dio paso a la cultura de armas única de los Estados Unidos. Una vez que esa cultura de las armas echó raíces, floreció, ayudada por las políticas públicas. La teoría de Hofstadter es consistente con el hecho de que el aumento constante en la prevalencia de armas de fuego desde 1949 hasta 1990 fue posible gracias a regulaciones indulgentes, respaldadas por votantes que vieron el derecho a portar armas como un símbolo de libertad y el derecho a la autodefensa.

Con los datos extendidos, podemos ver que Hofstadter escribió en un momento clave en la historia de las armas en Estados Unidos. Durante gran parte de la historia de Estados Unidos, las armas se utilizaron principalmente para la recreación y la caza, pero durante la Guerra Fría la nación se volvió hacia una nueva era de cultura de las armas. Hofstadter murió en 1970, el mismo año en que escribió su artículo sobre las armas. No vivió para ver la transformación del espíritu en torno a la posesión de armas a uno de celebración que continúa hasta el día de hoy.

Hofstadter creía que los estadounidenses se armaron contra la tiranía desde arriba, pero la realidad actual es diferente. Las armas, utilizadas principalmente para la caza y el deporte a mediados del siglo XX, se convirtieron en gran parte en propiedad para protegerse de otros civiles, un reflejo de un miedo moderno, la tiranía de la incertidumbre de los demás.

En un país en el que decenas de millones de personas poseen armas, la seguridad pública se convierte en una responsabilidad personal, por lo que las personas a menudo deciden que lo mejor para ellos es protegerse comprando un arma. Este deseo de estar protegido contra aquellos que tienen armas de fuego mediante la obtención de un arma, multiplicado por millones de personas, ha resultado en una carrera armamentista que hace que todos estén menos seguros. Los acontecimientos históricos, junto con las decisiones políticas, han dado forma a esta explosión en la posesión de armas, lo que ha llevado a una sociedad en la que muchas personas han llegado a asociar las armas con un sentido de seguridad personal. Como resultado, escuchamos todo el tiempo sobre el uso de armas en espacios compartidos de aprendizaje, culto y ocio.

Qué se necesita en EEUU para comprar un arma de fuego?

En 1970, al pensar en cómo se desarrollan los conflictos personales y políticos en una nación con tantas armas, Hofstadter preguntó: “¿Hasta dónde deben llegar las cosas?”. Ahora, 54 años después, podemos responder a su pregunta. En 2021, Estados Unidos fue testigo del mayor número de muertes por armas de fuego de su historia y, en 2023, de su año más mortífero en cuanto a tiroteos masivos. Entre las nuevas tendencias alarmantes se encuentran el auge de las armas fantasma (armas caseras fabricadas con piezas no serializadas, lo que dificulta su rastreo y regulación) y la creciente prevalencia de armas automáticas de grado militar en manos de civiles. La posesión de armas no hace más que aumentar, ya  que uno de cada cinco hogares estadounidenses ha comprado un arma durante la pandemia de COVID-19, y los nuevos propietarios de armas se diversifican para incluir a más mujeres y personas de color. Mi amigo Charles, un trabajador comunitario callejero en Chicago que trabaja con jóvenes involucrados en la violencia, resumió acertadamente la situación: “La respuesta a más armas es más armas”.

Este ciclo en el que las armas engendran más armas corre el riesgo de convertirse en la norma, a menos que haya una acción estatal concertada para revertir la tendencia. Las investigaciones muestran que la intervención estatal para restringir la disponibilidad de armas puede marcar una diferencia significativa. En la década de 1990, las tasas de criminalidad sin precedentes llevaron a muchos estados de EE. UU. a adoptar restricciones de armas que resultaron en una reducción sustancial en la disponibilidad de armas y salvaron decenas de miles de vidas. Además, los tiroteos masivos en Australia, Canadá y el Reino Unido motivaron a sus gobiernos a implementar regulaciones de armas de sentido común, incluidas prohibiciones de armas automáticas y requisitos para la concesión de licencias y el registro. El éxito de estas intervenciones ofrece la esperanza de que la situación actual no es inmutable. Sin embargo, a pesar de este progreso, los últimos años han sido testigos de un retroceso en los esfuerzos estatales y federales de control de armas. Algunos estados han flexibilizado o derogado leyes, y en 2022 la Corte Suprema de EE. UU. limitó la capacidad de los estados para restringir el acceso a las armas. Es probable que esto haya contribuido al reciente aumento de las muertes por armas de fuego, especialmente entre los afroamericanos.

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Protesta a favor del control de armas

Examinar la historia de Estados Unidos ayuda a proporcionar información sobre el presente. El reciente aumento en las ventas de armas y la relajación de las restricciones de armas de fuego en los EE. UU. merecen nuestra atención, lo que conlleva implicaciones que trascienden generaciones y fronteras. Las armas adquiridas durante el aumento de la delincuencia en la década de 1990 han permanecido en las comunidades con consecuencias para las generaciones actuales, y representan una décima parte de la brecha de esperanza de vida entre los hombres blancos y negros en la actualidad. Las fronteras estatales porosas permiten el movimiento de armas desde jurisdicciones indulgentes a regiones con leyes más estrictas y tasas de criminalidad elevadas.

Hoy en día, los estadounidenses se encuentran en una coyuntura crítica, enfrentando las consecuencias de una nación armada contra los extranjeros y entre sí por igual. Para abordar este problema, las personas deben rechazar la premisa de que más armas equivalen a una mayor seguridad. Las armas, que duran más de un siglo, extienden su impacto más allá de los hogares individuales, afectando el bienestar colectivo de las comunidades. La priorización de los derechos individuales de armas en Estados Unidos por encima de la seguridad de la comunidad se ha convertido en un peligro para los inocentes. Los estadounidenses están atrapados en una carrera armamentista que se perpetúa a sí misma y que nos hace a todos menos seguros. La excepcional cultura de las armas de fuego en Estados Unidos exige una reevaluación crítica de las prioridades y políticas de la nación para garantizar un futuro más seguro, uno en el que sea conocido por algo más que las armas.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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Alfred W. McCoy comienza este ensayo, publicado originalmente en inglés en la página TomDispatch, con un argumento categórico y muy difícil de refutar: los imperios no caen como árboles derribados, sino como consecuencia de un proceso lento en el que se debilitan hasta desintegrarse, víctimas  de “una sucesión de crisis que drenan sus fuerzas y confianza”.   No debe ser una sopresa para nadie que el imperio en decadencia al que McCoy dedica su análisis sea el estadounidense. Para el autor, Estados Unidos enfrenta tres crisis imperiales de cuyo manejo dependerá el futuro de su dominio geopolítico: Gaza, Taiwán y Ucrania. McCoy analiza las tres crisis destacando las limitaciones y errores cometidos por Estados Unidos, y el efecto sobre el debilitado poder global estadounidense. Estas tres crisis simultáneas representan un enorme reto para la diplomacia estadounidense en un momento de gran división interna y con la amenaza de un fuerte aislacionismo si Trump regresará la Casa Blanca.

El Doctor McCoy es un destacado analista del imperialismo estadounidense y  catedrático Harrington de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es autor de varios obras, entre las que destacan de Colonial Crucible: Empire in the Making of the Modern American State (coeditado con Francisco A. Scarano en 2009); Policing America’s Empire: The United States, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State (2009);  In the Shadows of the American Century: The Rise and Decline of U.S. Global Power (2017); y   To Govern the Globe: World Orders and Catastrophic Change (2021).


Is the American Empire Now in its Ultimate Crisis?

¿El declive y la caída de todo? El imperio estadounidense en crisis

Alfred W. McCoy 

Sin permiso    21 de marzo de 2024

Los imperios no caen como árboles derribados. Por el contrario, se debilitan lentamente a medida que una sucesión de crisis drena su fuerza y confianza hasta que de repente empiezan a desintegrarse. Así ocurrió con los imperios británico, francés y soviético; así ocurre ahora con la América imperial.

Gran Bretaña se enfrentó a graves crisis coloniales en la India, Irán y Palestina antes de precipitarse de cabeza al Canal de Suez y al colapso imperial en 1956. En los últimos años de la Guerra Fría, la Unión Soviética se enfrentó a sus propios retos en Checoslovaquia, Egipto y Etiopía antes de estrellarse contra un muro en su guerra de Afganistán.

La vuelta triunfal de Estados Unidos tras la Guerra Fría sufrió su propia crisis a principios de este siglo con las desastrosas invasiones de Afganistán e Irak. Ahora, en el horizonte de la historia se vislumbran otras tres crisis imperiales en Gaza, Taiwán y Ucrania que podrían convertir una lenta recesión imperial en un rápido declive, cuando no en un colapso.

Para empezar, pongamos en perspectiva la idea misma de una crisis imperial. La historia de todos los imperios, antiguos o modernos, siempre ha estado marcada por una sucesión de crisis, normalmente dominadas en los primeros años del imperio, sólo para ser aún más desastrosamente mal gestionadas en su época de declive. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se convirtió en el imperio más poderoso de la historia, los líderes de Washington gestionaron con habilidad este tipo de crisis en Grecia, Berlín, Italia y Francia, y con algo menos de habilidad, aunque no de forma desastrosa, en una Guerra de Corea que nunca llegó a terminar oficialmente. Incluso tras el doble desastre de una chapucera invasión encubierta de Cuba en 1961 y una guerra convencional en Vietnam que se torció de forma desastrosa en los años sesenta y principios de los setenta, Washington demostró ser capaz de recalibrarse con la suficiente eficacia como para sobrevivir a la Unión Soviética, “ganar” la Guerra Fría y convertirse en la “superpotencia solitaria” del planeta.

Tanto en el éxito como en el fracaso, la gestión de crisis suele implicar un delicado equilibrio entre la política interior y la geopolítica mundial. La Casa Blanca del presidente John F. Kennedy, manipulada por la CIA en la desastrosa invasión de la Bahía de Cochinos en Cuba en 1961, consiguió recuperar su equilibrio político lo suficiente como para poner en jaque al Pentágono y lograr una resolución diplomática de la peligrosa crisis de los misiles cubanos con la Unión Soviética en 1962.

Sin embargo, la difícil situación actual de Estados Unidos se debe, al menos en parte, al creciente desequilibrio entre una política nacional que parece desmoronarse y una serie de desafiantes convulsiones mundiales. Ya sea en Gaza, en Ucrania o incluso en Taiwán, el Washington del Presidente Joe Biden está fracasando claramente a la hora de alinear a los grupos políticos nacionales con los intereses internacionales del imperio. Y en cada caso, la mala gestión de la crisis se ha visto agravada por los errores acumulados en las décadas transcurridas desde el final de la Guerra Fría, convirtiendo cada crisis en un enigma sin solución fácil o quizás sin solución alguna. Así pues, tanto individual como colectivamente, es probable que la mala gestión de estas crisis sea un indicador significativo del declive final de Estados Unidos como potencia mundial, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Desastre progresivo en Ucrania

Desde los últimos meses de la Guerra Fría, la mala gestión de las relaciones con Ucrania ha sido un proyecto curiosamente bipartidista. Cuando la Unión Soviética empezó a desmembrarse en 1991, Washington se centró en garantizar la seguridad del arsenal moscovita, compuesto por unas 45.000 cabezas nucleares, especialmente las 5.000 armas atómicas almacenadas entonces en Ucrania, que también poseía la mayor planta soviética de armas nucleares en Dnipropetrovsk.

Leonid Kravchuk, First President Of Independent Ukraine, Dead At 88

George H.W. Bush con el Primer Ministro ucraniano Leonid Kravchuk

Durante una visita en agosto de 1991, el Presidente George H.W. Bush dijo al Primer Ministro ucraniano Leonid Kravchuk que no podía apoyar la futura independencia de Ucrania y pronunció lo que se conoció como su discurso del “pollo de Kiev”, diciendo: “Los estadounidenses no apoyarán a quienes busquen la independencia para sustituir una tiranía lejana por un despotismo local. No ayudarán a quienes promuevan un nacionalismo suicida basado en el odio étnico”. Sin embargo, pronto reconocería a Letonia, Lituania y Estonia como estados independientes, ya que no tenían armas nucleares.

Cuando la Unión Soviética finalmente implosionó en diciembre de 1991, Ucrania se convirtió instantáneamente en la tercera potencia nuclear del mundo, aunque no tenía forma de hacer llegar la mayoría de esas armas atómicas. Para persuadir a Ucrania de que transfiriera sus cabezas nucleares a Moscú, Washington inició tres años de negociaciones multilaterales, al tiempo que daba a Kiev “seguridades” (pero no “garantías”) de su seguridad futura, el equivalente diplomático de un cheque personal librado contra una cuenta bancaria con saldo cero.

En virtud del Memorando de Budapest sobre Seguridad de diciembre de 1994, tres antiguas repúblicas soviéticas -Bielorrusia, Kazajstán y Ucrania- firmaron el Tratado de No Proliferación Nuclear y empezaron a transferir sus armas atómicas a Rusia. Simultáneamente, Rusia, Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron respetar la soberanía de los tres signatarios y abstenerse de utilizar dicho armamento contra ellos. Sin embargo, todos los presentes parecían entender que el acuerdo era, en el mejor de los casos, tenue. (Un diplomático ucraniano dijo a los estadounidenses que no se hacía “ilusiones de que los rusos cumplieran los acuerdos firmados”).

Mientras tanto –y esto debería sonar familiar hoy en día– el Presidente ruso Boris Yeltsin se enfurecía contra los planes de Washington de ampliar aún más la OTAN, acusando al Presidente Bill Clinton de pasar de una Guerra Fría a una “paz fría”. Justo después de aquella conferencia, el Secretario de Defensa William Perry advirtió a Clinton, a bocajarro, que “un Moscú herido arremetería contra la expansión de la OTAN”.

No obstante, una vez que las antiguas repúblicas soviéticas quedaron desarmadas de forma segura de sus armas nucleares, Clinton accedió a empezar a admitir nuevos miembros en la OTAN, lanzando una implacable marcha hacia el este, en dirección a Rusia, que continuó bajo su sucesor George W. Bush. Llegó a incluir a tres antiguos satélites soviéticos, la República Checa, Hungría y Polonia (1999); a tres antiguas repúblicas soviéticas, Estonia, Letonia y Lituania (2004); y a otros tres antiguos satélites, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia (2004). Además, en la cumbre de Bucarest de 2008, los 26 miembros de la alianza acordaron por unanimidad que, en algún momento no especificado, Ucrania y Georgia también “se convertirían en miembros de la OTAN”. En otras palabras, tras haber empujado a la OTAN hasta la frontera ucraniana, Washington parecía ajeno a la posibilidad de que Rusia pudiera sentirse amenazada de algún modo y reaccionara anexionándose esa nación para crear su propio corredor de seguridad.

En aquellos años, Washington también llegó a creer que podría transformar a Rusia en una democracia funcional que se integrara plenamente en un orden mundial estadounidense aún en desarrollo. Sin embargo, durante más de 200 años el gobierno de Rusia había sido autocrático y todos los gobernantes, desde Catalina la Grande hasta Leonid Brézhnev, habían conseguido la estabilidad interna mediante una incesante expansión exterior. Por tanto, no debería haber sorprendido que la aparentemente interminable expansión de la OTAN llevara al último autócrata de Rusia, Vladimir Putin, a invadir la península de Crimea en marzo de 2014, tan solo unas semanas después de albergar los Juegos Olímpicos de Invierno.

En una entrevista poco después de que Moscú se anexionara esa zona de Ucrania, el presidente Obama reconoció la realidad geopolítica que aún podía relegar todo ese territorio a la órbita de Rusia, diciendo: “El hecho es que Ucrania, que es un país no perteneciente a la OTAN, va a ser vulnerable a la dominación militar de Rusia hagamos lo que hagamos”.

War in Ukraine: G7 Nations Focus on Helping Ukraine Rebuild - The New York TimesLuego, en febrero de 2022, tras años de combates de baja intensidad en la región de Donbass, en el este de Ucrania, Putin envió 200.000 soldados mecanizados para capturar la capital del país, Kiev, y establecer esa misma “dominación militar.” Al principio, mientras los ucranianos luchaban sorprendentemente contra los rusos, Washington y Occidente reaccionaron con una sorprendente determinación: cortando las importaciones energéticas europeas procedentes de Rusia, imponiendo serias sanciones a Moscú, ampliando la OTAN a toda Escandinavia y enviando un impresionante arsenal de armamento a Ucrania.

Sin embargo, tras dos años de guerra interminable, han aparecido grietas en la coalición antirrusa, lo que indica que la influencia mundial de Washington ha disminuido notablemente desde sus días de gloria de la Guerra Fría. Tras 30 años de crecimiento de libre mercado, la resistente economía rusa ha resistido a las sanciones, sus exportaciones de petróleo han encontrado nuevos mercados y se prevé que su producto interior bruto crezca un saludable 2,6% este año. En la temporada de combates de la primavera y el verano pasados, fracasó una “contraofensiva” ucraniana y la guerra está, en opinión de los mandos rusos y ucranianos, al menos “estancada”, si es que no está empezando a decantarse a favor de Rusia.

Y lo que es más grave, el apoyo de Estados Unidos a Ucrania está flaqueando. Tras conseguir que la alianza de la OTAN apoyara a Ucrania, la Casa Blanca de Biden abrió el arsenal estadounidense para proporcionar a Kiev un impresionante arsenal de armamento, por un total de 46.000 millones de dólares, que dio a su pequeño ejército una ventaja tecnológica en el campo de batalla. Pero ahora, en un movimiento con implicaciones históricas, parte del Partido Republicano (o más bien Trumpublicano) ha roto con la política exterior bipartidista que sostuvo el poder global estadounidense desde el comienzo de la Guerra Fría. Durante semanas, la Cámara de Representantes liderada por los republicanos incluso se ha negado repetidamente a considerar el último paquete de ayuda de 60.000 millones de dólares del presidente Biden para Ucrania, lo que ha contribuido a los recientes reveses de Kiev en el campo de batalla.

Trump y Putin, de la cumbre de la OTAN a la de Helsinki - Real Instituto ElcanoLa ruptura del Partido Republicano empieza por su líder. En opinión de la ex asesora de la Casa Blanca Fiona Hill, Donald Trump fue tan dolorosamente deferente con Vladimir Putin durante “la ahora legendariamente desastrosa conferencia de prensa” en Helsinki en 2018 que los críticos estaban convencidos de que “el Kremlin tenía influencia sobre el presidente estadounidense.” Pero el problema es mucho más profundo. Como señaló recientemente el columnista del New York Times David Brooks, el histórico “aislacionismo del Partido Republicano sigue en marcha.” De hecho, entre marzo de 2022 y diciembre de 2023, el Pew Research Center descubrió que el porcentaje de republicanos que piensan que Estados Unidos da “demasiado apoyo” a Ucrania subió de sólo el 9% a la friolera del 48%. Cuando se le pide que explique esta tendencia, Brooks opina que “el populismo trumpiano sí representa algunos valores muy legítimos: el miedo a la extralimitación imperial… [y] la necesidad de proteger los salarios de la clase trabajadora de las presiones de la globalización.”

Dado que Trump representa esta tendencia más profunda, su hostilidad hacia la OTAN ha adquirido un significado añadido. Sus recientes declaraciones de que animaría a Rusia a “hacer lo que les dé la gana” con un aliado de la OTAN que no pagara lo que le corresponde provocaron una conmoción en toda Europa, obligando a aliados clave a plantearse cómo sería esa alianza sin Estados Unidos (incluso mientras el presidente ruso, Vladímir Putin, sin duda percibiendo un debilitamiento de la determinación estadounidense, amenazaba a Europa con una guerra nuclear). Sin duda, todo esto está indicando al mundo que el liderazgo mundial de Washington es ahora cualquier cosa menos una certeza.

Crisis en Gaza

Al igual que en Ucrania, décadas de un liderazgo estadounidense tímido, agravadas por una política interna cada vez más caótica, han dejado que la crisis de Gaza se descontrole. Al final de la Guerra Fría, cuando Oriente Medio estaba momentáneamente desvinculado de la política de las grandes potencias, Israel y la Organización para la Liberación de Palestina firmaron el Acuerdo de Oslo de 1993. En él acordaron crear la Autoridad Palestina como primer paso hacia una solución de dos Estados. Sin embargo, durante las dos décadas siguientes, las ineficaces iniciativas de Washington no lograron desbloquear la situación entre dicha Autoridad y los sucesivos gobiernos israelíes, que impedían cualquier avance hacia dicha solución.

En 2005, el halcón primer ministro israelí Ariel Sharon decidió retirar sus fuerzas de defensa y 25 asentamientos israelíes de la Franja de Gaza con el objetivo de mejorar “la seguridad y el estatus internacional de Israel”. Sin embargo, en dos años, los militantes de Hamás se hicieron con el poder en Gaza, desbancando a la Autoridad Palestina del presidente Mahmud Abbas. En 2009, el controvertido Benjamin Netanyahu inició su casi ininterrumpida etapa de 15 años como primer ministro de Israel y pronto descubrió la utilidad de apoyar a Hamás como elemento político para bloquear la solución de dos Estados que tanto aborrecía.

No es de extrañar, pues, que al día siguiente del trágico atentado de Hamás del 7 de octubre del año pasado, el Times of Israel publicara este titular: “Durante años Netanyahu apoyó a Hamás. Ahora nos ha explotado en la cara”. En su artículo principal, la corresponsal política Tal Schneider informaba: “Durante años, los distintos gobiernos encabezados por Benjamín Netanyahu adoptaron un enfoque que dividía el poder entre la Franja de Gaza y Cisjordania, poniendo de rodillas al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, mientras tomaban medidas que apuntalaban al grupo terrorista Hamás”.

El 18 de octubre, cuando los bombardeos israelíes de Gaza ya estaban causando graves víctimas entre la población civil palestina, el presidente Biden voló a Tel Aviv para mantener una reunión con Netanyahu que recordaría inquietantemente a la rueda de prensa de Trump en Helsinki con Putin. Después de que Netanyahu elogiara al presidente por trazar “una línea clara entre las fuerzas de la civilización y las fuerzas de la barbarie”, Biden respaldó esa visión maniquea al condenar a Hamás por “maldades y atrocidades que hacen que ISIS parezca algo más racional” y prometió proporcionar el armamento que Israel necesitaba “a medida que responden a estos ataques.” Biden no dijo nada sobre la anterior alianza de Netanyahu con Hamás o sobre la solución de los dos Estados. En lugar de ello, la Casa Blanca de Biden comenzó a vetar propuestas de alto el fuego en la ONU mientras enviaba por vía aérea, entre otras armas, 15.000 bombas a Israel, incluidos los gigantescos “cazabúnkeres” de 2.000 libras que pronto arrasaron los rascacielos de Gaza con un número cada vez mayor de víctimas civiles.

Biden se reúne con Netanyahu en Nueva York, indicio del enojo de su gobierno con el israelí | AP News

Tras cinco meses de envíos de armas a Israel, tres vetos de la ONU al alto el fuego y nada para detener el plan de Netanyahu de una ocupación interminable de Gaza en lugar de una solución de dos Estados, Biden ha dañado el liderazgo diplomático estadounidense en Oriente Medio y en gran parte del mundo. En noviembre y de nuevo en febrero, multitudinarias manifestaciones pidiendo la paz en Gaza se manifestaron en Berlín, Londres, Madrid, Milán, París, Estambul y Dakar, entre otros lugares.

Además, el incesante aumento de la cifra de civiles muertos en Gaza, que supera con creces los 30.000, de los cuales un sorprendente número son niñosya ha debilitado el apoyo interno de Biden en electorados que eran fundamentales para su victoria en 2020, como los árabe-estadounidenses en el estado clave de Michigan, los afro-estadounidenses en todo el país y los votantes más jóvenes en general. Para cerrar la brecha, Biden está ahora desesperado por un alto el fuego negociado. En un inepto entrelazamiento de política internacional y nacional, el presidente ha dado a Netanyahu, un aliado natural de Donald Trump, la oportunidad de una sorpresa en octubre de más devastación en Gaza que podría desgarrar la coalición demócrata y aumentar así las posibilidades de una victoria de Trump en noviembre –  con consecuencias fatales para el poder global de Estados Unidos.

Problemas en el estrecho de Taiwán

Mientras Washington está preocupado por Gaza y Ucrania, también puede estar en el umbral de una grave crisis en el estrecho de Taiwán. La implacable presión de Pekín sobre la isla de Taiwán no cesa. Siguiendo la estrategia incremental que ha utilizado desde 2014 para asegurarse media docena de bases militares en el mar de China Meridional, Pekín avanza para estrangular lentamente la soberanía de Taiwán. Sus violaciones del espacio aéreo de la isla han aumentado de 400 en 2020 a 1.700 en 2023. Del mismo modo, los buques de guerra chinos han cruzado la línea mediana del estrecho de Taiwán 300 veces desde agosto de 2022, borrándola de hecho. Como advirtió el comentarista Ben Lewis, “pronto puede que no queden líneas que China pueda cruzar”.

Tras reconocer a Pekín como “el único Gobierno legal de China” en 1979, Washington accedió a “reconocer” que Taiwán formaba parte de China. Al mismo tiempo, sin embargo, el Congreso aprobó la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, que exigía “que Estados Unidos mantuviera la capacidad de resistir cualquier recurso a la fuerza… que pusiera en peligro la seguridad… del pueblo de Taiwán”.

Semejante ambigüedad estadounidense parecía manejable hasta octubre de 2022, cuando el presidente chino, Xi Jinping, declaró en el XX Congreso del Partido Comunista que “la reunificación debe hacerse realidad” y se negó a “renunciar al uso de la fuerza” contra Taiwán. En un contrapunto fatídico, el presidente Biden declaró, en septiembre de 2022, que Estados Unidos defendería a Taiwán “si de hecho se produjera un ataque sin precedentes”.

Misión de EE.UU. en Taiwán en plena crisis de los globos con Pekín | Perfil

Pero Pekín podría paralizar a Taiwán varios pasos antes de ese “ataque sin precedentes” convirtiendo esas transgresiones aéreas y marítimas en una cuarentena aduanera que desviaría pacíficamente toda la carga con destina a Taiwán hacia China continental. Con los principales puertos de la isla en Taipei y Kaohsiung frente al estrecho de Taiwán, cualquier buque de guerra estadounidense que intentara romper ese embargo se enfrentaría a un enjambre letal de submarinos nucleares, aviones a reacción y misiles asesinos de buques.

Ante la pérdida casi segura de dos o tres portaaviones, la marina estadounidense probablemente retrocedería y Taiwán se vería obligada a negociar los términos de su reunificación con Pekín. Un revés tan humillante enviaría una clara señal de que, tras 80 años, el dominio estadounidense sobre el Pacífico había llegado a su fin, infligiendo otro duro golpe a la hegemonía mundial de Estados Unidos.

La suma de tres crisis

Washington se enfrenta ahora a tres complejas crisis mundiales que exigen toda su atención. Cualquiera de ellas pondría a prueba las habilidades del diplomático más avezado. Su simultaneidad coloca a Estados Unidos en la poco envidiable posición de tener que hacer frente a posibles reveses en las tres crisis a la vez, incluso cuando su política interior amenaza con adentrarse en una era de caos. Aprovechando las divisiones internas estadounidenses, los protagonistas de Pekín, Moscú y Tel Aviv tienen la mano larga (o al menos potencialmente más larga que la de Washington) y esperan ganar por defecto cuando Estados Unidos se canse del juego. Como titular, el presidente Biden debe soportar la carga de cualquier marcha atrás, con el consiguiente daño político este noviembre.

Mientras tanto, entre bastidores, Donald Trump puede tratar de escapar de tales enredos extranjeros y de su coste político volviendo al aislacionismo histórico del Partido Republicano, incluso mientras se asegura de que la antigua superpotencia solitaria del Planeta Tierra podría venirse abajo tras las elecciones de 2024. De ser así, en un mundo tan claramente empantanado, la hegemonía global estadounidense se desvanecería con sorprendente rapidez, convirtiéndose pronto en poco más que un lejano recuerdo.

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En esta nota que combina elementos de historia empresarial con historia del consumo y la alimentación, Katrina Gulliver enfoca el papel jugado por empresarios estadounidenses en la transformación de la lecha condensada en uno de los primeros productos globales.  Gulliver se apoya para su historia en el trabajo del fallecido historiador Joe B. Frantz.

Gulliver es historiadora y escritora independiente. Frantz trabajó en la Universidad de Texas entre 1948 y 1989.


File:Highland Condensed Milk Ad - 1889.png - Wikipedia

La dulce historia de la leche condensada

Katrina Gulliver 

JSTOR Daily.  20 de febrero de 2024

La leche condensada es un estándar de cocina para muchos de nosotros. Existe la posibilidad de que tengas una pequeña lata de Nestlé en la parte trasera de tu despensa. También es producto de una cultura alimentaria mecanizada, que representa el progreso agrícola, la necesidad de abordar el suministro de alimentos en áreas remotas y un triunfo de la comercialización de un alimento básico occidental (la leche de vaca) al resto del mundo.

La leche condensada es leche a la que se le ha eliminado alrededor del 60 por ciento de su contenido de agua y se le ha añadido azúcar (la leche evaporada, con la que a veces se confunde, también es leche a la que se le ha quitado agua, pero sin el azúcar adicional). Como técnica para conservar la leche, fue útil para un mundo industrializado que implicaba más viajes de larga distancia. Cualquier persona que no tenga acceso a una vaca (o refrigeración) podría tener productos lácteos para usar.

Condensed milk, oh the joy!Gail Borden fue una de los primeros en producirla comercialmente en los Estados Unidos en la década de 1850. El propio Borden era un emprendedor en serie, con tantos fracasos como éxitos, pero el momento para la leche era el adecuado. Como lo describe Joe B. Frantz en su ensayo sobre la carrera empresarial de Borden: “Cuando en 1858 Frank Leslie expuso a los productores de leche ‘fresca’ en Nueva York por vender desperdicios, Borden, perfumando la oportunidad, publicó el primer anuncio en el periódico que afirmaba que su leche no solo era pura, sino que se conservaría indefinidamente”.

El negocio no fue un éxito inmediato, señala Frantz. Como nueva empresa, “sufrió los dolores del lento crecimiento hasta 1861, cuando durante una hora del mediodía un cliente entró y, después de hacer algunas preguntas, anunció que quería 500 libras de leche condensada para el Ejército de los Estados Unidos”. Los soldados que luchaban en los teatros sureños de la Guerra Civil Americana pronto fueron alimentados con leche condensada enlatada.

Borden se convirtió en un proveedor militar y la leche condensada llegó a ser conocida por miles de soldados. Con su alto contenido de azúcar, contenía un verdadero golpe calórico en una lata pequeña. (Volvería a estar en los paquetes de raciones de los militares en la Primera Guerra Mundial). La leche condensada (generalmente precedida por la palabra “endulzada”) pronto se convirtió en un producto estándar en los estantes de los supermercados en los Estados Unidos. En Europa, su producción se asoció con la compañía láctea anglo-suiza, precursora de Nestlé, lo que llevó a que se la denominara “Swiss Milk” en inglés.

A principios del siglo XX, la leche condensada (y evaporada) era común en las recetas de fórmula casera para bebés. En los días en que  la seguridad de la leche era un verdadero problema de salud pública (y los niños morían por leche fresca contaminada), la opción de mezclar leche enlatada puede haber parecido una opción más segura, incluso cuando algunos médicos señalaron que, a pesar de las afirmaciones de sus refuerzos, a menudo todavía estaba cargada de bacterias.

A condensed history | Nestlé Global

(Estas viejas recetas tampoco eran nutricionalmente ideales para los bebés. Durante la escasez de fórmula en polvo comercial para bebés en los últimos años, comenzaron a circular en línea como alternativas, lo que  llevó a los médicos a emitir advertencias contra la alimentación de los bebés con leche condensada).

Pero su utilidad civil venía con llevar leche a climas cálidos. La leche condensada pronto se convirtió en parte de la vida cotidiana de los países tropicales y está tan arraigada culturalmente que no desapareció con la llegada de la familia Frigidaire. Su popularidad mundial ha hecho que se adapte a los gustos y modas regionales, y en cada lugar (como ocurre con  la salsa Maggi), parece ser la quintaesencia de lo local.

Desde  el dulce de leche  de América Latina hasta  el kopi (café con leche condensada) de Singapur y Malasia, la leche  condensada es un pilar en todo el mundo, mucho después de que la refrigeración hiciera de la leche fresca una opción conveniente. Esto se debe en parte a Nestlé, que globalizó el gusto por sus productos lácteos. Aunque el problema para el que fue creada (el acceso a un suministro seguro de leche) ha desaparecido en gran medida, la leche condensada encontró su propio mercado. Se convirtió en un ingrediente clave en las recetas, y los cocineros inventivos que encontraron nuevas oportunidades para ponerlo en práctica ayudaron a construir su propia base de fans.

Recursos

JSTOR es una biblioteca digital para académicos, investigadores y estudiantes. Los lectores de JSTOR Daily pueden acceder a la investigación original detrás de nuestros artículos de forma gratuita en JSTOR.

Gail Borden as a Businessman

By: Joe B. Frantz

Bulletin of the Business Historical Society, Vol. 22, No. 4/6 (Dec., 1948), pp. 123–133

The President and Fellows of Harvard College

Condensed Milk For Infants

The British Medical Journal, Vol. 2, No. 2651 (October 21, 1911), p. 1022

Coffee-shops in Colonial Singapore: Domains of Contentious Publics

By: Khairudin Aljunied

History Workshop Journal, No. 77 (SPRING 2014), pp. 65–85

Oxford University Press

Nestlé in the Ottoman Empire: Global Marketing with Local Flavor 1870–1927

By: YAVUZ KOESE

Enterprise & Society, Vol. 9, No. 4 (DECEMBER 2008), pp. 724–761

Cambridge University Press


Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

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Este blog acaba de superar las 1,250,000 vistas, lo que me alegra muchísimo. Por su naturaleza y nivel de especialización, no esperaba al crearlo en el 2008, que llegará a ser extremadamente popular.  Me preguntaba entonces cuántas personas podrían estar interesadas en la historia de Estados Unidos y en el análisis del imperialismo estadounidense.  Debo reconocer casi 15 años y varios meses después, que el alcance del Imperio de Calibán ha superado la más optimista de mis expectativas. No solo ha sido sobrevivido al embate del tiempo (una hija, mis responsabilidades pedagógicas, etc.), sino que ha llegado  a 1.25 millones de personas, mucho más que cualquiera otro de mis trabajos y proyectos  académicos y/o educativos.  Es realmente lamentable que desde su torre de marfil la Academia (y las Universidades) no valoren el trabajo -y el alcance- de blogs como el Imperio de Calibán.

El objetivo ahora es llegar a los 1.5 millones de vistas. ¿Cuánto nos tomará?

Norberto

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Los Archivos Nacionales anuncian que están disponibles las grabaciones sonoras digitalizadas de procedimientos y opiniones de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Estas fueron digitalizadas por la Film Division de la Moving Image and Sound Branch. Los procedimientos están disponibles desde al año 1955 y las opiniones a partir de los años 1980. Para los interesados en la historia judicial de Estados Unidos, esta podría ser una fuente muy valiosa, cuyo acceso es completamente libre.

Según la nota de los Archivos Nacionales, las grabaciones están accesibles a través «del Catálogo de los National Archives utilizando palabras clave como el nombre del caso o el número de expediente».


Supreme Court building

La Corte Suprema, ¡ahora con sonido!

National Archives.  24 de enero de 2024

La  Moving Image and Sound Branch  de los National Archives no solo contiene películas.  También alberga más de 300.000 grabaciones sonoras.  Recientemente, la Film Division puso a disposición del público grabaciones sonoras digitalizadas de la Corte Suprema en el Catálogo.

La Corte Suprema comenzó a registrar sus procedimientos en 1955, pero las opiniones de la corte no se registraron hasta la década de 1980.  Las grabaciones están organizadas cronológicamente.  Dado que los casos a menudo se discuten durante varios días, los casos se pueden dividir entre diferentes grabaciones.

Un ejemplo interesante es Time, Inc. v. Hill en 1966.  La familia Hill, que había sido víctima de un crimen sensacional en el que convictos fugados irrumpieron en la casa familiar, demandó a la revista Life por un artículo sobre una obra de teatro que represntaba la experiencia de la familia.  En la Corte Suprema en 1966, su caso fue argumentado por el ex vicepresidente y futuro presidente Richard Nixon.  Se puede escuchar a Nixon discutiendo alrededor del minuto 51:30 en esta grabación.

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden en una reunión de la Corte Suprema con los jueces antes de la ceremonia de investidura de la jueza Sotomayor, el martes 8 de septiembre de 2009. (Foto oficial de la Casa Blanca por Souza)

El caso Hill hace referencia al famoso caso del New York Times v. Sullivan, que dictaminó  que para probar la difamación, un funcionario público debe demostrar que lo que se dijo en su contra fue hecho con malicia real.

Otros casos importantes que puedes encontrar incluyen:

  • En 2015, Obergefell v. Hodges requirió que los estados emitieran licencias de matrimonio a parejas del mismo sexo.  Las grabaciones se dividen en tres partes:  la primera pregunta,  la segunda y el dictamen.
  • Vitale en  1962 decidió que la oración iniciada por la escuela en las escuelas públicas violaba la Primera Enmienda.
  • Gideon v. Wainwright de 1963 declaró que los acusados indigentes deben recibir representación legal sin cargo.
  • Wade, quizás la decisión más conocida de la Corte Suprema, Roe v. Wade, fue discutida en dos fechas:  diciembre de 1971  y octubre de 1972.  El tribunal declaró que el aborto es un derecho constitucional.
  • Virginia anuló las leyes estatales que prohibían el matrimonio interracial en 1967.
Las grabaciones forman parte del Record Group 267: U.S. Supreme Court Records, y se dividen en 3 series:  Sound Recordings of Oral Arguments – Black Series, October 1955 – December 1972, Sound Recordings of Oral Arguments –  Red Series, December 1972 – June 27, 2005, and Sound Recordings of Oral Arguments – Gold Series, October 3, 2005, 2005 – June 30,  2023 .  Los Archivos Nacionales reciben adiciones anuales a la serie de la Corte Suprema.Se pueden encontrar más grabaciones de audio en el Catálogo de los National Archives utilizando palabras clave como el nombre del caso o el número de expediente.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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Qué mejor manera de comenzar el año 2024 que celebrando que mi artículo «Las buenas intenciones no bastan: la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina en el siglo XX» tuvo 1722 descargas en 2023. Publicado en Histórica, revista del Departamento Académico de Humanidades de la PUCP, este artículo analiza el intervencionismo estadounidense en América Latina reconociendo las buenas intenciones de los norteamericanos y destacando sus limitaciones .

Espero que haya sido de utilidad para las 1722 personas que lo descargaron.

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El pasado 2 de diciembre la Doctrina Monroe cumplió doscientos años de vida. En este ensayo los internacionalistas Tom Long y Carsten-Andreas Schulz comentan tal efeméride destacando el renacer de la doctrina en los discursos políticos estadounidenses, especialmente, entre políticos asociados al Partido Republicano. Este renacer de la doctrina Monroe está directamente asociado al incremento de la influencia china en la América Latina. En otras palabras, la creciente competencia y conflictividad chino-estadounidense –unida a la presencia del gigante asiático en la región latinoamericana– han revitalizado a la Doctrina Monroe entre algunos líderes norteamericanos. Hay quienes, como el precandidato presidencial Ron DeSantis, han comenzado a invocarla para justificar un mayor intervencionismo estadounidense en la región latinoamericana frente a la “amenaza” china y los problemas en la frontera sur.

En su análisis, Long y Schulz plantean algo indiscutible: a lo largo de sus doscientos años de existencia, la Doctrina Monroe ha tenido diversos significados en diferentes momentos históricos. Esto aplica tanto a los estadounidenses como a los latinoamericanos, pues hubo ocasiones a lo largo de este largo periodo que la doctrina no fue vista de forma negativa en América Latina. Los autores reconocen que entre los latinoamericanos la doctrina es sinónimo de paternalismo, unilateralismo e intervencionismo. Sin embargo, también plantean que hubo latinoamericanos que buscaron vincularle con un multilateralismo que protegiera a la región de amenazas externas. En fin, que la Doctrina Monroe es más compleja de lo que algunos quisieran reconocer.

Long es profesor de  relaciones internacionales en la Universidad de Warwick y profesor afiliado en el Centro de Investigación y Enseñanza de la Economía en la Ciudad de México. Schulz es profesor adjunto de relaciones internacionales en la Universidad de Cambridge.


El retorno de la doctrina Monroe

Tom Long y Carsten-Andreas Schulz

Foreign Policy   16 de diciembre  de 2023

 

La Doctrina Monroe está experimentando un resurgimiento. Al cumplir 200 años este mes, este principio de política exterior consagrado por el tiempo, que declara que Washington se opondrá a las incursiones políticas y militares en el hemisferio occidental por parte de potencias fuera de él, está una vez más a la vanguardia de los debates políticos en Estados Unidos.

Los candidatos presidenciales republicanos  como Vivek Ramaswamy y Ron DeSantis piden la revitalización de la doctrina para apuntar a la creciente presencia de China en América Latina y la ofrecen como justificación para un posible ataque militar estadounidense contra organizaciones criminales en México. Están siguiendo el ejemplo del expresidente de Estados Unidos Donald Trump, quien elogió a Monroe en el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas, así como de asesores como John Bolton y el exsecretario de Estado Rex Tillerson.

Aunque la administración Biden se ha abstenido de invocar explícitamente el principio, probablemente dándose cuenta de que las menciones a Monroe están garantizadas para irritar a los latinoamericanos, las advertencias de la Casa Blanca sobre la creciente presencia de China  en el hemisferio occidental tienen un trasfondo distintivamente monroeísta.

Incluso hace una década, uno podría haber asumido que la relevancia de Monroe en el siglo XXI había disminuido. Después de todo, durante el primer centenario de la doctrina, el profesor de Yale y explorador de Machu Picchu, Hiram Bingham, la calificó como “un shibboleth obsoleto”. En el segundo siglo de la doctrina, se había asociado estrechamente con las intervenciones de Estados Unidos durante la Guerra Fría y el unilateralismo en las Américas. Cuando el entonces presidente de EE. El secretario de Estado, John Kerry, declaró en 2013 que “la era de la Doctrina Monroe ha terminado”, el principio se había convertido en un anacronismo.

Pero como sugiere su reciente resurgimiento, la Doctrina Monroe ha significado durante mucho tiempo cosas diferentes  para diferentes audiencias. Aunque el término “Doctrina Monroe” es ampliamente considerado como tóxico, los políticos en Washington han luchado por romper con su legado. Y las palabras y acciones de Estados Unidos en América Latina ciertamente todavía se perciben a través de la lente de Monroe.

Una pintura de 1912 de Clyde DeLand representa al presidente de los Estados Unidos James Monroe (centro) en la creación de la Doctrina Monroe en 1823.ARCHIVO BETTMANN/GETTY IMAGES

 

Desde el principio, la Doctrina Monroe tuvo innumerables significados. Antes de quedar irremediablemente ligado al “gran garrote” del presidente estadounidense Theodore Roosevelt, sirvió como un espejo, reflejando las esperanzas y temores de los nuevos países de las Américas en las relaciones internacionales.

Los principios de lo que se conocería póstumamente  como la Doctrina Monroe fueron pronunciados por primera vez el 2 de diciembre de 1823 por el entonces presidente de los Estados Unidos. El presidente James Monroe durante su mensaje anual  al Congreso, pero el pasaje en cuestión fue escrito en gran parte por el entonces secretario de Estado John Quincy Adams. La política exterior de Monroe y Adams contenía dos principios fundamentales. El primero fue el establecimiento de lo que llamaron “esferas separadas” entre Europa y América. La segunda fue la afirmación de la oposición de Estados Unidos a los intentos europeos de reconquista y a las ambiciones territoriales en América Latina y el noroeste del Pacífico.

Al principio, la idea no era una doctrina, ni la incipiente república estadounidense podía respaldarla con fuerza. El discurso de Monroe fue percibido inicialmente como una declaración de solidaridad contra la amenaza de la conquista europea, aunque bastante prepotente. Los líderes independentistas de las antiguas colonias hispanoamericanas tomaron nota cortésmente del discurso de Monroe como una expresión de apoyo tácito a su causa.

Sin embargo, cuando Estados Unidos se anexionó la mitad norte de México durante una guerra de conquista que duró de 1846 a 1848, la política estadounidense adquirió un tono premonitorio.

A lo largo de las décadas, la Doctrina Monroe ganó mayor prominencia entre las facciones políticas rivales en los Estados Unidos, y las conexiones con el contexto original de Monroe se debilitaron. Los sucesivos gobiernos de Estados Unidos invocaron la Doctrina Monroe para protegerse de  otros adversarios en todo el mundo: los británicos, el imperio alemán, las potencias del Eje de la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, la Unión Soviética. En América Latina, la doctrina ofrecía a los países la protección de Estados Unidos (solicitada o no) al tiempo que reservaba el derecho de Washington a definir qué tipo de acciones contaban como amenazantes, así como el derecho a decidir cómo responder a ellas. El paternalismo inherente hacia la región pronto se complementó con el unilateralismo y el intervencionismo absolutos.

Sin embargo, a finales de la década de 1860, algunos liberales latinoamericanos y abolicionistas estadounidenses vieron la Doctrina Monroe como una oportunidad para crear un orden regional basado no en intereses dinásticos e intrigas de grandes potencias, sino en el imperio de la ley y la solidaridad.

En lugar de ver a Monroe como una licencia para el expansionismo, los liberales de mediados de siglo imaginaron un destino hemisférico común que rompía con las guerras e intrigas del Viejo Mundo. La doctrina resurgió como  un llamado a Estados Unidos para que actuara contra las incursiones francesas y españolas en las Américas, incluso en llamados de líderes liberales latinoamericanos como los presidentes mexicanos Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada.

Los líderes liberales reconocieron que el tamaño y el poder de Estados Unidos harían que su lugar en el hemisferio fuera distinto, pero argumentaron que las diferencias entre las naciones debían superarse con la solidaridad republicana, la diplomacia multilateral y el derecho internacional. La paz no se haría a través de tratados secretos a expensas de los pequeños estados, sino a través del arbitraje y la consulta.

Los latinoamericanos invocaron la Doctrina Monroe en este contexto para criticar la participación de Estados Unidos en la ahora infame Conferencia de Berlín de 1884-1885, donde las potencias europeas se repartieron el territorio africano bajo un deber autoproclamado de difundir la civilización occidental. Los latinoamericanos temían que esta expansión imperial sancionada pudiera llegar también a sus costas.

Unos años más tarde, los venezolanos apelaron de nuevo al legado de Monroe para conseguir el apoyo de Estados Unidos en su disputa con Gran Bretaña por la frontera entre Venezuela y Guyana. (La insatisfacción venezolana con el proceso de arbitraje subsiguiente hace un siglo sentó las bases para la recientes amenazas de guerra allí). En Estados Unidos, la doctrina también sirvió a los aislacionistas para avanzar en su crítica del enredo de Estados Unidos en la política de alianzas europeas.

El presidente estadounidense Theodore Roosevelt visita Río de Janeiro en 1913. ARCHIVO DE HISTORIA UNIVERSAL/UIG VÍA GETTY IMAGES

Pero a principios de siglo, el presidente Teddy Roosevelt profundizó el vínculo de la Doctrina Monroe con las intervenciones unilaterales de Estados Unidos. Lo más infame  es que su “corolario” del principio reclamaba, para los nuevos y poderosos Estados Unidos, el derecho y el deber de vigilar su vecindad. El presidente Woodrow Wilson, por lo demás adversario de Roosevelt en muchas cuestiones de política exterior, compartía en gran medida esta visión de la Doctrina Monroe. Wilson insistió en que se mencionara a Monroe  en la Carta de la Sociedad de Naciones para consagrar las prerrogativas unilaterales de Estados Unidos.

En este punto, incluso los latinoamericanos simpatizantes se habían agriado con la doctrina, y Monroe se convirtió en un grito de guerra para los nacionalistas y antiimperialistas de la región. La interpretación de Roosevelt de la doctrina desplazó en gran medida a las que enfatizaban la solidaridad y la moderación. La época estaba impregnada de una arrogancia de  presunciones raciales y civilizatorias de que Estados Unidos tenía el derecho y el deber de instruir y disciplinar a  los latinoamericanos.

Pero las esperanzas de revertir el corolario de Roosevelt y reinterpretar a Monroe como compatible con el multilateralismo no desaparecieron, como ha demostrado el académico Juan Pablo Scarfi. En algunos rincones de las sociedades latinoamericanas, Estados Unidos siguió siendo un modelo predilecto de modernidad.

Si bien las menciones explícitas a la Doctrina Monroe disminuyeron, la política exterior de Estados Unidos hacia la región adquirió un celo más intervencionista en el apogeo de la Guerra Fría. Con la justificación de excluir la influencia soviética, el gobierno de Estados Unidos ayudó a derrocar proyectos democráticos reformistas en toda América Latina para instalar dictadores afines a Estados Unidos, sobre todo en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965 y Chile en 1973. Al comentar sobre Chile en 1970, el difunto secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, dijo que  “los temas son demasiado importantes para que los votantes [latinoamericanos] decidan por sí mismos”.

Ahora, después de tres décadas en las que las intervenciones abiertas de Estados Unidos en América Latina se han vuelto raras, la discusión sobre la Doctrina Monroe parece estar regresando.

Anticipando una renovada rivalidad entre grandes potencias, esta vez con China, Estados Unidos se encuentra buscando a tientas un enfoque coherente para los rivales de fuera del hemisferio occidental, y para los desafíos de dentro de él. La aparente simplicidad y persistencia de la Doctrina Monroe significan que ha recuperado adeptos en los Estados Unidos. Sin embargo, los recientes elogios a la doctrina desde dentro del Partido Republicano sugieren sólo una comprensión superficial de la doctrina y sus significados en América Latina.

Tales usos pueden estar dirigidos a una audiencia nacional de Estados Unidos, pero cuando llegan a oídos latinoamericanos, parecen estar fuera de lugar, o algo peor. Elogiar a Monroe  no persuadirá a los latinoamericanos de que sus intereses radican en la cooperación con Estados Unidos y no con sus rivales extra-hemisféricos. Invocar la doctrina acelera el mismo resultado que pretende evitar.

Aunque muy pocos en América Latina aceptarían el término “Doctrina Monroe”, muchos líderes de la derecha de la región tienen sus propias disposiciones anti chinas, incluido el expresidente brasileño Jair Bolsonaro, el expresidente ecuatoriano Guillermo Lasso y el nuevo presidente argentino Javier Milei. Estos líderes han recurrido a Estados Unidos para compensar el creciente peso económico y político de China. En los últimos años, varios países de la región han cambiado las relaciones diplomáticas de Taiwán a China y han ampliado los acuerdos comerciales y de inversión con Pekín.

No es probable que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, siga el ejemplo de Trump y elogie abiertamente  la Doctrina Monroe en las Naciones Unidas. Pero muchas iniciativas de la administración Biden son percibidas  en América Latina bajo una luz similar. Los altos funcionarios estadounidenses rara vez dedican tiempo a América Latina más allá de los problemas relacionados con la inmigración y el narcotráfico, y las ofertas económicas de Estados Unidos a la región se consideran insignificantes en comparación con sus compromisos en otros lugares. Cuando los funcionarios de Biden insisten a los latinoamericanos sobre los peligros del compromiso económico con China, las advertencias se escuchan como ecos modernos de la broma de Monroe de que Estados Unidos sabe más.

En su último resurgimiento, a la Doctrina Monroe se le atribuirán aún más significados. Pero el monroeísmo, ya sea de nombre o como paradigma político implícito, está condenado al fracaso. Como término, la “Doctrina Monroe” está demasiado contaminada para ser redimida. Invocar la frase en las relaciones interamericanas de hoy es contraproducente. La doctrina no puede sacudirse dos siglos de vínculos con el unilateralismo, el paternalismo y el intervencionismo.

Tampoco el hecho de referirse a la Doctrina Monroe con otro nombre esconde su hedor. Los principios fundamentales de la doctrina chocan con las relaciones internacionales e interamericanas actuales. La doctrina se basaba en la idea de esferas separadas; las interpretaciones más multilaterales de Monroe tendían a enfatizar este aspecto como la base de una distintiva “idea del hemisferio occidental”.

Pero la confrontación global de la Guerra Fría y la amenaza nuclear universal pusieron en duda la viabilidad de esferas separadas. Ahora, en una era de cambio climático global y cadenas de valor, la afirmación parece aún más inverosímil. Estados Unidos no solo está inextricablemente ligado a los asuntos europeos, asiáticos y globales, sino que también lo está América Latina.

Incluso las concepciones multilaterales de la doctrina estaban empantanadas en supuestos paternalistas. Los llamados a un orden regional más multilateral e igualitario son incompatibles con el supuesto fundamental de la Doctrina Monroe de que es Estados Unidos quien decide quién cuenta como amenaza hemisférica.

Del mismo modo, la prohibición de la reconquista europea de la doctrina original se amplió con el tiempo para abarcar otras actividades, como las relaciones diplomáticas y comerciales con la Unión Soviética hace décadas, o las “trampas de la deuda” china en la actualidad. Empezando por Monroe, se supone que Estados Unidos define qué tipo de relaciones exteriores están fuera de lugar.

Y aquí está el problema. Independientemente de lo que los responsables políticos crean que significa la Doctrina Monroe, en esencia, la doctrina duda de que los países latinoamericanos puedan trazar su propio rumbo en el mundo. Hasta que la política exterior de Estados Unidos se deshaga de esa noción, quedará atrapada en las garras de Monroe.


Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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