Feeds:
Entradas
Comentarios

 

03031876-8a54-4a9f-b17c-a0e0b3ae5391_d6cc78a12eaabc7985938959c2055b2e.jpg

La guerra de Vietnam  marcó la historia de los Estados Unidos. Por casi diez años los estadounidenses pelearon en las junglas vietnamitas contra lo que consideraban una muestra del peligro del expansionismo comunista liderado por la Unión Soviética. Esta guerra tuvo serias consecuencias para los Estados Unidos, pues dividió profundamente la sociedad estadounidense. La oposición a la guerra fue severa y provocó brotes de violencia, sobre todo, en las universidades.

38e06199610ac078f5e08b2e8ca7cdc2En la segunda mitad del siglo XIX, los franceses establecieron su control sobre una vasta zona al sur de China que denominaron Indochina Francesa. La actual república vietnamita formó parte de esa colonia hasta que en la década de 1940 los nacionalistas indochinos aprovecharon el vacío de poder generado por la guerra mundial para declarar su independencia. Una vez finalizada la guerra, los franceses pretendieron retomar el control de su antigua colonia asiática, provocando una sangrienta guerra.   Los vietnamitas lograron derrotar a los franceses en 1954, pero vieron cómo la guerra fría determinaba el futuro de su país. En una conferencia de paz celebrada en Ginebra en julio de 1954, se decidió dividir   a Vietnam en dos hasta la celebración de un referéndum en 1957 para que  los vietnamitas decidirían si se mantenía tal división. Al norte existía un gobierno socialista aliado de la Unión Soviética y al sur se organizó un gobierno anti-comunista aliado y apoyado por los Estados Unidos. El referéndum nunca fue celebrado y Vietnam se convirtió así en un escenario importante de la guerra fría. En el sur surgió el Frente de Liberación Nacional (FLN) o Vietcong, un movimiento político-militar apoyado por el norte que buscaba la reunificación. El inicio de una guerra civil fue cosa de tiempo. Tanto soviéticos como estadounidenses apoyaron a sus respectivos aliados con armas y dinero. Sin embargo, el compromiso estadounidense fue mucho más profundo que el de los soviéticos, pues miles de soldados estadounidenses fueron enviados a pelear a Vietnam.  Las autoridades estadounidenses –Republicanos y Demócratas por igual– decidieron convertir su apoyo a Vietnam de Sur en una muestra del compromiso y la voluntad de los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Para ellos, el prestigio y la credibilidad de los Estados Unidos estaban a prueba en Vietnam y, por lo tanto, era inevitable que los estadounidenses aceptaran el reto. Además, estaban convencidos de su superioridad moral y militar, y no contemplaron la posibilidad de un derrota

JFK

Kennedy y Vietnam

John F. Kennedy dio gran a importancia al Sudeste Asiático, pues decidió enfrentar lo que él interpretaba como la expansión comunista en la región. De ahí que ordenara envíos masivos de armas y aumentara el número de soldados estadounidenses en la región. Unos 7,000 soldados estadounidenses estaban destacados en Vietnam al comienzo de su presidencia. Tres años más tarde, ese número había crecido a 60,000 soldados. ¿Por qué JFK aumentó el compromiso estadounidense en Vietnam? Por varias  razones. Primero, su deseo de mantener una postura fuerte ante la expansión comunista. JFK veía al comunismo internacional como una fuerza monolítica controlada por los soviéticos y los chinos, y fue incapaz de ver que lo que ocurría en Vietnam era una guerra civil, no una agresión internacional. Además, JFK era un ferviente creyente en la famosa teoría del dominó, es decir, la idea de que la victoria del comunismo en un país generaba un efecto multiplicador en los países vecinos. En otras palabras, JFK creía que si los Estados Unidos permitían una victoria comunista en Vietnam, sería inevitable que países vecinos como Tailandia, Camboya o Laos terminasen  también bajo el control comunista. Kennedy quería evitar ese escenario aun a costa de aumentar la intervención directa de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita. Segundo, el temor al costo político de una derrota en Vietnam. JFK tenía  muy claro que sus acciones en Vietnam podían ser usadas por los republicanos para atacarle políticamente en los Estados Unidos y, por ende, no podía dar señales de debilidad o de fracaso.  Todo ello llevó a aumentar la presencia militar en el Sudeste Asiático.

Kennedy no sólo tenía que estar vigilante de la situación política reinante en los Estados Unidos, sino también  en su aliado Vietnam del Sur. El gobierno estadounidense apoyó la división de Vietnam y se convirtió en su principal aliado. Esa alianza resultó problemática ante la ausencia de un liderato survietnamita eficaz. En 1963, el gobierno de Vietnam del Sur estaba bajo el control de un carismático líder católico llamado Ngo Dihn Diem. El presidente vietnamita mantuvo una política represora, que desató una rebelión de los monjes budistas. Varios  monjes  se inmolaron quemándose vivos en protesta contra el gobierno de Diem. Las imágenes de monjes convertidos en antorchas humanas no cayó bien entre los funcionarios de la administración Kennedy. Ello unido al nepotismo, la corrupción y la  incapacidad del gobierno de  Diem para gobernar al país, llevaron a las autoridades estadounidenses a  promover su salida por medio de un golpe de estado. En noviembre de 1963, Diem fue capturado y asesinado por un grupo de militares survietnamitas, lo que dio paso a que Vietnam terminase controlado por varios gobiernos militares corruptos e incapaces de enfrentar al Vietcong. La inexistencia de un interlocutor político valido en Vietnam del Sur obligó a los estadounidenses a asumir el peso del conflicto.

Una de las grandes preguntas de la historia contemporánea de los Estados Unidos es qué hubiese hecho JFK en Vietnam de no haber sido asesinado en noviembre de 1963. Sus simpatizantes alegaban que Kennedy no habría empujado a los Estados Unidos al abismo en que se convirtió la guerra de Vietnam. Otros más escépticos creen que JFK habría mantenido su política anticomunista y que empujado por la teoría del dominó habría continuado la expansión del compromiso militar estadounidense en Vietnam. No hay una contestación definitiva a esta pregunta, pero algo es indiscutible, al ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, JFK  dejó a su sucesor con un serio problema en las manos

Johnson y la pesadilla vietnamita

end2Con la muerte de JFK la responsabilidad sobre qué hacer en Vietnam pasó a manos del Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ).  Aunque éste consideraba  a Vietnam un país poco importante, temía que una retirada estadounidense abriese las puertas a una intervención de los soviéticos o chinos. Johnson tampoco quería que los Estados Unidos parecieran una nación débil y/o vacilante. Además, el Presidente temía el costo político de una retirada de Vietnam, pues sabía que los republicanos  le atacarían acusándole de ceder ante la amenaza comunista. Empujado por sus temores domésticos e internacionales, LBJ optó por ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, llevándole a niveles impresionantes y peligrosos.

Johnson pretendía pelear una guerra contra el comunismo en Asia y poner en marcha la Gran Sociedad  en los Estados Unidos.  Este programa de reformas buscaba trasformar al país combatiendo la pobreza y  la injusticia racial. Creía que el poderío y la riqueza de los Estados Unidos le permitirían ganar en ambos frentes –el doméstico y el vietnamita– pero la historia demostró que estaba equivocado. La escalada de la intervención estadounidense en Vietnam llevada a cabo por la administración Johnson se convirtió en un hoyo negro que se tragó a la Gran Sociedad, y destruyó la carrera política de  Johnson.

La Resolución del golfo de Tonkín

En agosto de 1964 se desarrollaron unos confusos incidentes entre barcos de la Armada estadounidense y botes patrulla norvietnamitas en el Golfo de Tonkín. Alegadamente, unas lanchas norvietnamitas atacaron al Maddox y el Joy Turner, dos destructores de la Marina estadounidense. Aunque estos ataques no fueron del todo confirmados, fueron usados por el Presidente Johnson para conseguir una resolución legislativa autorizándole a “tomar todas la medidas necesarias” para proteger las fuerzas militares estadounidenses desplegadas en el Sudeste Asiático. Tal resolución fue aprobada en el Senado con 88 votos a favor y 2 en contra, mientras que en la Cámara de Representantes no hubo un solo voto en contra entre sus 406 miembros. Para LBJ, la Resolución del golfo de Tonkín se convirtió en una autorización legal, de duración indefinida, para intensificar y aumentar la participación estadounidense en la guerra de Vietnam.  En otras palabras, un cheque en blanco que le permitiría atacar a Vietnam del Norte y aumentar el número de soldados estadounidenses en el sur. Sin embargo, la resolución también se convirtió en un cuchillo de doble filo, pues al estar basada en un supuesto ataque norvietnamita que nunca fue confirmado del todo, los opositores de la guerra la usarán para acusar a LBJ de haberle mentido al Congreso.

En 1965, el Presidente ordenó el bombardeo de Vietnam del Norte por la Fuerza Aérea estadounidense. La idea de Johnson, era obligar a los norvietnamitas a negociar y cortar la ayuda que éstos brindaban al Vietcong.  De esta forma pensaba alcanzar la victoria Entre 1965 y 1968, los Estados Unidos dejaron caer unas 800 toneladas de bombas diarias sobre Vietnam del Norte, tres veces la cantidad lanzadas en la segunda guerra mundial. A la par, Johnson aumentó el número de soldados estadounidenses en Vietnam de 185,000 en 1965 a 385,000 en 1966. Sin embargo, los estadounidenses no pudieron quebrar la voluntad de lucha de los vietnamitas, quienes  sabían que los Estados Unidos no podrían pelear una guerra indefinida en el Sudeste Asiático. Además, contaban con el apoyo y la ayuda material de la China comunista y de la Unión Soviética. LBJ y sus asesores nunca entendieron que la guerra civil en Vietnam del Sur no era producto de una agresión comunista internacional, sino una manifestación del nacionalismo vietnamita. Ello les condenó al fracaso.

life-vietnam-book-cover

La oposición a la guerra

La escalada de la guerra provocó la reacción de varios sectores de la sociedad estadounidense. Los primeros en reaccionar fueron los universitarios. En diversas  universidades del país se desarrollaron protestas contra la intervención estadounidense en Vietnam. Estudiantes y profesores desarrollaron debates y discusiones abiertas sobra la guerra, cuestionando la posición de LBJ. En 1966, las protestas contra la guerra en las universidades se desarrollaron a gran escala con la participación de miles de estudiantes. Intelectuales y religiosos se unieron a los estudiantes en la lucha contra la guerra. En 1967, varios personas prominentes se expresaron abiertamente en contra de la presencia militar de los Estados Unidos en el Sudeste Asiático.  Políticos demócratas como Robert Kennedy, William Fulbright y George McGovern, el escritor Benjamin Spock y el líder de los derechos civiles Martin Luther King criticaron la política belicista del Presidente Johnson.

Los críticos de la guerra resaltaron la injusticia social que escondía la guerra, pues eran los pobres y las minorías quienes cargaban con el peso del conflicto. El sistema de reclutamiento militar estadounidense favorecía a la clase alta y media porque eximía de ir a la guerra a quienes  estaban matriculados en alguna universidad. Dado que la mayoría de  los universitarios eran miembros de la clase media, estuvieron en una mejor posición para evitar ser reclutados y enviados a Vietnam. Por ello no debe ser una sorpresa que el 80% de los soldados enviados a Vietnam eran  pobres  o  hijos de familias trabajadoras.

life1a

La cobertura televisiva de la guerra abonó al desarrollo de la oposición a ésta en los Estados Unidos. Noche tras  noche, los estadounidenses podían ver en la pantalla de sus televisores los efectos de la guerra: los bombardeos, el uso de napalm, los civiles muertos o mutilados, etc. Con horror, muchos estadounidenses vieron como las tropas de su país quemaban las villas y pueblos de los vietnamitas a quienes supuestamente estaban protegiendo del comunismo. Noche tras noche, los estadounidenses podían ver en las pantallas de su televisores los nombres de los estadounidenses muertos en Vietnam.

Es necesario aclarar que a pesar del desarrollo de un oposición activa, la mayoría de los estadounidenses continuaron apoyando o simplemente no adoptaron una posición con relación a la guerra de Vietnam.  Para finales de la década de 1960, la guerra había polarizado a los Estados Unidos  y lo peor estaba por venir.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 5 de octubre de 2019

 

8d858-huellas

Acaba de ser publicado el número 17 de la revista Huellas de Estados Unidos con un dossier dedicado a la escritora y traductora argentina Márgara Averbach. Este número incluye, además, un ensayo analizando la doctrina Trump, una reseña de The Denial of Antiblackness: Multiracial Redemption & Black Suffering de João Vargas, comparando las raíces del racismo en Brasil y EEUU ,y un estudio sobre el largo metraje Lincoln (2012), entre otros.

Haz click para descargar en formato pdf

………………………………………….

………………………………………….

……………………………………………

………………………………………….

……………………………………………

……………………………………………

………………………………………….

………………………………………….

………………………………………….

………………………………………….

.

 

 

cropped-encabezado_wen_clacso_2019_3

El  Grupo de Trabajo Estudios sobre Estados Unidos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales  (CLACSO)  acaba de hacer público su segundo boletín, titulado Trump en su tercer año: incertidumbre e irrupción. Coordinado por Leandro Morgenfeld, Marco A. Gandásegui y Casandra Castorena, este boletín contiene cinco ensayos dedicados al análisis de la política exterior de Donald Trump, con un énfasis en América Latina. Los autores de estos trabajos son estudiosos latinoamericanos de la nación estadounidenses, especialmente, del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana. Quienes estén interesados en estos temas puedan acceder al boletín aquí.

descarga

Aeon_LogoAeon es una revista digital que se publica desde del año 2010, dedicada  a la producción y diseminación «of the most profound and provocative thinking on the web.» Semanalmente publican artículos de temas muy  variados, donde destacan la filosofía, las ciencias y las artes.

En su edición del 8 de agosto de 2019, Aeon comparte con sus lectores un documento de gran utilidad para entender los debates raciales y sociales en la sociedad estadounidense de la década de 1960. El 26 de octubre de 1965, el escritor y activista afroamericano James Baldwin y el intelectual conservador William F. Buckley debatieron en la famosa Cambridge Union Debating Society. La discusión giró alrededor de una de las preguntas claves de la historia estadounidense: Has the American Dream been achieved at the expense of the American Negro? Este interrogante va directo al papel que jugó la esclavitud en el desarrollo de lo Estados Unidos.

Baldwin-Buckley.jpg

La Cambridge Union Debating Society fue fundada en el año 1815, y desde entonces ha sido una foro para la discusión y debate de ideas. En  sus más de doscientos años de vida, la Union ha contado con figuras como Anthony Eden, David Lloyd George,  Winston Churchill, Theodore Roosevelt, Jawaharlal Nehru, el Dalai Lama, Desmond Tutu, Judi Dench,  Vanessa Redgrave, Stephen Hawkings, entre otros.

El debate entre Baldwin y Buckley se da en el contexto de la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles, la guerra de Vietnam y el desarrollo de la contracultura. Buckley y Baldwin reflejan las grandes diferencias en como los progresistas y  los conservadores entendían (y entienden)  la historia estadounidense, la justicia social y el racismo. 

No puedo dejar de citar a Baldwin, que con la claridad que lo caracterizaba señaló lo siguiente:

This means, in the case of an American Negro, born in that glittering republic, and the moment you are born, since you don’t know any better, every stick and stone and every face is white. And since you have not yet seen a mirror, you suppose that you are, too. It comes as a great shock around the age of 5, or 6, or 7, to discover that the flag to which you have pledged allegiance, along with everybody else, has not pledged allegiance to you. (1)

Los interesados en esta joya pueden acceder aquí.


(1) https://www.rimaregas.com/2015/06/07/transcript-james-baldwin-debates-william-f-buckley-1965-blog42/

red-summer-chicago

Chicago, 1919

Este año conmemoramos el centenario de uno de los episodios de violencia racial más vergonzosos de la historia estadounidense, el llamado Red Summer. En 1919,  se registraron en Estados Unidos 89 linchamientos y 25 motines raciales en un periodo de siete meses.  El peor de estos motines duró trece días en la ciudad de  Chicago y causó 38 muertes y 537 heridos, dejando a mil familias sin casa. El regreso de miles de veteranos negros de Europa fue visto por muchos blancos como una amenaza contra el orden racial predominante. Los veteranos negros regresaron pensando que sus sacrificios en defensa de la nación serían recompensados con un trato más justo de parte de su sociedad. Desafortunadamente, sus expectativas no se cumplieron, pues a su regreso continuaron siendo víctimas del racismo y la discriminación. Sus justos reclamos fueron respondidos con violencia.

A-white-mob-attempts-to-abduct-a-black-man

Turba de hombres blancos tratando de secuestrar a un negro.

Se desconoce el número exacto de afro-americanos que fueron asesinados durante los siete meses que se extendió la violencia en su contra. Se sospecha que fueron cientos. Tal nivel de violencia inspiró al poeta afroamericano Claude McKay su famoso poema “If We Must Die”.

If We Must Die

If we must die, let it not be like hogs
Hunted and penned in an inglorious spot,
While round us bark the mad and hungry dogs,
Making their mock at our accursèd lot.
If we must die, O let us nobly die,
So that our precious blood may not be shed
In vain; then even the monsters we defy
Shall be constrained to honor us though dead!
O kinsmen! we must meet the common foe!
Though far outnumbered let us show us brave,
And for their thousand blows deal one death-blow!
What though before us lies the open grave?
Like men we’ll face the murderous, cowardly pack,
Pressed to the wall, dying, but fighting back!

Imatge coberta - AnatomiadeunImperio - 491Gracias a la página del colega Leandro Morgenfeld me enteró de la publicación del libro Anatomía de un imperio Estados Unidos y América Latina (Universitat de València: 2019). Editado por Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo, Anatomía de un imperio incluye una interesante colección de ensayos sobre el imperialismo estadounidense que enfocan temas tan diversos como el excepcionalismo estadounidense, el imperialismo cultural, la guerra filipino-estadounidense, el sindicalismo latinoamericano y el radicalismo negro. Entre los autores destacan, además de las editoras, Fabio Nigra, Pablo Pozzi y Morgenfeld. Comparto con mis lectores la descripción que de esta  valiosa obra hace la editorial de la Universidad de Valencia:

Reflexión sobre el problema del imperialismo norteamericano y las relaciones que este estableció con América Latina, desde final del siglo XIX hasta principios del XXI. La primera parte reúne artículos que giran en torno la exploración de los orígenes del expansionismo territorial estadounidense, y el análisis de algunas de las respuestas que surgieron en América Latina al avance del coloso yanqui dando lugar a los movimientos críticos del llamado antimperialismo latinoamericano. La segunda parte reúne una serie de estudios centrados en la complejidad que adoptó el imperialismo norteamericano en la segunda mitad del siglo XX. Se analiza la actuación imperialista de los Estados Unidos en Centroamérica y Sudamérica antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y se arroja luz sobre la compleja dinámica existente entre el refuerzo de la hegemonía estadounidense y la resistencia antimperialista de distintos actores regionales.

ANPUH

La sección de Río de Janeiro de la Associação Nacional de História (ANPUH), anuncia que se ha extendido el plazo para la presentación de propuestas de ponencias para el 2º Encontro Internacional História & Parcerias, que se llevará a acabo del  21 a 25 de octubre  de 2019 en la  Universidade Veiga de Almeida (Rio de Janeiro).  El tema de este encuentro es Os Estados Unidos e o protagonismo no âmbito dos estudos contemporâneos. Comparto con mis lectores la descripción de este convite:

Considerando os avanços da produção de pesquisas envolvendo os Estados Unidos na condição de objeto maior da análise, a presente proposta de Simpósio Temático pretende abrir ainda mais o espaço para pesquisadores dispostos a refletir sobre essa área de estudos, bem como para estudiosos com pesquisas em curso ou concluídas. A despeito do paradoxo entre o protagonismo dos Estados Unidos no mundo e o tradicional desinteresse de pesquisadores latino-americanos pela História dos Estados Unidos, refletido na escassa produção em espanhol e em língua portuguesa, crescem e ganham visibilidade os estudos cuja abordagem enfrenta e vai além das relações interamericanas. Nesse diapasão, são bem-vindas propostas de Apresentação Oral que estabeleçam suas problemáticas no âmbito da História dos Estados Unidos, sejam elas de cunho político, cultural ou econômico, realçando diferentes linhas de investigação sob perspectivas teórico-conceituais que escapem do imaginário constituído e do estereótipo, estimulando desta forma a reflexão e a pesquisa na área.

Quienes estén interesados deben inscribirse aquí: www.historiaeparcerias.rj.anpuh.org .

 

El panafricanismo y el nacionalismo negro no son temas ajenos a esta bitácora. En varias ocasiones hemos abordado ambos, especialmente al enfocar la figura de Marcus Garvey. Lo que no hemos atendido en la visión internacional y geopolítica de éstos. En este interesante ensayo publicado en JStor Daily, Mohammed Elnaiem, estudiante graduado de Sociología en la Universidad de Cambridge, analiza la compleja relación entre la intelectualidad negra estadounidense y el ascenso del Imperio Japonés.

September 1905. Japan had just become the first Asian power to defeat a European Empire with the conclusion of the Russo-Japanese War. For more than a year, the Japanese Empire and Tsarist Russia had been vying for control over Korea and Manchuria. On September 5th, Japan forced a Russian retreat, sending shockwaves across the intellectual sphere of black America and the colonial world. As Bill V. Mullen of Purdue University eloquently notes in his 2016 book, W.E.B. Du Bois: Revolutionary Across the Color Line, Du Bois was so moved that he declared: “The magic of the word ‘white’ is already broken.” Du Bois was convinced that “the awakening of the yellow races is certain… the awakening of the brown and black races will follow in time.”

For anti-colonial intellectuals and black activists in the U.S., the Japanese victory presented a moment of realization: If, with the right strategy, European colonialists could be forced to retreat from far east Asia, why couldn’t they be forced to leave the Caribbean and Africa?

By the time World War I began, Du Bois would write a seminal essay, “The African Roots of War,” wherein he would ask why African workers and laborers would participate in a war they couldn’t understand. Why, he wondered, would “Africans, Indians and other colonial subjects” fight for the sole aim of “the exploitation of the wealth of the world mainly outside the European circle of nations?” He demanded that they take inspiration from “the awakened Japanese.” By the end of World War I, African American and Japanese intellectuals would develop a transpacific camaraderie.

For Du Bois and his contemporaries, the Japanese victory proved that the empire could be a fulcrum for the colored peoples of the world, a means by which European expansion could be dislodged. But what a paradox this was: The Japanese empire, which sought nothing but the occupation of Korea, Manchuria, and if possible, the whole Far East, was being cheered on by self-identified anti-colonial intellectuals.

Regardless, Japan cast its spell on black consciousness, and by the end of World War I, African American and Japanese intellectuals would develop a transpacific camaraderie. African Americans would praise Japanese diplomacy, and Japanese intellectuals—left-wing or right-wing—would condemn Jim Crow. To understand this relationship, one must look to Paris.

The Paris Peace Conference & the End of WWI

To conclude the first World War, U.S. President Woodrow Wilson laid out a structure that would inspire the UN decades later. In Paris, he announced his fourteen points for a new world order built on peace and self-determination of oppressed peoples. He called it the League of Nations.

 William Monroe Trotter
William Monroe Trotter

Meanwhile, in the States, the lynching of blacks went unanswered and segregation continued unabated. A liberal abroad, and a so-called pragmatist at home, Wilson was seen as hypocritical by many of the black-left intelligentsia. In fact, William Monroe Trotter—an eminent voice against segregation in the early twentieth century, and a man who once campaigned for Wilson’s presidency—became one of his greatest foes.

Trotter gained nationwide infamy after being kicked out of the White House for challenging Wilson. He had been invited to speak on civil rights issues, but challenged the president on racial segregation among federal employees. Trotter called this segregation humiliating. Wilson responded firmly, exclaiming, “Your tone, sir, offends me.” Trotter was subsequently expelled from the premises.

From then on, Trotter made it his mission to embarrass Wilson on the global stage. When Wilson declared his plan to espouse his “fourteen points” for a global, post-war order at the Paris Peace Conference in 1919, Trotter not only proposed a fifteenth point for racial equality, but travelled to Paris to protest and ensure its inclusion in the negotiations.

A. Phillip Randolph, a pioneer of the civil rights movement, sought to highlight the symbolism of Trotter’s actions. As Yuichiro Onishi, an African Americanist at the University of Minnesota notes, in a March 1919 issue of The Messenger, Randolph remarked that:

Trotter wanted to use his presence as a weapon to demonstrate Washington’s failure to reconcile Jim Crow laws with the liberal principles that Wilson espoused abroad. It was an ingenious, albeit unprepared, plan: Trotter arrived too late.

At the time, Japanese politicians seemed to be watching U.S. race relations closely. It could have been coincidental or it could it have been intentional, but Baron Nobuaki Makino, a senior diplomat in the Japanese government and the principal delegate for the Empire, proposed Japan’s “racial equality bill” at the meeting to found the League of Nations. Japan only said that all nations were equal, but this seemingly offended Wilson (and the leaders of Australia and the UK). The proposal was immediately struck down.Was it love? Solidarity? Or a pragmatic way to highlight the hypocrisy of the United States?

The symbolic value of these actions nonetheless reignited African American intellectual admiration for Japan. Fumiko Sakashita, a professor at Ritsumeikan University in Japan, shows how Japanese intellectuals were humbled by this. One Pan-Asian, and self-described “right-wing literary,” Kametaro Mitsukawa, hyperbolically asked why “black people exhibit the portrait of our baron Nobuaki Makino alongside that of the liberator Abraham Lincoln on the walls of their houses?” A correspondent in Chicago, Sei Kawashima, told his readers that “Japan’s proposal of abolishing racial discrimination at the peace conference… gave black people a great psychological impact at that time.”

That it did. Marcus Garvey, a leading nationalist and Pan-Africanist who advocated for African Americans to return to Africa, was so impassioned that he believed that after the Great War, “the next war will be between the Negroes and the whites unless our demands for justice are recognized… With Japan to fight with us, we can win such a war.”

Marcus Garvey

Japan’s newfound interest in African American affairs only blossomed. As Sakashita notes, Fumimaro Konoe, a delegate at the Paris Peace Conference and future prime minister of Japan, wrote in his book that “black rage against white persecutions and insults” were at an all-time high. Fusae Ichikawa, a Japanese woman suffragist, wrote an article about the struggle of black women, which she saw first hand after touring the country with the NAACP. She called it a “disgrace to civilization.” It’s not entirely clear why Japanese thinkers glanced across the Pacific with such concern for the U.S.’s blacks. Was it love? Solidarity? Or a pragmatic way to highlight the hypocrisy of the United States?

Even in Paris, Onishi argues, Japan won German concessions in Shantung China, and demanded control in the Marshalls, the Marianas, and the Carolines. “Reference to lynching,” Onishi writes “served as one of the best rhetorical defences of Japan’s imperialist policy.” Whatever the intentions of Japanese intellectuals may have been, in other words, the Japanese government found this preoccupation useful and even promoted it.

Some black intellectuals caught on to this, and suspicion arose. “A word of warning, however, to the unsuspecting,” wrote A. Phillip Randolph and Chandler Owen in 1919. “The smug and oily Japanese diplomats are no different from Woodrow Wilson, Lloyd George or Orlando. They care nothing for even the Japanese people and at this very same moment are suppressing and oppressing mercilessly the people of Korea and forcing hard bargains upon unfortunate China.”

Garvey’s followers disagreed, seeing Japan as a source of messianic salvation.

Decades later, during World War II, when Japan began to steer towards the direction of Fascist Italy and Nazi Germany, an African American ambivalence would develop towards Tokyo. As described by Kenneth C. Barnes, a professor of history at the University of Central Arkansas, there were on the one hand the Neo-Garveyites, those who infused his belief of an apocalyptic race war with religious, redemptive overtones. You could find them in the unlikeliest of places; as black sharecroppers in rural Mississippi County, Arkansas, for instance. On the other hand, there were the liberals, socialists, and mainstream black intellectuals who compared Jim Crow at home to Japanese repression abroad, reminding Washington that, at least in their view, the U.S. was the very monster it was fighting.

Japan in the Axis & a Divided Black Diaspora

In 1921, in the small community of Nodena in Misissippi County, Arkansas, a man was lynched. Henry Lowry was a forty-year-old black sharecropper. A mob of six hundred people poured gasoline over his body and set it ablaze atop a bonfire. Perhaps it was the only way to die with dignity, or maybe he wanted to end the misery, but Lowry grabbed the first pieces of hot coal he could find and swallowed them.

The event was traumatic for the blacks of Mississippi County. One in five residents of the county was black. Many of them were enraged, and many became susceptible to the oratory of Marcus Garvey, a Jamaican immigrant who called for black self-reliance, economic independence, and a military alliance among blacks and Japanese against white power. Not long after Lowry was lynched, eight chapters of the Universal Negro Improvement Association (UNIA), Garvey’s organization, were formed in Mississippi County.

By 1934, the influence of the UNIA had already made its mark on the sharecroppers, and many were devout followers. In that year, a Filipino man who was honourably discharged from the Navy showed up in Mississippi County, Arkansas, one day. He was a former member of the Pacific Movement of the Eastern World, an organisation linked to the UNIA that tried to organize blacks to commit treason and support Japan in the war effort.

His real name was Policarpio Manansala, but he went by the name Ashima Takis. He was Filipino but faked a Japanese accent. Manansala had thousands of followers in the rural south. In his study on Mississipi county, Barnes recounts the story of how Takis attracted a Filipino-Mexican couple and a black man. They were arrested after giving a speech contending that “this country could be taken over entirely by the colored races” if they united with Japan. They did their time, but managed to evade the prosecutor’s recommendation that they be arrested for anarchy and an alleged plot to overthrow the government. They got off easier than most.

In fact, during the second world war, hundreds of African Americans were arrested on charges of sedition, including Elijah Muhammed, the mentor of Malcolm X and the spiritual leader of the Nation of Islam. One article in the Times Daily, dated August 19, 1942, talked about Robert Jordan, a “West Indian negro,” and four others who were arrested on a sedition conspiracy indictment due to their role in an Ethiopian Pacific movement which envisioned “a coalition of Africa and Japan in an Axis-dominated world.” The four leaders in charge were arrested amid a lecture they gave to hundreds of African Americans in a Harlem hall.

But this approach was not the only one. Others sought to resist black oppression through another discourse. Particularly after the Pearl Harbor attack, Japan became a rhetorical target for the African American elite, Sakashita notes. Insofar as Japan was an ally of Hitler’s Germany and Mussolini’s Italy, it needed to be critiqued in the “war against Hitlerism at home, and Hitlerism abroad.” Just as liberals and socialists criticized the internment of Japanese Americans in concentration camps set up by the United States government—asking, as one George Schuyler did, if “this may be a prelude to our own fate”—they took the opportunity to remind the U.S. that its condemnations of Japan were warranted, although hypocritical.

One cartoon featured in the Baltimore Afro-American put this prevailing sentiment the best. As Sakashita reconstructs it, it shows “a grinning Hitler and smiling slant-eyes Japanese soldiers witness hanging and burning… [a] lynching.” The cartoon didn’t stop short of marshalling the very American patriotism that the U.S. used in its war effort to say that the U.S. was complicit in fascism at home. For some blacks, even in the latter half of the twentieth century, Japan remained as “leader of the darker races.” For others, it was a wartime enemy. What is for certain is that Imperial Japan was a preoccupation of the black radical imagination.

 

 

El Dr. Mark Allan Jackson profesor de la Middle Tennessee State University, nos recuerda en este corto ensayo publicado en la revista Aeon, que la música country no siempre estuvo, como lo está ahora, asociada al conservadurismo. Por el contrario, este género musical estuvo enraizado en los movimientos progresistas de principios del siglo XX. 

When Donald Trump took the first international trip of his presidency to Saudi Arabia in May 2017, another US icon also travelled along as part of the celebration of the alliance between these two countries: the country-music star Toby Keith. For many observers, Keith was a surprise choice for an appearance in a Muslim country, as he rose to conservative prominence in the US through his post-9/11, jingoistic anthems in praise of intervention in the Middle East, such as The Taliban Song (2003) and Courtesy of the Red, White and Blue (2002, with its signature warning: ‘We’ll put a boot in your ass. / It’s the American way.’)

Perhaps Keith’s appearance at the Trump inauguration urged the Saudis to make this unusual pick, with them hoping to curry favour by appealing to the new president’s tastes – although Trump has never been a country fan. Maybe the choice acknowledged Keith’s popularity with some members of Trump’s voter base. But, for whatever reason, the singer became pegged as a kind of cultural emissary as a result of this visit. What was he representing and to whom?

Alyssa Rosenberg, writing in The Washington Post in May 2017, speculated that Keith ‘sees himself as an ambassador for a certain version of American society, for cold beers and women in crop-tops and backyard poker games and the redeeming power of Christianity’. Although these positions (and others Keith has taken) do not fit Saudi Arabia’s particular brand of conservatism, they do play well in the US – at least to some voters and listeners. But at the same time, they misrepresent the whole of what country music stands for (or against).

This recent episode does not stand alone in how country music has often been presented to the world. Early on, it was deemed ‘hillbilly music’ by the very recording industry producing it, stereotypically linking it to a supposedly degenerate and backwards culture. We can see this image echoed on the front page of Variety in 1926, where the music critic Abel Green first defines the audience: ‘The “hill-billy” is a North Carolina or Tennessee and adjacent mountaineer type of illiterate white whose creed and allegiance are to the Bible … and the phonograph.’ Then the music got its lashing when Green described it as ‘the sing-song, nasal-twanging vocalising of a Vernon Dalhart or a Carson Robison … reciting the banal lyrics of a Prisoner’s Song or The Death of Floyd Collins …’

These kinds of negative projections of the people who have made country music, and have listened to it, linger even unto today. The stereotype is that they all harbour conservative political and social beliefs, setting them as sexist, racist, jingoistic and fundamentalist Christian by nature. But this image is a lie. For, right from the start, country music spoke up with a progressive voice.

One early example of this is from Blind Alfred Reed, who crafted How Can a Poor Man Stand Such Times and Live? (1929). The song takes on the unjust practices of groups in power, such as in the lines: ‘preachers preach for gold and not for souls’ and ‘Officers kill without a cause.’ It presents the entirety of the working class as being victimised at the very dawn of the Great Depression. But Reed also wrote the religious song There’ll Be No Distinction There (1929), which illustrated an egalitarian afterlife in the lines: ‘We’ll all sit together in the same kind of pews, / The whites and the coloured folks, the gentiles and the Jews.’ But Reed was not alone in expressing sympathy for the working class or in calling out for a more equitable society: others from this early era – such as Uncle Dave Macon, Fiddlin’ John Carson and Henry Whitter – expressed similar sentiments, just as Johnny Cash, Steve Earle and John Rich have done in later decades.

Country music has also spoken out on women’s issues, such as in Loretta Lynn’s hit The Pill (1975). The song celebrates freedom from pregnancy, with the narrator noting how her husband has always been carefree and unfaithful while she was tied down with ‘a couple [babies] in my arms’ and another one on the way. Lynn’s message here is clear – she despises this kind of unequitable relationship, as she bluntly states in her autobiography Coal Miner’s Daughter (1976): ‘Well, shoot, I don’t believe in double standards, where men can get away with things that women can’t.’ In the country-music market, this song stands out as an unabashed and rather radical call for sexual liberation and biological control, challenging the man’s past sexual prerogative and presenting a situation where the woman may also enjoy a variety of sexual liaisons without the social/economic restrictions that come with pregnancy, childbirth and childcare. Lynn rejoices both in the song and in her own overall personal belief that the contraceptive pill will allow women greater control of their own lives: ‘I really believe in those words. It’s all about how the man keeps the woman barefoot and pregnant over the years. I think it’s great that women have a way of protecting themselves now, without worrying about the man.’ And Lynn has not been alone in advocating for women’s rights, joining others, from Kitty Wells to Margo Price, in pointing out gender prejudices and abuses.

Performers have also taken up racial issues throughout the history of country music. In the late 1960s and early ’70s, Merle Haggard recorded Go Home and Irma Jackson, which both centre on interracial love affairs, with the lyrics siding with the couple, not the prejudice. Both of these songs appeared in the era of Loving v Virginia (1967), the US Supreme Court decision that overturned several states’ laws against miscegenation. Thus, Haggard repeatedly took an explicitly progressive stand at a time when interracial relationships remained contentious, especially in the South. More recently, Garth Brooks, Brad Paisley and Jason Isbell have taken bold stands on race relations in the US.

Country music, from its very beginnings to its latest hits, has ranged about, speaking out on any number of issues and not just with one voice. Many have explored its sonic landscape. Yet when figures such as Keith strut out onto the political stage – whether it be in Washington, DC or Riyadh – too often the mainstream media, Right-wing politicians and others ignorant of the rich and varied history of this essential American music point to them and try to paint it as a conservative-only expression. To counter this false impression, country music deserves better cultural ambassadors, artists who can and have voiced the full range of views that have always been part of the tradition, the full truth of country music.