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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

President Trump and the Irony of American Exceptionalism ...

Joseph Nye es un académico estadounidense que entre sus muchos haberes destaca ser el creador del concepto poder blando (soft power) para describir la capacidad de un país de incidir en el comportamiento de otro a través de medios no violentos, es decir, culturales y/o ideológicos. Profesor en la Universidad de Harvard desde 1964, Nye es uno de los más agudos analistas de la política internacional estadounidense.

En este corto artículo, Nye habla su sobre su más reciente obra Do Morals Matter Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump (Oxfiord University Press, 2020), analizando uno de los principales temas de esta bitácora: el excepcionalismo estadounidense.

Comparto con mis lectores este interesante trabajo.


El excepcionalismo de EE UU en la era Trump

Joseph Nye

El País   8 de junio de 2020

Do Morals Matter?: Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump ...En mi estudio reciente de 14 presidentes desde 1945, Do Morals Matter?llegué a la conclusión de que los estadounidenses quieren una política exterior moral, pero han estado divididos respecto de lo que eso significa. Los estadounidenses suelen creer que su país es excepcional porque definimos nuestra identidad no por la etnicidad, sino más bien por una visión liberal de la sociedad y un estilo de vida basado en la libertad política, económica y cultural. La Administración del presidente Donald Trump ha roto con esa tradición.

Por supuesto, el excepcionalismo estadounidense se enfrentó a contradicciones desde el principio. A pesar de la retórica liberal de los fundadores, el pecado original de la esclavitud quedó registrado en la Constitución de Estados Unidos en un acuerdo que permitió la unión de los Estados del norte y del sur.

Y los estadounidenses siempre han tenido discrepancias sobre cómo expresar valores liberales en la política exterior. Así que este excepcionalismo fue a veces una excusa para ignorar el derecho internacional, invadir otros países e imponer Gobiernos a sus pueblos.

Pero este excepcionalismo estadounidense también ha inspirado esfuerzos internacionales de tipo liberal para promover un mundo más libre y más pacífico a través de un sistema de derecho y organizaciones internacionales que protegen la libertad doméstica moderando las amenazas externas. Trump les ha dado la espalda a ambos aspectos de esta tradición.

En su discurso inaugural Trump declaró: “Estados Unidos primero… Buscaremos la amistad y la buena voluntad de las naciones del mundo, pero lo hacemos con la conciencia de que todas las naciones tienen el derecho de anteponer sus propios intereses”. También dijo: “No aspiramos a imponerle nuestro modo de vida a nadie, sino hacerlo brillar como un ejemplo”. Tuvo un buen argumento: cuando Estados Unidos resulta ejemplar, puede aumentar su capacidad de influir en los demás.

También hay una tradición intervencionista y de cruzada en la política exterior estadounidense. Woodrow Wilson perseguía una política exterior que diera en el mundo seguridad a la democracia. John F. Kennedy instaba a los estadounidenses a favorecer la diversidad en el mundo, pero mandó 16.000 tropas de su país a Vietnam, y ese número creció a 565.000 en la presidencia de su sucesor, Lyndon B. Johnson. De la misma manera, George W. Bush justificó la invasión y ocupación de Irak por parte de Estados Unidos con una Estrategia de Seguridad Nacional que promovía la libertad y la democracia.

Por cierto, desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos ha participado en siete guerras e intervenciones militares. Sin embargo, como dijo Ronald Reagan en 1982, “los regímenes plantados con bayonetas no echan raíces”.

En los años treinta, la opinión pública estadounidense creía que la intervención en Europa había sido un error y se volvió hacia dentro, hacia un aislacionismo estridente. Con la II Guerra Mundial, el presidente Franklin Roosevelt, su sucesor, Harry S. Truman, y otros aprendieron la lección de que Estados Unidos no podía permitirse replegarse hacia dentro una vez más. Tomaron conciencia de que el propio tamaño de Estados Unidos se había convertido en una segunda causa de excepcionalismo. Si el país con la economía más grande no tomaba la delantera en la producción de bienes públicos globales, nadie más lo haría.

Joseph Nye: “Millennials need to realize the power of democracy”

Joseph Nye

Los presidentes de posguerra crearon un sistema de alianzas de seguridad, instituciones multilaterales y políticas económicas relativamente abiertas. Hoy, este “orden internacional liberal” —el cimiento básico de la política exterior de Estados Unidos durante 70 años— está siendo cuestionado por el ascenso de nuevas potencias como China y por una nueva ola de populismo en el interior de las democracias.

Trump apeló con éxito a este estado de ánimo en 2016 cuando se convirtió en el primer candidato presidencial de un partido político importante en cuestionar el orden internacional que surgió después de 1945 liderado por Estados Unidos, y el desdén por sus alianzas e instituciones ha definido su presidencia. Sin embargo, una encuesta reciente del Consejo de Chicago sobre Asuntos Globales demuestra que más de las dos terceras partes de los estadounidenses quieren una política exterior con una mirada hacia fuera.

El sentimiento del pueblo de Estados Unidos está a favor de evitar las intervenciones militares, pero no de retirarse de alianzas o de una cooperación multilateral. El pueblo estadounidense no quiere regresar al aislacionismo de los años treinta.

El verdadero interrogante que enfrentan los norteamericanos es si Estados Unidos puede o no abordar exitosamente ambos aspectos de su excepcionalismo: la defensa de la democracia sin bayonetas y el respaldo de las instituciones internacionales. ¿Podemos aprender a defender los valores democráticos y los derechos humanos sin intervención militar y cruzadas, y al mismo tiempo ayudar a organizar las reglas e instituciones necesarias para un nuevo mundo de amenazas transnacionales como el cambio climático, las pandemias, los ciberataques, el terrorismo y la inestabilidad económica?

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Ahora mismo, Estados Unidos fracasa en ambos frentes. En lugar de tomar la delantera en el fortalecimiento de la cooperación internacional en la lucha contra la covid-19, la Administración de Trump culpa a China por la pandemia y amenaza con retirarse de la Organización Mundial de la Salud.

China tiene muchas explicaciones que dar, pero convertir esto en una suerte de partido de fútbol político en la campaña electoral presidencial de Estados Unidos de este año es política doméstica, no política exterior. No hemos terminado aún con la pandemia, y la de la covid-19 no será la última.

Por otra parte, China y Estados Unidos producen el 40% de los gases de efecto invernadero que amenazan el futuro de la humanidad. Sin embargo, ninguno de los dos países puede resolver estas nuevas amenazas a la seguridad nacional por sí mismos. Por ser las dos economías más grandes del mundo, Estados Unidos y China están condenados a una relación que debe combinar competencia y cooperación. Para Estados Unidos, el excepcionalismo hoy incluye trabajar con los chinos para ayudar a producir bienes públicos globales, defendiendo al mismo tiempo valores como los derechos humanos.

Ésas son las cuestiones morales que los estadounidenses deberían discutir de cara a la elección presidencial de este año.

Joseph S. Nye, Jr. es profesor en la Universidad de Harvard y autor de Do Morals Matter? Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump.

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BlackLivesMatter: El racismo es histórico, es cultural y todos ...En este corto ensayo, el profesor Pedro J. Rodríguez Martin (Universidad Pontificia Comillas-ICADE), identifica seis elementos claves para entender las reacciones al asesinato del George Floyd por la policía de Mianneapolis.  Estos son: la esclavitud, la desigualdad, las condiciones socioeconomicos de los negros en Estados Unidos, la brutalidad policíaca, Donald J. Trump y lo que Rodríguez Martin llama el regreso a 1968, en relación al año más violento en la segunda mitad del siglo XX estadounidense.

Comparto con mi lectores este interesante escrito.

Norberto Barreto Velázquez


Black Lives Matter

Seis claves para entender el peor estallido racial de Estados Unidos en cincuenta años

Pedro J. Rodríguez Martin

Diálogo Atlántico     4 de junio de 2020

Los disturbios raciales registrados en más de un centenar de ciudades de EE. UU. no se explican únicamente por la muerte del afroamericano George Floyd después de que un agente blanco, al detenerle el pasado 25 de mayo en Minneapolis por supuestamente utilizar un billete falso de 20 dólares para comprar cigarrillos, le aplastase el cuello durante 8 minutos y 46 segundos. El peor estallido racial sufrido por el gigante americano en 50 años debe entenderse también como la consecuencia inevitable de una profunda y dolorosa crisis de desigualdad.

  1. El pecado original

La esclavitud es conocida como el pecado original de EE. UU. en una saga de sufrimiento que comenzó hace 400 años. En agosto de 1619, un barco holandés desembarcó en la colonia inglesa de Virginia a más de veinte africanos cautivos y esclavizados. América todavía no era América pero no se puede entender a EE. UU. sin los 250 años de esclavitud que siguieron a ese primer desembarco en Jamestown.

El profesor Eric Foner, en su elocuente manual de historia americana Give me Liberty, explica que entre 1492 y 1820 más de diez millones de hombres, mujeres y niños procedentes de África cruzaron el Atlántico con destino al Nuevo Mundo, la gran mayoría como esclavos. En EE. UU. donde la esclavitud marcaría las diferencias entre el norte y el sur, esta mano de obra cautiva fue empleada sobre todo en el especulativo cultivo de algodón. Para 1860, en vísperas de la guerra civil americana, el valor de todos los esclavos era superior al valor combinado de todos los ferrocarriles, factorías y bancos de la joven nación.

  1. La dolorosa desigualdad americana

Una de las imágenes más sobrecogedoras de la pandemia se registró el pasado mes de abril en la ciudad de Nueva York. Se trataba de una fosa común excavada en la isla de Hart, un enclave del Bronx, para dar sepultura a los cuerpos que nadie reclamaba en las desbordadas morgues de la Gran Manzana. Estas tareas son tradicionalmente realizan presos de la cercana prisión de Rikers. Y estadísticamente, los afroamericanos tienen muchas más probabilidades terminar como enterradores o enterrados.

El estallido racial en EE. UU. debe entenderse como parte de la corrosiva crisis de desigualdad agravada por la pandemia de coronavirus. Los afroamericanos –y también los hispanos– son los que de forma desproporcionada están sufriendo la pandemia de la COVID-19. Ya sea en su condición de víctimas del virus o damnificados de la subsecuente crisis económica. De acuerdo a The Economistaunque los guetos contra los que luchaba Martin Luther King en los sesenta ya no existen como tales, EE. UU. se mantiene profundamente segregada tanto por la clase como por la raza a pesar de ser un país fundado con las mejores intenciones igualitarias.

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  1. La peor parte

No hay indicador social –desde fracaso escolar hasta desempleo– en el que los negros de EE. UU. no salgan claramente perdiendo. De todos los enfrentes de esta desigualdad, el económico es el más doloroso y fácil de cuantificar. Según ha recalculado The Financial Timesen la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, los niveles de desempleo de los afroamericanos han sido típicamente el doble de los niveles de los americanos blancos. Con todo, en los últimos 10 años se han hecho algunos progresos en la reducción de la brecha gracias al casi pleno empleo que precedió al estallido del coronavirus.

El gran problema de los afroamericanos es que la crisis del coronavirus ha fraccionado la fuerza laboral de EE. UU. y de otras economías avanzadas tres grupos: los que han perdido sus trabajos o al menos alguna parte de sus ingresos; los que son considerados trabajadores “esenciales” que deben seguir trabajando durante la crisis –con riesgo para su propia salud–; o los que son teletrabajadores del conocimiento virtual cuyas vidas apenas se han visto afectadas. Los afroamericanos han caído desproporcionadamente entre los dos primeros grupos.

  1. Brutalidad policial

Durante los disturbios contagiados a más de un centenar de ciudades americanas, además del grito “I can’t breathe”, la otra consigna más repetida es “Hands up, don’t shoot”. De esta forma se intenta llamar la atención sobre el número anormalmente elevado de asesinatos cometidos por la policía en EE. UU. (1099 personas el año pasado), en particular de afroamericanos, que tienen tres veces más probabilidades que los blancos de morir a causa de acciones policiales. Cuando se consiguen formalizar cargos contra los agentes implicados en estos casos, los procesamientos que terminan en veredictos de culpabilidad y condenas son excepcionales.

En el capítulo de las muertes por disparos de policías, información que el Washington Post rastrea cuidadosamente desde 2015, 235 personas negras fueron disparadas hasta la muerte el año pasado por agentes de la autoridad en EE. UU. Cifra que representa un 23,5 por ciento de todas las muertes a manos de policías, o casi el doble del porcentaje de la población estadounidense que es negra.How The Civil Rights Movement Was Covered In Birmingham : Code ...

  1. La gran diferencia: Trump

En sus tres años como presidente, Donald Trump ha confirmado con creces su vocación de agitador-en-jefe. Dentro de esa interesada espiral de tensiones, Trump ha jugado con fuego apelando a los peores instintos e instrumentalizando de forma implícita y explicita el problema racial americano. Al demostrar que no hacía falta ser inclusivo para ganar la Casa Blanca, su ganadora estrategia del Make America White Again que tanto sintoniza con el “nacionalismo blanco” ha terminado por contar con la silenciosa complicidad del Partido Republicano.

En política, el caos suele llevar al fracaso. Sin embargo, en la Casa Blanca de Trump la anarquía ha formado parte desde el primer minuto de su forma de hacer política. Dentro de un tono permanente de tensión, y con la excusa del ajuste de cuentas contra las élites del nacional-populismo, Trump ha alimentado constantemente provocaciones más propias de un pirómano político que del presidente de una de las naciones más diversas del mundo.

  1. El retorno a 1968

Descrédito internacional, violencia extrema, sobredosis de miedo e incertidumbre, retroceso económico, polarización política, protestas raciales y populismo desatado. Por el principio de que la historia no se repite pero a veces rima bastante, la misma descripción a brocha gorda de EE. UU. en 2020 se puede aplicar a 1968, el año que realmente nunca ha terminado para el gigante americano y que se ha convertido en la última fuente de inspiración electoral para Donald Trump. En su último paroxismo populista, ante la intensidad del estallido racial sin comparación desde el asesinato de Martin Luther King, no ha dudado en autoproclamarse como el candidato de la ley y el orden, amenazando literalmente con la Biblia y el despliegue de tropas federales.

Para disimular su demencial gestión de la pandemia, el Trump pirómano-y-bombero-a-la-vez ha copiado a Richard Nixon en su victoriosa campaña de 1968. Durante aquel memorable pulso presidencial, que transformó y fracturó para siempre la política americana, Nixon entendió que cuanto más violentos fueran los enfrentamientos raciales en EE. UU., y peores las noticias provenientes de Vietnam, mayores serían sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

Además de inventarse y jugar con “mayorías silenciosas” y “estrategias sureñas”, Richard Nixon también contó con la maléfica perspicacia de un joven asesor llamado Kevin Philipps que le hizo saber que “el gran secreto” de la política americana no era otro que identificar quién odia a quién. Con toda la zafiedad de la que es capaz para cortejar una minoría más bien vociferante pero suficiente para ganar un segundo mandato, Trump también intenta utilizar el mismo secreto odioso que hizo posible Nixonlandia.

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Ya es una tradición de esta bitácora dar la bienvenida a los nuevos números de la revista Huellas de los Estados Unidos. Estudios, Perspectivas y Debates desde América Latina.  Publicada por los colegas de la Cátedra de Historia de Estados Unidos de la UBA, Huellas es una de pocas publicaciones en castellano dedicadas al estudio de la historia estadounidense. Por lo tanto, considero, además de un honor, un compromiso ayudar en su difusión.

Con este ya son 18 los números publicados por Huellas, lo que es todo un logro y una muestra del tesón de quienes han desarrollado este proyecto hasta convertirlo en un referente para quienes estudiamos la historia de Estados Unidos en el mundo Iberoamericano. Vaya para ellos mi felicitación y agradecimiento.

Copio el índice de este número para que puedan acceder a sus artículos.

Dr. Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú


 

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Hoy, 24 de abril de 2020, El Imperio de Calibán cumple doce años de existencia. Con casi un millón de vistas (819,000), este blog ha sobrevivido los vaivenes de la vida de su creador. Con altas y bajas, ha cumplido con su objetivo de fomentar el estudio de la historia de Estados Unidos. Agradezco  a todas aquellas personas que a lo largo de esta docena de años han demostrado su apoyo  y símpatia.

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Si de algo sirve el estudio de la Historia, digan lo que digan los posmodernos, es para entender o aclarar el presente.  En mi caso, descubrí la utilidad de la historia de adolescente cuando buscaba respuestas a mis preguntas sobre la relación de mi patria, Puerto Rico, con los Estados Unidos. Así se inició un romance que dura hasta el día de hoy.

En la presente coyuntura de pandemia mundial y confinamiento social, el estudio del pasado se hace más relevante aun, pues nos permite contextualizar nuestro terrible presente.

Comparto con ustedes un corto ensayo del Dr. Manuel Peinado, catedrático de la Universidad de Alcalá, que espero les sea útil para entender o acalarar estos tiempos dificiles que nos han tocado vivir.

Dr. Norberto Barreto Velazquez

2 de abril de 2020


 

Coronavirus en Estados Unidos: lo que nos enseña la historia

Diálogo Atlántico   2 de abril de 2020

Estados Unidos se acaba de convertir en el nuevo epicentro de la COVID-19, la nueva enfermedad transmitida por el coronavirus SARS-CoV-2: el país tiene ahora más casos de coronavirus que cualquier otro país del mundo. Desde que se detectó el primer caso en Seattle el 20 de enero, el virus ha contagiado al menos a 181.099 personas en los 50 estados, según las cifras oficiales (siempre más reducidas que las reales). De esos casos registrados, 3.606 son fallecidos, 1.550 de ellos en Nueva York.

En un país con 329 millones de habitantes, esas cifras significan una incidencia proporcionalmente mucho más baja que en España o Italia. Pero todo apunta a una escalada rápida provocada por el inevitable crecimiento exponencial que caracteriza el inicio de todas las epidemias.

Hay razones estructurales por las cuales Estados Unidos tiene dificultades para ofrecer una respuesta a la pandemia: la atención médica privatizada y cara, la deficiente red de asistencia social y la autoridad descentralizada. Esta última, además de una amenaza para la propia democracia, en la guerra biológica contra el coronavirus, es una deficiencia de primera magnitud.

¿Qué está ocurriendo exactamente? Observen la Figura 1. Las estrellas en negrita indican el día en el que diferentes países adoptaron medidas de mitigación consistentes en el confinamiento nacional, regional o local de las poblaciones afectadas. Estados Unidos aún no las ha adoptado. Para entender lo que está pasando allí hay que poner el foco en lo que sucede ahora y lo que sucedió hace más de un siglo. En la lucha contra la actual pandemia, el país se enfrenta a los mismos problemas constitucionales que dificultaron el control de la epidemia de gripe de 1918.

Figura 1. Los costes humanitarios del brote de coronavirus continúan aumentando, con más de 719,000 personas infectadas en todo el mundo. El número de fallecimientos confirmados ha superado los 33.900. Datos a 30 de marzo (Fuente).

 

La gripe de 1918, también conocida como gripe española, duró hasta 1920 y se considera la pandemia más mortal de la historia moderna. Desde su primer caso conocido, que tuvo lugar cerca de una base militar de Kansas en marzo de 1918, la gripe se extendió por todo el país. Al final de la pandemia, entre 50 y 100 millones de personas habían muerto en todo el mundo, incluidos más de 500.000 estadounidenses.

En 2007, dos estudios científicos intentaron explicar cómo influyeron en la propagación de la enfermedad las distintas respuestas ofrecidas en diferentes ciudades. Al comparar las tasas de mortalidad, el tiempo y las intervenciones de salud pública, los investigadores descubrieron que las tasas de mortalidad eran alrededor de un 50% más bajas en las ciudades que adoptaron medidas preventivas desde el principio en comparación con las que lo hicieron tarde o no lo hicieron (Figura 2C). Además, las ciudades que adelantaron el distanciamiento social se recuperaron económicamente mejor tras la pandemia.

Figura 2. A. Adoptar medidas de aislamiento social un día después eleva espectacularmente el número de contagiados (Luis Monje). B. Número de muertes previstas en Gran Bretaña y Estados Unidos en el caso de no adoptarse medidas de aislamiento social (Fuente). C. Diferencias de casos mortales registrados en diferentes ciudades norteamericanas. San Luis y Nueva York, las primeras en aplicar medidas de aislamiento fueron las que menos casos registraron (Fuente). D. Diferencias en el número de casos mortales registrados entre Filadelfia y San Luis. Dos ciudades que adoptaron medidas de aislamiento en fechas diferentes (Fuente).

 

Ahora como entonces, las intervenciones de aislamiento social son la primera línea de defensa contra una epidemia en ausencia de una vacuna. Estas medidas incluyen el cierre de escuelas, tiendas y restaurantes; imponer restricciones al transporte; ordenar el confinamiento social y prohibir las concentraciones públicas. Pero en cada zona del país se aplican directrices distintas.

La restricción de viajes a Europa que hizo la Administración estadounidense es una medida en la buena dirección: probablemente el país ganó unas horas, quizás un día o dos para frenar la expansión del virus. Pero no más. No es suficiente. Eso es contención cuando lo que se necesita en estos momentos es mitigación. Y es ahí donde el poder federal tropieza con la capacidad legislativa de los estados.

Aunque la mitad de los ciudadanos está sometida a diferentes grados de distanciamiento social, cada estado (e incluso cada condado o cada gran ciudad) actúa por su cuenta en función en la gravedad de la situación en su territorio, sin olvidar que las autoridades actúan influidas en ocasiones por un trasfondo social.

El presidente Trump tiene las manos constitucionalmente atadas a la hora de declarar un estado de alarma como el declarado en España. Sin embargo, el virus circulará por mucho que el presidente desee que desaparezca. Frente a la crisis del coronavirus el trumpismo no parece a la altura de las circunstancias, como ha ido demostrando el empecinamiento interesado del presidente y de los grupos negacionistas que lo sostienen en acabar con la cuarentena cuanto antes para volver a la normalidad.

El 9 de marzo Trump acusó de embusteros a los medios de comunicación y a los demócratas por conspirar “para inflamar la situación del coronavirus” y dijo equivocadamente que la gripe común era más peligrosa.

Abrumado por las cifras cada vez más preocupantes y por el informe del Imperial College que pronosticaba 2.200.000 muertes de estadounidenses de no adoptarse medidas (Figura 2B), el 30 de marzo, la Casa Blanca emitió las primeras recomendaciones federales de distanciamiento social que podrían durar hasta junio.

Pero son solo eso, recomendaciones, que no son suficientes en el combate actual. En 1918, la clave para acabar con la epidemia fue el aislamiento social. Y eso probablemente sigue siendo cierto un siglo después.

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Como comentamos en noviembre del año pasado, el  Instituto Universitario de Investigación en Estudios Norteamericanos “Benjamin Franklin” de la Universidad de Alcalá (Instituto Franklin – UAH) es uno de los centros dedicados a los estudios estadounidenses más importantes de Europa. Entre sus publicacones destacan un blog titulado Diálogo Atlántico, al cual pretendo brindar atención este año.

Comparto con mis lectores una corta nota del Doctor Raúl César Cancio Fernández, publicada en el blog del Instituto,  sobre una fallida operación de  tropas de la  Unión “sobre Richmond, la capital confederada,  con el objeto de destruir las líneas de comunicación y suministro entre la ciudad y el ejército del general Robert E. Lee del Norte de Virginia, dispersar al gobierno confederado y liberar a los soldados unionistas confinados en condiciones inhumanas en el campo de prisioneros de Belle Isle.”

De acuerdo con el Dr. Cancio Fernández, esta acción pudo haber influido en el magnicicio del presidente Lincoln.

Norberto Barreto Velázquez

20 de febrero de 2020


4350304a.jpgLeap Year en Richmond, Virginia

Raúl César Cancio Fernández

Diálogo Atlántico

La Guerra de Secesión Americana contó, como nosotros hoy, con su año bisiesto, 1864, y, consecuentemente, también con su añadido 29 de febrero que, además, no fue un día inocuo ni mucho menos. El 12 de febrero de ese año, quincuagésimo quinto cumpleaños de Abraham Lincoln, el controvertido general de caballería Kilpatrick puso sobre la mesa del presidente una operación de incursión sobre Richmond, la capital confederada, con el objeto de destruir las líneas de comunicación y suministro entre la ciudad y el ejército del general Robert E. Lee del Norte de Virginia, dispersar al gobierno confederado y liberar a los soldados unionistas confinados en condiciones inhumanas en el campo de prisioneros de Belle Isle. Veremos después como, al parecer, había también un propósito no revelado.

Ulric Dahlgren

Coronel Ulric Dahlgren

El plan se articulaba en tres movimientos: en un primer estadio, la brigada de caballería del general Custer y la infantería del VI Cuerpo de Sedgwick ejecutarían un movimiento diversivo hacia Charlottesville, que confundiera a las defensas confederadas, y permitiera, por un lado, a la columna de Kilpatrick atacar la capital por el norte sobre el eje del Ferrocarril Central de Virginia y, paralelamente, otra columna comandada por el joven coronel Dahlgren, vadear el río James por Goochland Courthouse, atacando Richmond por el sudoeste.

Sin embargo, lo planeado se vio fatalmente alterado tanto por elementos naturales como humanos. En primer lugar, la madrugada de aquel 29 de febrero fue especialmente complicada meteorológicamente en la Península, con fuertes rachas de viento y aguanieve persistente que dificultó la maniobra de vadeo del James, a lo que se añadió la pésima elección del guía que debía indicarles el lugar de paso. Por otra parte, la maniobra de diversión no resultó completamente verosímil, lo que provocó que la columna de Kilpatrick, ante esa circunstancia y la ausencia de señales de su compañero, retuviera la marcha hacia Richmond, confundiendo, en medio de la incertidumbre, a un grupo de ancianos con la infantería rebelde a las puertas de la ciudad, retirándose hacia el río York y dejando sin cobertura a la fuerza de Dahlgren, que fue aniquilada en las inmediaciones de King&Queen Courthouse, después de una afanosa huida por los ríos Pamunkey y Mattaponi.

Cuando los confederados registraron el cuerpo sin vida de Dahlgren, supuestamente encontraron órdenes oficiales de asesinar al presidente Jefferson Davis y a todo su gabinete, extremo que, no obstante, sería desmentido por carta del general Meade a Lee fechada en 17 de abril siguiente. Sea como fuere, muchos sostienen que ese controvertido hallazgo es el origen del magnicidio que poco más de un año después ejecutara John Wilkes Booth en el Teatro Ford…  bis sextus dies ante calendas martii.

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En esta breve nota publicada por el diario catalán La Vanguardia, Sergi Vich Sáez enfoca dos temas de gran importancia en la historia de la prensa estadounidense: las caricaturas y la llamada Yellow Press.

Pulitzer, Hearst y el origen de la “prensa amarilla”

“The Yellow Kids”
LEON BARRITT
Vim Magazine
June 29, 1898

A finales del siglo XIX, Estados Unidos era, para casi todo el mundo, el país de las oportunidades. A diario atraía a miles de inmigrantes venidos de todos los rincones del globo, y el principal puerto de entrada no era otro que el de Nueva York. Muy pocos tenían nociones de inglés, y se aferraban a la ansiada ayuda de algún pariente o amigo establecido con anterioridad.

No siempre había tanta suerte. La mayor parte se veían arrojados a las terribles fauces de una metrópoli con grandes bolsas de miseria y delincuencia. Nueva York estaba sufriendo profundas transformaciones que marcarían su futuro. La agregación de distintos municipios a Manhattan llevó a impulsar grandes infraestructuras, como el puente de Brooklyn . Se hablaba de construir un nuevo medio de comunicación, el metro, y se sentaban los cimientos de sus rascacielos.

En medio de esa vorágine, sus habitantes se mostraban ávidos de toda clase de noticias, y solo la prensa escrita podía satisfacer la demanda. Las cabeceras existentes eran tan numerosas como dispares las tiradas. Las había en casi todas las lenguas, como el prestigioso New Yorker Staats-Zeitung, en el que la colonia germana leía los ecos de sociedad. Las había incluso en yidis, como el izquierdista Die Zukunft. Pero las más importantes, como no podía ser de otra forma, estaban escritas en inglés.

Dos gigantes cara a cara

Los dos diarios de mayor tirada e influencia eran el New York World y el New York Journal, propiedad, respectivamente, de los multimillonarios Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst. Sin embargo, sus enormes ventas no iban de la mano de la veracidad de sus noticias. El periódico de Hearst, por ejemplo, publicó informaciones falsas para inducir a la guerra hispano-estadounidense, que estalló en 1898. Ambas cabeceras tendían a lo efectista y lo tremebundo, sin que importara demasiado que sus fuentes estuvieran contrastadas.

La primera aparición del chico amarillo (abajo a la derecha), que aquí todavía no viste el color que lo hizo famoso.

La primera aparición del chico amarillo (abajo a la derecha), que aquí todavía no viste el color que lo hizo famoso. (Dominio público)

Lo que buscaban estos grandes tabloides para hacer crecer la tirada era entretener a sus lectores. Una de las tácticas fue, a partir de 1893, la inserción en sus ediciones de suplementos a todo color con temas destinados a toda la familia, incluidos los más pequeños de la casa. Para ellos se confeccionaron varias páginas con dibujos caricaturescos y texto escaso.El éxito de la fórmula fue inmediato, no solo porque agradaba a padres y a hijos, sino porque pronto fue utilizada como un medio de alfabetización barato por los inmigrantes que apenas sabían inglés. El apoyo de la ilustración al texto, escrito al pie de la viñeta, facilitaba su comprensión.El niño amarilloUna de las tiras de mayor éxito fue la creada por el guionista y dibujante Richard Felton Outcault para las páginas del New York World de Pulitzer. La serie no tenía nombre. Cada tira se titulaba aludiendo al motivo o lugar por los que acaecían las aventuras de un grupo de chiquillos traviesos.

El chico amarillo, creación de Richard F. Outcault.

El chico amarillo, creación de Richard F. Outcault. (Dominio público)

En una de las aventuras, titulada “At the Circus in Hogan’s Alley” (En el circo del callejón de Hogan), del 5 de mayo de 1895, vio la luz un pillo pelón con modismos irlandeses llamado Mickey Dugan que pronto llamó la atención del público por sus ocurrencias. Iba vestido con una especie de bata lisa, luego teñida de amarillo, en la que aparecían graciosos textos. Su éxito fue tal que Hearst ofreció una jugosa cantidad a Outcault para que lo dibujara para su periódico.

El ilustrador de Ohio accedió. Solo impuso una condición: a partir de entonces, la serie se llamaría The Yellow Kid (El niño amarillo), el nombre por el que ya se la conocía popularmente.

Pulitzer no se quedó de brazos cruzados. Contrató a otro dibujante, George Luks, para que la serie continuara en su cabecera. Desde ese momento aparecería en los dos periódicos simultáneamente: en el de Pulitzer como Hogan’s Alley y en el de Hearst como The Yellow Kid.

El 25 de noviembre de 1896, en cinco viñetas de The Yellow Kid, un loro escondido en la caja de un fonógrafo emitía unas palabras colocadas dentro de un globo, o bocadillo, que salía de su boca.

No era la primera vez que se utilizaba ese recurso para que el lector supiese qué decía un personaje. Pero al globo se añadía la serialización en viñetas y el periódico como soporte, tres características que los especialistas consideraron esenciales para señalar el nacimiento de lo que se dio en llamar el noveno arte. Así se certificó en 1989 en un congreso en la ciudad italiana de Lucca. Gracias a aquella entrega de The Yellow Kid había nacido el cómic.

Página publicada el 15 de noviembre de 1896 en el 'New York Journal' de Hearst.

Página publicada el 15 de noviembre de 1896 en el ‘New York Journal’ de Hearst. (Dominio público)

Prensa amarilla

Pero eso no era todo. El sensacionalismo y la truculencia de las noticias aparecidas en estos periódicos, sus maquinaciones y la frecuente instrumentalización política molestaban a muchos profesionales del sector, que pronto los motejaron de “amarillos”, aludiendo al vestido del personaje del cómic publicado en ambos.

Finalmente, Erwin Wardman, editor del más serio New York Press, publicó en 1898 un artículo para definir lo que él entendía por aquella prensa que calificaba de indecente. Su título, que jugaba con las múltiples acepciones del término “yellow”, era el siguiente: “We called them Yellow because they are Yellow”, que podría traducirse por “Nosotros los llamamos amarillos porque son unos caguetas”. El concepto de prensa amarilla había tomado carta de naturaleza.


Sergi Vich Sáez, “Pulitzer, Hearst y el origen de la “prensa amarilla”La Vanguardia, 10 de diciembre de 2019.

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REDEN (Revista Española de Estudios Norteamericanos)

Año 2020. Volumen 2.

Convocatoria 2020: Abierta

Revista Española de Estudios Norteamericanos (REDEN) se trata de una publicación en inglés y de revisión por pares que se indexará en las páginas de impacto con objeto de convertirse en una revista de referencia en el ámbito de los Estudios Norteamericanos.

Con este fin, se abre la convocatoria de recepción de artículos para aquellos investigadores séniores que estén interesados en publicar sobre temas relacionados con las Ciencias Sociales y las Humanidades; en áreas de conocimiento como la historia, el pensamiento, la política, la economía, la sociología, las artes, la educación, la literatura o la lingüística. Asimismo, también son bienvenidos Trabajos de Fin de Máster de jóvenes investigadores que podrían ser incluidos dentro de estas dos secciones tras evaluación.

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V5La década de 1970 fue un periodo muy duro para el pueblo estadounidense. Divididos por una guerra lejana, los estadounidenses eligieron a un nuevo presidente, Richard M. Nixon, que prometió acabar con la participación de su país en la guerra de Vietnam y lo hizo, pero que también violó la ley y abusó de su poder, comprometiendo la imagen y la confianza del gobierno de los Estados Unidos. Tras miles de muertos y miles de millones de dólares invertidos, los últimos estadounidenses fueron expulsados de Vietnam en 1975. Esta derrota –la primera en la historia de Estados Unidos– sumió al país en un periodo de indecisión y duda. Para complicar las cosas, los gastos de la guerra, unidos al aumento en los costos de la energía, llevaron a la nación a una profunda crisis. Todo ello llevó a muchos a pensar que la decadencia del poderío y riqueza de los Estados Unidos era algo inevitable.

Nixon y Vietnam

            Al llegar a la Casa Blanca, Nixon buscó acabar la guerra ampliándola, es decir, aumentando su alcance y su intensidad para presionar a Vietnam del Norte. Pronto el Presidente entendió que eso no era lo que el pueblo estadounidense quería y cambió de estrategia, proponiéndoles a los norvietnamitas una retirada simultánea de tropas de Vietnam del Sur. Para convencer a Hanoi, Nixon ordenó el bombardeo secreto y clandestino de Camboya, un país  vecino y neutral por cuyo territorio los norvietnamitas enviaban y suministros y tropas a Vietnam del Sur.

Nixon también inició la llamada vietnamización de la guerra, es decir, el retiro gradual de tropas estadounidenses y el incremento de la participación de soldados survietnamitas en el conflicto. Esta nueva política no acalló las voces de los opositores de la guerra, que en 1969 llevaron a cabo manifestaciones masivas, como una marcha en Washington que reunió a medio millón de personas. Para complementar la ofensiva aérea en Camboya, Nixon ordenó la invasión –también secreta– de ese país. El Presidente quería destruir las rutas y bases de aprovisionamiento de los norvietnamitas, pero en el proceso lo que logró fue desestabilizar a Camboya, lo que permitirá que los Jemeres Rojos  (“Khmer Rouge”), una guerrilla maoísta, tomase el control  del gobierno camboyano. Bajo el liderado de un dictador despiadado llamado Pol Pot,  los Jemeres cometerán un terrible genocidio contra el pueblo camboyano.

En 1970, el periódico The New York Times hizo públicas las acciones encubiertas del gobierno estadounidense en Camboya, desatando una ola de indignación y rabia entre los opositores de la guerra. En varias universidades del país se llevaron a cabo huelgas y protestas. El 4 de mayo, la Guardia Nacional abrió fuego contra una muchedumbre de estudiantes en Kent State University (Cleveland), matando a cuatro personas.  El 14 de mayo dos estudiantes negros del Jackson State College en Misisipi murieron en un enfrentamiento con la policía y la Guardia Nacional. Ambos incidentes provocaron una serie de huelgas y cierres de universidades a lo largo de todo el país. Más de 450 universidades cerraron sus puertas y hubo problemas en cerca del 80% de los campus universitarios.  Curiosamente, una encuesta realizada para esta fecha reveló que a la mayoría de los estadounidenses les preocupaba más los disturbios en las universidades que la guerra en Indochina. Otra muestra del conservadurismo que imperaba en amplios sectores de la sociedad estadounidense.

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Kent State University , mayo 1970

A pesar de la apatía de la mayoría de los estadounidenses, la insatisfacción con la guerra siguió aumentando. La invasión de Camboya cayó muy mal entre algunos miembros de Congreso. En junio de 1970, el Senado votó a favor de repeler la Resolución del Golfo de Tonkín y de cortar los fondos de las operaciones militares en Camboya. Entre  los soldados también se manifestó el malestar contra la guerra, pues aumentó el número de deserciones.

Para complicarles las cosas a la administración Nixon, en 1971 salieron a las luz pública las atrocidades cometidas por un grupo de soldados dirigidos por el Teniente William L. Calley.  Aparentemente siguiendo órdenes de sus superiores, Calley  y los soldados bajo sus órdenes asesinaron, en marzo de 1968,  a 350 civiles vietnamitas en la villa de My Lai.  Gracias al trabajo investigativo del periodista Seymour Hersh, la historia de la masare de My Lai fue publicada por el New York Times en noviembre de 1969.  Calley fue acusado de asesinato y  sometido a una corte marcial en 1971, que le encontró culpable y le condenó a cadena perpetua. Considerado por unos como un héroe y por otros como un criminal de guerra, Calley sólo cumplió tres años de arresto domiciliario.

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Masacre de My Lai

Tras los incidentes de mayo de 1970, las protestas contra la guerra comenzaron a perder fuerza por varias razones. El movimiento sufrió divisiones internas que le debilitaron. Agencias federales como el FBI y la CIA infiltraron y desactivaron los grupos más radicales de la lucha contra la guerra. El programa de vietnamización redujo de forma dramática el número de soldados estadounidenses en Vietnam. De igual forma, Nixon prometió acabar con el reclutamiento forzoso para el 1973 y convertir así al ejército en una fuerza de voluntarios, lo que le quito un importante argumento a los opositores de la guerra, debilitando aún más al movimiento en las universidades.

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Protesta estudiantes de la Universidad de Columbia. Crédito: Patrick A. Burns/The New York Times

Mientras se protestaba en los Estados Unidos, el Secretario de Estado Henry Kissinger llevaba a cabo negociaciones con representantes de Vietnam del Norte. En 1972, estadounidenses y norvietnamitas firmaron un tratado que permitió la retirada de los Estados Unidos del conflicto vietnamita. Nixon había  cumplido su promesa de poner fin a la guerra de Vietnam. Sin embargo, la salida estadounidense no acabó con el conflicto entre Vietnam del Norte y del Sur. En 1975, Vietnam del Sur terminó siendo derrotado y con ello finalizaron más de treinta años de guerra en esa parte de la península indochina.

El legado de la guerra de Vietnam

            El conflicto vietnamita es, después de Afganistán, la guerra más larga en la historia de  los Estados Unidos. Entre 1961 y 1973, millones de estadounidenses pelearon en las selvas indochinas para frenar lo que sus líderes vieron como una agresión comunista. Unos 58,000 estadounidenses murieron y otros 300,000 resultaron heridos. Aún aquellos que regresaron sin heridas físicas sufrieron severos traumas psiquiátricos y psicológicos.

Para los veteranos de Vietnam no hubo paradas ni recibimientos de héroes, sino rechazo por haber participado en la guerra más impopular en la historia estadounidense. Víctimas del estrés postraumático, su reinserción social fue muy dura. Los veteranos enfrentaron problemas con las drogas y el alcohol, problemas familiares (divorcios) y problemas económicos (desempleo). Muchos de ellos recurrieron al suicidio como salida.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Para los indochinos, la guerra fue una gran tragedia. Se calcula que 1.5 millones de vietnamitas murieron. La infraestructura física y económica de la región fue devastada por la guerra. Países vecinos como Laos y Camboya también sufrieron las terribles consecuencias del conflicto. El caso camboyano es particularmente trágico porque allí los Jemeres Rojos mataron, entre 1975 y 1979, a 2 millones de sus compatriotas en una campaña genocida. Además, la guerra produjo unos 10 millones de refugiados y una buena parte de ellos emigraron a los Estados Unidos.

V3La derrota en Vietnam afectó la visión que tenían los Estados Unidos de sí mismos, pues les obligó a reconocer los límites de su poder. El país entró en lo que ha sido denominado como el síndrome de Vietnam, es decir, una menor propensión hacia las intervenciones militares en segundos y terceros países. En 1973, fue aprobada la Ley de Poderes de Guerra, obligando al Presidente a informarle al Congreso cualquier uso de la fuerza en las primeras cuarenta y ocho horas de haber ocurrido. De no haber una declaración de guerra, las hostilidades sólo pueden durar sesenta días.

La guerra afectó duramente a la economía estadounidense. Con un costo total de $150 mil millones; el conflicto consumió importantes recursos económicos que pudieron haber sido usados para enfrentar los problemas domésticos de la nación. La gran víctima de la guerra fueron los programas sociales de la Gran Sociedad del Presidente Johnson, cuyos fondos fueron severamente afectados por los gastos militares asociados al conflicto. Además, la guerra aumentó el déficit del gobierno federal y la inflación.

A nivel político, la guerra acabó con el consenso liberal desarrollado en la posguerra. Millones de estadounidenses cuestionaron la política exterior de su país y los discursos a favor de la guerra fría. Una de las grandes víctimas de la guerra de Vietnam fue la confianza que tenían millones de estadounidenses en su gobierno.  Las mentiras, las manipulaciones y los escándalos asociados a la guerra produjeron la desconfianza entre millones de ellos.  El cinismo creció y el descrédito de los liberales fortaleció a los conservadores.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 7 de octubre de 2019

 

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La guerra de Vietnam  marcó la historia de los Estados Unidos. Por casi diez años los estadounidenses pelearon en las junglas vietnamitas contra lo que consideraban una muestra del peligro del expansionismo comunista liderado por la Unión Soviética. Esta guerra tuvo serias consecuencias para los Estados Unidos, pues dividió profundamente la sociedad estadounidense. La oposición a la guerra fue severa y provocó brotes de violencia, sobre todo, en las universidades.

38e06199610ac078f5e08b2e8ca7cdc2En la segunda mitad del siglo XIX, los franceses establecieron su control sobre una vasta zona al sur de China que denominaron Indochina Francesa. La actual república vietnamita formó parte de esa colonia hasta que en la década de 1940 los nacionalistas indochinos aprovecharon el vacío de poder generado por la guerra mundial para declarar su independencia. Una vez finalizada la guerra, los franceses pretendieron retomar el control de su antigua colonia asiática, provocando una sangrienta guerra.   Los vietnamitas lograron derrotar a los franceses en 1954, pero vieron cómo la guerra fría determinaba el futuro de su país. En una conferencia de paz celebrada en Ginebra en julio de 1954, se decidió dividir   a Vietnam en dos hasta la celebración de un referéndum en 1957 para que  los vietnamitas decidirían si se mantenía tal división. Al norte existía un gobierno socialista aliado de la Unión Soviética y al sur se organizó un gobierno anti-comunista aliado y apoyado por los Estados Unidos. El referéndum nunca fue celebrado y Vietnam se convirtió así en un escenario importante de la guerra fría. En el sur surgió el Frente de Liberación Nacional (FLN) o Vietcong, un movimiento político-militar apoyado por el norte que buscaba la reunificación. El inicio de una guerra civil fue cosa de tiempo. Tanto soviéticos como estadounidenses apoyaron a sus respectivos aliados con armas y dinero. Sin embargo, el compromiso estadounidense fue mucho más profundo que el de los soviéticos, pues miles de soldados estadounidenses fueron enviados a pelear a Vietnam.  Las autoridades estadounidenses –Republicanos y Demócratas por igual– decidieron convertir su apoyo a Vietnam de Sur en una muestra del compromiso y la voluntad de los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Para ellos, el prestigio y la credibilidad de los Estados Unidos estaban a prueba en Vietnam y, por lo tanto, era inevitable que los estadounidenses aceptaran el reto. Además, estaban convencidos de su superioridad moral y militar, y no contemplaron la posibilidad de un derrota

JFK

Kennedy y Vietnam

John F. Kennedy dio gran a importancia al Sudeste Asiático, pues decidió enfrentar lo que él interpretaba como la expansión comunista en la región. De ahí que ordenara envíos masivos de armas y aumentara el número de soldados estadounidenses en la región. Unos 7,000 soldados estadounidenses estaban destacados en Vietnam al comienzo de su presidencia. Tres años más tarde, ese número había crecido a 60,000 soldados. ¿Por qué JFK aumentó el compromiso estadounidense en Vietnam? Por varias  razones. Primero, su deseo de mantener una postura fuerte ante la expansión comunista. JFK veía al comunismo internacional como una fuerza monolítica controlada por los soviéticos y los chinos, y fue incapaz de ver que lo que ocurría en Vietnam era una guerra civil, no una agresión internacional. Además, JFK era un ferviente creyente en la famosa teoría del dominó, es decir, la idea de que la victoria del comunismo en un país generaba un efecto multiplicador en los países vecinos. En otras palabras, JFK creía que si los Estados Unidos permitían una victoria comunista en Vietnam, sería inevitable que países vecinos como Tailandia, Camboya o Laos terminasen  también bajo el control comunista. Kennedy quería evitar ese escenario aun a costa de aumentar la intervención directa de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita. Segundo, el temor al costo político de una derrota en Vietnam. JFK tenía  muy claro que sus acciones en Vietnam podían ser usadas por los republicanos para atacarle políticamente en los Estados Unidos y, por ende, no podía dar señales de debilidad o de fracaso.  Todo ello llevó a aumentar la presencia militar en el Sudeste Asiático.

Kennedy no sólo tenía que estar vigilante de la situación política reinante en los Estados Unidos, sino también  en su aliado Vietnam del Sur. El gobierno estadounidense apoyó la división de Vietnam y se convirtió en su principal aliado. Esa alianza resultó problemática ante la ausencia de un liderato survietnamita eficaz. En 1963, el gobierno de Vietnam del Sur estaba bajo el control de un carismático líder católico llamado Ngo Dihn Diem. El presidente vietnamita mantuvo una política represora, que desató una rebelión de los monjes budistas. Varios  monjes  se inmolaron quemándose vivos en protesta contra el gobierno de Diem. Las imágenes de monjes convertidos en antorchas humanas no cayó bien entre los funcionarios de la administración Kennedy. Ello unido al nepotismo, la corrupción y la  incapacidad del gobierno de  Diem para gobernar al país, llevaron a las autoridades estadounidenses a  promover su salida por medio de un golpe de estado. En noviembre de 1963, Diem fue capturado y asesinado por un grupo de militares survietnamitas, lo que dio paso a que Vietnam terminase controlado por varios gobiernos militares corruptos e incapaces de enfrentar al Vietcong. La inexistencia de un interlocutor político valido en Vietnam del Sur obligó a los estadounidenses a asumir el peso del conflicto.

Una de las grandes preguntas de la historia contemporánea de los Estados Unidos es qué hubiese hecho JFK en Vietnam de no haber sido asesinado en noviembre de 1963. Sus simpatizantes alegaban que Kennedy no habría empujado a los Estados Unidos al abismo en que se convirtió la guerra de Vietnam. Otros más escépticos creen que JFK habría mantenido su política anticomunista y que empujado por la teoría del dominó habría continuado la expansión del compromiso militar estadounidense en Vietnam. No hay una contestación definitiva a esta pregunta, pero algo es indiscutible, al ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, JFK  dejó a su sucesor con un serio problema en las manos

Johnson y la pesadilla vietnamita

end2Con la muerte de JFK la responsabilidad sobre qué hacer en Vietnam pasó a manos del Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ).  Aunque éste consideraba  a Vietnam un país poco importante, temía que una retirada estadounidense abriese las puertas a una intervención de los soviéticos o chinos. Johnson tampoco quería que los Estados Unidos parecieran una nación débil y/o vacilante. Además, el Presidente temía el costo político de una retirada de Vietnam, pues sabía que los republicanos  le atacarían acusándole de ceder ante la amenaza comunista. Empujado por sus temores domésticos e internacionales, LBJ optó por ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, llevándole a niveles impresionantes y peligrosos.

Johnson pretendía pelear una guerra contra el comunismo en Asia y poner en marcha la Gran Sociedad  en los Estados Unidos.  Este programa de reformas buscaba trasformar al país combatiendo la pobreza y  la injusticia racial. Creía que el poderío y la riqueza de los Estados Unidos le permitirían ganar en ambos frentes –el doméstico y el vietnamita– pero la historia demostró que estaba equivocado. La escalada de la intervención estadounidense en Vietnam llevada a cabo por la administración Johnson se convirtió en un hoyo negro que se tragó a la Gran Sociedad, y destruyó la carrera política de  Johnson.

La Resolución del golfo de Tonkín

En agosto de 1964 se desarrollaron unos confusos incidentes entre barcos de la Armada estadounidense y botes patrulla norvietnamitas en el Golfo de Tonkín. Alegadamente, unas lanchas norvietnamitas atacaron al Maddox y el Joy Turner, dos destructores de la Marina estadounidense. Aunque estos ataques no fueron del todo confirmados, fueron usados por el Presidente Johnson para conseguir una resolución legislativa autorizándole a “tomar todas la medidas necesarias” para proteger las fuerzas militares estadounidenses desplegadas en el Sudeste Asiático. Tal resolución fue aprobada en el Senado con 88 votos a favor y 2 en contra, mientras que en la Cámara de Representantes no hubo un solo voto en contra entre sus 406 miembros. Para LBJ, la Resolución del golfo de Tonkín se convirtió en una autorización legal, de duración indefinida, para intensificar y aumentar la participación estadounidense en la guerra de Vietnam.  En otras palabras, un cheque en blanco que le permitiría atacar a Vietnam del Norte y aumentar el número de soldados estadounidenses en el sur. Sin embargo, la resolución también se convirtió en un cuchillo de doble filo, pues al estar basada en un supuesto ataque norvietnamita que nunca fue confirmado del todo, los opositores de la guerra la usarán para acusar a LBJ de haberle mentido al Congreso.

En 1965, el Presidente ordenó el bombardeo de Vietnam del Norte por la Fuerza Aérea estadounidense. La idea de Johnson, era obligar a los norvietnamitas a negociar y cortar la ayuda que éstos brindaban al Vietcong.  De esta forma pensaba alcanzar la victoria Entre 1965 y 1968, los Estados Unidos dejaron caer unas 800 toneladas de bombas diarias sobre Vietnam del Norte, tres veces la cantidad lanzadas en la segunda guerra mundial. A la par, Johnson aumentó el número de soldados estadounidenses en Vietnam de 185,000 en 1965 a 385,000 en 1966. Sin embargo, los estadounidenses no pudieron quebrar la voluntad de lucha de los vietnamitas, quienes  sabían que los Estados Unidos no podrían pelear una guerra indefinida en el Sudeste Asiático. Además, contaban con el apoyo y la ayuda material de la China comunista y de la Unión Soviética. LBJ y sus asesores nunca entendieron que la guerra civil en Vietnam del Sur no era producto de una agresión comunista internacional, sino una manifestación del nacionalismo vietnamita. Ello les condenó al fracaso.

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La oposición a la guerra

La escalada de la guerra provocó la reacción de varios sectores de la sociedad estadounidense. Los primeros en reaccionar fueron los universitarios. En diversas  universidades del país se desarrollaron protestas contra la intervención estadounidense en Vietnam. Estudiantes y profesores desarrollaron debates y discusiones abiertas sobra la guerra, cuestionando la posición de LBJ. En 1966, las protestas contra la guerra en las universidades se desarrollaron a gran escala con la participación de miles de estudiantes. Intelectuales y religiosos se unieron a los estudiantes en la lucha contra la guerra. En 1967, varios personas prominentes se expresaron abiertamente en contra de la presencia militar de los Estados Unidos en el Sudeste Asiático.  Políticos demócratas como Robert Kennedy, William Fulbright y George McGovern, el escritor Benjamin Spock y el líder de los derechos civiles Martin Luther King criticaron la política belicista del Presidente Johnson.

Los críticos de la guerra resaltaron la injusticia social que escondía la guerra, pues eran los pobres y las minorías quienes cargaban con el peso del conflicto. El sistema de reclutamiento militar estadounidense favorecía a la clase alta y media porque eximía de ir a la guerra a quienes  estaban matriculados en alguna universidad. Dado que la mayoría de  los universitarios eran miembros de la clase media, estuvieron en una mejor posición para evitar ser reclutados y enviados a Vietnam. Por ello no debe ser una sorpresa que el 80% de los soldados enviados a Vietnam eran  pobres  o  hijos de familias trabajadoras.

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La cobertura televisiva de la guerra abonó al desarrollo de la oposición a ésta en los Estados Unidos. Noche tras  noche, los estadounidenses podían ver en la pantalla de sus televisores los efectos de la guerra: los bombardeos, el uso de napalm, los civiles muertos o mutilados, etc. Con horror, muchos estadounidenses vieron como las tropas de su país quemaban las villas y pueblos de los vietnamitas a quienes supuestamente estaban protegiendo del comunismo. Noche tras noche, los estadounidenses podían ver en las pantallas de su televisores los nombres de los estadounidenses muertos en Vietnam.

Es necesario aclarar que a pesar del desarrollo de un oposición activa, la mayoría de los estadounidenses continuaron apoyando o simplemente no adoptaron una posición con relación a la guerra de Vietnam.  Para finales de la década de 1960, la guerra había polarizado a los Estados Unidos  y lo peor estaba por venir.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 5 de octubre de 2019

 

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