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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

En este corto texto, el historiador Thomas Blake Earle analiza los vínculos entre el imperialismo estadounidense y la expansión y desarrollo del surf hasta convertirse, justo este año, en deporte olímpico.  El Dr. Blake es profesor asistente en la Universidad de Texas A&M, Galveston, y coeditor de Atlantic Environments and the American South.


El Surf ya es Deporte Olímpico! - TODOSURF

Siglos de imperialismo estadounidense hicieron del surf un deporte olímpico

Thomas Blake Earle

The Washington Post   25 de julio de 2021

Por primera vez, el surf será un deporte olímpico. A partir del domingo, 40 surfistas de 17 naciones montarán las olas en la playa de Shidashita como parte de los Juegos de Tokio. Mientras que las potencias tradicionales del surf como Estados Unidos, Australia y Sudáfrica están bien representadas entre los competidores, países como Marruecos, Perú y Alemania también han enviado surfistas.

El surf puede ser emocionante de ver. Pero el deporte ha ganado una presencia global no sólo debido a los placeres de la conducción de olas.

El surf se convirtió en un deporte global debido al ejercicio del poder estadounidense en el escenario mundial. Desde misioneros del siglo 19 hasta guerreros fríos del siglo 20, los estadounidenses han utilizado el surf para lograr los objetivos diplomáticos de la nación. El hecho de que el surf solo ahora se una a las filas de los eventos olímpicos desmiente la historia internacional de siglos del deporte.

Cuando una expedición dirigida por el capitán británico James Cook llegó a Hawái a finales del siglo 18, sus miembros quedaron asombrados por los jinetes hawaianos. Para entonces, la gente polinesia había practicado la equitación de olas de alguna forma durante milenios. Después de ver el espectáculo acuático, un cirujano a bordo del barco de Cook, el Resolution, escribió que “no podía evitar concluir que este hombre sintió el placer más supremo mientras era conducido tan rápido y tan suavemente por el mar”. Dentro de unas pocas décadas, sin embargo, los misioneros estadounidenses que llegaban a Hawái verían este “placer supremo” como un impedimento para su impulso de cristianizar el mundo.

The History Of Surfing: Beyond The Board | ISLE | Blog

Los misioneros constituyeron uno de los grupos más grandes de estadounidenses que viajaron al extranjero en el siglo 19. Los misioneros protestantes se establecieron en África, Asia y las islas del Pacífico para difundir el cristianismo junto con el poder y la influencia estadounidenses. A menudo, los misioneros sirvieron como precursores de la penetración económica y política estadounidense.

Los misioneros estadounidenses llegaron por primera vez a las islas hawaianas en la década de 1820. Buscaban imponer su moralidad y valores mientras erradicaban las prácticas consideradas pecaminosas y licenciosas. Los misioneros ayudaron a aprobar leyes que prohibían el baile de hula y desalentaba el uso de leis. Si bien el surf seguía siendo legal, las prácticas asociadas con el deporte, incluida la desnudez y los juegos de azar, no lo eran. Como concluyó el historiador del surf Matt Warshaw, “quita el sexo y las apuestas y, de repente, todo era mucho menos atractivo”.

Amazon.com: Hawaiian Missionary 1823 Na Missionary Preaching In Hawaii In  1823 Line Engraving American 1832 Poster Print by (18 x 24): Posters &  Prints

El énfasis misionero en la ética calvinista de trabajo duro y  empresa, dejó poco tiempo para el surf. El misionero Hiram Bingham señaló esta relación: “El declive y la interrupción del uso de la tabla de surf, a medida que avanza la civilización, puede explicarse por el aumento de la modestia, la industria y la religión”.

A comienzos del siglo 20, sin embargo, algunos estadounidenses comenzaron a ver el surf no como una actividad pecaminosa a ser restringido, sino una herramienta para extender el poder estadounidense en el Pacífico. Durante la segunda mitad del siglo 19, Hawái se convirtió en un destino para la inversión estadounidense en la floreciente industria azucarera de la isla. Aunque aparentemente una monarquía bajo el control de líderes nativos, Hawái quedó bajo el control indirecto de ejecutivos de negocios estadounidenses, muchos de los cuales eran hijos de misioneros. Este grupo de poderosos estadounidenses orquestó un golpe de Estado con la ayuda de los marines y presionó para la anexión a los Estados Unidos en 1898.

Algunos ciudadanos blancos de Hawái, principalmente Alexander Hume Ford, se volcaron al surf para asegurar Hawái como un puesto avanzado del imperio estadounidense. Como argumenta el historiador Scott Laderman, cuando [Ford] encontró el surf y la emoción incomparable que representaba, Ford encontró un señuelo para atraer inmigrantes blancos a Hawai’i”  para fortalecer el dominio imperial de Estados Unidos.

Para atraer a sus compatriotas blancos americanos a las islas, Ford publicó docenas de artículos ensalzando el placer y el valor del surf. En la revista Collier’s, por ejemplo, observó que “hay una emoción como ninguna otra en todo el mundo mientras te paras sobre la cresta [de una ola]”. Ford se convirtió en uno de los impulsores más prominentes del deporte, enseñando a Jack London a surfear y fundando el selecto Outrigger Canoe Club en Honolulu. Todo esto se hizo no sólo en la búsqueda del placer, sino para mejorar el poder estadounidense en el extranjero.

A medida que Ford promovía el surf a los estadounidenses blancos, los nativos hawaianos llevaron el deporte directamente a las audiencias internacionales. George Freeth viajó a California para realizar demostraciones de surf para audiencias de San Francisco a San Diego como parte del plan de Ford de usar el surf para vender Hawái. Durante la primera mitad del siglo 20, el surfista más famoso del mundo fue Duke Kahanamoku, quien promovió el desarrollo del surf en Australia y Nueva Zelanda después de una gira de exhibición en 1914 y 1915. También un consumado nadador, Kahanamoku representó a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de 1912 en Estocolmo, los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, los Juegos Olímpicos de 1924 en París y los Juegos Olímpicos de 1932 en Los Ángeles, sumando cinco medallas en total.

California Retrospective: Duke Kahanamoku: The heroic moment that became  part of his legend - Los Angeles Times

Duke Kahanamoku.

La Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría cambiaron drásticamente la posición de los Estados Unidos en el mundo. A medida que el ejército estadounidense se abanicaba en todo el mundo durante las décadas de 1940 y 1950 para luchar en la guerra y, como Washington lo veía, defender la paz, trajeron el surf con ellos. El surf y la participación militar de Estados Unidos fueron de la mano, llevando la equitación de olas a lugares como Japón, Vietnam y América Central.

Los turistas estadounidenses, también, hicieron mucho para llevar el surf al mundo en general a través de los viajes. De Francia a Perú, de Sudáfrica a Indonesia, los surfistas difundieron lo que se estaba alimentando. Los surfistas viajeros también participaron en el tipo de diplomacia a pequeña escala, de persona a persona, que se convirtió en una parte central del uso del poder blando por parte de Estados Unidos para ganar corazones y mentes durante la Guerra Fría.

Ilustrativo del lugar del surf en el arsenal de poder blando de la Guerra Fría de Estados Unidos fue el documental de viajes de surf de 1966 “The Endless Summer”. Dirigida por Bruce Brown, la película siguió a dos adolescentes blancos all-American del sur de California mientras perseguían las olas desde Ghana hasta Sudáfrica y Tahití. El Departamento de Estado incluso planeó proyectar la película en el Festival de Cine de Moscú en 1967 para, como argumenta Laderman, ilustrar “el estilo de vida placentero prometido por el sistema capitalista que hizo posible tal ocio … [y] pintó un retrato de los Estados Unidos como una potencia benevolente y comprensiva”.

The Endless Summer (1966) - Rotten Tomatoes

El poder blando estadounidense volvió a estar en exhibición en la Exposición Universal de Japón en Osaka en 1970. Los organizadores del pabellón estadounidense en la exposición trataron el evento como una competencia de facto con la Unión Soviética. Recurrieron al surf para mostrar lo mejor de los Estados Unidos. Más allá de las exhibiciones de naves espaciales y una roca lunar, los exhibicionistas estadounidenses presentaron 13 tablas hechas en Estados Unidos e imágenes de surfistas donadas por Bruce Brown. Tras la conclusión de la exposición, un club de surf japonés compró con entusiasmo 10 de las tablas para seguir difundiendo el deporte en ese país.

Unos 50 años después, el surf volverá a formar parte de una competición internacional en Japón. Los eventos deportivos internacionales a menudo se promocionan como unificadores del mundo. Pero los Juegos Olímpicos también muestran desigualdades internacionales. Y el movimiento olímpico ha enfrentado críticas por corrupción, escándalos y el respaldo tácito de gobiernos que violan regularmente los derechos humanos de sus ciudadanos.

La historia del surf muestra de manera similar que el deporte está incrustado en una historia de imperialismo. El surf, al igual que los Juegos Olímpicos en sí, no existiría como lo hace independientemente de cómo las naciones utilizan el deporte como una herramienta de las relaciones internacionales. Los estadounidenses trajeron el surf al mundo, haciéndolo de una manera que apuntaló el poder estadounidense en todo el mundo, y aunque podemos maravillarnos con los atletas que montan olas en los Juegos, esta historia también estará en exhibición.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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Continuando con los textos que analizan el actual debate sobre  la enseñanza de la historia estadounidense, comparto un corto artículo de la historiadora mexicano-estadounidense  Gabriela Soto Laveaga. Profesora en el Departamento de Historia de la Ciencia de Harvard, la Dra. Laveaga reflexiona sobre el impacto que podría tener en la sociedad estadounidense que se enseñara historia de México en sus escuelas. Su argumento es fascinante.


Cada estadounidense necesita tomar una clase de historia de México

Gabriela Soto Laveaga

The Washington Post   22 de julio 2021

Examining The Real Story of The Alamo And Why The Myths Persist – Houston  Public MediaLa reciente reacción violenta sobre la publicación de un nuevo libro sobre la historia de El Álamo no tiene que ver con el partidismo ni la con teoría crítica de la raza mal aplicada. Se trata, mas bien,  de negar quiénes somos como nación. Más que un borrado de hechos históricos, es otro ejemplo de la peligrosa práctica en curso de seleccionar partes de nuestro pasado  para ajustarlas a mitos nacionales preenvasados. No se trata de una práctica nueva ni nuestra sociedad es la única que reescribe la historia para adaptarse a los vientos políticos actuales. Sin embargo, negar un análisis serio y fáctico de nuestro pasado sabotea la capacidad de lograr una sociedad más justa e igualitaria. Si comenzamos nuestra historia de orígenes nacionales con falsedades históricas, seguiremos repitiendo y ampliando estas ficciones para que la mentira inicial tenga sentido.

Una forma de corregir esta tendencia es estudiando el papel de México y los mexicanos en la creación de una identidad estadounidense. No resolverá un esfuerzo concertado para rechazar las verdades históricas, pero puede ayudarnos a desarrollar habilidades críticas para identificar los problemas con la enseñanza de una sola historia de la historia estadounidense. ¿Por qué México? Entre otras razones, México perdió más del 50 por ciento de su territorio a favor de Estados Unidos. Dicho con crudeza, gran parte de nuestro país fue una vez México. Analizar los orígenes de esta ganancia territorial coloca los debates actuales sobre la inmigración, la frontera e incluso qué idiomas se pueden enseñar en las escuelas en una perspectiva más amplia.

El ensayista y premio Nobel Octavio Paz entendió el valor de esto hace décadas cuando escribió: “al conocer México, los estadounidenses pueden aprender a entender una parte no reconocida de sí mismos”. Esa parte no reconocida es complicada. Usemos solo un ejemplo, la guerra mexicano-estadounidense o la invasión de los Estados Unidos, como se la conoce en México, para ilustrar cómo este evento crucial podría enseñarse en las aulas estadounidenses para expandir la forma en que estudiamos las acciones de nuestra entonces todavía incipiente nación.

Si bien la historia del Álamo no es tan consecuente para México, los escolares mexicanos aprenden que cuando su país concedió permiso a los angloamericanos para establecerse en el territorio escasamente poblado de Tejas,  estos colonos aceptaron acatar las leyes de México y se les animó a aprender español, convertirse al catolicismo, casarse con mexicanos y, finalmente, renunciar a la esclavitud.

En cambio, los angloamericanos desafiaron todas estas expectativas. Empezaron por superar el tope del número de angloamericanos que podían asentarse en México. Eso les permitió superar en número a los mexicanos en su territorio norteño. Los estadounidenses se negaron entonces a seguir las leyes de la tierra; en respuesta, México envió tropas para patrullar sus fronteras, entendiendo que una facción de tejanos estaba decidida a fomentar la secesión de México.

Ese es el telón de fondo del asedio de Álamo en 1836: un país decidido a sofocar una rebelión de extranjeros sin ley que se habían quedado más tiempo de lo que debían en México.

Sin embargo, el destino de Texas no se decidiría en el campo de batalla, sino en Washington, D.C. En 1837 los Estados Unidos reconocieron a Texas como un estado independiente, alimentando la ira de su vecino del sur. Unos años más tarde, en 1844, James K. Polk llevó a cabo su campaña presidencial sobre la anexión de Texas, que muchos en México todavía consideraban un territorio rebelde que era parte de su nación.

Parte de la disputa fue que Texas definió su frontera en las Nueces o el Río Grande, lo que le daba 150 millas adicionales de territorio.

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Ejército estadounidense en el Zócalo, Ciudad del México, 1848.

Este detalle geográfico es importante. Polk, decidido a presionar por la guerra, afirmó que una escaramuza fronteriza que involucró a tropas mexicanas y estadounidenses derramó “sangre estadounidense en el suelo de Estados Unidos”. Pero esta afirmación era falsa; la batalla ocurrió en este territorio en disputa. Un joven congresista de Illinois, el futuro presidente Abraham Lincoln, objetando la mentira de Polk, presentó la  Resolución de 1847, con evidencia que probaba que escaramuza no había ocurrido en suelo estadounidense.

¿Qué pasaría si los escolares aprendieron a examinar la resolución de Lincoln y las protestas contra lo que él pensaba que era una guerra injusta? Este contexto más amplio mostraría a los estudiantes que las historias nacionales no son ordenadas, son desordenadas y a veces llenas de actos ilegales, o al menos problemáticos. También enseñaría a los estudiantes a interrogar las acciones y afirmaciones presidenciales, no simplemente a aceptarlas como un hecho.

En los últimos meses, diversas batallas sobre lo que se enseñará en nuestras aulas tienen un denominador común: el rechazo contra una narrativa triunfalista, que glorifica las acciones de un grupo sobre otro. Estudiar la guerra mexicano-estadounidense también puede enseñarnos sobre los roles cambiantes de la raza en nuestro país. Específicamente, cómo algunos grupos étnicos que gozan de una amplia aceptación hoy en día fueron vilipendiados, como, por ejemplo, los irlandeses.

Index of /Efemerides/9Uno de los eventos simbólicamente más poderosos de la guerra está mayormente olvidado en los Estados Unidos hoy en día. Pero los mexicanos ven la ejecución por Estados Unidos de un regimiento predominantemente irlandés —el Batallón de San Patricio—  por traición, como un evento clave en la guerra.

 

En la década de 1840, los irlandeses, huyendo de la hambruna, llegaron indigentes, hambrientos y, como muestran las caricaturas políticas de la época, en masa a los Estados Unidos. Relegados a trabajos de la clase más baja de la sociedad,  y viviendo hacinados en guetos étnicos, los irlandeses fueron retratados como inmigrantes indeseables con una inteligencia inferior a la media, que eran propensos a la delincuencia.

Sin embargo, cuando se hizo el llamado para que 50,000 soldados adicionales invadieran México, los inmigrantes — muchos de ellos irlandeses — respondieron a la llamada con la esperanza de lograr la aceptación en los Estados Unidos. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que muchos irlandeses se dieran cuenta de que estaban librando una guerra injusta iniciada con falsos pretextos. Como católicos, también simpatizaban con los mexicanos que estaban horrorizados por la profanación de iglesias por el ejército invasor estadounidense. Cambiando de lealtad, un batallón de irlandeses desertó y luchó en el lado mexicano. Si bien la mayoría fueron capturados y colgados por traición, hoy en Día en México se pueden encontrar monumentos a los irlandeses, considerados héroes de la guerra. No todos los escolares mexicanos sabrán sobre El Álamo, pero conocen de la existencia del Batallón de San Patricio, compuesto por un grupo de inmigrantes no deseados que e levantó contra una falsedad. En otras palabras, las preguntas que hacemos sobre el pasado importan.

pierde mexico

Al final de la guerra, los Estados Unidos ganaron los futuros estados de California, Texas, Nevada, Nuevo México, Arizona, Utah y partes de Oklahoma, Colorado, Wyoming y Montana de México. Para llevar a cabo la creencia de que era un derecho dado por Dios expandirse de “mar a mar”, los mexicanos se transformaron en extraños en su propia tierra. Los nuevos tribunales y leyes ayudaron a quitarle sus derechos a los mexicanos, sentando un precedente legal para convertirlos en ciudadanos de segunda clase, penalizados por hablar español o simplemente  reunirse en grupos.

Sin duda, exigir una clase de historia de México para una comprensión más completa de nuestra sociedad actual implica que tendremos maestros capacitados y dispuestos a enseñar un pasado fáctico. Hasta ahora, hemos tenido resultados mixtos en ese ámbito.

A pesar de estos desafíos, la expansión de nuestro plan de estudios enriquecerá la comprensión de las próximas generaciones de estadounidenses. La académica de Gloria Anzaldua describió la frontera entre Estados Unidos y México, producto de la guerra mexicana-estadounidense, como una herida abierta, el marcador de una historia colectiva y traumática que continúa teniendo un impacto en las vidas actuales de las comunidades y los individuos. Los problemas, ya sean los derechos de los trabajadores, la migración, la disminución de las aguas subterráneas en la frontera, el desarrollo económico o el tráfico de drogas afectan a ambos países y no pueden resolverse con decisiones unilaterales. Las historias unilaterales tampoco funcionan.

Los últimos años nos han demostrado que permanecer deliberadamente ignorantes de la historia es peligroso para la democracia. Si nos movemos para borrar pasados incómodos,  entonces permanecemos atados a las ficciones.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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Estudiantes de Carlisle en 1885

After 140 Years, Native Youth Lead Return of 10 Children’s Remains from Carlisle Indian School in PA

Democracy Now    19 de julio de 2021

The remains of nine Indigenous children were buried by the Rosebud Sioux in South Dakota after being transferred back from the former Carlisle Indian School in Pennsylvania, where the children were forcibly sent over 140 years ago. Carlisle was the first government boarding school off reservation land, and it set the standard for other schools with its motto, “Kill the Indian, Save the Man.” The schools were known for their brutal assimilation practices that forced students to change their clothing, language and culture. The Rosebud Sioux Tribe negotiated the return of the children’s remains buried at the school, and a caravan of Rosebud Sioux youth returned them to their tribe this week. Dozens of other Native American and Alaskan Native families have asked Carlisle to return their relatives’ bodies. Knowledge of the boarding schools is still being recovered as many survivors are reluctant to revisit the trauma, says Christopher Eagle Bear, a member of the Sicangu Youth Council. “These schools, they played a key part in trying to sever that connection to who we are as Lakota,” he says. “They took away our language, and they made it impossible for us to be who we really are.”

AMY GOODMAN: In 1879, the first Indigenous children, sons and daughters of Rosebud Sioux chiefs, arrived at the Carlisle Indian Industrial School they were forced to attend in Pennsylvania. This weekend, some of them returned home, after they were ripped from their families more than a century ago.

Carlisle was the first government boarding school run that was off of reservation land, and it set the standard for other schools, with its motto, “Kill the Indian, Save the Man.” The schools were known for their brutal assimilation practices, forcing students to change their clothing, language and culture. More than 10,000 children were taken to the Carlisle school before it closed in 1918.

The remains of Friend Bear Hollow Horn and eight other Native children who died 140 years ago at a Carlisle, Penn., boarding school were returned to the Rosebud Sioux Indian Reservation in South Dakota on Friday, July 16, 2021. (Dan Gleiter / PennLive)

Los restos Friend  Bear Hollow Horn y otros ocho niños nativos que murieron hace 140 años en un internado de Carlisle, Penn., fueron devueltos a la reserva india Sioux de Rosebud en Dakota del Sur.  (Dan Gleiter / PennLive)

Many of the kids died and were buried in a cemetery on site instead of being returned to their parents. In the past week, 10 of them, their remains were returned home. One was returned to the Alaskan Aleut Tribe. The other nine were returned to representatives of the Rosebud Sioux Tribe of South Dakota. Five of them were among the first students brought to Carlisle.

On Wednesday, Interior Department Secretary Debra Haaland, who is a member of the Laguna Pueblo and whose great-grandfather was sent to Carlisle, spoke at a ceremony at the Carlisle barracks. She recently announced the creation of the Federal Indian Boarding School Truth Initiative to investigate policies that forced children to assimilate. After Wednesday’s ceremony, a caravan of Rosebud Sioux youth left the barracks with the children’s remains and traveled to South Dakota. The caravan made several stops, including a prayer service stop in Sioux City, Iowa.

ROSEBUD SIOUX YOUTH: [singing] Remember me. When the sun comes up in the morning sky, there I will be, soaring with the eagles so high, feeling free.

AMY GOODMAN: Most of the nine children were reburied Saturday morning on the Rosebud Sioux Reservation in South Dakota.

For more, we’re joined by one of the Rosebud Sioux Youth Council who played a key role in all of this: Christopher Eagle Bear, a member of the Sicangu Youth Council, joining us from Sicangu Oyate Nation in South Dakota.

We welcome you to Democracy Now!, Christopher. Thanks so much for being with us. Can you take us on the journey that you have gone on — this wasn’t the first time you went to Carlisle — to bring the remains of your family and the ancestors of others at Rosebud Sioux Reservation?

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Estudiantes ejercitándose en el gimnasio de Carlisle

CHRISTOPHER EAGLE BEAR: Hi. Good morning. Thank you for having me.

Yes, so, when we first started, we were a youth council that was primarily just kids, you know? This is six years ago. A lot of us were still in high school or still in middle school. And so, when we started, we went over there. And for us, it was the first time — for a lot of us, actually, it was the first time we were getting a good understanding of what a boarding school was, because boarding schools aren’t really talked about, growing up, where I come from, you know? There’s a traumatic event — something traumatic happened that made you not want to talk about it, made you not want to recreate the pain, or whatever it was, and your parents just wanted you to be protected from all of that horrificness. And so, when we went to Carlisle, it was very — it was an eye-opener to who we are today as the Lakota people, you know? Everything that makes us who we are was kind of detached from us from these boarding schools.

And so, six years later, when we come back around, to come back again to bring back these kids, it was very, very eye-opening, in the sense of the things we had to learn so that we can move forward. And what that was was the knowledge of our spirituality, our way of life. And these schools, they played a key part in trying to sever that connection to who we are as Lakota. You know, they took away our language, and they made it impossible for us to be who we really are. And so, when the kids that did make it home, they came back with that traumatic experience, and they didn’t want to continue it forward for the next generations to come.

And so, I guess I want to say that, as we moved forward, it was very — it all started with a single question that one of the members, a part of the youth group, said, and that was just a simple “Why don’t we bring them home?” Then, that one question set off a big movement that, six years later, we were able to — not only our tribe, but all the other tribes involved — that we were able to bring a child home, brought them home. And ours was just the first of, you know, what I hope to come, big things some day, you know?

AMY GOODMAN: So, you were there on Wednesday at the ceremony at Carlisle when the remains of the children were handed over. Interior Secretary Deb Haaland spoke there, and then this weekend she appeared on PBS NewsHour, after attending that repatriation ceremony.

JUDY WOODRUFF: Secretary Haaland, you also wrote recently about the challenge of loving your own country, a country that was responsible for committing these acts. How do you explain that to others, to other Native Americans who look at this and question, “How can you love a country that has done this?”

INTERIOR SECRETARY DEB HAALAND: Well, first of all, my ancestral homelands are here, and I can’t go anywhere else. This is my home, and this is where my family is. This is where my history is. We’ve been here for tens of thousands of years, and we want to make sure that we are defending this land for future generations. I believe very strongly in democracy. And if you look at tribes across the country, so many Indian tribes had long-standing historical democracies in their communities. And I am confident that our country can live up to its promise to people, to our citizens, and I want to be a part of that.

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Los miembros de la tribu llevan los restos de nueve niños Rosebud que regresan a casa del internado de Pensilvania al que fueron llevados hace 100 años el viernes 16 de julio de 2021 en Whetstone Landing.
Erin Bormett / Argus Leader

AMY GOODMAN: That’s Interior Secretary Deb Haaland speaking to Judy Woodruff on PBS. Of course, Interior Secretary Deb Haaland is the first Native American cabinet member. This is Deb Haaland speaking last month.

INTERIOR SECRETARY DEB HAALAND: For more than a century, the Interior Department was responsible for operating the Indian boarding schools across the United States and its territories. We are therefore uniquely positioned to assist in the effort to recover the dark history of these institutions that have haunted our families for too long. It’s our responsibility. … Today, I’m announcing and sharing with you all, first, that the department will launch the Federal Indian Boarding School Initiative. At no time in history have the records or documentation of this policy been compiled or analyzed to determine the full scope of its reaches and effects. We must uncover the truth about the loss of human life and the lasting consequences of these schools.

AMY GOODMAN: That’s Interior Secretary Deb Haaland, before that, congressmember from New Mexico, first Native cabinet member in U.S. history. Christopher Eagle Bear, take us on that journey that you went — Wednesday, the repatriation ceremony at Carlisle — and where you went from there with the remains of the children.

The disinterred remains of nine Rosebud Sioux children were wrapped in buffalo robes  and placed in cedar boxes for their final trip home to South Dakota, more than 140 years after they were forced to attend the Carlisle Indian Industrial School in Pennsylvania. Here, Ione Quigley, left, Rosebud’s tribal historic preservation officer, helps removes the remains from a box for a ceremony to honor their return on Friday, July 16, 2021.  (Photo by Vi Waln for Indian Country Today)

Los restos desenterrados de nueve niños Sioux de Rosebud fueron envueltos en túnicas de búfalo y colocados en cajas de cedro para su último viaje a su hogar en Dakota del Sur, más de 140 años después de que se vieron obligados a asistir a la Escuela Industrial India Carlisle en Pennsylvania. (Foto de Vi Waln para Indian Country Today)

 

CHRISTOPHER EAGLE BEAR: On Wednesday, at the Carlisle industrial military school, which it is now, we were given the right to hold a ceremony, which was a transferring of the spirit ceremony. And when we first went there, we didn’t expect it to be what it was. You know, we were really just thinking it was just going to be a little thing. And so, it was a really big surprise to see Interior Secretary Haaland there, as well as all the other big officials that came along, too.

And so, when we went on, it was very — it was actually very beautiful. The morning was very calm. It was very cool. And whenever the ceremony started, all the emotions came with it. There was this thickness in the room. You know, when you walked in there, you just wanted to — well, essentially, it felt like you just wanted to express through emotion that words cannot put into — that you cannot put into words. And so, the ceremony itself, it took about two hours to commence, so that we can do it properly, in the way it’s supposed to be done by our spiritual leaders, how they told us it should be.

And so, we were really fortunate to know that Secretary Deb Haaland came, because it just shows that, you know, as Native American people, we still have an extension to one another, to where we still want to — if one’s up here, we all want to be up here. And as a Native American, we know that when one of us rises, we all rise. And so, it’s really a good feeling to know that someone in her position is listening to what we’re doing, you know, is paying attention to how we move forward with the Repatriation Act. And hopefully, as we move forward, there will be other ceremonies with other tribes that move forward with their bringing home their children.

AMY GOODMAN: And we will certainly follow them. And I want to thank you, Christopher Eagle Bear, for joining us, a member of the Sicangu Youth Council, speaking to us from South Dakota.

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La Revista Española de Estudios Norteamericanos  (REDEN) del Instituto Franklin, tiene abierta una convocatoria para la presentación de artículos. Estos deben enfocar temas relacionados con Estados Unidos, Canadá y México de caracter interdisciplinario.

Comparto la convocatoria para aquellos que pudieran estar interesados.


REDEN

Revista Española de Estudios Norteamericanos

Próximo número: noviembre 2021

Convocatoria de recepción de artículos: abierta hasta el 25 de junio de 2021

REDEN (Revista Española de Estudios Norteamericanos) es una publicación interdisciplinar de revisión por pares que el Instituto recupera de forma electrónica.

REDEN está dividida en dos secciones: Ciencias Sociales y Humanidad, y tiene como principal objetivos convertirse en una revista de referencia en el ámbito de los Estudios Norteamericanos en España.

Entendemos por Estudios Norteamericanos aquellos que conducen a un mejor conocimiento de los territorios y las comunidades, en todas sus manifestaciones, que componen el subcontinente norteamericano y su área de influencia, incluidos los Estados Unidos, México y Canadá, con especial atención a los Estados Unidos de América.

Los artículos incluidos en REDEN deberán tratar aspectos relativos a Norteamérica, en los ámbitos de las Ciencias Sociales y Humanidades; en áreas de conocimiento como la historia, el pensamiento, la política, la economía, la sociología, las artes, la educación, la literatura o la lingüística. Es interés del Instituto conocer, analizar e interpretar la realidad norteamericana en todas sus dimensiones, así como compararla con otras realidades, prestando una singular atención a las cuestiones de identidad y a las relaciones transatlánticas, en especial con España.

Antes de someter una propuesta para evaluación, asegúrese de que sigue las normas de publicación disponibles a continuación:

Extensión investigadores sénior: 6000 – 7000 palabras (incluyendo referencias y notas al final)
Extensión jóvenes investigadores: 2500 – 3000 palabras (incluyendo referencias y notas al final)
Idioma: inglés o español
Las referencias deben seguir el Manual de estilo MLA, 8ª Edición.
Fecha límite para la recepción de artículos: 25 de junio de 2021

 

Envío de artículos y contacto de información: Envíe su artículo a ana.serra@institutofranklin.net adjuntando el texto completo, una breve nota biográfica (100-120 palabras), nombre, afiliación y dirección de correo electrónico de contacto en un único documento (.doc, .docx, .odt).

 

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Los días 30 de abril y 1 de mayo de 2021, la Universidad de Massachussets-Amherst celebró una conferencia virtual para conmemorar los cincuenta años de la publicación de los famosos Pentagon Papers (Papeles del Pentágono). Esta colección de documentos sobre la intervención de Estados Unidos en Indochina entre 1945 y 1967, fue creada a instancias del entonces Secretario de Defensa Robert McNamara. Filtrados por un funcionario del Pentágono llamado Daniel Ellsberg al New York Times en 1971, los documentos dejaban claro cómo el gobierno estadounidense había mentido sistemáticamente sobre el desarrollo de la guerra en Vietnam tanto al público como al Congreso de Estados Unidos. Tan controversial era el contenido de estos documentos que Richard M. Nixon buscó bloquear su publicación, lo que fue evitado por una decisión histórica de la Corte Suprema en junio de 1972, reafirmando la libertad de prensa en Estados Unidos.

La conferencia celebrada por UMASS-Armherts, titulada Truth, Dissent, & the Legacy of Daniel Ellsberg,  reunió a un grupo de historiadores, periodistas, activistas y “whistleblowers”, quienes exploraron temas que han ocupado una parte importante en la vida Ellsberg: la guerra de Vietnam, las armas nucleares, la resistencia antibélica, los Papeles del Pentágono, Watergate, el “whistleblowing” y las guerras del siglo XXI.

En el panel plenario participaron Ellsberg y Edward Snowden, y fue moderado por la periodista Amy Goodman.

Todas las conferencias están disponlbles de forma gratuita en la página del Ellsberg Archive Project.

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El sistema electoral estadounidense puede resultar difícil de comprender por ser uno donde obtener la mayoría de los votos no garantiza ganar la presidencia.  Una de sus piezas claves y más difíciles de entender es el colegio electoral, pues es este  quien elige al presidente. Para aquellos interesados en  el origen de esta institución, el 2 de mayo el Book Break del Gilder Lehrman Instutite contará con la participación del Dr. Alexander Keyssar, quien comentará su libro Why do We Still Have the Electoral College? (Harvard University Press, 2020).  El Dr. Keyssar es profesor de Historia y Sociología en la John F. Kennedy School of Government en Harvard University.

Quienes estén interesados en esta actvidad pueden registrarse aquí.

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como “a Cold War watershed” (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro “inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.” (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

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Captura de Pantalla 2021-04-08 a la(s) 18.22.15La colega Valeria L. Carbone dictará un seminario virtual como parte del programa doctoral del Instituto de Relaciones internacionales de la Universidad de la Plata en Argentina. El curso, titulado Política, economía y sociedad en los Estados Unidos de América desde la segunda posguerra, comienza el 5 de mayo. Los interesados pueden ir aquí por más información.

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Comparto esta breve nota  del historiador Luis Valer del Portillo, analizando lo que él considera, los tres principales  retos a nivel de política exterior que enfrenta Joe Biden.


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Los grandes retos de la política exterior estadounidense

Luis Valer del Portillo

Diálogo Atlántico    8 de bril de 2021

Enero de 2021 supuso el inicio de una nueva etapa en el gobierno de los Estados Unidos con la toma de posesión del 46º Presidente, Joe Biden. Desde los primeros compases de su mandato ha puesto en marcha acciones y ha firmado decisiones ejecutivas que buscan reconducir la huella internacional del legado de Trump en áreas clave de la política exterior a la vez que afronta los grandes retos del futuro:

La cuestión climática

El anuncio en 2017 del abandono del Acuerdo de París supuso un serio daño a la imagen de liderazgo mundial de Estados Unidos en la lucha climática. Sin embargo, Biden dejó claro durante la campaña que volvería a incluir la firma de Estados Unidos en el Acuerdo, cosa que ordenó en una de sus primeras decisiones ejecutivas. John Kerry, quien estampó su firma en abril de 2016 sobre el Acuerdo de París, es el enviado especial contra el cambio climático. La cuestión climática es una prioridad para Estados Unidos, como uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero (suponiendo un 14,7 % del total, solo superado por China con un 27 %). Entre los principales puntos del programa de Biden-Harris estaba la descarbonización de la economía para 2035, para lo cual se han comprometido 1,7 miles de millones de dólares para poner en marcha esta transición. Sin duda, es un objetivo ambicioso pero complejo ya que requiere de medidas estrictas que llevarán a la reconversión del mercado laboral dentro del paquete de 10 millones de “empleos verdes”. Por otro lado, se pretende potenciar la inversión en tecnologías e industrias verdes bajas en carbono, infraestructuras de energías renovables, apoyado por un fuerte compromiso en innovación y desarrollo. Liderar con el ejemplo y guiar al resto de países del mundo consiguiendo que amplíen sus compromisos adquiridos al inicio del acuerdo –especialmente China– es un punto clave de la agenda climática.

El multilateralismo abandonado

El “America First” de Trump significó un paso atrás en materia de cooperación y presencia internacional. Esto se tradujo en la salida de consensos y foros globales como la UNESCO (2017), la Organización Mundial de la Salud (2020) y las trabas al funcionamiento de la Organización Mundial del Comercio. Biden, con su vocación multilateralista, pretende dar continuidad a la herencia de Obama; algo que ha resumido en la frase “America is back, diplomacy is back”. Por otro lado, los aliados tradicionales, especialmente los europeos, han visto cómo se les daba no solo el tradicional “toque de atención” por no cumplir con los gastos en defensa establecidos por la OTAN, sino que han escuchado las amenazas veladas del presidente Trump cuestionando la utilidad de la organización. Así, el compromiso con el multilateralismo y la fe en su funcionamiento por parte de Biden auguran un nuevo y esperanzador horizonte para la OTAN, Naciones Unidas y otros organismos de carácter internacional. En este plano, buscando potenciar el multilateralismo, destaca la elección de Anthony Blinken como secretario de Estado. Blinken, que es un europeísta (francófilo) e internacionalista de firmes convicciones, buscará retomar el legado de Obama en materia exterior, con quien ya fue vicesecretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional. Nombramiento clave, también, el de Jake Sullivan como consejero de Seguridad Nacional, quien ha dejado claro su convencimiento de que Estados Unidos debe reflotar la idea del liderazgo de puertas a dentro y a nivel global, defendiendo el concepto de American exceptionalism, también conocido como el excepcionalismo estadounidense.

El Pacífico y China

Biden anticipa una “competencia extrema” con China que seguirá siendo una preocupación mayor y si bien se espera que el enfoque que aplique no sea tan hard-line como el desplegado por Trump desde el inicio de la guerra comercial en 2018, la guerra arancelaria continuará. Más allá de cuestiones comerciales, hay otras de carácter estratégico y de seguridad que preocupan, como son las violaciones de derechos fundamentales de ciudadanos chinos en Xinjiang y Hong Kong, así como el expansionismo de Pekín en las aguas y atolones del Mar de la China Meridional. También la cuestión de Taiwán ocupa un lugar clave en las relaciones con China, especialmente tras las últimas decisiones ejecutivas de Trump realizando un acercamiento diplomático que no sentó nada bien en Pekín. La persona clave en las relaciones de la administración Biden con China es Kurt Campbell que será el coordinador de la Casa Blanca para el espacio del Indo-Pacífico.

En definitiva, tres son los grandes bloques que estructuran la acción exterior de los Estados Unidos dirigidos por Biden-Harris. Todo ello sin olvidar la importancia que se le ha dado a terminar con las long lasting wars (guerras de larga duración) en las que Washington está inmerso desde hace años.

 


Escrito por Luis Valer del Portillo (Zaragoza, 1993), graduado en Historia por la Universidad de Zaragoza. Ha realizado estudios de posgrado y master en Barcelona y Madrid, habiéndose especializado en geopolítica y asuntos internacionales de seguridad y políticas de defensa, con especial enfoque en Europa y su vecindad. Twitter:  @ValerPortillo/@geopol21 

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Comparto con mis lectores este interesantísimo ensayo del Dr. Martin Conway, criticando la complacencia con la que algunos historiadores han interpretado la elección de Joe Biden como el fin de Trump y del Trumpismo. Para Martin,  Trump es un síntoma de una enfermadad socio-politica y económica muy peligrosa, cuyos síntomas y causas no desaparecerán con la salida del estadounidense de la Casa Blanca. El Dr. Conway es profesor de historia europea en la Universidad de Oxford.


A Starting Point | Perspectives on History | AHA

Making Trump History

Martin Conway

H-Diplo   25 February 2021 

Historians seem to have a problem with Trump.  I do not mean by this the dominance of partisan hostility to Trump in the ranks of the historical profession, or even the way in which many historians have been offended by the way in which the president has treated history as a resource to be exploited, rather than a reality to be respected or understood.  The more substantial problem posed by Trump is that for many historians he simply should not exist.  The possibility that the conclusion of the evolution of the United States across the half-century since the 1960s could be the election – albeit against the weight of individual votes – of a man who boasts of his distaste for the goals of racial equality, wider health-care provision, and a narrowing of income differentials, seems to many historians to be somewhere between an institutional outrage and an absurd accident of history.  But the political is supplemented by the personal.  Trump’s swagger, and his disregard for bureaucratic procedure and legal constraints, stands as a refutation of deeply-held assumptions among historians about how the democratic politics of the U.S. are supposed to work. The complexity of institutional procedures, the careful reconciliation of competing interests, and above all the prestige of the presidency as the symbol of democratic legitimacy, have all been bulldozed by a man whose personal qualities – or lack of them – seem like an insult to the historical narrative.

However, as the narrow scale of the victory of Biden in 2020 amply demonstrates, these responses are not adequate.  The Trump phenomenon is here to stay, if not the man, or indeed his position of power.  His attempt to manipulate a crisis sufficient to enable him to ride out his electoral defeat provoked a circumstantial mobilisation in defence of institutions, and through that a wider assertion of the established norms of political debate.  But crises recede, and (as the outcome of the impeachment process probably pre-figured) realities return.

Whether or not Trump recovers his personal momentum to become the Republican candidate in 2024, it is already clear that the successful candidate who emerges from the Republican primaries ahead of that election will be defined, in policy terms at least, by the heritage of Trump.  Consequently, the recognition that, win or lose, Trump is not a parenthesis, has become part of the new orthodoxy that has emerged since November.[1] This presents a challenge to those whose job it is to analyse where U.S. politics might go over the coming years, but also to those who would pretend to understand the past from which he emerged.

 

Trump isn't going anywhere. It's time for Europe First | US news | The  Guardianputin

Nor is this a specifically American problem.  Trump has provided the West European political class with ample opportunity to find in the corruption and charlatanism of the Trump presidency familiar demonstrations of the crudity of American politics, contrasted against the supposed sophistication of the European model.  Their grounds for doing so are, however, distinctly insecure.  The Brexit referendum result in 2016, and the electoral victory of Boris Johnson in the UK in 2019, are just two of the most visible manifestations of the much wider vulnerability of European democratic structures to challenge from below, through the emergence of movements of economic and political protest across southern and central Europe, or from above, through – as in Hungary and Poland – the dismantling of constitutional and judicial structures.  French President Emmanuel Macron, German Chancellor Angela Merkel, and European Commission President Ursula von der Leyen may for now be the custodians of political legitimacy, but they risk becoming the ancien régime as the rumble of a new European 1848 draws closer.

How then might historians seek to understand this?  Probably they should start by throwing away the templates and narratives of the twentieth century.  Yes, of course, there was much in the actions and rhetoric that surrounded the chaotic invasion of the Capitol on 6 January 2021 that recalled the street violence of the Nazi Party; but such analogies can easily be stretched far beyond the plausible.  Occasional favourable references among right-wing politicians to the fascist past in Germany, Austria and Italy aside, there is little to suggest that the new politics has its origins in Europe’s mid-twentieth-century past.  That of course is one of the secrets of its success.  Like Trump’s approach to the U.S. Civil War, Europe’s populists wear their history lightly, seizing opportunistically on the injustices of the Treaty of Trianon in Hungary, the legacies of Communist rule in Poland, or the supposed grandeur of Benito Mussolini’s Fascist empire to invest their present-day campaigns with a little three-dimensional depth.  But this is not the main story.  Their politics is part of a new history, that of the twenty-first century.

Historians therefore need to bury their narratives of the twentieth century.  They can squabble politely over whether its endpoint lay in the demise of the socialist regimes in eastern Europe in 1989, the great implosion of the Soviet Union in the 1990s, or the new challenges so powerfully expressed by the attack on the Twin Towers on 9/11, and the subsequent surges of radicalised Islamic violence.[2] But what matters, in Europe as in America, is less the choice of dates, than the way in which these events form part of a larger process: the emergence of a new era, that we might term the History of the Present.

Understanding Economic InsecurityThere are multiple aspects to this new historical era: the financial crash of 2008-9, the emergence of an authoritarian China with massive economic power, and the sudden and disruptive transition from a print and televisual culture rooted in languages and national borders, to a global and digital world.  But, to understand the new politics of Trump and his European equivalents, three elements provide the trig points from which we can map the uncharted landscape.

The first is the demise of stable meanings of democracy, or indeed of the political.  The creation of a formal and disciplined political sphere was one of the great legacies of the modernization of Europe from the 1860s to the 1960s, giving birth to the complex organisational charts of European and American government which illustrated political-science textbooks of the later twentieth century, rather in the manner of guides to install central-heating systems.[3] But that has now gone.  The old politics continues to happen, but it does not rule.  Power has shifted from parliaments, parties, and the conventional institutions of political debate – notably the political press – to new spaces, some community-based, others digital, which lack the organisational skeleton of the old politics of the twentieth century.  They are amorphous and fast-changing currents, which can carry individuals and issues such as Black Lives Matter and QAnon to transitory prominence; but, after their demise, leave little trace behind them.  This is the new unpredictability of democratic politics, and yet it is not obviously democratic or political.  Instead, it effaces the divisions between the political and the wider worlds of communication and the entertainment media, creating a new world where footballers, tv celebrities, and rap artists communicate more directly and effectively with the public than do those who remain constrained within the label of politicians.  It is easy to bemoan these changes, and to see in them the demise of the democratic politics of old.[4] But it is also pointless to do so.  Democratic politics has burst its banks, and has become part of a much wider public sphere, in which the democratic process has been adulterated through the addition of a much wider range of emotions, grievances, but also forms of identity, and dreams of a better world, collective and individual.

Las conspiraciones de QAnon prenden en Canadá | Internacional | EL PAÍS

The second trig point is therefore the emergence of new citizens.  That term too is part of the legacies of the Age of Revolutions, redolent with the language of the American and French constitutions of the late eighteenth century.  But it has proved to have a long life.  It was challenged fundamentally by the comradeship of the Communist revolutionary project, and by the racial identities of the Nazi Volksgemeinschaft, and yet it proved sufficiently resilient to resurface in the second half of the twentieth century as the definition of the democratic citizen of modern societies.  The duties of these citizens were manifold: they were required to vote soberly and with due decorum, to pay their taxes, to obey the laws and the comprehensive regulatory structures of modern societies, and in the case of young men in many states, to serve in the conscript armies.  But that, of course, was only half of the deal.  The other half was the provision by the state of a predictable universe, through an ever wider range of social goods in the form of housing, education, and transport infrastructures, and the safety nets of welfare and health provision which mitigated the anxieties that had haunted previous generations. That model reached its high point around the 1970s, with the construction in the U.S. and Europe of larger and more complex institutions of government that anticipated the needs of citizens, and provided solutions which it would be far beyond the resources of citizens to bring about themselves.[5]

But, since the 1980s, that model has been in retreat.  Government – as we have learned painfully through the current pandemic – has lost the means to provide reliably for the health of its citizens.  Under the pressure of the newly fashionable languages of neo-liberalism and marketization, state institutions have been replaced by the new politics of the bazaar, in which rival companies and a range of semi-public and semi-private institutions compete to supplant provision by the state.  Few citizens positively willed this change, but they have adapted rapidly to its reality.  If the state provides so much less, so they are less willing to pay its taxes, obey its laws, or respect its leaders.  This is the mentality of what is often called the new populism – a term which seems inescapable in describing the politics of the present, but which simultaneously risks defining it in too narrowly political terms.[6] What is different about the politics of a Trump, Matteo Salvini, Vladimir Putin, or Viktor Orbán is not that they seek to use mendaciously the language of the common man (or woman) – the real majority – against some form of privileged elite.  Most of their supporters can see such claims as the all too transparent forms of marketing that they are.  But they make considered decisions that they would prefer to support the charlatans and adventurers against those whom they know to be more sober and qualified.

La UE se conjura para evitar el avance del populismo

Historians underestimate the seriousness of that decision-making by citizens at their peril.  Their decisions might be distracted at times by the slogans and emotions of outmoded nationalist or ethnic languages, but at heart most twenty-first-century citizens know what they want, and indeed what they do not want.  If there is one conclusion that emerges loud and clear from the great weight of studies that have been undertaken on the electorate of the Rassemblement national in France since the 1980s, and the studies of subsequent surges in populist political movements up to Trump and Brexit,[7] it is that the electors who voted for them knew what they were doing, and why they were doing it.  Three themes dominate: security, control, and the primacy of the personal.  These citizens want protection from crime, immigration, and its perceived socio-economic consequences, and from the alien threats – racial, environmental, and cultural – which stalk a much less predictable world.  They consequently also want control: control of their local neighbourhood and their national society, but also the control to decide what they want for themselves, rather than what others might deem to be good for them.  These are not proud Know Nothings, but they are deeply impatient of Know Alls.  They therefore also want the right to make their own decisions – call it freedom, if you want – be that in terms of their identity, sexuality, or values, or, more prosaically, in how they live their daily lives.  Political commentators often focus on the authoritarian and intolerant aspects of the new politics, as reflected in protest campaigns against the rights of gender or of race, but at the core of the new politics is often a surprising willingness to accept diversity, as long as it does not prejudice the wider unity of society.

Economic insecurity or immiseration? | occasional links & commentaryThis, then, is the third trig point of the new politics.  The agenda of politics has disappeared, and has done so in ways which exclude any simple return to the political frontiers of left and right of the twentieth century. Many of the old issues have not gone away: in a time of economic insecurity, present and future, the mobilising power of class will remain evident.  But its force manifests itself not through the representative institutional hierarchies of old, but through the new protest campaigns of factory gates and direct action, as well as the denunciation of the oligarchical wealthy through the tools of social media.  Class, moreover, is no longer the reliable determinant of political identity that it once was.  As the chaotic exuberance of the movement of the gilets jaunes in France in 2018-19 demonstrated, it co-exists with the other bearers of identity, be they ethnic, gendered, or community-based: the intoxicating solidarity of the imagined “we” against “them.”

The new politics therefore lacks what would have been regarded until recently as a coherent agenda.  The short attention span encouraged by a digital universe is replicated in politics through the shifting shapes of a rapidly moving succession of primarily visual images.  This, of course, is what Trump understood quicker than most.  Coherence and policy-making matter much less than the empty gesture or the transient announcement: declaring you are going to build a wall does not require you to build one.  Indeed, one suspects that very few of his supporters thought that he would build the wall, just as one might question how far those who voted leave in the Brexit referendum campaign actually intended to bring about the departure of the UK from the EU.  Political action too is more about the participants than the end result: the gilets jaunes occupying roundabouts on the edges of French provincial towns is rather different from the storming of the Bastille.  But to regard such actions as naïve or ineffectual is to misunderstand their purpose.  They are the means of expressing an identity or grievance, rather than the conventional pursuit of a goal, still less a wish to take power.  The era when political and ideological affiliations were for life has largely evaporated.  Instead, increasingly large numbers of citizens lend their votes and support to a series of diverse causes – often through a momentary liking of a tweet, or a signature on a digital petition – which respond to their emotions, group identity, or aspirations.[8]

There is much that is disconcerting in the new politics, but it would be wrong to dismiss it as the rise of a new barbarism.  The devil has not once again acquired all of the best tunes, and the new political world is one which can generate a wide range of outcomes.  Nor will it be necessarily as radical as it currently seems.  With time the disruptive impact of figures such as Trump may be channelled within new norms, enabling a continuity of institutional structures to reassert itself, within or without the Republican Party.  But, for now, it suffices to recognise that the mentality of incremental reformist change which was embedded in the machinery of West European and American politics in the later twentieth century has in large part disappeared.  The future could be many things, but it seems highly unlikely that it will be social democratic.[9] This requires historians to change their focus.  Institutional structures, ideological traditions, and indeed democratic norms, have been replaced by a less disciplined and more open politics, in which the aspiration to save the planet and end racism can co-exist alongside the wish to re-assert the nation-state and to control immigration. The multiple incoherences between and within such attitudes matter less than the pervasive sense of a daily referendum in which new practices of direct democracy co-exist with a visual theatre of rhetoric and gesture.  With greater skill than his many detractors would readily admit, Trump provided a first sketch of the character of the new politics.  But he too will quite rapidly come to seem out of date.  The unpredictable history of the present has only just begun.

Martin Conway is Professor of Contemporary European History at the University of Oxford and a Fellow of Balliol College, Oxford.  His books include The Sorrows of Belgium: Liberation and Political Reconstruction, 1944–1947 (Oxford University Press, 2012) and Western Europe’s Democratic Age, 1945-1968 (Princeton University Press, 2020).

Notes


[1] Samuel Moyn, ‘Biden Says “America is Back.” But Will his Team of Insiders Repeat their Old Mistakes?,” The Guardian, 1 December 2020.

[2] See, notably, Eric J. Hobsbawm, Age of Extremes: The Short Twentieth Century 1914-1991 (London: Michael Joseph, 1994); Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (London: Hamish Hamilton, 1992).

[3] I have written about a characteristic example of these texts, Herman Finer’s The Major Governments of Modern Europe (London: Methuen, 1960), in Martin Conway, “Democracy in Western Europe after 1945,” in J. Kurunmäki, J. Nevers and H. te Velde, eds., Democracy in Modern Europe: A Conceptual History (New York: Berghahn Books, 2018), 231-256.

[4] See, for example, A.C. Grayling Democracy and its Critics (London, 2017).

[5] I have written about this in Conway, Western Europe’s Democratic Age, 1945-1968 (Princeton: Princeton University Press, 2020), 199-254.

[6] Jan-Werner Müller, What is Populism? (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2016).

[7] Pascal Perrineau, Le symptôme Le Pen: radiographie des électeurs du Front National (Paris: Fayard, 1997); Harold D. Clarke, Matthew Goodwin, and Paul Whiteley, Brexit: Why Britain Voted to Leave the European Union (Cambridge: Cambridge University Press, 2017); Roger Eatwell and Matthew Goodwin, “The Grip of Populism,” The Sunday Times, 7 October 2018.

[8] The concept of voters lending their support to a political party was articulated explicitly by Boris Johnson on the night of the result of the 2019 election, to describe the votes gained by the Conservative Party in areas of the North of England that had formerly voted for the Labour Party: “You may only have lent us your vote, you may not think of yourself as a natural Tory and you may intend to return to Labour next time round.” The Guardian, 13 December 2019.

[9] Tony Judt, Ill fares the Land: A Treatise on our Present Discontents (London: Allen Lane, 2010).

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