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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

Comparto con mis lectores este interesante artículo de la colega Valeria L. Carbone (Cátedra Estados Unidos, UBA) sobre el resurgimiento de la Doctrina Monroe.  La Dra. Carbone es una de las editoras de la Revista Huellas de Estados Unidos.

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La Doctrina Monroe y América Latina

En 1823, el presidente de Estados Unidos James Monroe, dio su sexto discurso del Estado de la Unión ante el Congreso. En el mismo hizo referencia a un conflicto fronterizo con Rusia por las tierras ubicadas en la costa noroccidental del continente (hoy Alaska y el estado de Oregón) y al hecho de que hacia 1823 la mayor parte de las colonias españolas en América habían declarado su independencia. Incluso destacó que algunas habían recibido ya el reconocimiento de Estados Unidos, sin mencionar que ello había sucedido después de un considerable debate en el que prevaleció el interés en promover el comercio y desplazar la influencia europea (Hunt 1987, 101).

Por aquellos años, Europa estaba bajo el dominio de las fuerzas de la Restauración. Las potencias del continente agrupadas en la Santa Alianza (Rusia, Austria, Francia y Prusia) habían intervenido para sofocar la revolución en Nápoles (1821) y España (1823). Y en 1823, conversaciones entre el secretario del exterior británico, George Canning, y el ministro estadounidense residente en Londres, Richard Rush, parecían insinuar la posibilidad de una acción represiva semejante en Latinoamérica.

Estableciendo marcadas diferencias entre las formas de gobierno del viejo y el nuevo mundo — y en consecuencia en los métodos de dominación –, Monroe afirmó que cualquier intervención de los europeos en el continente americano buscando una “colonización futura” sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de Estados Unidos. Esto dio pie a la justificación ideológica que avalaría su expansión en el hemisferio:

“Debemos considerar todo intento que estas (las potencias europeas) emprendan para extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad (…) respecto de los gobiernos que han declarado y mantenido su independencia… no podríamos ver la intervención de alguna potencia europea que tendiera a oprimirlos o controlarlos de cualquier otra manera su destino, sino como la manifestación de una disposición poco amistosa hacia los Estados Unidos (…) Es asimismo imposible para nosotros ver con indiferencia toda forma de intromisión” (James Monroe, 1823)

Los efectos del discurso no fueron inmediatos y generaron cierto repudio por parte de los poderes de la época. Según el historiador Daniel Boorstin, el mensaje de Monroe no fue aceptado como una gran declaración de principios ni como una doctrina, “y aun cuando fue discutida durante 1824–1826, pronto dejó de tener interés por espacio de 20 años” (Boorstin 1996, 124). Esto, hasta que el presidente James K. Polk lo rescató en 1845 para apoyar la posición norteamericana en contra de la política británica respecto de Texas y Oregón, de los supuestos planes británicos sobre California (entonces provincia de México) y de la presencia británica en Centroamérica.

El presidente Ulysses S. Grant (1869–1877) amplió el sentido de la doctrina cuando “prohibió” la transferencia de territorio europeo en América de una potencia a otra (en relación a la ocupación francesa de territorio mexicano)[1], mientras que el presidente Rutherford B. Hayes (1877–1881) lo extendió aún más al sostener que todo canal interoceánico (en referencia al Canal de Panamá) debería estar bajo control americano. Y todo ello, motivado por los intereses expansionistas de Estados Unidos, oculto detrás de las creencias tradicionales sobre su excepcionalismo, su destino manifiesto, su grandeza nacional, su superioridad racial y el desorden político latinoamericano.

Venezuela y el Corolario Roosevelt

En 1902, Gran Bretaña, Alemania e Italia establecieron un bloqueo naval sobre Venezuela buscando ejercer el cobro compulsivo de su deuda externa. El gobierno de Theodore Roosevelt (1901–1909) nada había objetado originalmente a la acción de las potencias europeas porque entendía que los gobiernos tenían derecho a usar la fuerza para cobrar deudas contraídas por gobiernos latinoamericanos. Sin embargo, y dado que Alemania estaba considerando una acción similar contra República Dominicana, a Roosevelt le preocupó el hecho de que el “cobro compulsivo” fuese utilizado como pretexto para la intervención militar europea en el continente. Así, en el discurso del Estado de la Unión de finales de 1904, Roosevelt anunció que

Toda nación cuyo pueblo se conduzca bien puede contar con nuestra cordial amistad. Si una nación muestra que sabe cómo actuar con eficiencia y decencia razonables en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no necesita temer la interferencia de Estados Unidos. Un mal crónico, o una impotencia que resulta en el deterioro general de los lazos de una sociedad civilizada puede, en América como en otras partes, requerir finalmente la intervención de alguna nación civilizaday en el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la Doctrina Monroepuede forzar a Estados Unidos, aunque sea renuentemente, al ejercicio del poder de policía internacionalen casos flagrantes de tal mal crónico o impotencia. (State 1905, xli-xlii).

Roosevelt procedió a enviar a la Marina de Estados Unidos, y ayudó a negociar y liquidar las deudas de Venezuela mediante el uso del 30% de los aranceles aduaneros hasta que se pagaron en su totalidad.

Esta acción modificó el sentido de los principios de la Doctrina Monroe de 1823, volviéndolo abiertamente coercitivo e intervencionista. Dejó claro que Estados Unidos tenía derecho a interferir en cualquier país del hemisferio para mantener el “buen orden”, lo que llevó directa e inevitablemente a la explotación latinoamericana por parte de empresas privadas estadounidenses, que contarían con ayuda de los marines si sus acuerdos comerciales se veían amenazados (Giraldi 2019). Esto dio pie a que Estados Unidos interviniera en forma unilateral en más de 30 ocasiones en el Caribe y Centroamérica entre 1898 y 1934, entre ellas en países como Panamá (1903), Santo Domingo (1904), Cuba (1906), República Dominicana (1906), Nicaragua (1911), México (1914) y Haití (1915).

Pero esto tuvo su costo. Ante las críticas y presiones panamericanas, la Casa Blanca se vio obligada a suscribir un protocolo impulsado entre otros países por Argentina (ratificado en 1936) que formalmente prohibió la intervención de todo estado en los asuntos exteriores o domésticos de otro, y reforzó el derecho de los países latinoamericanos a la auto-defensa.

En 1960 la doctrina Monroe recobró impulso. En medio del quiebre de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, el premier soviético Nikita Khrushchev anunció en una conferencia de prensa: “consideramos que la Doctrina Monroe ha sobrevivido a su tiempo, se ha sobrevivido a sí misma, ha muerto de muerte natural, por así decirlo. Ahora, los restos de esa doctrina deberían ser bien enterrados, para que no envenene el aire con su descomposición” (Smith 2015).

Un año después, y luego de la fallida invasión de Bahía de Cochinos (1961) que tuvo como objetivo derrocar al gobierno de Fidel Castro, John F. Kennedy no sólo no negó la participación del gobierno estadounidense, sino que advirtió a los gobiernos latinoamericanos que, en el futuro, de ser necesario, no dudaría en volver a actuar unilateralmente para salvaguardar la seguridad hemisférica y contener al comunismo[2]. Al año siguiente, el gobierno estadounidense descubrió, gracias a actividades de espionaje, que la Unión Soviética había instalado misiles balísticos en Cuba. Lo que siguió fue el momento más álgido que la Guerra Fría conoció, en el que más cerca se estuvo de una guerra nuclear: la crisis de los misiles. En agosto de 1962, Kennedy dijo en conferencia de prensa:

“La Doctrina Monroe significa lo que ha significado desde que el Presidente Monroe y John Quincy Adams la enunciaron: que nos opondríamos a que una potencia extranjera extienda su poder al hemisferio occidental, y es por eso que nos oponemos a lo que está sucediendo en Cuba hoy. Es por ello que hemos cortado nuestras relaciones comerciales. Por ello por lo que trabajamos en la Organización de Estados Americanos y en otras maneras para aislar la amenaza comunista en Cuba” (New World Encyclopedia 2018).

Luego de este episodio, y ante la imposibilidad de derrocar al gobierno cubano, se sucedieron otras intervenciones en América Latina persiguiendo intereses y propósitos asociados con la Doctrina Monroe que adoptaron la forma de la política de “no a una segunda Cuba”. Bajo esta premisa se basó, por ejemplo, la invasión de República Dominicana en 1965 y el derrocamiento de Salvador Allende en Chile en 1973, mientras se empoderaba a las Fuerzas Armadas latinoamericanas para tomar las riendas de la política y se implementaban programas de contra-insurgencia en toda la región.

En 1981, Ronald Reagan evocó los principios, si no el nombre, de la Doctrina Monroe cuando afirmó: “En este lado del Atlántico debemos unirnos por la integridad de nuestro hemisferio, por la inviolabilidad de sus naciones… y por el derecho de todos nuestros ciudadanos a estar libres de las provocaciones que vienen del exterior de nuestra esfera (de influencia) con fines malévolos” (Reagan 1982, 234). Así, en el marco del recrudecimiento del conflicto con la URSS en lo que se conoció como la segunda guerra fría, Estados Unidos no sólo ordenó intervenciones en Asia y África (Afganistán y Angola), sino en América Latina: Granada, Nicaragua (affaire Irán-Contras) y El Salvador.

Venezuela y el Corolario Trump

Como hemos visto, la Doctrina Monroe ha sido invocada con frecuencia por el gobierno estadounidense y avalada por políticos y propagandistas a lo largo de todo el siglo XX. Dada la larga historia de hegemonía e intervención a la que la doctrina dio lugar, en el siglo XXI fue nuevamente exhortada para sugerir lo que pretendió ser un supuesto cambio de paradigma en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

En 2013, el gobierno de Barack Obama anunció “el fin de la Doctrina Monroe”.En un discurso ante la OEA, el entonces secretario de Estado John Kerry afirmó que la relación entre Estados Unidos y América Latina debía ser la de socios equivalentes, y que la relación que su gobierno buscaba establecer era una que no esté basada en doctrinas sino en intereses y valores comunes.

Este discurso encontró su contracara en 2015, cuando se produjo el intento de golpe de estado en Venezuela en el que ya es difícil desconocer el rol jugado por el gobierno estadounidense. “Operación Jericó” (también conocida como “el golpe azul”) contó con la supervisión del Consejo de Seguridad Nacional (NSC). Si bien Washington se esforzó por no parecer implicado en los acontecimientos, un informe clasificado del Comando Sur (SouthCom) de Estados Unidos y firmado por su jefe, el Almirante Kurt Tidd, reveló que se proponía “a través de medios violentos, crear condiciones que conduzcan a un cambio eventual de gobierno, reemplazando al ejecutivo de (Nicolás) Maduro por un gobierno interino compuesto por una coalición de partidos de oposición y líderes sindicales, así como las ONG obligatorias”. Esas organizaciones supuestamente no gubernamentales eran la National Endowment for Democracy (NED), el International Republican Institute (IRI), el National Democratic Institute (NDI), la Freedom House y el International Center for Non-Profit Law. La operación estuvo bajo la supervisión del general Thomas W. Geary desde la sede del SouthCom en Miami, y de Rebecca Chávez desde el Pentágono. Como subcontratista de la parte militar aparecieron el ejército privado Academi (ex Blackwater); una firma administrada por el almirante Bobby R. Inman (ex jefe de la NSA) y John Ashcroft (ex secretario de Justicia de la administración Bush) (Meyssan 2015).

Semanas después, la Casa Blanca declaró a Venezuela como “una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos”. Esto venía a complementar la firma de una ley de 2014 en la que se imponían sanciones contra Venezuela y contra varios de sus dirigentes, considerados una “amenaza a la salud del sistema financiero estadounidense”.

Este discurso menos injerencista desde lo público, pero abiertamente interventor desde lo privado llegó a su fin con la asunción de Donald Trump, quien pronto nos recordó que la Doctrina Monroe es la que define aun los parámetros de las relaciones de poder en el continente. En un discurso dado ante la Asamblea General de la ONU en New York en septiembre de 2018, y con la crisis política en Venezuela de fondo, Trump afirmó:

“Aquí en el hemisferio occidental, estamos comprometidos a mantener nuestra independencia de la intrusión de potencias extranjeras expansionistas (…) Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente (James) Monroe que rechacemos la interferencia de naciones extranjeras en este hemisferio y en nuestros propios asuntos” (NODAL 2018).

En este caso, no se trata solo de la posible injerencia en la región de potencias extranjeras como Rusia y China. Se trata, sin rodeos, de una cuestión ideológica. Estados Unidos considera amenazas a los intereses norteamericanos no sólo a “potencias extra-continentales”, sino a “ideologías foráneas” como las que pregonarían gobiernos como los de Venezuela y Cuba.

Así, a las declaraciones de Trump siguieron las del por entonces secretario de Estado Rex Tillerson quien, al partir en una gira por América Latina, afirmó que la Doctrina Monroe, “es tan relevante hoy como el día en que fue escrita”. En aquel momento, Tillerson lanzó específicamente una fuerte advertencia sobre el creciente peso de China en la región: “América Latina no necesita un nuevo poder imperial que sólo busque beneficiar a su propia gente”. Desconociendo en apariencia la ironía de la frase pronunciada, y volviendo a la histórica retórica de la existencia de un imperialismo bueno y un imperialismo malo, Tillerson agregó que China “ofrece la apariencia de un camino atractivo para el desarrollo, pero esto en realidad implica a menudo el intercambio de ganancias a corto plazo por la dependencia a largo plazo”. Finalmente, aseguró que “el enfoque de Estados Unidos se basa en objetivos mutuamente beneficiosos, para ayudar a ambas partes a crecer, desarrollarse y ser más prósperas” y que en lograr ello, la Doctrina Monroe ha sido un verdadero éxito (Ahrens 2018).

En este sentido, y como ha destacado el historiador Richard Barnet, justificar las acciones interventoras del gobierno norteamericano en países o regiones con los que mantiene desiguales relaciones de poder no sólo en términos de “mutuo beneficio” sino de “beneficio para la parte más débil” es parte de la retórica de política exterior de crear la ilusión de una identidad de intereses. Históricamente, Estados Unidos ha entendido que los países pobres tienen una “responsabilidad” de desarrollar un “clima” que atraiga la inversión privada, y que el gobierno estadounidense tiene la “responsabilidad” de “persuadirlos” a que cumplan con esta “responsabilidad”. En este sentido, la posibilidad de una intervención militar de mano dura juega un rol tan central como el empleo de la ayuda para originar reformas políticas y sociales “estabilizadoras” (Barnet 1974, 240–241).

Algunos meses antes de las declaraciones de Tillerson, el consejero de seguridad nacional John Bolton, ya había advertido que la presencia china en América Latina había aumentado preocupantemente en las últimas décadas. A ello sumó su preocupación de que Rusia pudiese intentar afianzar su influencia en países como Cuba, Nicaragua, Venezuela (la “Troika del Terror”) y Honduras. Según Bolton, era justamente la injerencia rusa en Latinoamérica lo que inspiró luego a Trump “a reafirmar la Doctrina Monroe” (Bolton 2018).

Paso seguido, en un discurso dado en Florida ante veteranos de la invasión de Bahía de Cochinos, Bolton retomó esta línea. Nuevamente refiriendo a la situación en Venezuela afirmó: “Esta increíble región [América Latina] debe permanecer libre del despotismo interno y la dominación externa … Los destinos de nuestras naciones no serán dictados por potencias extranjeras; serán moldeados por las personas que llaman hogar a este hemisferio. Hoy, proclamamos con orgullo para que todos lo oigan: la Doctrina Monroe está viva y bien” (Bolton, Ambassador Bolton remarks to the Bay of Pigs Veterans Association — Brigade 2506 2019).

El 3 de mayo de 2019, Bolton fue más allá y anunció vía Twitter que “Estados Unidos no tolerará la interferencia militar extranjera en el hemisferio occidental. El presidente Trump dejó en claro que habrá costos para quienes fomenten la usurpación y represión ejercida por Maduro”. Dos días después, el mismo funcionario aseveró sin tapujos que la administración Trump concentraría sus esfuerzos en reemplazar a Maduro, y que su gobierno no tenía miedo en usar la frase “Doctrina Monroe” (Red+ 2019).

A la luz de tales declaraciones, Christopher Sabatini, profesor de asuntos internacionales en la Universidad de Columbia, declaró que “la doctrina Monroe tiene mucha historia que no es bien vista por parte de muchos latinos. Volver a ella, a pesar de que tal vez no están hablando sobre la intervención de Estados Unidos, genera toda una reacción en la memoria de intervenciones militares y económicas” (Lissardy 2019). Considerando que Estados Unidos, con la venia de sus aliados regionales, vienen amenazando con la posibilidad de una intervención armada en Venezuela hace ya por lo menos dos años, este análisis resulta, cuanto menos, bastante corto de miras.

Pero Sabatini no es el único. Luis Fleischman, asesor y especialista del Proyecto de Seguridad Hemisférica por el Centro de Política de Seguridad en Washington, DC., afirmó en una columna publicada en el periódico INFOBAE

La permanencia del régimen de Maduro es un desafío geopolítico para los Estados Unidos (…) Las sanciones deben incrementarse cada vez más. Pero eso puede no ser suficiente. Rusia, China e (introduciendo un nuevo actor) Irán deben salir del hemisferio occidental. Su presencia debilita aún más y pone en peligro la región. Lo que es peor es que la acción de estos tres poderes puede llevar a Estados Unidos a algo que hasta ahora se ha evitado: una intervención militar (Fleischman 2019).

Sosteniendo nuevamente la idea de que hay una dominación benigna (la de Estados Unidos) y otras malignas (las de Rusia, China e Irán), Fleischman entiende que Estados Unidos tiene un poder innato e indiscutible en la región, y que si interviene en Venezuela es a causa de la presencia de esos poderes malignos que pretenden inmiscuirse en esa región que no es otra cosa que coto privado estadounidense. Así, concluye que “la Doctrina Monroe, que a principios del siglo XIX declaró a América Latina como una esfera de influencia estadounidense, no es un reflejo de la ambición imperialista de Estados Unidos. Ahora es un imperativo de seguridad nacional y regional”(Fleischman 2019).

Sin embargo, y contradiciendo estos análisis, Estados Unidos refiere constantemente a la posibilidad de una intervención en Venezuela. Afirmando reiteradas veces que “todas las opciones están sobre la mesa”, el gobierno estadounidense ha referido abiertamente a la posibilidad de una intervención militar directa, luego de que otras estrategias de injerencia indirecta, como fomentar el aislacionismo económico y diplomático, la implementación de sanciones al sector petrolero de ese país, o la formación de una coalición regional en procura de introducir ayuda humanitaria como el Grupo Lima, no condujeron al resultado esperado: un cambio de gobierno.

En este sentido, este “corolario Trump a la Doctrina Monroe” implica una nueva fase en el proceso de expansión y hegemonía regional estadounidense. El mismo considera la necesidad de mantener no sólo la presencia de otras potencias extranjeras fuera del continente (cual sea la forma que esa presencia adopte), sino a esas “ideologías foráneas” (por decantación anti-democráticas) que estas potencias portan. Ejerciendo su ya proclamado poder de policía internacional y su hegemonía regional para intervenir en las cuestiones domésticas de los países del continente en los que los “intereses norteamericanos” (una noción cada vez más amplia y vaga) se vean amenazados, Estados Unidos proclama prerrogativas de intervención para corregir el curso de los países de la región. Y anuncia que esa intervención será directa y abierta, y considerará el enfoque de la respuesta flexible (presiones y sanciones diplomáticas, políticas, económicas). Y si eso no alcanza, se apelará a la invasión militar para resguardar lo que entienden como intereses estratégicos y económicos bajo el manto de la seguridad nacional (“America First”).

En un momento en el que los protagonistas históricos de la conformación y relectura de la Doctrina Monroe se hacen presentes (Rusia, Venezuela y Estados Unidos), la Administración Trump le da nueva vida a una doctrina que, en el fondo, nunca dejó de prestar lineamientos a la política exterior estadounidense hacia América Latina. Considerando que la misma evidencia la noción del rol del gobierno norteamericano como juez y parte de lo que constituye un gobierno aceptable en el continente americano, es importante recuperar las poco recordadas palabras de Robert Lansing, secretario de Estado de Woodrow Wilson:

En su defensa de la Doctrina Monroe, Estados Unidos considera sus propios intereses. La integridad de otras naciones americanas es un incidente, no un fin. Si bien esto puede parecer basado solo en el egoísmo, el autor de la Doctrina no tuvo un motivo más elevado ni más generoso en su declaración. Afirmar para ello un propósito más noble es proclamar una nueva y diferente doctrina. (Lansing 1914)

Notes

[1] El emperador francés Napoleón III había establecido un gobierno colonial en México en 1862. Bajo el pretexto de cobrar las deudas del gobierno mexicano, Francia, Gran Bretaña y España ordenaron el desembarco de batallones militares en México. Sin embargo, ante las pretensiones francesas de establecer una monarquía en América, Gran Bretaña y España abandonaron la empresa. Grant, escudado en los principios de la doctrina Monroe, reforzó la frontera mexicano-estadounidense, y se aprestó a apoyar a las fuerzas de Benito Juárez para expulsar a los franceses (Hardy 2008).

[2] “Any unilateral American intervention, in the absence of an external attack upon ourselves or anally, would have been contrary to our tradition and to our international obligations. But let the record show that our restraint is not inexhaustible. Should it ever appear that the Inter-American doctrine of nonintervention merely conceals or excuses a policy of non-action — if the nations of the hemisphere should fail to meet their commitments against outside communist penetration — then I want it clearly understood that this government will not hesitate in meeting its primary obligations which are to the security of our nation” (John F. Kennedy, en Robbins 1983, 304)

Referencias

Aguirre, Robert W. The Panama Canal. Leiden-Boston: Martinus Nijhoff Publishers, 2010.

Ahrens, Jan Martínez. “Tillerson alerta de la expansión de China y Rusia en América Latina.” El País, Febrero 2, 2018.

Barnet, Richard J. Guerra perpetua. México: Fondo de Cultura Económica Breviarios, 1974.

Bolton, John. “Ambassador Bolton remarks to the Bay of Pigs Veterans Association — Brigade 2506.” US Embassy in Cuba. april 17, 2019. https://cu.usembassy.gov/ambassador-bolton-bay-of-pigs-veterans-association-brigade-2506/ (accessed May 11, 2019).

Bolton, John. “Pay attention to Latin America and Africa before controversies erupt.” The Hill. Enero 2, 2018.

Boorstin, Daniel J. Compendio histórico de los Estados Unidos. México: Fonde de Cultura Económica , 1996.

Fleischman, Luis. “La aplicación de la Doctrina Monroe es una necesidad de seguridad nacional y regional.” INFOBAE. Buenos Aires, abril 8, 2019.

Giraldi, Philip. “What Monroe Doctrine?” Global Research: Centre for Research on Globalization. abril 4, 2019. https://www.globalresearch.ca/what-monroe-doctrine/5673589 (accessed mayo 9, 2019).

Hardy, William E. “South of the Border: Ulysses S. Grant and the French Intervention.” Civil War History (The Kent State University Press) 54, no. 1 (2008): 63–86.

Hunt, Michael H. Ideology and US Foreign Policy . New York & Londres: Yale University Press, 1987.

Lansing, Robert. “PAPERS RELATING TO THE FOREIGN RELATIONS OF THE UNITED STATES, THE LANSING PAPERS, 1914–1920, VOLUME II.” Office of the Historian. Junio 11, 1914. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1914-20v02/d281(accessed Mayo 6, 2019).

Lissardy, Gerardo. “Cómo Trump pasó del desinterés por América Latina a una “política de castigos y amenazas”.” BBC Mundo. abril 15, 2019.

Meyssan, Thierry. “Falla el putsch de Obama en Venezuela.” Voltairenet.org.febrero 23, 2015.

New World Encyclopedia. “Monroe Doctrine.” New World Encyclopedia.octubre 18, 2018. http://www.newworldencyclopedia.org/entry/Monroe_Doctrine (accessed mayo 10, 2019).

NODAL. “ALBA denuncia amenaza a la paz y la estabilidad de América Latina por la doctrina Monroe de EEUU.” NODAL: Noticias de América Latina y el Caribe. Octubre 5, 2018. https://www.nodal.am/2018/10/alba-denuncia-amenaza-a-la-paz-y-estabilidad-de-america-latina-por-doctrina-monroe-de-estados-unidos/ (accessed Mayo 10, 2019).

Reagan, Ronald. Public Papers of the President of the United States. Washington DC, 1982.

Red+. ¿Qué es la ‘Doctrina Monroe’ con la que EE.UU. amenaza a Venezuela?Marzo 4, 2019. http://www.redmas.com.co/internacional/que-es-la-doctrina-monroe-con-la-que-ee-uu-amenza-a-venezuela/ (accessed mayo 7, 2019).

Robbins, Carla Anne. The CubanThreat. McGraw Hill Book Company, 1983.

Smith, Gaddis. The Last Years of the Monroe Doctrine: 1945–1993. Farrar, Straus and Giroux, 2015.

State, US Department of. Papers relating to the Foreign relations of the United States, with the Annual Message of the President transmitted to Congress, 6 december 1904. Washington DC.: GPO, 1905.

Ward, Alex. “John Bolton just gave an “Axis of Evil” speech about Latin America.” Vox. noviembre 1, 2018

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Comparto con mis lectores otro artículo del Reverendo Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez, miembro de la Mesa de Diálogo Martin Luther King, Jr. Según su página web, la mesa fue creada en Puerto Rico para “promover el legado de Martin Luther King, Jr., la resistencia y la acción activa no violenta y las teorías liberacionistas en la sociedad puertorriqueña como método para la abolición de todo tipo y forma de explotación, discrimen, exclusión, desigualdad y opresión y para promover la colaboración y la solidaridad.”

En esta ocasión el Reverendo Gutierrez Arroyo rescata las múltiples facetas del Martin Luther King  “invisibilizado”.

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Martin Luther King Jr. waves to supporters on the Mall in Washington, D.C., Aug. 28, 1963. AFP/GETTY IMAGES

Recobrando el King invisibilizado

Reverendo Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez

Claridad  19 de abril de 2019

Las estructuras de poder nos han vendido por los pasados 50 años la figura de Martin Luther King, Jr. como la de un predicador, no de un profeta, cuyo único interés era la armonía racial. Es por esa razón que han convertido su sermón “Yo tengo un Sueño” como su discurso definitorio. Al descarnar y descontextualizar esta alocución las estructuras de poder han manipulado y suavizado la voz del profeta. Un sermón que debe entenderse desde su prédica del 1962 que se fundamenta en los tres males de la sociedad estadounidense: la pobreza, el racismo y el militarismo.

Por más de 50 años han intentado escondernos al verdadero King. Me gustaría presentarles al King que nos han negado en las celebraciones y en las investigaciones. El King que el sistema no desea que conozcamos, que es una amenaza para el sistema. Al King verdaderamente revolucionario.

En una carta que King envía a Coretta el 18 de julio de 1952 reflexiona sobre su lectura del libro “Looking Backward” de Bellamy donde afirma lo siguiente “Doy la bienvenida al libro porque gran parte de él está en línea con mis ideas básicas. Me imagino que ya sabes que soy mucho más socialista en mi teoría económica que capitalista. Y, sin embargo, no estoy tan opuesto al capitalismo al cual no he podido ver su mérito relativo. Se inició con un noble y elevado motivo, a saber, para bloquear los monopolios comerciales de los nobles, pero como la mayoría de los sistemas humanos, fue víctima de lo mismo contra lo que se estaba rebelando. Entonces hoy el capitalismo ha superado su utilidad. Ha traído un sistema que toma las necesidades de las masas para dar lujos a las clases. Entonces, creo que Bellamy tiene razón al ver el declive gradual del capitalismo “ (Carson, 1998).

El King anticapitalista

Un mes antes de ser ejecutado, en marzo del 1968, en casa de uno de su más importante colaboradores, Harry y Julie Belafonte, King le comentaba a un grupo de personas cercanas “es el sistema el problema, y nos está ahogando hasta la muerte”. A esta aseveración Andrew Young, un cercano colaborador y luego alcalde de la ciudad de Atlanta y Embajador de los Estados Unidos a las Naciones Unidas, les responde “Bueno, no sé, no es todo el sistema. Es sólo una parte y creo que lo podemos cambiar”. King responde “El problema es que vivimos en un sistema fallido. El capitalismo no permite que haya movimiento de recursos económicos. Con el sistema, un pequeño grupo de privilegiados son ricos más allá de la conciencia y casi todos los demás están condenados a la pobreza de alguna forma”. A pesar de reconocer los avances en derechos civiles, King afirma que “Lo que más me preocupa ahora es que todos los pasos que se han tomado hacia la integración, y de esos estoy convencido, es que nos estamos integrando a una casa en llamas”. King estaba claro de que el problema del racismo era un síntoma que estaba ligado al sistema económico, el capitalismo, la enfermedad. Les presento al King anticapitalista.

El reto, en nuestras luchas diarias, es no olvidar que la mayoría de los problemas, tanto sociales, políticos y económicos, que enfrentamos como país son los síntomas de una enfermedad llamada capitalismo. Es como dice el dicho “la enfermedad no esta en la sábana”. No reconocer esta cruda realidad nos lleva a poner parchos al sistema que causa profundas heridas de injusticia y opresión; parchos que no sana las heridas sino que las profundizan.

El King de la lucha de clases 

En su primera visita en febrero del 1968 en solidaridad con la huelga de los trabajadores de la basura en la ciudad de Memphis, Tennessee, King respondió, a preguntas de un periodista, que “en un sentido se podría decir que estamos enfrentados en una lucha de clases”. Sobre su perspectiva de la lucha de clase King afirmaba que “el racismo es un instrumento de la clase privilegiada, como forma de dividir la clase trabajadora dándole a los blancos un margen de ventaja económico marginal y motivar en su sicología las pretensiones de superioridad”. En el último año de su vida King regreso a la idea de la lucha de clases. Les presento al King de la lucha de clases.

King estaba claro que los síntomas del sistema (el racismo, el sexismo, la homofobia, xenofobia) son instrumentos que el sistema utiliza para mantenernos divididos e imponer su voluntad. Debemos reconocer las inequidades que el sistema crea. Debemos atender esas inequidades. King estaba claro que los síntomas del sistema no afectaban sólo a los negros sino que también tenía profundas consecuencias para los blancos. Lo importante es recordar y reconocer que el sistema usa nuestras diferencias para mantenerlos divididos y oprimidos.

El King antireformista

En otra ocasión afirmó, “por años he trabajado con la idea de reformar las instituciones existentes de la sociedad, un pequeño cambio aquí y un pequeño cambio allá. Ahora siento diferente. Yo pienso que tenemos que reconstruir la sociedad enteramente”. Les presento al King anti reformista.

King sabía que el reformismo no era una alternativa para superar el racismo y la pobreza. No podemos seguir construyendo un nuevo país en una sociedad (colonizada y capitalista) que está en llamas y que su fin se acerca. King nos advierte que el camino de la nueva sociedad no es reformar la colonia y el capitalismo. El sistema tiene que ser cambiado, transformado de raíz.

El King internacionalista

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz en el 1964 señaló lo siguiente sobre el aparthied: “Es en esta situación, en la cual a la gran masa de sudafricanos se le niega su humanidad, su dignidad, se les niega la oportunidad, se les niegan todos los derechos humanos; es en esta situación, que muchos de los más valientes y de los mejores sudafricanos sirven largos años en la cárcel, con algunos ya ejecutados; ante esta situación, en Estados Unidos y Gran Bretaña tenemos una responsabilidad única. Porque somos nosotros, a través de nuestras inversiones, a través de la incapacidad de nuestros gobiernos para actuar con decisión, los culpables de reforzar la tiranía sudafricana. Nuestra responsabilidad nos presenta una oportunidad única. Podemos unirnos en la única forma de acción no violenta que podría traer libertad y justicia a Sudáfrica, la acción que los líderes africanos han apelado, en un movimiento masivo por sanciones económicas”. Les presento al King internacionalista.

King reconocía que la explotación y el empobrecimiento en nuestros países son producto de las relaciones de injusticia y opresión con los países “desarrollados”, del imperialismo. Reconocía que el éxito de la lucha por la justicia y la libertad se fundamenta en la solidaridad internacional.

El King obrero

Estas reflexiones de King sobre el capitalismo lo llevaron acercarse al movimiento obrero. Señalaba en 1957 que “yo todavía creo que el movimiento obrero puede ser un instrumento poderoso para eliminar los demonios que enfrentamos en nuestra nación que le llamamos segregación y discriminación… con la unión de la poderosa influencia de los trabajadores y todas las personas de buena voluntad en la lucha por la libertad y la dignidad humana, puedo asegurarles que tenemos un instrumento poderoso”. En su discurso del 11 de diciembre del 1961 a la Cuarta Asamblea Constitucional de la AFL-CIO en la ciudad de Miami Beach en la Florida, King reafirmó el papel del movimiento obrero en la transformación de la sociedad capitalista. Le decía a la Asamblea que “para encontrar un gran diseño que resuelva los grandes problemas, el movimiento obrero tendrá que intervenir en la vida política de la Nación para marcar el curso que distribuya la abundancia a todos en vez de la concentración entre unos pocos”. Les presento al King obrero.

Entendía King que la unidad entre el movimiento obrero y el movimiento contra el racismo era fundamental y poderosa para derrotar los males de la sociedad y lograr su transformación. El éxito de la nueva sociedad se basa en la unidad de los sectores obreros y trabajadores con las luchas comunitarias y sectoriales. Una unidad, que King dice que es “un instrumento poderoso” de transformación.

Las estructuras de poder buscan maneras y formas, de acallar, manipular, la voz y el mensaje del profeta. Del profeta que enfrenta el poder, y sus diversas manifestaciones históricas, denunciando las acciones e inacciones que producen explotación, exclusión, empobrecimiento y muerte. El profeta que denuncia que los privilegios y comodidades de las clases en el poder son producto de relaciones de injusticia. Ese mismo profeta trae palabras de esperanza y aliento. Palabras que desean alimentar las ansias de libertad y fortalecer las prácticas de liberación.

Un estudio minucioso del ministerio y la práxis del Rev. King nos ha muestrado como encarnaba al profeta bíblico. Enfrentó; consistente, continua e insistentemente, a la sociedad estadounidense con su práctica de exclusión racial pero también con su práctica de explotación, empobrecimiento y violencia en todo el mundo. Creer que la única preocupación de King era la justicia racial es desvirtuar su mensaje y su militancia por la liberación y la justicia. Les presento al King revolucionario.

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La Public Broadcasting Service (PBS) – la red de televisión pública de los Estados Unidos- ha estrenado una nueva serie sobre el periodo posterior a la guerra civil, la llamada Reconstrucción. Presentada por el gran historiador afroamericano Henry Louis Gates, Jr., Reconstruction: America After the Civil War analiza en cuatro episodios uno de los periodos claves de la historia estadounidense.

Comparto con mis lectores la descripción de la serie:

Henry Louis Gates Jr. presents a vital new four-hour documentary series on Reconstruction: America After the Civil War. The series explores the transformative years following the American Civil War, when the nation struggled to rebuild itself in the face of profound loss, massive destruction, and revolutionary social change. The twelve years that composed the post-war Reconstruction era (1865-77) witnessed a seismic shift in the meaning and makeup of our democracy, with millions of former slaves and free black people seeking out their rightful place as equal citizens under the law. Though tragically short-lived, this bold democratic experiment was, in the words of W. E. B. Du Bois, a ‘brief moment in the sun’ for African Americans, when they could advance, and achieve, education, exercise their right to vote, and run for and win public office.

Aquellos interesados en verla, pueden visitar su página web aquí.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 10 de abril de 2019

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Tras 51 años de su asesinato, Martin Luher King sigue siendo una figura cimera de la lucha contra el racismo, la desigualdad y el militarismo. Esta corta nota del Reverendo Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez, nos recuerda por qué.

KING, VIETNAM Y PUERTO RICO

Rev. Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez

Claridad 5 de abril de 2019

Desconocemos el papel que jugó Puerto Rico en la crítica de King a la guerra de Vietnam. Es en el 1962 en su visita al Seminario Evangélico de Puerto Rico donde hace su primera crítica pública a la guerra. Debemos recordar que para ese tiempo la participación militar estadounidense en Vietnam es fundamentalmente de asesores militares y no es hasta el 1964 que se aumenta la participación militar directa en Vietnam.

El pasado 4 de abril se recuerdan 52 años de la denuncia pública del Dr. King a la guerra de Vietnam en la histórica Iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York. Para muchas personas este discurso es su sentencia de muerte. Fue ejecutado un año después en Memphis, Tennessee. Sin embargo, ya King desde el 1962, había hecho declaraciones en contra del militarismo y la guerra de Vietnam.

 Sobre esta visita nos dice el Lcdo. William Fred Santiago, en su libro “Venceremos. Recobro de Martin Luther King, Jr.; “No fue en Chicago. No fue en Riverside Church, NY. No fue frente a las Naciones Unidas. Fue en la capilla del Seminario Evangélico de Puerto Rico donde Martin Luther King denunció públicamente y rompió el silencio evangélico sobre la guerra de Vietnam. Todos los que estuvimos allí ese día recordamos la denuncia firme de King con relación a la guerra de Vietnam y también recordamos aquel debate entre un querido profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico y la firme y decidida denuncia de King a los EUA como un exportador de la violencia y la matanza de inocentes en la guerra de Vietnam…. Todavía en esa época gran parte del pueblo americano apoyaba esa guerra que King calificó como “injusta y cruel”. Después de lo dicho en Puerto Rico, su crítica sobre la guerra de Vietnam fue “in crescendo”.

El Dr. Luis Rivera Pagán, en su escrito “Martin Luther King, Jr. Una Memoria entre Praga y San Juan” nos cuenta de dicho suceso “esa plática fue una de las primeras ocasiones en que King comenzó a tejer una crítica honda y radical a las acciones militares norteamericanas en Vietnam, cuando todavía la mayor parte del pueblo estadounidense las apoyaba. Para la mayoría de quienes estuvimos presentes esa mañana en la capilla del Seminario Evangélico las palabras de King fueron una sorpresa. Esperábamos que hablase sobre la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos, de las hondas desigualdades socioeconómicas al interior de su nación y de la desobediencia civil como estrategia de resistencia y lucha. El tema eje, sin embargo, fue otro: Vietnam. Esbozó unos argumentos críticos que madurarían posteriormente en su famoso discurso del 4 de abril de 1967 en la Iglesia Riverside de Nueva York”.

 Recuerda Pagán que “cuestionado y disputado fuertemente en la sesión de preguntas y respuestas, King respondió con mucho ánimo, revelando, al menos para el oyente alerta, que en el agudo conflicto vietnamita, sus simpatías se inclinaban a la lucha de ese pueblo por su reunificación nacional y liberación de todo dominio imperial foráneo”.

 El querido profesor al que se refiere Fred Santiago es el Profesor Ángel M. Mergal. Señala Rivera Pagán en su libro “Senderos Teológicos. El pensamiento evangélico puertorriqueño” que “tras analizar la situación de los derechos civiles en los Estados Unidos y en respuesta a una pregunta del público, King criticó la intervención bélica de su nación en Vietnam. Ni corto ni perezoso, Mergal reaccionó con vigor, esgrimiendo la tesis de que al ser os comunistas unos bandidos (lawless), la guerra contra ellos era justa. No podían, en su opinión, confrontarse con medios de desobediencia civil que presuponen la existencia de una sociedad de legalidad y derecho, como la norteamericana. King, quien resultó ser un buen debatiente, con serenidad y convicción insistió en la coherencia de la no violencia para resolver conflictos nacionales e internacionales, a la vez que evadió caer en la trampa de la ideología anti comunista propia de la mentalidad de la guerra fría. El disgusto de Mergal al abandonar la capilla del Seminario era notorio”.

No es de sorprender la denuncia de King a la guerra. Desde muy temprano en su ministerio profético había esbozado su teoría de los tres males de la sociedad estadounidense: el racismo, la pobreza y el militarismo. Seis meses luego de su visita a Puerto Rico, el 8 de septiembre de 1962, King habla ante el Distrito 65 “Retail Wholesale and Department Store Union” en la cuidad de Monticello, New York, expone “los tres principales males sociales que están viviendo en nuestro mundo hoy”. Señala que estos son “el mal de la guerra, el mal de la injusticia económica y el mal de la injusticia racial”. En esa ocasión afirma lo siguiente sobre la guerra “la guerra apila nuestra nación con una deuda nacional más alta que montañas de oro. La guerra llena nuestra nación de huérfanos y viudas. La guerra envía hombres a sus hogares sicológicamente trastornados y físicamente incapacitados… La guerra es maldad, y debe existir personas en nuestra nación y en nuestro mundo, que serán parte de una minoría creativa y que desarrollarán una insatisfacción sobre todo lo que tiene que ver con la cuestión de la guerra”.

 Este hecho señala que su fuerte denuncia a la guerra de Vietnam en Puerto Rico es al menos 18 meses antes de su famoso discurso “Yo tengo un sueño” del 28 de agosto del 1963, 2 años antes de la escalada militar del ejército estadounidense del 1964 producto del ataque al destructor naval USS Maddox por el ejército de Vietnam del Norte y 5 años antes de su mensaje de denuncia pública en la Iglesia Riverside.

 Puerto Rico fue la plataforma inicial que uso King para su crítica directa a la Guerra de Vietnam.

Gutiérrez Rodríguez pertenece a la Mesa de Diálogo Martin Luther King Jr.

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El linchamiento de afroamericanos fue una práctica común de violencia racial  en Estados Unidos durante el periodo de la segregación racial. Miles de ciudadanos estadounidenses fueron torturados y asesinados de maneras brutales no sólo en el sur, sino también en otras regiones del país. Este es un tema al que le hemos dedicado espacio en esta bitácora ( Ver por ejemplo: https://norbertobarreto.blog/2019/02/05/the-history-of-american-anti-lynching-legislation/).

Los afroamericanos no fueron las únicas víctimas de este tipo de terrorismo racial. En el olvido quedaron los cientos de mexicanos que fueron linchados, especialmente, en los estados del llamado Oeste (Texas, Nuevo México y Arizona).

Esta corta reseña escrita por Matthew Wills y publicada en el JSTOR Daily , enfoca un artículo sobre este tema de los historiadores William D. Carrigan and Clive Webb, publicado en el Journal of Social History en el año 2003. Según Mills, Carrigan y Webb documentaron 597 linchamientos de mexicanos entre 1848 y 1928.

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The plague of lynchings of Mexican-Americans in the American West has long been excluded from history books. For the Journal of Social History, historians William D. Carrigan and Clive Webb analyzed hundreds of such extrajudicial killings that occurred between 1848 and 1928. They write:

Although widely recognized in the Mexican community on both sides of the border, and among some scholars, the story of mob violence against Mexicans remains relatively unknown to the wider public.

Defining lynching as “a retributive act of murder for which those responsible claim to be serving the interests of justice, tradition, or community good,” Carrigan and Webb catalogued 597 lynchings of persons of Mexican origin or descent in the United States. They stress that this is a conservative estimate. “It is obviously true that no amount of historical research will ever reveal every single lynching victim—no matter their race and ethnicity—that is anywhere near the actual number of victims.”

The locations of most of these cases were Texas (282), California (188), Arizona (59), and New Mexico (49). Breaking down the incidents, Carrigan and Webb found that the years between 1848-1879 had the astonishing lynching rate of 473 per 100,000 people. This was during the aftermath of the Mexican-American War, when a large part of Mexico was annexed and colonized by the U.S. Carrigan and Webb call this period one of “unparalleled danger from mob violence” for people of Mexican ancestry.

By the turn of the twentieth century, the rate had reduced to 27.4 lynching victims per 100,000. As a matter of comparison, in the same period rates of lynching for African Americans in the South varied from North Carolina’s 11 per 100,000 to Alabama’s 32.4 per 100,000.

As in the South, the West’s lynchings also included the “active collusion of law officers themselves.” The legal system also failed to sanction those who lynched. “For decades lynch mobs terrorized persons of Mexican origin or descent without reprisal from the wider community,” Carrigan and Webb write, noting that “most systemic abuse of legal authority was by the Texas Rangers. Their brutal repression of the Mexican population was tantamount to state-sanctioned terrorism.”

Texas had been carved out of Mexico by pro-slavery forces who would go on to enshrine white supremacy in their state constitution. “Well into the twentieth century,” write Carrigan and Webb about Texas, “the majority white culture continued to utilize extra-legal violence against Mexicans as a means of asserting its sovereignty over the region.” Lynching in Texas and elsewhere in the West was “one of the mechanisms by which Anglos consolidated their colonial control of the American West.”

The “primacy of racial prejudice” as motivation for lynching was underlined by the ritualized torture of victims, who were shot, burned, and mutilated before and after hanging. Anglos were also victims of lynch mobs, of course, but without the ceremony and public spectacle. The violence done to bodies of Mexican ancestry victims was “a symbolic message contained in the mob’s assertion of Anglo sovereignty.” Multiple lynchings were also unusually common. In 1877, for instance, the murder of a white man was “avenged” by the random slaughter of as many as forty people in Nueces County, Texas.

Carrigan and Webb date the last lynching of a person of Mexican origin to 1928. They attribute the ending of this social practice to constant pressure from Mexico forcing the U.S. government to take action. In one notorious 1911 case, the burning alive of a Mexican national by a Texas mob sparked riots outside the U.S. Embassy in Mexico City and  led to a boycott of U.S. goods. A burgeoning Mexican-American civil rights movement and the nation-wide campaign against mob violence helped diminish the dominant culture’s acceptance of mob-led racist terrorism.

Journal of Social History, Vol. 37, No. 2 (Winter, 2003), pp. 411-438
Oxford University Press

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Throughline es un nuevo podcast de la  National Public Radio (NPR) cuyo contenido podría ser de interés para los lectores de esta bitácora. Conducido por Ramtin Arablouei y Rund Abdelfatah, Throughline está dedicado a un análisis histórico que busca rescatar los temas que no se incluyen en los libros de textos, o en los discursos oficiales o dominantes.  A sus creadores les interesa dar contexto histórico a las noticias y discusiones públicas.

En el aire desde el 7 de febrero de este año, Throughline contiene sólo cinco episodios. El primero de ellos titulado How The CIA Overthrew Iran’s Democracy In 4 Days, analiza   el papel que jugó la CIA en el derrocamiento del Primer ministro Iraní Mohammad Mossadegh en 1953. El segundo episodio –On The Shoulders Of Giants–  analiza la historia de las protestas de los deportistas afroamericanos contra el racismo y la violencia racial. El tercer episodio (The Forgotten War) analiza el significado de la guerra de Corea en las relaciones de Estados Unidos con el régimen norcoreano. El cuarto episodio titulado High Crimes And Misdemeanors, examina el primer juicio de residenciamiento a un presidente estadounidense. El quinto y hasta ahora último episodio (American Shadows) enfoca de forma magistral el papel que las teorías de conspiraciones han jugado en la historia estadounidense desde el periodo colonial.

Todos aquellos interesados en la historia estadounidense – y la lucha contra las fake news y la manipulación de la historia- encontrarán útil e interesante este podcast.

Norberto Barreto Velazquez

Lima, Perú

 

 

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En este, el mes en que los estadounidenses celebran la herencia afro-americana, comparto con mis lectores este interesante escrito sobre el tema de la legislación que buscó frenar los linchamientos en Estados Unidos. Los linchamientos fueron parte de la violencia racial de la que fueron víctimas las minorías estadounidenses, especialmente, los afroamericanos. Casi 5,000 personas fueron linchadas en Estados Unidos entre 1882 y 1951, de los cuales dos terceras partes fueron ciudadanos negros.


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The History of American Anti-Lynching Legislation

We’re History   February 5, 2019

Onn October 26, 1921, President Warren G. Harding traveled to Birmingham, Alabama to participate in the city’s fiftieth anniversary celebration.  The Republican Harding, just seven months into his first term, was immensely popular.  But the speech he gave that day was soon condemned by the Birmingham Post as an “untimely and ill-considered intrusion into a question of which he evidently knows very little.”

What did Harding say that so offended the local newspaper?  After marveling at Birmingham’s industrial development, the President broached the subject of race relations.  Harding reminded the audience that black Americans had served just as honorably as whites in the recently completed world war, stating that their service brought many African Americans their “first real conception of citizenship – the first full realization that the flag was their flag, to fight for, to be protected by them, and also to protect them.”  He went on to condemn the lynching of black men and women and told the citizens of Birmingham that their future could be even brighter if they had “the courage to be right.”

Harding was not the first politician to claim to oppose lynching, and he would not be the last.  According to Tuskegee Institute statistics, over 4,700 Americans—two-thirds of them African American—were the victims of lynching between 1882 and 1951.  Lynching was a favorite tool of the Ku Klux Klan and other hate groups in the years after the Civil War, terrorizing black communities out of political activism and into silence for fear of their lives.  For decades, white southerners used lynching, Jim Crow laws, and voter suppression to maintain white supremacy and Democratic Party rule. After World War I, increased European immigration, fears of communism, and the Great Migration of African Americans from the South to major industrial cities in the North and Midwest led to increased instances of lynching.

Between 1882 and 1968, nearly 200 anti-lynching bills were introduced in Congress, and seven U.S. presidents between 1890 and 1952 asked Congress to pass a federal anti-lynching law.  Probably the most famous anti-lynching proposal was the Dyer Anti-Lynching Bill, first introduced in the U.S. House of Representatives by Missouri Republican Leonidas C. Dyer on April 8, 1918.  Dyer, known as a progressive reformer, came from St. Louis, where in 1917 white ethnic mobs had attacked blacks in race riots over strikebreaking and competition for jobs.  His proposed legislation made lynching a federal felony and gave the U.S. government the power to prosecute those accused of lynching.  It called for a maximum of five years in prison, a $5,000 fine, or both for any state or city official who had the power to protect someone from lynching but failed to do so or who had the power to prosecute accused lynchers but did not; a minimum of five years in prison for anyone who participated in a lynching; and a $10,000 fine on the county in which a lynching took place.  Those funds would be turned over to the victim’s family.  The Dyer bill also permitted the prosecution of law enforcement officials who failed to equally protect all citizens.

White southern Democrats in Congress opposed Dyer’s bill, and it went nowhere in 1918.  The next year, the National Association for the Advancement of Colored People (NAACP) published a report that disproved the claim that most lynchings were of black men accused of attacking white women.  In fact, the report stated, less than one-sixth of the 2,500 African Americans lynched between 1889 and 1918 had been accused of rape.  Dyer, who represented a district with a large black constituency and was horrified by both the violence and disregard for the law inherent in lynching, determined to keep pressing his anti-lynching bill.  In 1920, the Republican Party included a brief endorsement of anti-lynching legislation (though not Dyer’s specifically) in the platform on which Warren G. Harding was elected:  “We urge Congress to consider the most effective means to end lynching in this country which continues to be a terrible blot on our American civilization.”

Dyer unsuccessfully re-introduced the bill in 1920, but it got a boost in late 1921 when Harding endorsed it in his Birmingham speech.  Harding went to Birmingham just four months after the May 31-June 1 racial violence in Tulsa, Oklahoma, which saw white mobs attack black residents and business and led to the deaths of nearly forty African Americans.  On January 26, 1922, the U.S. House of Representatives successfully passed the Dyer bill, sending it to the Senate.  But it failed in the Senate as southerners filibustered it, arguing that that blacks were disproportionately responsible for crime and out-of-wedlock births and required more welfare and social assistance than other minority groups.  In other words, stronger social controls—like lynching—were necessary to keep African Americans in line.  Dyer introduced his bill before Congress in 1923 and again in 1924, but southerners continued to block it.

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The Costigan-Wagner Bill of 1934 was the next major piece of anti-lynching legislation put before the U.S. Congress.  It was co-sponsored by Senators Edward P. Costigan of Colorado and Robert F. Wagner of New York—both Democrats.  President Franklin D. Roosevelt, also a Democrat, was hesitant to support this bill, primarily due to the provision it included that allowed for punishment of sheriffs who failed to protect prisoners from lynch mobs.  While FDR certainly opposed lynching, he worried that supporting the Costigan-Wagner Bill would cost him white southern support in his 1936 reelection campaign.  Ultimately, it did not matter much: southern senators blocked the bill’s passage, and Roosevelt cruised to an easy re-election, defeating Kansas Governor Alf Landon by over eleven million popular votes and an Electoral College count of 523 to 8.

Other anti-lynching bills came and went through the years, but none ever passed Congress and went to a president’s desk.  Even as we enter the second decade of the twenty-first century, Congress has still never passed an anti-lynching law.

In June 2018, nearly a year after the August 2017 racial violence in Charlottesville, Virginia, the three current African American members of the United States Senate introduced a bill to make lynching a federal crime.  Senators Kamala Harris (D-Calif.), Cory Booker (D-N.J.), and Tim Scott (R-S.C.) drafted the bipartisan legislation that defines lynching as “the willful act of murder by a collection of people assembled with the intention of committing an act of violence upon any person.”  The senators call their bill the Justice for Victims of Lynching Act of 2018.  “For over a century,” said Senator Booker, “members of Congress have attempted to pass some version of a bill that would recognize lynching for what it is: a bias-motivated act of terror… we have righted that wrong and taken corrective action that recognizes this stain on our country’s history.”  The bill unanimously passed the U.S. Senate on December 19, 2018.  It still requires passage by the House of Representatives and a presidential signature to become law.

Though not fondly remembered by historians because of his weakness and corruption, President Warren G. Harding deserves credit for calling out the crime of lynching nearly a century ago.  Criticized as a small-town, backward-looking Midwesterner who longed for the easy days of his childhood, it turns out that at least on the issue of racial violence Harding was ahead of his time.

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