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Archive for the ‘Revolución Cubana’ Category

The Fate of the Americas

Creo que no hay mejor forma de retomar esta bitácora en el año 2026 que reseñar un gran libro. Me refiero al libro de la historiadora Renata Keller, The Fate of the Americas: The Cuban Missile Crisis and the Hemispheric Cold War (North Carolina University Press, 2025). Keller es profesora de historia en la Universidad de Nevada y  una destacada estudiosa de la Guerra Fría latinoamericana. Es autora de Mexico’s Cold War: Cuba, the United States, and the Legacy of the Mexican Revolution (Cambridge, 2015) y de varios artículos académicos publicados en destacadas revistas como The Journal of Latin American Studies, The Journal of Cold War Studies, The Journal of Cold War History y Diplomatic History.

Alumni Voices: Renata Keller, Ph.D. - Flinn Foundation

Renata Keller

Este libro es el resultado de una larga y profunda investigación de las causas, desarrollo y consecuencias de la que sin duda fue la peor de las crisis de la Guerra Fría: la Crisis de los Misiles en Cuba. El objetivo de Keller es hacer una historia hemisférica de la crisis que supere la tradicional interpretación de ésta  como un choque entre dos potencias. En otras palabras, la autora busca rescatar y enfatizar el papel central que jugó América Latina en la crisis. Keller critica que los historiadores no hayan estudiado cómo América Latina  influyó en la crisis, ni cómo esta cambió a América Latina. La autora sostiene que la gente común (everyday people) y los gobiernos latinoamericanos causaron la crisis, trabajaron para resolverla y experimentaron sus consecuencias. La autora es muy clara: Kennedy, Khruschev  y Castro influyeron en los latinoamericanos, pero a su vez sus decisiones y acciones fueron influidas por el contexto hemisférico y por las acciones de los hombres y mujeres latinoamericanos.

Para Keller, la crisis de los misiles fue un evento hemisférico y para demostrarlo recurre a una metodología que combina un enfoque macro – que pretende enfocar todo el hemisferio– con un enfoque micro que se concentra en las acciones individuales y colectivas de la gente ordinaria. La autora también mezcla metodologías transnacionales e internacionales y enfatiza  las conexiones que transcienden los límites ideológicos y políticos. Keller propone hacer una historia de la crisis con un enfoque amplio que incluya a todos los pueblos y gobiernos latinoamericanos.

Choque de superpotencias, misiles en Cuba y 13 días de extrema tensión: la crisis de octubre que casi lleva al mundo al invierno nuclear | CNN

Una de las grandes aportaciones de su análisis es su propuesta de una nueva forma de entender y estudiar la historia de la Guerra Fría en América Latina, lo que ella denomina la Guerra Fría hemisférica. Keller propone enfatizar las acciones y preocupaciones de los latinoamericanos sin dejar fuera a la URSS ni a EEUU. Se trata de reconocer el papel protagónico de soviéticos y estadounidenses –como también del conflicto entre comunismo y capitalismo –, pero insistiendo en el rol crucial que jugaron otros actores y conflictos,  tanto en la Crisis de los Misiles como en el desarrollo de  la Guerra Fría en el hemisferio occidental. En otras palabras, Keller propone ir más allá del análisis de  la competencia entre bloques y del conflicto comunismo-capitalismo, romper con el enfoque binario entre izquierda y derecha, superar las fronteras nacionales y evitar un enfoque centrado en la política exterior de EEUU.  Keller subraya la necesidad de equilibrar las preocupaciones tradicionales del análisis de la Guerra Fría, prestando atención a luchas más profundas, a actores diversos y a factores locales y regionales del conflicto. De esta forma, la autora hace una aportación significativa a la discusión del significado de la Guerra Fría en América Latina, que busca superar las interpretaciones tradicionales de esta como un conflicto en el que se vieron atrapados los latinoamericanos.

Otra aportación de Keller es su propuesta de ver la Guerra Fría como una batalla alrededor de tres valores compartidos: seguridad, soberanía y solidaridad. Según la autora, estos valores dieron forma no solo a la Crisis de los Misiles, sino también a la Guerra Fría hemisférica. Keller examina cómo estos tres valores fueron usados y discutidos durante la crisis por quienes condenaban y defendían a Cuba. Por seguridad (security) los latinoamericanos  se referían a protección (safety), no solo de la amenaza de las armas nucleares y convencionales, sino también de la violencia que podían generar sus conciudadanos y sus gobiernos. La soberanía fue un elemento clave durante la crisis. Cuando los latinoamericanos demandaban soberanía, defendían los principios de autodeterminación y de no intervención; es decir, reclamaban autoridad total para gobernarse y definir sus políticas exteriores. Aunque históricamente Estados Unidos había sido la principal amenaza a la soberanía latinoamericana, la Guerra Fría introdujo dos nuevos peligros: la presencia de la URSS y la infiltración comunista.  Durante la crisis, los pueblos y líderes latinoamericanos reaccionaron ante este nuevo escenario reclamando el respeto a su soberanía y a la de Cuba en algunos casos. Igual algunos se sintieron decepcionados por la pérdida de soberanía que significó para ellos que Cuba aceptara los misiles soviéticos. En cuanto a la solidaridad, Keller la define como un sentimiento y una práctica de apoyo mutuo, reciprocidades estratégicas, lazos de afecto, causas comunes y experiencias compartidas. Aunque tradicionalmente asociada a  los grupos de izquierda, durante la crisis la solidaridad se mostró de una forma más amplia y compleja. Con relación a estos tres valores, la autora concluye que durante la Crisis de los misiles los latinoamericanos “debated, demonstrated, and transformed their understandings of security, sovereignty, and solidarity”. (4)

60 años de la crisis de los misiles cubanos: al borde de la guerra atómica | Cultura

Para Keller, estos valores son tan importantes que pareciera proponer un nuevo paradigma para el estudio de la Guerra Fría basado en ellos. La autora argumenta que los valores compartidos de seguridad, soberanía y solidaridad no son exclusivos de América Latina y que, por ende, son útiles para desarrollar un nuevo modelo para estudiar la Guerra Fría a nivel global.   Además, al cambiar nuestra atención  del conflicto bilateral y enfocarnos en otras partes del mundo – como América Latina – la Guerra Fría resulta ser menos fría y mucho más compleja.

Keller analiza la crisis a partir de tres preguntas: ¿qué la causó?, ¿por qué no provocó una guerra nuclear? y ¿cuál es su importancia? Veamos sus respuestas.

Keller elabora una explicación muy amplia de las causas de la crisis, destacando el papel de los pueblos y gobiernos latinoamericanos. La Revolución Cubana   impactó a América Latina, generando entusiasmo, pero también miedo. Esto influyó en cómo los gobiernos latinoamericanos reaccionaron a la revolución, pues unos defendieron y otros atacaron a Castro. A mayor radicalización de la revolución, mayor radicalización de sus oponentes  regionales, que buscaron socavarla y aislar a Cuba. El apoyo y solidaridad   dados por Castro a movimientos revolucionarios se convirtió en algo inaceptable para  políticos y líderes estadounidenses y latinoamericanos (especialmente centroamericanos y caribeños). Los líderes de la derecha latinoamericana, los exiliados cubanos y el gobierno estadounidense trabajaron en conjunto para aislar a Cuba de la comunidad interamericana.  Los intentos para acabar y aislar  la Revolución, y  la cada vez más  fuerte retórica antirrevolucionaria, convencieron a Castro y Khruschev de que la seguridad y la soberanía de Cuba estaban en peligro. Para ellos era necesario tomar medidas drásticas que garantizaran la seguridad de la isla. De ahí la oferta soviética de misiles nucleares y su aceptación por Castro. En palabras de la autora, “The Cuban Missile Crisis, then began with a tragic irony: Those who were trying to weaken Castro unintentionally inspired the Soviets to offer him stronger weapons than had ever before been introduced into the Western hemisphere beyond US soil”. (2)

La crisis de los misiles - Fernando Díaz Villanueva

En cuanto a por qué la crisis se resolvió sin llegar a una guerra nuclear, la autora elabora una explicación con una fuerte participación latinoamericana. Según ella, Kennedy y Khrushchev entendieron que estaban perdiendo el control de la situación ante la creciente violencia en América Latina (los casos más extremos fueron Bolivia y Venezuela), la presión a favor de una intervención militar por parte de los halcones del Pentagono, los líderes centroamericanos y caribeños y los exiliados cubanos, y la actitud frenética de Castro que culminó con el derribo de un avión espía estadounidense. En otras palabras, la crisis terminó pacíficamente porque la situación en América Latina “was spinning out of control and becoming increasingly violent”. (237) Ambos líderes, y en especial Khrushchev, entendieron la inminencia de una guerra nuclear e hicieron todo lo que les fue posible para evitarla.

Con relación a la tercera pregunta, Keller argumenta que la crisis importa porque forzó a las personas y gobiernos latinoamericanos a confrontar la Guerra Fría y el papel que jugaban en ella. La crisis los obligó a cuestionarse lo que entendían por seguridad, soberanía y solidaridad. Según ella, la crisis forzó a los latinoamericanos a reconocer que sus destinos estaban conectados. Los obligó a  entender que lo que pasara en Cuba le podría afectar a todes.

 163La crisis también es importante por sus consecuencias. Keller insiste en que la Crisis de los Misiles no duró trece días, pues tardó años en producirse y sus consecuencias sobre América Latina y las relaciones interamericanas se extendieron por décadas. La crisis tuvo diversas consecuencias para los ciudadanos y estados latinoamericanos:

  • La promesa de Kennedy de invadir Cuba si los misiles eran retirados frustró a los exiliados cubanos y a los líderes de la región caribeña, para quienes Castro era una amenaza para su seguridad. Estos se sintieron traicionados por Kennedy.
  • La crisis resolvió la división en la OEA sobre el tema cubano y fortaleció el liderazgo estadounidense en dicha organización.
  • La crisis debilitó los lazos de EE.UU. con países que siguieron su propio camino (Brasil) y los fortaleció con quienes cooperaron con ellos (Argentina, Venezuela).
  • El desenlace de la crisis cambió la imagen de los líderes cubanos a una de debilidad y dependencia. Para algunos, al aceptar los misiles, Cuba se convirtió en un satélite soviético.
  • La imagen de Khrushchev también sufrió daño por haber roto sus promesas de defender a Cuba en su momento de mayor necesidad.
  • Muchos izquierdistas latinoamericanos llegaron a la conclusión de que no podían depender ni de Cuba ni de la URSS “and instead had to look inward or to China.” (231)
  • La crisis casi provocó un rompimiento cubano-soviético porque Castro y el pueblo cubano se sintieron traicionados por sus aliados soviéticos.
  • La crisis facilitó la creación de la primera zona libre de armas nucleares con la firma del Tratado de Tlatelolco en 1967

 

En conclusión, este es un excelente libro, cuya lectura es obligatoria para todos aquellos interesados no solo en la Crisis de los Misiles, sino también en la Guerra Fría latinoamericana y global. Solo tengo una crítica que hacerle a Keller. La autora prometió una nueva historia de la Crisis de los Misiles con un enfoque amplio que incluiría a todos los pueblos y gobiernos de América Latina. Su enfoque es impresionantemente amplio, pero no cubre a todos los pueblos y gobiernos latinoamericanos porque Puerto Rico no recibe la atención que merece. Keller menciona a Puerto Rico, pero no examina el papel que la isla jugó durante la crisis, ni cómo el gobierno y los puertorriqueños reaccionaron. Ello a pesar de la situación colonial de Puerto Rico y de la enorme importancia militar de la isla para Estados Unidos en 1962.

Dr. Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú, 8 de febrero de 2026

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Tuve el gusto de conversar con el colega Moisés Rodríguez Escobar sobre la historia de las relaciones de América Latina y Estados Unidos, como parte del podcast Historias de Bolsillo de la Universidad de Salamanca. Este podcast, con más de 150 episodios en cinco temporadas, está dedicado  a divulgar temas históricos de forma interesante y dinámica.

Los interesados pueden escuchar el episodio en iVoox o en Spotify.

 

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and Faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como «a Cold War watershed» (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro «inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.» (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

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El general y los yanquis

Rafael Rojas

El país  19 de abril de 2015

Raúl Castro, visto por Sciammarella.

Raúl Castro, visto por Sciammarella.

Como su hermano mayor, Raúl Castro fue hijo de un terrateniente gallego, propietario de tierras en la zona norte de la provincia de Oriente, en la isla de Cuba. Las propiedades de los Castro estaban ubicadas en Mayarí, muy cerca de sitios con fuerte presencia de compañías norteamericanas productoras y comercializadoras de azúcar como la Cuban American Sugar Company, la United Fruit Company y la Nipe Bay Company, que adquirió grandes extensiones de tierra entre la costa y los pueblos de Puerto Padre, Banes y Birán. Hijos de un hacendado peninsular y educados por los jesuitas, los hermanos Castro crecieron y se formaron en un ambiente familiar y escolar, marcado por la mala memoria de la intervención de Estados Unidos en la última guerra de independencia de los cubanos contra España, en 1898, y por el rechazo al poder económico y militar de Washington en la isla.

En un pasaje de su poco conocido Diario de guerra, Raúl Castro narra la visita del corresponsal de The New York Times, Herbert L. Matthews, a la Sierra Maestra a principios de 1957 con fingida frialdad. Cuenta Castro que al llegar Matthews con René Rodríguez, Javier Pazos y Vilma Espín —su futura esposa, que sirvió de traductora en la charla—, intentó “recordar su rudimentario inglés escolar” y le espetó al periodista un “¿How are you?”. Y anota a continuación: «No entendí lo que me contestó y seguidamente llegó Fidel, quien después de saludarlo, se sentó con él en la chabola y empezó la entrevista periodística, que seguramente se constituirá en un palo”. Los norteamericanos ya representaban para aquel joven guerrillero de 26 años, un poder mundial, tan amenazante como útil.

Toda la historiografía sobre la Revolución Cubana, oficial o crítica del relato hegemónico construido por el gobierno de la isla en el último medio siglo, coincide en que desde los tiempos de la Sierra Maestra Raúl Castro se distinguió por una gran capacidad de organización. Su tropa de un centenar de hombres fue la primera en separarse de la comandancia que dirigía su hermano y en constituir el llamado Segundo Frente Frank País en el nordeste de la provincia. El disciplinado contingente del menor de los Castro operó, justamente, en Mayarí y otras zonas cercanas a su lugar de nacimiento, donde se encontraban las propiedades de la United Fruit Company y las minas de níquel de Moa y Nicaro. Según Carlos Franqui, a dos meses de instalarse en el área, Raúl Castro había causado más de 100 bajas al ejército y había ocupado decenas de armas, parque, granadas y vehículos motorizados.

Fue por esos meses que Raúl Castro ordenó tomar como rehenes a 10 norteamericanos y dos canadienses en la zona de Moa y luego a seis empleados de la United Fruit Company, con el fin de canjearlos, al parecer, por un compromiso firme por parte de Estados Unidos de respetar el embargo de armas al régimen de Fulgencio Batista, decretado por el gobierno de Dwight Eisenhower en abril de 1958. Unos ataques aéreos contra los rebeldes de las montañas en junio, que fueron reportados por el corresponsal del Chicago Tribune, Jules Dubois, dieron a entender a los jefes revolucionarios que Estados Unidos seguía armando a Batista. Por aquellos días Fidel Castro hizo una conocida declaración, en carta a Celia Sánchez: “me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe empezará para mí una guerra más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.

Curiosamente, la captura de los rehenes norteamericanos por Raúl Castro no respondió a una orden de su hermano mayor. El 7 de julio, Fidel le reprocha: “Sobre la situación actual de los ciudadanos norteamericanos que se dijo en poder de tus fuerzas, no he recibido información directa alguna». Castro se quejaba de que todas las noticias que le llegaban sobre el incidente procedían de la prensa internacional y temía que la situación fuera aprovechada por el gobierno de Batista para presentar a los rebeldes como enemigos de Estados Unidos, partidarios del terrorismo, además de trasmitir «la falsa sensación de una completa anarquía en nuestro Ejército”. En la misma nota, Fidel decía algo más asombroso: “Viéndome en igual situación que tú, sin medio rápido de comunicación, autoricé el aterrizaje en este territorio de un helicóptero norteamericano, para establecer contacto contigo por medio de un oficial nuestro, que será transportado a ésa por el mismo”.

Durante las semanas que los norteamericanos y canadienses permanecieron en poder de la tropa de Raúl, ambos Castros conversaron con diplomáticos y militares norteamericanos y hasta utilizaron helicópteros del ejército de Estados Unidos para comunicarse entre ellos. Un testimonio del rebelde Manuel Fajardo Sotomayor, miembro de la tropa de Raúl, recogido por Carlos Franqui en Diario de la Revolución Cubana (1976), informa que un oficial retirado norteamericano, que había combatido en la Segunda Guerra Mundial y cumplía funciones de vicecónsul, subió a la comandancia de Raúl y bebió ron Bacardí con los revolucionarios. Cuando el oficial preguntó a los rebeldes cuál era su ideología, estos dijeron que era la misma de Carlos Manuel de Céspedes, el primer líder de la independencia contra España en el siglo XIX. Y agregaba Fajardo: “Me preguntó también si Rusia me mandaba dos barcos de armas que qué hacía. Le dije incondicionalmente le cogía armas a Rusia y a él si me las mandaba».

Desde los años de la Sierra Maestra, Fidel y Raúl Castro han conversado con militares, empresarios, diplomáticos, políticos y, sobre todo, periodistas norteamericanos. No hay otra opinión pública que Fidel Castro haya cortejado más que la norteamericana, desde los tiempos en que era estrella del show de Ed Sullivan en la CBS. En la foto de contraportada de la primera edición en español de la biografía de Castro, escrita por el corresponsal del New York Times Tad Szulc, aparece un Raúl Castro, vestido de civil, inclinando la cabeza para tratar de entender lo que el periodista dice a su hermano mayor a mediados de los años 80, en La Habana. El papel de Raúl Castro en esas conversaciones, sobre todo en las relacionadas con asuntos de seguridad regional y hemisférica, no ha sido tan secundario como generalmente se piensa.

Nunca, ni siquiera en los momentos de mayor tensión entre ambos países, como ilustran William M. LeoGrande y Peter Kornbluh en su libro Back Channel to Cuba (2014), Fidel y Raúl han dejado de hablar con sus enemigos históricos. Durante y después de la Guerra Fría conversaron directamente o a través de los soviéticos, los mexicanos, los españoles, los canadienses, los europeos o el Vaticano. En los años posteriores a la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS, ese diálogo se volvió más fluido como consecuencia de la negociación migratoria que siguió a la crisis de los balseros en 1994. Migración, narcotráfico, base naval de Guantánamo, ejércitos, marinas, medio ambiente, epidemias, huracanes, meteorología han sido algunos de los temas predominantes en esas charlas.

Ahora, por primera vez desde 1960, las conversaciones volverán a su cauce diplomático y se extenderán a otros temas de interés común, como las inversiones y los créditos, y a asuntos discordantes como los derechos humanos y la democracia. Pero esta vez, a diferencia del pasado, las conversaciones serán conducidas por Raúl, no por Fidel, y la personalidad y el temperamento del hermano menor podrían decidir no sólo la constancia sino el rendimiento de la nueva normalidad diplomática entre ambos países. No hay que esperar una mejoría sensible de los derechos humanos o una transición a la democracia en Cuba, en los próximos años, pero sí un mayor avance a la economía de mercado y una reforma política que, a pesar de los límites que le impone un sistema de partido único, creará mejores condiciones para que los dos gobiernos, la sociedad civil, la oposición y el exilio construyan formas plurales de dirimir sus diferencias.

Rafael Rojas es historiador cubano radicado en México. Su último libro es Historia mínima de la Revolución Cubana.

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