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The Fate of the Americas

Creo que no hay mejor forma de retomar esta bitácora en el año 2026 que reseñar un gran libro. Me refiero al libro de la historiadora Renata Keller, The Fate of the Americas: The Cuban Missile Crisis and the Hemispheric Cold War (North Carolina University Press, 2025). Keller es profesora de historia en la Universidad de Nevada y  una destacada estudiosa de la Guerra Fría latinoamericana. Es autora de Mexico’s Cold War: Cuba, the United States, and the Legacy of the Mexican Revolution (Cambridge, 2015) y de varios artículos académicos publicados en destacadas revistas como The Journal of Latin American Studies, The Journal of Cold War Studies, The Journal of Cold War History y Diplomatic History.

Alumni Voices: Renata Keller, Ph.D. - Flinn Foundation

Renata Keller

Este libro es el resultado de una larga y profunda investigación de las causas, desarrollo y consecuencias de la que sin duda fue la peor de las crisis de la Guerra Fría: la Crisis de los Misiles en Cuba. El objetivo de Keller es hacer una historia hemisférica de la crisis que supere la tradicional interpretación de ésta  como un choque entre dos potencias. En otras palabras, la autora busca rescatar y enfatizar el papel central que jugó América Latina en la crisis. Keller critica que los historiadores no hayan estudiado cómo América Latina  influyó en la crisis, ni cómo esta cambió a América Latina. La autora sostiene que la gente común (everyday people) y los gobiernos latinoamericanos causaron la crisis, trabajaron para resolverla y experimentaron sus consecuencias. La autora es muy clara: Kennedy, Khruschev  y Castro influyeron en los latinoamericanos, pero a su vez sus decisiones y acciones fueron influidas por el contexto hemisférico y por las acciones de los hombres y mujeres latinoamericanos.

Para Keller, la crisis de los misiles fue un evento hemisférico y para demostrarlo recurre a una metodología que combina un enfoque macro – que pretende enfocar todo el hemisferio– con un enfoque micro que se concentra en las acciones individuales y colectivas de la gente ordinaria. La autora también mezcla metodologías transnacionales e internacionales y enfatiza  las conexiones que transcienden los límites ideológicos y políticos. Keller propone hacer una historia de la crisis con un enfoque amplio que incluya a todos los pueblos y gobiernos latinoamericanos.

Choque de superpotencias, misiles en Cuba y 13 días de extrema tensión: la crisis de octubre que casi lleva al mundo al invierno nuclear | CNN

Una de las grandes aportaciones de su análisis es su propuesta de una nueva forma de entender y estudiar la historia de la Guerra Fría en América Latina, lo que ella denomina la Guerra Fría hemisférica. Keller propone enfatizar las acciones y preocupaciones de los latinoamericanos sin dejar fuera a la URSS ni a EEUU. Se trata de reconocer el papel protagónico de soviéticos y estadounidenses –como también del conflicto entre comunismo y capitalismo –, pero insistiendo en el rol crucial que jugaron otros actores y conflictos,  tanto en la Crisis de los Misiles como en el desarrollo de  la Guerra Fría en el hemisferio occidental. En otras palabras, Keller propone ir más allá del análisis de  la competencia entre bloques y del conflicto comunismo-capitalismo, romper con el enfoque binario entre izquierda y derecha, superar las fronteras nacionales y evitar un enfoque centrado en la política exterior de EEUU.  Keller subraya la necesidad de equilibrar las preocupaciones tradicionales del análisis de la Guerra Fría, prestando atención a luchas más profundas, a actores diversos y a factores locales y regionales del conflicto. De esta forma, la autora hace una aportación significativa a la discusión del significado de la Guerra Fría en América Latina, que busca superar las interpretaciones tradicionales de esta como un conflicto en el que se vieron atrapados los latinoamericanos.

Otra aportación de Keller es su propuesta de ver la Guerra Fría como una batalla alrededor de tres valores compartidos: seguridad, soberanía y solidaridad. Según la autora, estos valores dieron forma no solo a la Crisis de los Misiles, sino también a la Guerra Fría hemisférica. Keller examina cómo estos tres valores fueron usados y discutidos durante la crisis por quienes condenaban y defendían a Cuba. Por seguridad (security) los latinoamericanos  se referían a protección (safety), no solo de la amenaza de las armas nucleares y convencionales, sino también de la violencia que podían generar sus conciudadanos y sus gobiernos. La soberanía fue un elemento clave durante la crisis. Cuando los latinoamericanos demandaban soberanía, defendían los principios de autodeterminación y de no intervención; es decir, reclamaban autoridad total para gobernarse y definir sus políticas exteriores. Aunque históricamente Estados Unidos había sido la principal amenaza a la soberanía latinoamericana, la Guerra Fría introdujo dos nuevos peligros: la presencia de la URSS y la infiltración comunista.  Durante la crisis, los pueblos y líderes latinoamericanos reaccionaron ante este nuevo escenario reclamando el respeto a su soberanía y a la de Cuba en algunos casos. Igual algunos se sintieron decepcionados por la pérdida de soberanía que significó para ellos que Cuba aceptara los misiles soviéticos. En cuanto a la solidaridad, Keller la define como un sentimiento y una práctica de apoyo mutuo, reciprocidades estratégicas, lazos de afecto, causas comunes y experiencias compartidas. Aunque tradicionalmente asociada a  los grupos de izquierda, durante la crisis la solidaridad se mostró de una forma más amplia y compleja. Con relación a estos tres valores, la autora concluye que durante la Crisis de los misiles los latinoamericanos “debated, demonstrated, and transformed their understandings of security, sovereignty, and solidarity”. (4)

60 años de la crisis de los misiles cubanos: al borde de la guerra atómica | Cultura

Para Keller, estos valores son tan importantes que pareciera proponer un nuevo paradigma para el estudio de la Guerra Fría basado en ellos. La autora argumenta que los valores compartidos de seguridad, soberanía y solidaridad no son exclusivos de América Latina y que, por ende, son útiles para desarrollar un nuevo modelo para estudiar la Guerra Fría a nivel global.   Además, al cambiar nuestra atención  del conflicto bilateral y enfocarnos en otras partes del mundo – como América Latina – la Guerra Fría resulta ser menos fría y mucho más compleja.

Keller analiza la crisis a partir de tres preguntas: ¿qué la causó?, ¿por qué no provocó una guerra nuclear? y ¿cuál es su importancia? Veamos sus respuestas.

Keller elabora una explicación muy amplia de las causas de la crisis, destacando el papel de los pueblos y gobiernos latinoamericanos. La Revolución Cubana   impactó a América Latina, generando entusiasmo, pero también miedo. Esto influyó en cómo los gobiernos latinoamericanos reaccionaron a la revolución, pues unos defendieron y otros atacaron a Castro. A mayor radicalización de la revolución, mayor radicalización de sus oponentes  regionales, que buscaron socavarla y aislar a Cuba. El apoyo y solidaridad   dados por Castro a movimientos revolucionarios se convirtió en algo inaceptable para  políticos y líderes estadounidenses y latinoamericanos (especialmente centroamericanos y caribeños). Los líderes de la derecha latinoamericana, los exiliados cubanos y el gobierno estadounidense trabajaron en conjunto para aislar a Cuba de la comunidad interamericana.  Los intentos para acabar y aislar  la Revolución, y  la cada vez más  fuerte retórica antirrevolucionaria, convencieron a Castro y Khruschev de que la seguridad y la soberanía de Cuba estaban en peligro. Para ellos era necesario tomar medidas drásticas que garantizaran la seguridad de la isla. De ahí la oferta soviética de misiles nucleares y su aceptación por Castro. En palabras de la autora, “The Cuban Missile Crisis, then began with a tragic irony: Those who were trying to weaken Castro unintentionally inspired the Soviets to offer him stronger weapons than had ever before been introduced into the Western hemisphere beyond US soil”. (2)

La crisis de los misiles - Fernando Díaz Villanueva

En cuanto a por qué la crisis se resolvió sin llegar a una guerra nuclear, la autora elabora una explicación con una fuerte participación latinoamericana. Según ella, Kennedy y Khrushchev entendieron que estaban perdiendo el control de la situación ante la creciente violencia en América Latina (los casos más extremos fueron Bolivia y Venezuela), la presión a favor de una intervención militar por parte de los halcones del Pentagono, los líderes centroamericanos y caribeños y los exiliados cubanos, y la actitud frenética de Castro que culminó con el derribo de un avión espía estadounidense. En otras palabras, la crisis terminó pacíficamente porque la situación en América Latina “was spinning out of control and becoming increasingly violent”. (237) Ambos líderes, y en especial Khrushchev, entendieron la inminencia de una guerra nuclear e hicieron todo lo que les fue posible para evitarla.

Con relación a la tercera pregunta, Keller argumenta que la crisis importa porque forzó a las personas y gobiernos latinoamericanos a confrontar la Guerra Fría y el papel que jugaban en ella. La crisis los obligó a cuestionarse lo que entendían por seguridad, soberanía y solidaridad. Según ella, la crisis forzó a los latinoamericanos a reconocer que sus destinos estaban conectados. Los obligó a  entender que lo que pasara en Cuba le podría afectar a todes.

 163La crisis también es importante por sus consecuencias. Keller insiste en que la Crisis de los Misiles no duró trece días, pues tardó años en producirse y sus consecuencias sobre América Latina y las relaciones interamericanas se extendieron por décadas. La crisis tuvo diversas consecuencias para los ciudadanos y estados latinoamericanos:

  • La promesa de Kennedy de invadir Cuba si los misiles eran retirados frustró a los exiliados cubanos y a los líderes de la región caribeña, para quienes Castro era una amenaza para su seguridad. Estos se sintieron traicionados por Kennedy.
  • La crisis resolvió la división en la OEA sobre el tema cubano y fortaleció el liderazgo estadounidense en dicha organización.
  • La crisis debilitó los lazos de EE.UU. con países que siguieron su propio camino (Brasil) y los fortaleció con quienes cooperaron con ellos (Argentina, Venezuela).
  • El desenlace de la crisis cambió la imagen de los líderes cubanos a una de debilidad y dependencia. Para algunos, al aceptar los misiles, Cuba se convirtió en un satélite soviético.
  • La imagen de Khrushchev también sufrió daño por haber roto sus promesas de defender a Cuba en su momento de mayor necesidad.
  • Muchos izquierdistas latinoamericanos llegaron a la conclusión de que no podían depender ni de Cuba ni de la URSS “and instead had to look inward or to China.” (231)
  • La crisis casi provocó un rompimiento cubano-soviético porque Castro y el pueblo cubano se sintieron traicionados por sus aliados soviéticos.
  • La crisis facilitó la creación de la primera zona libre de armas nucleares con la firma del Tratado de Tlatelolco en 1967

 

En conclusión, este es un excelente libro, cuya lectura es obligatoria para todos aquellos interesados no solo en la Crisis de los Misiles, sino también en la Guerra Fría latinoamericana y global. Solo tengo una crítica que hacerle a Keller. La autora prometió una nueva historia de la Crisis de los Misiles con un enfoque amplio que incluiría a todos los pueblos y gobiernos de América Latina. Su enfoque es impresionantemente amplio, pero no cubre a todos los pueblos y gobiernos latinoamericanos porque Puerto Rico no recibe la atención que merece. Keller menciona a Puerto Rico, pero no examina el papel que la isla jugó durante la crisis, ni cómo el gobierno y los puertorriqueños reaccionaron. Ello a pesar de la situación colonial de Puerto Rico y de la enorme importancia militar de la isla para Estados Unidos en 1962.

Dr. Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú, 8 de febrero de 2026

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Otros punto de vista sobre JFK

Joseph Nye

El país, 20 de noviembre de 2013

El 22 de noviembre se cumplirán 50 años del asesinato del presidente John F. Kennedy. Fue uno de esos acontecimientos tan estremecedores, que las personas que lo vivieron se acuerdan dónde estaban cuando supieron la noticia. Yo estaba bajando del tren en Nairobi cuando vi el dramático encabezado. Kennedy tenía tan solo 46 años cuando Lee Harvey Oswald lo asesinó en Dallas. Oswald era un ex marino descontento que había desertado a la Unión Soviética. Aunque su vida estuvo llena de enfermedades, Kennedy proyectaba una imagen de juventud y vigor, que hicieron más dramática y patética su muerte.

El martirio de Kennedy hizo que muchos estadounidenses lo elevaran al nivel de grandes presidentes, como George Washington y Abraham Lincoln, pero los historiadores son más reservados en sus evaluaciones. Sus críticos hacen referencia a su conducta sexual a veces imprudente, a su escaso récord legislativo y a su incapacidad para ser congruente con sus palabras. Si bien Kennedy hablaba de derechos civiles, reducciones de los impuestos y de la pobreza; fue su sucesor, Lyndon Johnson, el que utilizó la condición de mártir de Kennedy –aunado a sus muy superiores habilidades políticas– para pasar leyes históricas sobre estos temas.

En una encuesta de 2009 de especialistas sobre 65 presidentes estadounidenses JKF es considerado el sexto más importante, mientras que en una encuesta reciente realizada por expertos británicos en política estadounidense, Kennedy obtiene el lugar quince. Estas clasificaciones son sobresalientes para un presidente que estuvo en el cargo menos de tres años. Sin embargo, ¿qué logró verdaderamente Kennedy y cuán diferente habría sido la historia si hubiera sobrevivido?

En mi libro, Presidential Leadership and the Creation of the American Era, clasifico los presidentes en dos categorías: aquellos que fueron transformadores en la definición de sus objetivos, que actuaron con gran visión en cuanto a importantes cambios; y los líderes operativos, que se centran sobre todo en aspectos “prácticos”, para garantizar que todo marchaba sobre ruedas (y correctamente). Como era un activista y con grandes dones de comunicación con un estilo inspirador, Kennedy parecía ser un presidente transformador. Su campaña en 1960 se desarrolló bajo la promesa de “hacer que el país avance de nuevo».

En su discurso de toma de posesión, Kennedy llamó a hacer esfuerzos (“No hay que preguntarse qué puede hacer el país por mí, sino que puedo hacer yo por mi país”). Creó programas como el Cuerpo de Paz y la Alianza para el Progreso para América Latina; además, preparó a su país para enviar al hombre a la luna a finales de los años sesenta. Sin embargo, a pesar de su activismo y retórica, Kennedy tenía una personalidad más precavida que ideológica. Como señaló el historiador de presidentes, Fred Greenstein, “Kennedy tenía muy poca perspectiva global.”

En lugar de criticar a Kennedy por no cumplir lo que dijo, deberíamos agradecerle que en situaciones difíciles actuaba con prudencia y sentido práctico y no de forma ideológica y transformadora. Su logro más importante durante su breve mandato fue el manejo de la crisis de los misiles de Cuba en 1962, y apaciguamiento de lo que fue probablemente el episodio más peligroso desde el comienzo de la era nuclear.

Sin duda se puede culpar a Kennedy por el desastre de la invasión a Bahía de Cochinos en Cuba y la subsiguiente Operación Mangosta, el esfuerzo encubierto de la CIA contra el régimen de Castro, que hizo pensar a la Unión Soviética de que su aliado estaba bajo amenaza. Sin embargo, Kennedy aprendió de su derrota en Bahía de Cochinos y creó un procedimiento detallado para controlar la crisis que vino después de que la Unión Soviética emplazara misiles nucleares en Cuba.

Muchos de los asesores de Kennedy, así como líderes militares de los Estados Unidos, querían una invasión y un ataque aéreo, que ahora sabemos podrían haber hecho que los comandantes soviéticos en el terreno usaran sus armas nucleares tácticas. En cambio, Kennedy ganó tiempo y mantuvo abiertas sus opciones mientras negociaba una solución para la crisis con el líder soviético, Nikita Khrushchev. A juzgar por los duros comentarios del vicepresidente de la época, Lyndon Johnson, el resultado habría sido mucho peor si Kennedy no hubiera sido el presidente.

Además, Kennedy también aprendió de la crisis cubana de misiles: el 10 de junio de 1963 dio un discurso destinado a apaciguar las tensiones de la Guerra Fría. Señaló, “hablo de paz, por lo tanto, como el fin racional necesario del ser humano racional”. Si bien una visión presidencial de paz no era nueva, Kennedy le dio seguimiento mediante la negociación del primer acuerdo de control de armas nucleares, el Tratado de prohibición parcial de los ensayos nucleares.

La gran pregunta sin respuesta sobre la presidencia de Kennedy y cómo su asesinato afectó la política exterior estadounidense, es ¿qué habría hecho él en cuanto a la guerra en Vietnam? Cuando Kennedy llegó a la presidencia los Estados Unidos había algunos cientos de asesores en Vietnam del sur; pero ese número aumentó a 16.000. Johnson finalmente incrementó las tropas estadounidenses a más de 500.000.

Muchos partidarios de Kennedy sostienen que él nunca habría cometido ese error. Aunque respaldó un golpe para sustituir al presidente de Vietnam del sur, Ngo Dinh Diem, y dejó a Johnson una situación deteriorada y un grupo de asesores que recomendaban no retirarse. Algunos seguidores fervientes de Kennedy –por ejemplo, el historiador Arthur Schlesinger, y el asesor de discursos de Kennedy, Theodore Sorensen– han señalado que Kennedy planeaba retirarse de Vietnam después de ganar la reelección en 1964, y sostenían que había comentado su plan al senador, Mike Mansfield. No obstante, los escépticos mencionan que Kennedy siempre habló públicamente de la necesidad de permanecer en Vietnam. La pregunta sigue abierta.

En mi opinión, Kennedy fue un buen presidente pero no extraordinario. Lo que lo distinguía no era solo su habilidad para inspirar a otros, sino su cautela cuando se trataba de tomar decisiones complejas de política exterior. Tuvimos la suerte de que tuviera más sentido práctico que transformador en lo que se refiere a política exterior. Para nuestra mala suerte lo perdimos tras solo mil días.

Joseph S. Nye es profesor de la Universidad de Harvard y autor de Presidential Leadership and the Creation of the American Era.

Traducción de Kena Nequiz

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Próximos a conmemorar el cincuentenario de la peor crisis de la Guerra Fría, comparto con ustedes esta interesante nota de Leandro Morgenfeld sobre la Crisis de los misiles. Morgenfeld es docente  de la UBA y un estudioso  de las relaciones argentino-estadounidenses. Padre de la bitácora Vecinos en conflicto, Morgenfeld es un analista agudo de las relaciones de América Latina y Estados Unidos.

La crisis de los misiles y el sistema interamericano

La crisis de los misiles y el sistema interamericano
Por Leandro Morgenfeld (http://www.marcha.org.ar/1/)
A pocos días de cumplirse 50 años de la denominada “Crisis de los misiles” que puso al mundo al borde de una guerra nuclear un análisis de lo sucedido y el sistema interamericano, impulsado por EE.UU., que resultó de dicho acontecimiento.
En octubre de 1962 se temió, como nunca antes, el estallido de la tercera guerra mundial. El enfrentamiento Washington-Moscú llegó al punto de máxima tensión y se vivieron días dramáticos, hasta que finalmente se vislumbró una salida diplomática. Hoy, medio siglo más tarde, todavía se discuten los entretelones de las negociaciones entre Kennedy, Jruschov y Castro. Lo que no cabe duda es que la crisis permitió a Washington reposicionarse en América y evitar una mayor influencia del proceso revolucionario cubano.
La crisis desatada tras el descubrimiento estadounidense de misiles soviéticos con capacidad nuclear en Cuba no sólo llevó al mundo al borde de la guerra, sino que tuvo consecuencias importantes en el sistema interamericano. La tensión internacional se desató cuando aviones espía de Estados Unidos lograron fotografiar la instalación de misiles soviéticos en la isla caribeña, a pocas millas de Florida. La temida tercera conflagración mundial estuvo a punto de estallar en ese momento. La crisis efectivamente no se circunscribió a los dramáticos 13 días que transcurrieron entre el descubrimiento estadounidense de los misiles soviéticos emplazados en Cuba (15 de octubre) y el acuerdo entre la Casa Blanca y el Kremlin (28 de octubre). Es necesario analizar el contexto de la crisis, no circunscribiéndolo a ese momento específico de laguerra fría, sino ahondando en la relación Washington-La Habana desde una perspectiva histórica, incluyendo los procesos más cercanos al estallido de la misma, como la invasión de Bahía de Cochinos y la Operación Mangosta. Sólo así pueden entenderse las razones de la decisión soviética de desplegar misiles nucleares en Cuba (para evitar lo que se consideraba como un probable nuevo ataque estadounidense a la Isla), aunque también esa riesgosa jugada tenía que ver con el enfrentamiento global entre Washington y Moscú, y en particular con el conflicto por Berlín que se desarrollaba en ese momento.
El despliegue militar soviético, según muestran documentos recientemente desclasificados, fue superior al que entonces habían considerado las autoridades de la Administración Kennedy (el número de militares que Moscú envió a Cuba llegó casi a 50.000). La primera semana del conflicto, desde que se descubrieron los misiles -sin hacerse público- hasta el famoso discurso de Kennedy en el que dio cuenta del hallazgo a través de las fotografías de los aviones U-2 y se dispuso el bloqueo naval a Cuba, bajo el eufemismo de una «cuarentena», es clave para entender la posición estadounidense. A partir de documentación ahora desclasificada, puede entenderse cómo se llegó a tomar la decisión del bloqueo, aplazando otras alternativas más temerarias impulsadas por los halcones del Pentágono, como el ataque aéreo, que hubiera iniciado una escalada y un enfrentamiento nuclear de consecuencias imprevisibles. El haber contado con una semana, antes de que el hallazgo se hubiera filtrado, permitió a la Administración Kennedy barajar alternativas menos riesgosas que la del ataque a Cuba, que casi con seguridad hubiera provocado una escalada de consecuencias trágicas para la humanidad entera.
La segunda semana del conflicto, cuando ya era público, también es clave para comprender el desenlace final. Estados Unidos desplegó las estrategias de la «zanahoria» y el «garrote». Las acciones militares y las declaraciones guerreristas de los gobiernos de Washington y Moscú estuvieron acompañadas de negociaciones diplomáticas sigilosas, a través de canales informales. Las mismas llegaron a buen puerto: el Kremlin se comprometió a retirar los misiles y la Casa Blanca a no invadir Cuba. Además, aunque esto no se hizo público, Estados Unidos prometió retirar los misiles de la OTAN que había emplazado en Turquía para amenazar a la Unión Soviética. La crisis, de todas formas, no se cerró definitivamente el 28 de octubre, sino que siguió hasta que se concretaron los acuerdos. A partir de entonces, se estableció una línea de comunicación directa entre la Casa Blanca y el Kremlin para evitar en el futuro los cortocircuitos que en octubre de 1962 casi desembocaron en una guerra nuclear.
Más allá de las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la crisis provocó una movilización en todo el continente americano. Posibilitó a Washington reposicionarse en la región, luego de las dificultades que había tenido en enero de 1962 para excluir a Cuba del sistema interamericano (Argentina, Brasil, México, Chile, Bolivia y Ecuador se habían opuesto a expulsar a la isla de la OEA). La subordinación del continente tras los mandatos del Departamento de Estado, que se manifestó el 23 de octubre de 1962 (la OEA votó aplicar el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca para garantizar el bloqueo contra Cuba) fue posible, entre otras cuestiones, gracias al giro que se produjo en la relación entre Estados Unidos y Argentina tras el golpe contra Arturo Frondizi y la asunción de José María Guido. El canciller argentino Muñiz, en la OEA, dio impulso a la creación de una fuerza interamericana de intervención, que incluiría una “brigada argentina”, integrada por 10.000 efectivos militares, lista para interceder en cualquier lugar del continente. Además, Argentina participó en el bloqueo, enviando dos buques de guerra y aviones. Se produjo, en esos meses, un inédito alineamiento argentino tras las políticas del Departamento de Estado. Altos mandos de las fuerzas armadas visitaron frecuentemente el Pentágono, entre ellos el jefe del ejército, Onganía, quien adhirió en forma entusiasta a la Doctrina de Seguridad Nacional, impulsada por la Junta Interamericana de Defensa. Con este giro en la relación bilateral, se anticipaba la política de acercamiento a Washington que se profundizaría tras el golpe contra Illia, en 1966.
La crisis de los misiles, entonces, permitió a la Casa Blanca y al Pentágono avanzar en su política de aislar a Cuba del resto del continente y evitar que su influencia se expandiera. Ofreciendo ayuda financiera al gobierno de Guido, que zozobraba ante la aguda crisis económica y las presiones militares, Washington pudo profundizar su histórico objetivo estratégico de alentar la balcanización latinoamericana.

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