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Archive for the ‘Socialismo’ Category

En 1964 se vivió en Berkeley, California, uno de los movimientos  universitarios más importantes en la historia estadounidense. Un grupo de estudiantes de la Universidad de California desarrollaron una serie de protestas en defensa del derecho a la libre expresión. El Movimiento por la Libertad de Expresión  (MLE) fue parte importante de los turbulentos años 1960. En este artículo que comparto con mis lectores,   el  sociólogo  Samuel Faber comenta el  libro de Hal Draper titulado Berkeley: The Student Revolt. Harper fue un estudioso del marxismo y testigo directo de los eventos que narra en su obra. El MLE jugó un papel muy importante en el desarrollo de la izquierda estadounidense en las décadas de 1960 y 1970.

El movimiento por la libertad de expresión de Berkeley, 56 años después

Samuel Farber 

Sin Permiso   13 de setiembre de 2020

El Movimiento por la Libertad de Expresión (FSM) en Berkeley fue un acontecimiento decisivo en la organización de los estudiantes en la década de 1960 en EEUU. Gracias a una movilización sin precedentes, la oposición a la extensión de las normas inspiradas por los macartistas para estrangular las actividades políticas en las universidades y el rechazo a los esfuerzos de la administración para dividir al movimiento, los estudiantes ganaron su derecho democrático a la libertad de expresión en los campus.

Este ensayo es una recensión de la nueva edición de Berkeley: The Student Revolt de Hal Draper, con una introducción de Mario Savio (Haymarket Books 2020).

***

A principios del otoño de 1964, un grupo de estudiantes de pregrado y posgrado de la Universidad de California en Berkeley iniciaron una protesta contra la administración del campus en defensa de su derecho a la libertad de expresión. En poco tiempo, la protesta creció hasta involucrar a un gran número de estudiantes apoyados por sectores importantes de profesores y personal; y en diciembre, el movimiento había ganado sus principales reivindicaciones: la posibilidad de realizar actividades políticas en los límites del campus e, incluso más allá, dentro del propio campus.

El movimiento también politizó y radicalizó a cientos de estudiantes, muchos de los cuales se unieron a la lucha en curso del Movimiento por los Derechos Civiles en Oakland, Berkeley y San Francisco, y al movimiento contra la guerra en Vietnam el semestre siguiente.

 

Nadie estaba mejor preparado para escribir sobre este movimiento que Hal Draper, un bibliotecario en la universidad de cincuenta años, que estuvo en el centro del movimiento del principio al fin, y que desempeñó un papel extremadamente influyente como mentor político de muchos de los dirigentes y activistas estudiantiles involucrados.

Su conocido panfleto “La mente de Clark Kerr”, sobre Kerr, presidente de la Universidad de California en ese momento, tuvo un impacto notable en el movimiento, incluso en la crítica del líder del Movimiento por la Libertad de Expresión (FSM) Mario Savio a la visión de Kerr de la universidad como una fábrica productora de conocimiento. Berkeley: The Student Revolt de Draper es una nueva edición de sus escritos sobre la historia del FSM, publicada por primera vez en 1965, poco después del triunfo del movimiento.

La revuelta de Berkeley – Hal Draper – Razón y Revolución

El libro es un análisis político, basado en una presentación cuidadosa y metódica de una lucha política, por un autor que enfatiza el equilibrio de fuerzas en constante cambio entre las fuerzas contendientes sobre el terreno. Draper analiza esa dinámica en detalle, desde el momento en que se inicia el movimiento, cuando el poder descansaba en las autoridades del campus respaldadas por enormes intereses económicos y políticos, hasta su fin, cuando el poder se había desplazado a favor de los estudiantes, quienes obtuvieron el apoyo de la gran mayoría de los profesores frente a una administración universitaria y del campus intransigente y políticamente sorda.

La historia de Draper del FSM es un ejemplo de cómo es posible desarrollar un análisis objetivo a partir de un punto de vista político claramente favorable al FSM. Se basa en la visión política del “Socialismo desde abajo”, que articuló en su “Las dos almas del socialismo“, publicado originalmente como un artículo en 1960, y más tarde como un folleto de amplia distribución, que defiende que son los propios oprimidos y excluidos los que deben emprender directamente la lucha por sus intereses y por su auto-emancipación, en lugar de esperar que luchen por ellos sus gobernantes o aspirantes a salvadores.

Los estudiantes de Berkeley pudieron ganar la batalla por la libertad de expresión gracias a  una protesta sin precedentes y una movilización radical que fue mucho más allá del liberalismo habitual. Los estudiantes rechazaron la extensión de las normas inspiradas en los macartistas de la década de 1950 para estrangular las actividades políticas en el campus, que la administración adoptó bajo la presión de las empresas del área, las autoridades locales y estatales y, finalmente se opusieron a las propias normas. Y el muy democrático movimiento FSM, a través de su creciente militancia, superó las maniobras de la administración para recortar sus concesiones iniciales y sus intentos de dividir el movimiento, sacando partido de la intransigencia y la sordera política de la administración.

Raíces del movimiento por la libertad de expresión

El relato de Draper sobre el FSM comienza con la formación de una coalición de un gran número de organizaciones políticas y sociales del campus que rápidamente se unieron para luchar contra una serie de nuevas restricciones a la actividad política en el campus impuestas por la administración de Berkeley en septiembre de 1964.

Esto, explica Draper, fue parte de la reacción política conservadora ante el alto nivel de participación de los estudiantes en las manifestaciones militantes por los derechos civiles en Berkeley, Oakland y San Francisco, centradas principalmente en el tema de la discriminación laboral contra la gente negra.

A la cabeza de esta reacción se encontraban las fuerzas conservadoras de la comunidad empresarial de Oakland, lideradas por el periódico de derecha Oakland Tribune, cuyo propietario y editor era el exsenador republicano William Knowland, un firme partidario del generalísimo chino Chiang Kai-shek.

Su periódico lideró una campaña contra los “Berkeley Reds” (los Rojos de Berkeley) que estaban perjudicando los intereses de la comunidad empresarial de Oakland, como los restaurantes en la plaza Jack London, la principal atracción turística de Oakland, que eran el objetivo de piquetes para obligarlos a contratar  trabajadores negros.

Estas presiones de la derecha encontraron un fuerte eco en la Junta de Regentes de la universidad, que habían sido designados por el gobernador de California, y que en su mayoría eran empresarios prominentes y partidarios del status quo.

El entonces gobernador de California, Edmund “Pat” Brown (padre del reciente gobernador Jerry Brown) era un liberal partidario de la libertad de expresión siempre que fuera en lugares donde su ejercicio tuviera pocas posibilidades de tener consecuencias prácticas, como en el caso de un discurso que pronunció en defensa del concepto general de la libertad de expresión en la despolitizada Universidad de Santa Clara (Jesuíta) en 1961. Sin embargo, cuando se enfrentó a la protesta del FSM, el gobernador Brown adoptó una estricta línea de ley y orden.

FSM: Free Speech Movement at Berkeley | Tina Kane: Miscellany

Siguiendo la estrategia triangular característica de muchos liberales, Brown se acomodó a las fuerzas de la derecha, presentándose como el defensor de la “ley y el orden” por temor a perder el apoyo electoral de la derecha política conservadora. (Al final resultó que su adaptación a la derecha fue en vano y no impidió que perdiera su campaña de reelección ante Ronald Reagan en 1966, quien prometió mano dura contra los manifestantes).

Las autoridades del campus, encabezadas por el canciller conservador de Berkeley Edward Strong y por Clark Kerr, un tecnócrata liberal del establishment, no necesitaron mucha presión para ceder ante las fuerzas conservadoras externas. Mucho antes del otoño de 1964, las autoridades del campus habían establecido limitaciones a la actividad política que hacían casi imposible celebrar una reunión política en el campus, un residuo importante de la influencia macartista en la política de California de los años cincuenta. Como resultado, las organizaciones políticas estudiantiles estaban obligadas a reunirse fuera del campus en espacios alquilados, principalmente en el cercano Stiles Hall del YMCA.

Esta vez, sin embargo, las autoridades del campus decidieron ir mucho más lejos en la limitación de la actividad política aprovechando un tecnicismo legal: el “descubrimiento” de que parte de una acera era en realidad propiedad del campus en vez de la ciudad y, por lo tanto, no podía haber en ella actividades políticas no autorizadas. Es decir, se prohibía a los estudiantes distribuir folletos y poner puestos de libros en la esquina más concurrida del campus de Bancroft Way y Telegraph Avenue.

Inicialmente, la administración del campus adoptó una línea dura, rechazando las reivindicaciones de la naciente coalición del FSM de continuar usando la ahora famosa franja de acera para la difusión de literatura política. Más tarde, obligados por la creciente militancia de los activistas y el apoyo de los estudiantes de posgrado y pregrado que se produjo en respuesta a la prohibición de la administración, las autoridades de la Universidad de California y las de su campus de Berkeley se embarcaron en una serie de negociaciones, haciendo concesiones y luego retirándolas cuando creían que los manifestantes habían perdido fuerzas.

Como señala Draper, las recalcitrantes maniobras de las administraciones del campus y de la universidad fueron en parte influenciadas por la creciente presión de las fuerzas conservadoras externas, pero también por la desmesurada confianza de la administración, basada en la incuestionada suposición de que podría superar las protestas estudiantiles sin mucha dificultad. No es sorprendente que esta confianza en sí misma condujera a respuestas poco sofisticadas y políticamente sordas que socavaron en gran medida la confianza que la administración aún conservaba entre una parte de los estudiantes y profesores.

Students fight for free speech! | HISTORY IN THE MAKINGSin embargo, aunque el crecimiento del FSM fue impulsado por las maniobras y zig-zags de la administración, que deslegitimaron progresivamente su autoridad, el liderazgo del movimiento jugó un papel clave en la construcción y consolidación del apoyo de los estudiantes y profesores al FSM.

Como muestra Draper, este liderazgo, constituido en su mayor parte por estudiantes de pregrado y posgrado radicales y socialistas con considerable experiencia y formación políticas, pudo mantener una estrategia clara que evitó, por un lado, las tendencias liberales y socialdemócratas entre los estudiantes y profesores que amenazaban con renunciar a los principales objetivos del movimiento, y por otro lado, cualquier ultra-izquierdismo que hubiera desacreditado al movimiento a los ojos de la gran mayoría de sus simpatizantes, que habrían rechazado cualquier provocación innecesaria a las autoridades del campus ajena a las cuestiones que propiciaron el movimiento.

Como señala Draper, este liderazgo no solo tuvo que lidiar con las autoridades universitarias, sino también con divisiones internas dentro de sus propias filas de quienes no estaban especialmente preocupados por la reivindicación de la libertad de expresión en sí misma, enfocada principalmente a restablecer los derechos de los estudiantes a distribuir libremente literatura política en la acera en disputa y dentro del propio campus, sino por los medios cada vez más militantes que la dirección del movimiento adoptó para contrarrestar las tácticas arbitrarias y manipuladoras de las autoridades universitarias, medidas que fueron defendidas principalmente por los socialistas y radicales que participaban en el FSM .

La más importante de estas posibles divisiones internas, escribe Draper, se planteó a partir de una iniciativa del destacado sociólogo de Berkeley, Seymour Martin Lipset. Junto con los dirigentes de los Jóvenes Demócratas de América y de la Liga de Jóvenes Socialistas, una organización de la derecha socialdemócrata, Lipset organizó una reunión en su casa con Clark Kerr. En esa reunión, Kerr instó a los sectores moderados a separarse del FSM para constituir un grupo con el que las autoridades universitarias pudieran negociar. Habiendo acordado hacerlo a cambio de las concesiones prometidas por Kerr en relación con la libertad de expresión, los moderados abandonaron la reunión convencidos de que Kerr cumpliría sus promesas.

Pero en una segunda reunión al día siguiente con Kerr y el vicepresidente de la Universidad de California, Earl Bolton, y la inclusión de representantes estudiantiles de los conservadores Jóvenes Republicanos, descubrieron con gran desilusión que Kerr no estaba dispuesto a hacer ninguna concesión. Draper cita el comentario indignado de uno de los socialdemócratas presentes después de la reunión: “Quería que nos vendiéramos sin ni siquiera ofrecer nada a cambio” (p. 79). Fue esta maniobra de Kerr, como director de la universidad, la que impulsó a muchas de estas fuerzas moderadas a apoyar las acciones militantes propuestas por la dirección del movimiento, que incluyeron varias manifestaciones masivas, sentadas y la convocatoria de una huelga en diciembre de 1964.

FSM Newspaper CoverageLas divisiones en las filas del movimiento no  desaparecieron, señala Draper. A medida que el movimiento se acercaba a su clímax, cuando su dirección convocó la huelga, algunas personas y grupos de estudiantes se opusieron activamente. No lograron ningún apoyo significativo, incluso entre los estudiantes a los que no les gustaba la idea de ir a la huelga o eran ambivalentes. Como escribe Draper:

“En un conflicto dinámico, no hay simplemente una mayoría y una minoría: la oposición no es un todo homogéneo. Una parte puede ser neutralizada, abandonando su oposición por completo, sin que se pase al lado más activo. Otro sector, aunque permanece en la oposición, puede estar tan corroido por la incertidumbre – tan tácitamente impresionado por el atractivo de la posición a la que se opone formalmente – que su oposición se debilita en la práctica. Así como una fuerza dada ejerce una potencia de palanca proporcional a su distancia del fulcro, una fuerza de combate ejerce una influencia en el conflicto que es proporcional no simplemente a su número sino también a la fuerza de sus convicciones y la firmeza de sus seguidores”. (pp. 131)

Esa fue la correlación de fuerzas que, como Draper describe, terminó moviendo a los profesores, que inicialmente había ocupado una posición intermedia, moderadora, en el conflicto, a apoyar al FSM. Unos doscientos profesores habían apoyado inicialmente el movimiento en otoño, pero en diciembre, ante la masiva huelga estudiantil, el claustro de la facultad adoptó una resolución claramente favorable a las reivindicaciones del movimiento estudiantil con una impresionante votación de 824 contra 115, que apoyaba implícitamente la huelga estudiantil.

Pero Draper señala que, en contraste con un estudiantado cada vez más militante y políticamente radicalizado, la victoria de los simpatizantes del FSM en el claustro fue meramente coyuntural. Es decir, no reflejó una radicalización real del cuerpo docente. Así lo indicaron los resultados de unas elecciones convocadas por el claustro de la facultad para formar un Comité Ejecutivo de Emergencia. Para hacer frente a los “problemas derivados de la crisis actual”, una mayoría de “moderados” que no habían formado parte del grupo de los doscientos terminaron siendo elegidos. (p.152)

Al final, el FSM obtuvo todas sus reivindicaciones más importantes relacionadas con la libertad de expresión, lo que hizo posible que las organizaciones estudiantiles reconocidas se reunieran no solo en el tramo de acera en disputa sino en cualquier lugar del campus, y celebraran eventos políticos de forma gratuita y sujetos solo a limitaciones relativamente mínimas. Además, los activistas graduados del FSM formaron uno de los primeros sindicatos de asistentes de enseñanza e investigación en el país (AFT Local 1570), del cual fui miembro fundador como asistente de investigación graduado en Berkeley.

Berkeley FSM | Free Speech Movement 50th Anniversary

Y, por primera vez en el campus de Berkeley, una lista compuesta por activistas de pregrado del FSM ganó las elecciones de la Asociación de Estudiantes de la Universidad de California (ASUC) oficial, de la que los estudiantes graduados habían sido excluidos años antes por una administración que consideraba que esta privación de sus derechos permitiría limitar la influencia de la izquierda en la asociación de estudiantes.

Dadas esas victorias y los miles de estudiantes que se involucraron en el movimiento (incluidos unos ochocientos que fueron arrestados en una sentada en Sproul Hall, el edificio de la administración), Hal Draper puede reclamar legítimamente, como lo hace en su libro, que el FSM “fue probablemente el movimiento más poderoso y con más éxito jamás protagonizado por los estudiantes de Estados Unidos en conflicto con la autoridad” (pp. 135–36).

Sus efectos se sintieron incluso después que terminase: la radicalización de cientos de estudiantes y su victoria sobre la administración universitaria, alimentaron el crecimiento y desarrollo del movimiento radical contra la guerra de Vietnam en el Área de la Bahía de San Francisco el siguiente semestre en la primavera de 1965.

El giro hacia el radicalismo en Berkeley

Cuando llegué al campus en el otoño de 1963 para unirme al Departamento de Sociología como estudiante recien graduado, solo había unos doscientos estudiantes militantes activos en todo el campus. Al ser un número relativamente pequeño, llegué a conocer a la mayoría de ellos de vista, cuando no por su nombre, y comencé a participar en los mítines, manifestaciones y reparto de folletos sobre los derechos civiles en la posteriormente disputada acera de la esquina de Bancroft y Telegraph. A fines del otoño de 1964, sin embargo, ya no podía reconocer a la mayoría de ellos: su número probablemente se había multiplicado por diez.

Un proceso similar tuvo lugar en mi propio departamento, donde al comienzo era solo uno de una docena de estudiantes graduados radicales, socialistas y políticamente activos, aunque terminé rodeado por un número significativamente mayor de ellos gracias al FSM y los debates y eventos relacionados con él organizados por el Club de Sociología de los estudiantes graduados durante el otoño de 1964.

También fui testigo de cómo muchos estudiantes moderados de mi departamento, que a principios del semestre se habían resistido y cuestionado activamente las iniciativas y propuestas de los radicales, se radicalizaron también bajo el impacto de los acontecimientos y se pusieron de nuestro lado.

Esta es la razón por la que las interpretaciones contemporáneas del FSM, como el libro de Robert Cohen, The Free Speech Movement, que lo define como un movimiento fundamentalmente liberal, en pos de un objetivo liberal, están equivocadas. Pudiera ser así a principios del semestre del otoño de 1964, cuando comenzó la protesta. Pero a medida que se desarrolló la lucha con las autoridades, cientos de activistas del FSM se radicalizaron al recurrir a acciones cada vez más militantes que iban más allá de los límites de la legalidad del campus.

Daily Cal Archives en Twitter: "About 280 women were arrested during this  Free Speech Movement sit-in on Dec. 3, 1964 https://t.co/G4iDvG7w7I  #internationalwomensday… https://t.co/AlZLFhsGl9"

Esto incluyó la desobediencia civil para resistir a la policía y el cuestionamiento radical de las políticas del campus de Berkeley, de las autoridades universitarias, de los Regentes de la Universidad y de los poderosos intereses empresariales que se opusieron al movimiento estudiantil y a la lucha por los derechos civiles que lo provocó. Tras comenzar como un movimiento compuesto en su mayoría por estudiantes liberales, a fines del semestre de 1964 se había convertido en un movimiento democrático radical que iba mucho más allá de la política y los métodos del liberalismo estadounidense.

Es incuestionable que el movimiento fue liderado desde el principio mayoritariamente por radicales y socialistas que, como Mario Savio, habían adquirido sus dotes políticos en otras luchas, como el Movimiento por los Derechos Civiles, con anterioridad al FSM. En particular, Savio y muchos otros se habían radicalizado hacia poco por sus experiencias en el movimiento Mississippi Freedom Summer, que tuvo lugar durante las vacaciones de verano anteriores al otoño de 1964.

A la cabeza de una federación de grupos muy democrática del FSM, estos experimentados dirigentes, a través de sus numerosos mítines, folletos y discusiones informales en las clases y otras actividades escolares, convencieron y alentaron con exito a los estudiantes a emprender acciones cada vez más radicales.

Como otros estudiosos del FSM, Cohen también subestima el papel clave que jugaron los socialistas de diversas tendencias en el movimiento. A diferencia del resto de los campus estadounidenses, donde los Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS), de tendencia radical, se habían convertido en la organización de izquierda predominante a mediados de los sesenta, la presencia de la izquierda organizada en el campus de Berkeley era predominantemente socialista. El SDS de Berkeley jugó un papel muy secundario en el FSM, y principalmente como una actividad individual de los miembros del SDS, no como grupo organizado.

Tres grupos socialistas formaban la izquierda organizada en Berkeley. El primero, el Club Socialista Independiente (Socialistas Internacionales, o IS después de 1969) bajo el liderazgo ideológico de Hal Draper. Defendían una política revolucionaria socialista de izquierda de “tercer campo”, históricamente arraigada en el movimiento trotskista, del que se había apartado casi veinticinco años antes, al defender que la URSS era una nueva forma de sociedad de clases en lugar de que un “estado obrero degenerado”, como había sostenido Trotsky.

El segundo grupo socialista era la Alianza de Jóvenes Socialistas (YSA), la organización juvenil del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP), trotskista “ortodoxo”. El tercer grupo fue el Club W.E.B. Du Bois con estrechos vínculos con el Partido Comunista de EEUU. Juntos, estos tres grupos tenían aproximadamente un centenar miembros activos entre los estudiantes.

Aunque muchos de ellos eran jóvenes y todavía carecían de experiencia política, estaban organizados y dirigidos por cuadros de gran experiencia política en cada uno de esos grupos. Los dirigentes de estos tres grupos también se convirtieron en líderes del FSM, y se les unieron otros líderes, como Mario Savio, que también eran socialistas aunque no estaban afiliados a ningún grupo. Por lo tanto, el peso político de los líderes del FSM que eran socialistas, organizados o no, fue fundamental a la hora de inyectar militancia, experiencia táctica y astucia al movimiento.

Cohen presta aún menos atención a los numerosos estudiantes, en su mayoría graduados que preparaban sus maestrías y doctorados, que, como Savio, no eran miembros de ninguno de los tres grupos socialistas organizados en el campus, pero que sin embargo eran socialistas con experiencia política. Estos estudiantes eran muy activos en el movimiento y desempeñaron papeles importantes en el FSM como cuadros activistas y organizadores, particularmente en departamentos académicos como sociología, historia y matemáticas, así como en el sindicato local AFT recién fundado y el movimiento contra la guerra que creció enormemente en el campus a partir de la primavera de 1965.

Ellos, junto con muchos de los estudiantes de pregrado y especialmente los de posgrado que pertenecían a los tres grupos socialistas, se habían matriculado deliberadamente en Berkeley por su reputación política, además de académica y la generosa financiación proporcionada por el gobierno estatal y el federal, y por numerosos fundaciones, en un momento en que la educación superior pública estaba en auge en California y en otros lugares. En la década de 1960, la combinación de política radical y socialista, alto nivel académico, abundante apoyo financiero y el excelente clima de Berkeley era difícil de resistir.

Hubo otros factores que contribuyeron a hacer de Berkeley un polo de atracción en la década de 1960. En aquella época, la gran mayoría de los estudiantes de pregrado de Berkeley provenían de California, mientras que los estudiantes de posgrado eran originarios de otras partes de los Estados Unidos y de muchos países extranjeros. La admisión de pregrado estaba reservada a quienes habían obtenido un promedio de B + o superior en la escuela secundaria. Pero, el coste de la matrícula para los estudiantes de pregrado y posgrado era muy baja para aquellos con residencia en California (que los ciudadanos estadounidenses y los inmigrantes con “tarjetas verdes” podían obtener tras vivir un año en el estado). Esto hizo que Berkeley fuera accesible para los estudiantes de pregrado de clase trabajadora y de clase media baja (en ese momento, la mayoría de los estudiantes de posgrado se financiaban a través de becas o ayudas a la enseñanza y la investigación).

Como Berkeley aún no se había gentrificado, la gran mayoría de los estudiantes, tanto de pregrado como de posgrado, vivían a poca distancia del campus, pagaban alquileres relativamente moderados y estaban rodeados de una densa red de cafés, librerías, restaurantes y cooperativas de vivienda estudiantiles. Un par de años más tarde también contaban con un periódico semanal radical, Barb, dirigido principalmente hacia la comunidad universitaria, todo lo cual facilitó enormemente la comunicación y la organización del movimiento estudiantil.

Por ejemplo, yo era parte de un “árbol telefónico” que me informaba de las acciones de emergencia organizadas por el FSM. Como vivía a solo siete cuadras del campus, podía llegar en muy poco tiempo, como miles de otros estudiantes.

Evidentemente, había grandes lagunas en el universo radical de Berkeley. Como ocurría generalmente en la educación superior en California y en el resto de los Estados Unidos, con la excepción de muchos colleges locales, su composición era casi completamente blanca en su profesorado y estudiantes, con la importante excepción de un número significativo de estudiantes japoneses- estadounidenses que eran hijos de los internados en campamentos durante la Segunda Guerra Mundial, y por lo tanto constituían la tercera generación “Sansei” de ese grupo.

No se conocía de verdad ni el término ni la substancia de “acción afirmativa”, aunque yo era miembro activo del capítulo universitario del Congreso de la Igualdad Racial (CORE) que había comenzado a organizar acciones estudiantiles basadas en esa noción en 1963 y 1964, a formar comités de estudiantes (en los que participé) para visitar las tiendas de Berkeley y Oakland y pedirles que firmasen acuerdos comprometiéndose a contratar a un trabajador negro de cada dos. El entendimiento tácito era que sufrirían la acción de los piquetes si no firmaban o no cumplían su promesa. Por lo tanto, practicábamos la política de “acción afirmativa” (de hecho, de cuotas) incluso antes de conocer el propio término.

 

Para algunos líderes del FSM, como Michael Rossman, no fue principalmente la política, sino el descontento y la alienación con las prácticas educativas a nivel de pregrado de Berkeley lo que inspiró y alimentó el FSM. La alienación estudiantil de la que hablaba Rossman era real. Gran parte de la educación universitaria en Berkeley, al menos en humanidades y ciencias sociales, adoptaba la forma de largas e impersonales conferencias.

A excepción de algunas estrellas como Carl Schorske en el Departamento de Historia, muchos de los profesores famosos, que eran los imanes que atraían a muchos estudiantes, con frecuencia no estaban disponibles para enseñar y dejaban la enseñanza en manos de miembros desconocidos de la facultad. Además de las clases masivas también había grupos de discusión más reducidos, pero eran responsabilidad de estudiantes graduados que actuaban como asistentes de enseñanza (TA), por lo general solo un poco mayores que los estudiantes universitarios.

Los estudiantes también tenían que lidiar con una administración asfixiante. En ese momento, Berkeley tenía cerca de treinta mil estudiantes, más de mil profesores y un número aún mayor de personal administrativo o de servicio. Todos ellos estaban sometidos a una burocracia relativamente grande, a menudo muy frustrante y difícil de superar. Había que rellenar muchos documentos y los procesos eran tan complicados que a menudo era difícil discernir quién estaba a cargo de qué.

Esta realidad burocrática se prestó a la crítica y el desprecio de los estudiantes, que se expresó con el lema popular “No doblar, girar ni mutilar” [a los estudiantes], que satirizaba las instrucciones que se pedía seguir a los estudiantes a la hora de proorcionar su información personal y académica en tarjetas rectangulares, como requería la tecnología de IBM utilizada entonces para fines administrativos.

Sin embargo, Draper contradice a Rossman citando las conclusiones de dos encuestas realizadas en aquella época por el profesor Robert Somers del Departamento de Sociología. Estas encuestas mostraban que, si bien podía existir un descontento latente con la calidad de la educación que brindaba la universidad, fue la indignación de los estudiantes por haber sido privados de su derecho a la actividad política lo que claramente motivó su participación en el FSM (pp. 179–180).

El FSM y la nueva izquierda

A pesar del importante papel que jugaron los socialistas de distintas tendencias en el FSM, solo una minoría de estudiantes activistas del mismo podrían ser considerados, o se consideraban a sí mismos, socialistas. Pero la dirección del FSM si contaba con una mayor proporción de socialistas. Como Draper describe con precisión, los activistas y líderes no socialistas eran, en su mayor parte, radicales politizados hacía poco en campañas concretas, reacios a relacionar varios temas para adoptar una visión global de la sociedad. Eso es lo que consideraban un enfoque “pragmático” no ideológico.

Para ilustrar este enfoque, Draper cita a un estudiante radical que describe su política como la suma total de las posiciones que había adoptado sobre una serie de cuestiones concretas, como los derechos civiles y la guerra de Vietnam (p.184). En su excelente análisis y debate sobre este nuevo radicalismo, Draper señala que, en vez de rechazar la ideología y la teoría como tales, este radicalismo “pragmático” rechazaba específicamente las “viejas” ideologías y teorías radicales como el comunismo y, en mucho menor medida, la social-democracia. (pp.184–87)

Agrega que esto sucedía como reacción al “fracaso de todas las corrientes pasadas del radicalismo estadounidense a la hora de transformarse en movimientos de masas” (p. 185), particularmente entre los muchos estudiantes radicales nacidos en antiguas familias comunistas. Este es el núcleo de lo que se denominó la “Nueva Izquierda”.

Para estos nuevos izquierdistas, rechazar la ideología comunista, sin caer por ello en la rutina del anticomunismo dominante era rechazar la ideología de sus padres, no porque fuera comunista, sino porque era una ideología. Su posicionamiento no ideológico también respondía a su preocupación de que las diferencias ideológicas pudieran afectar a la unidad del movimiento.

Y de hecho, el FSM, que se formó originalmente como una coalición de organizaciones, evitó sacar demasiadas conclusiones generales sobre lo que estaba haciendo, y correspondió a grupos socialistas como el ISC asumir esa tarea. Por otro lado, eso limitó y restringió el desarrollo político del movimiento (en el sentido de relacionarse con otras luchas en curso) y redujo su alcance. Por lo tanto, como Draper resume, “el FSM pudo desempeñar un papel en la acción, pero no ideológico”. (p. 186)

 

Mi experiencia en el FSM influyó en mi desarrollo político mientras vivía y presenciaba la politización y radicalización de los estudiantes, el personal del campus e incluso de algunos profesores a través de sus experiencias en la lucha contra la administración y contra la policía que arrojó sobre nosotros el gobernador demócrata Pat Brown.

Aprendí en la práctica que, a diferencia de los izquierdistas que creen que es más probable que las personas luchen y se rebelen cuando han sido derrotadas y machacadas, ganar – y especialmente ganar a lo grande – empodera a la gente, aumenta sus expectativas y abre su apetito político. La derrota, en cambio, y hubo derrotas temporales en el transcurso de esta lucha, tiende a desmoralizar a la gente, a limitar sus expectativas y las influye a querer conservar lo que tienen en lugar de luchar por su emancipación y a aumentar su poder político.Samuel Farber  nació en Marianao, Cuba. Profesor emérito de Ciencia Política en el Brooklyn College, New York. Entre otros muchos libros, recientemente ha publicado The Politics of Che Guevara (Haymarket Books, 2016) y una nueva edición del fundamental libro Before Stalinism. The Rise and Fall of Soviet Democracy (Verso, 1990, 2018).

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Eugene V. Debs (1855-1926) es uno de los personajes más fascinantes de la historia estadounidense. Líder sindical, socialista convencido, candidato a la presidencia de Estados Unidos en cinco ocasiones y víctima de la intolerancia fanática, Debs encarna las luchas sociopoliticas de la sociedad estadounidense posterior a la guerra civil . Comparto con los seguidores de esta bitácora este execelente artículo de la historiadora Jill Lepore sobre la vida y legado Eugene V. Debs.

Eugene Victor Debs left school at the age of fourteen, to scrape paint and grease off the cars of the Vandalia Railroad, in Indiana, for fifty cents a day. He got a raise when he was promoted to fireman, which meant working in the locomotive next to the engineer, shovelling coal into a firebox—as much as two tons an hour, sixteen hours a day, six days a week. Firemen, caked in coal dust, blinded by wind and smoke, had to make sure that the engine didn’t explode, an eventuality they weren’t always able to forestall. If they were lucky, and lived long enough, firemen usually became engineers, which was safer than being a switchman or a brakeman, jobs that involved working on the tracks next to a moving train, or racing across its top, in any weather, at the risk of toppling off and getting run over. All these men reported to the conductors, who had the top job, and, on trains owned by George Mortimer Pullman, one of the richest men in the United States, all of them—the engineers, the firemen, the brakemen, the switchmen, and even the scrapers—outranked the porters. Pullman porters were almost always black men, and ex-slaves, and, at the start, were paid nothing except the tips they could earn by bowing before the fancy passengers who could afford the sleeping car, and who liked very much to be served with a shuffle and a grin, Dixie style.

Every man who worked on the American railroad in the last decades of the nineteenth century became, of necessity, a scholar of the relations between the rich and the poor, the haves and the have-nots, the masters and the slaves, the riders and the ridden upon. No student of this subject is more important to American history than Debs, half man, half myth, who founded the American Railway Union, turned that into the Social Democratic Party, and ran for President of the United States five times, including once from prison.

Debs, who wrote a lot about manliness, always said that the best kind of man was a sand man. “ ‘Sand’ means grit,” he wrote in 1882, in Firemen’s Magazine. “It means the power to hold on.” When a train stalled from the steepness of the incline or the weight of the freight, railroad men poured sand on the tracks, to improve the grip of the wheels. Men need sand, too, Debs said: “Men who have plenty of ‘sand’ in their boxes never slip on the path of duty.” Debs had plenty of sand in his box. He had, though, something of a morbid fear of ashes. Maybe that’s a fireman’s phobia, a tending-the-engine man’s idea of doom. In prison—having been sentenced, brutally, to ten years of hard time at the age of sixty-three—he had a nightmare. “I was walking by the house where I was born,” he wrote. “The house was gone and nothing left but ashes . . . only ashes—ashes!” The question today for socialism in the United States, which appears to be stoking its engines, is whether it’s got enough sand. Or whether it’ll soon be ashes, only ashes, all over again.

Debs was born in Terre Haute, Indiana, in 1855, seven years after Marx and Engels published “The Communist Manifesto.” His parents were Alsatian immigrants who ran a small grocery store. Debs worked for the railroads a little more than four years. In the wake of the Panic of 1873, he lost his job at Vandalia and tramped to East St. Louis looking for work; then, homesick, he tramped back to Terre Haute, where, in 1875, he took a job as a labor organizer, and, later, as a magazine editor, for the Brotherhood of Locomotive Firemen. He hung his old scraper on the wall, part relic, part badge, part talisman, of his life as a manual laborer.

Debs was a tall man, lanky and rubbery, like a noodle. He had deep-set blue eyes and lost his hair early, and he talked with his hands. When he gave speeches, he leaned toward the crowd, and the veins of his temples bulged. He was clean-shaven and favored bow ties and sometimes looked lost in crumpled, baggy suits. He had a way of hunching his shoulders that you often see, and admire, in tall men who don’t like to tower over other people. In a new book, “Eugene V. Debs: A Graphic Biography” (Verso), drawn by Noah Van Sciver and written by Paul Buhle and Steve Max, Debs looks like an R. Crumb character, though not so bedraggled and neurotic.

People could listen to him talk for hours. “Debs! Debs! Debs!” they’d cry, when his train pulled into a station. Crowds massed to hear him by the tens of thousands. But even though Debs lived until 1926, well into the age of archival sound, no one has ever found a recording of his voice. When Nick Salvatore wrote, in his comprehensive biography, “Eugene V. Debs: Citizen and Socialist,” in 1982, “His voice ran a gamut of tones: mock whisper to normal conversation to full stentorian power,” you wonder how he knew. Debs could speak French and German and was raised in the Midwest, so maybe he talked like the Ohio-born Clarence Darrow, with a rasp and a drawl. Some of Debs’s early essays and speeches have just been published in the first of six volumes of “The Selected Works of Eugene V. Debs” (Haymarket), edited by Tim Davenport and David Walters. Really, he wasn’t much of a writer. The most delightful way to hear Debs is to listen to a recording made in 1979 by Bernie Sanders, in an audio documentary that he wrote and produced when he was thirty-seven years old and was the director of the American People’s Historical Society, in Burlington, Vermont, two years before he became that city’s mayor. In the documentary—available on YouTube and Spotify—Sanders, the Brooklyn-born son of a Polish Jew, performs parts of Debs’s most famous speeches, sounding, more or less, like Larry David. It is not to be missed.

debs1912

Debs began his political career as a Democrat. In 1879, when he was only twenty-three, he was elected city clerk of Terre Haute, as a Democrat; the city’s Democratic newspaper called him “one of the rising young men of Terre Haute,” and the Republican paper agreed, dubbing him “the blue-eyed boy of destiny.” Debs looked back on these days less fondly. “There was a time in my life, before I became a Socialist, when I permitted myself as a member of the Democratic party to be elected to a state legislature,” he later said. “I have been trying to live it down. I am as much ashamed of that as I am proud of having gone to jail.” Throughout his life, he believed in individual striving, and he believed in the power of machines. “A railroad is the architect of progress,” he said in a speech at the Grand Lodge of the Brotherhood of Locomotive Firemen in 1877, the year the President of the United States sent federal troops to crush a railroad workers’ strike. The firemen’s brotherhood was less a labor union than a benevolent society. “The first object of the association is to provide for the widows and orphans who are daily left penniless and at the mercy of public charity by the death of a brother,” Debs explained. At the time, he was opposed to strikes. “Does the brotherhood encourage strikers?” he asked. “No—brotherhood.”

For a long time, Debs disavowed socialism. He placed his faith in democracy, the franchise, and the two-party system. “The conflict is not between capital and labor,” he insisted. “It is between the man who holds the office and the man who holds the ballot.” But in the eighteen-eighties, when railroad workers struck time and time again, and as many as two thousand railroad men a year were killed on the job, while another twenty thousand were injured, Debs began to wonder whether the power of benevolence and fraternity was adequate protection from the avarice and ruthlessness of corporations backed up by armed men. “The strike is the weapon of the oppressed,” Debs wrote in 1888. Even then he didn’t talk about socialism. For Debs, this was Americanism, a tradition that had begun with the American Revolution. “The Nation had for its cornerstone a strike,” he said. He also spent some time with a pencil, doing sums. Imagine, he wrote in an editorial, that a grandson of Cornelius Vanderbilt started out with two million dollars—a million from his grandfather and another million from his father. “If a locomotive fireman could work 4,444 years, 300 days each year, at $1.50 per day,” Debs went on, “he would be in a position to bet Mr. Vanderbilt $2.50 that all men are born equal.”

In 1889, Debs argued for an industrial union, a federation of all the brotherhoods of railroad workers, from brakemen to conductors, as equals. Samuel Gompers wanted those men to join his far less radical trade union, the American Federation of Labor, which he’d founded three years earlier, but in 1893 Debs pulled them into the American Railway Union. Soon it had nearly a hundred and fifty thousand members, with Debs, at its head, as their Moses. That’s what got him into a battle with George Pullman, in 1894, and landed him, for the first time, in prison, where he read “Das Kapital.”

Debs once said that George Pullman was “as greedy as a horse leech,” but that was unfair to leeches. In the aftermath of the Panic of 1893, Pullman slashed his workers’ wages by as much as fifty per cent and, even though they lived in housing he provided, he didn’t cut rents or the price of the food he sold them. Three thousand workers from the Pullman Palace Car Company, many of them American Railway Union members, had already begun a wildcat strike in May of 1894, a month before the A.R.U.’s first annual meeting, in Chicago. As Jack Kelly recounts, in “The Edge of Anarchy: The Railroad Barons, the Gilded Age, and the Greatest Labor Uprising in America” (St. Martin’s), Debs hadn’t wanted the A.R.U. to get involved, but the members of his union found the Pullman workers’ plight impossible to ignore, especially after nineteen-year-old Jennie Curtis, who’d worked in the Pullman sewing department for five years, upholstering and making curtains, addressed the convention. Curtis explained that she was often paid nine or ten dollars for two weeks’ work, out of which she paid Pullman seven dollars for her board and two or three more for rent. “We ask you to come along with us,” she told Debs’s men, because working for Pullman was little better than slavery. After hearing from her, the A.R.U. voted for a boycott, refusing “to handle Pullman cars and equipment.”

That Curtis had a voice at all that day was thanks in part to Debs, who had supported the admission of women to the A.R.U. He also argued for the admission of African-Americans. “I am not here to advocate association with the negro, but I am ready to stand side by side with him,” he told the convention. But, by a vote of 112 to 110, the assembled members decided that the union would be for whites only. If two votes had gone the other way, the history of the labor movement in the United States might have turned out very differently.

Black men, closed out of the A.R.U., formed the Anti-Strikers Railroad Union, to fill positions opened by striking whites. If working on a Pullman car was degrading, it was also, for decades, one of the best jobs available to African-American men. Its perks included safe travel at a time when it was difficult for black people to make their way between any two American cities without threat or harm. George Pullman’s company was the nation’s single largest employer of African-American men. Thurgood Marshall’s father was a Pullman porter. The A.R.U. vote in 1894 set back the cause of labor for decades. The Brotherhood of Sleeping Car Porters achieved recognition from the Pullman Company only in 1937, after years of organizing by A. Philip Randolph.

The Pullman strike of 1894, one of the single biggest labor actions in American history, stalled trains in twenty-seven states. Debs’s American Railway Union all but halted transportation by rail west of Detroit for more than a month—either by refusing to touch Pullman cars or by actively unhitching them from the trains. Whatever Debs’s initial misgivings about the boycott, once his union voted for it he dedicated himself to the confrontation between “the producing classes and the money power.” In the end, after a great deal of violence, George Pullman, aided by President Grover Cleveland, defeated the strikers. Pursued by a U.S. Attorney General who had long served as a lawyer for the railroads, Debs and other A.R.U. leaders were indicted and convicted of violating a federal injunction to stop “ordering, directing, aiding, assisting, or abetting” the uprising. The U.S. Supreme Court upheld Debs’s conviction. He and seven other organizers were sentenced to time behind bars—Debs to six months, the others to three—and served that time in Woodstock, Illinois, in a county jail that was less a prison than a suite of rooms in the back of the elegant two-story Victorian home of the county sheriff, who had his inmates over for supper every night.

“The Socialist Conversion” is the title of the half-page panel depicting these six months in “Eugene V. Debs: A Graphic Biography.” It shows Debs in a prisoner’s uniform, seated at a desk in a bare room, with a beady-eyed, billy-club-wielding prison guard looking on from the doorway, while a cheerful man in a suit, carrying “The Communist Manifesto,” approaches Debs, his speech bubble reading “This is a present from the Socialists of Milwaukee to you.”

 

Very little of this is true. Debs’s time in jail in Woodstock was remarkably comfortable. He ran the union office out of his cell. He was allowed to leave jail on his honor. “The other night I had to lock myself in,” he told the New York World reporter Nellie Bly, when she went to interview him. “There was no sign of the prisoner about Mr. Debs’ clothes,” Bly reported. “He wore a well-made suit of grey tweed, the coat being a cutaway, and a white starched shirt with a standing collar and a small black and white scarf tied in a bow-knot.” The Milwaukee socialist Victor Berger did bring Debs a copy of Marx’s “Das Kapital.” And Debs and his fellow labor organizers dedicated most of their daily schedule to reading. “I had heard but little of Socialism” before the Pullman strike, Debs later claimed, insisting that the reading he did in jail brought about his conversion. But it’s not clear what effect that reading really had on him. “No sir; I do not call myself a socialist,” he told a strike commission that year. While in jail, he turned away overtures from socialists. And when he got out, in 1895, and addressed a crowd of more than a hundred thousand people who met him at the train station in Chicago, he talked about “the spirit of ’76” and the Declaration of Independence and the Constitution, not Marx and Engels.

The next year, Debs endorsed the Presidential candidate William Jennings Bryan, running on both the Democratic and the People’s Party tickets. Only after Bryan’s loss to William McKinley, whose campaign was funded by businessmen, did Debs abandon his devotion to the two-party system. The people elected Bryan, it was said, but money elected McKinley. On January 1, 1897, writing in the Railway Times, Debs proclaimed himself a socialist. “The result of the November election has convinced every intelligent wageworker that in politics, per se, there is no hope of emancipation from the degrading curse of wage-slavery,” he wrote. “I am for socialism because I am for humanity. . . . Money constitutes no proper basis of civilization.”

That June, at the annual meeting of the American Railway Union, Debs founded the Social Democracy of America party. When it splintered, within the year, Victor Berger and Debs joined what became the Social Democratic Party, and then, in 1901, the Socialist Party of America. For Debs, socialism meant public ownership of the means of production. “Arouse from your slavery, join the Social Democratic Party and vote with us to take possession of the mines of the country and operate them in the interest of the people,” he urged miners in Illinois and Kansas in 1899. But Debs’s socialism, which was so starry-eyed that his critics called it “impossibilism,” was decidedly American, and had less to do with Karl Marx and Communism than with Walt Whitman and Protestantism. “What is Socialism?” he asked. “Merely Christianity in action. It recognizes the equality in men.”

The myth of Debs’s Christlike suffering and socialist conversion in the county jail dates to 1900; it was a campaign strategy. At the Social Democratic Party convention that March, a Massachusetts delegate nominated Debs as the Party’s Presidential candidate and, in his nominating speech, likened Debs’s time in Woodstock to the Resurrection: “When he came forth from that tomb it was to a resurrection of life and the first message that he gave to his class as he came from his darkened cell was a message of liberty.” Debs earned nearly ninety thousand votes in that year’s election, and more than four times as many when he ran again in 1904. In 1908, he campaigned in thirty-three states, travelling on a custom train called the Red Special. As one story has it, a woman waiting for Debs at a station in Illinois asked, “Is that Debs?” to which another woman replied, “Oh, no, that ain’t Debs—when Debs comes out you’ll think it’s Jesus Christ.”

“This is our year,” Debs said in 1912, and it was, in the sense that nearly a million Americans voted for him for President. But 1912 was also socialism’s year in the sense that both the Democratic and the Republican parties embraced progressive reforms long advocated by socialists (and, for that matter, populists): women’s suffrage, trust-busting, economic reform, maximum-hour and minimum-wage laws, the abolition of child labor, and the direct election of U.S. senators. As Debs could likely perceive a couple of years later, when the Great War broke out in Europe, 1912 was to be socialism’s high-water mark in the United States. “You may hasten Socialism,” he said, “you may retard it, but you cannot stop it.” Except that socialism had already done most of what it would do in the United States in those decades: it had reformed the two major parties.

 

Debs was too sick to run in 1916. The United States declared war on Germany in April, 1917; the Bolshevik Revolution swept Russia that November. Debs spoke out against the war as soon as it began. “I am opposed to every war but one,” he said. “I am for that war with heart and soul, and that is the world-wide war of the social revolution. In that war I am prepared to fight in any way the ruling class may make necessary, even to the barricades.” Bernie Sanders recorded this speech for his 1979 documentary. And, as a member of the Senate, Sanders said it again. “There is a war going on in this country,” he declared on the floor of the Senate in 2010, in a speech of protest that lasted more than eight hours. “I am not referring to the war in Iraq or the war in Afghanistan. I am talking about a war being waged by some of the wealthiest and most powerful people against working families, against the disappearing and shrinking middle class of our country.”

After Debs, socialism endured in the six-time Presidential candidacy of his successor, Norman Thomas. But it endured far more significantly in Progressive-era reforms, in the New Deal, and in Lyndon Johnson’s Great Society. In the decades since Ronald Reagan’s election in 1980, many of those reforms have been undone, monopolies have risen again, and income inequality has spiked back up to where it was in Debs’s lifetime. Socialism has been carried into the twenty-first century by way of Sanders, a Debs disciple, and by way of the utter failure of the two-party system. Last summer, a Gallup poll found that more Democrats view socialism favorably than view capitalism favorably. This brand of socialism has its own obsession with manliness, with its “Bernie bros” and allegations by women who worked on Sanders’s 2016 Presidential campaign of widespread sexual harassment and violence. Sanders’s campaign manager, Jeff Weaver, recently addressed some of these charges: “Was it too male? Yes. Was it too white? Yes.” Hence the movement’s new face, and new voice: the former Sanders campaign worker Alexandria Ocasio-Cortez.

Debs wrote its manifesto, but there’s a certain timidity to the new socialism. It lacks sand. In 1894, one Pullman worker stated the nature of the problem: “We are born in a Pullman house, fed from the Pullman shops, taught in the Pullman school, catechized in the Pullman Church, and when we die we shall go to the Pullman Hell.” We live in Amazon houses and eat Amazon groceries and read Amazon newspapers and when we die we shall go to an Amazon Hell. In the meantime, you can buy your Bernie 2020 hats and A.O.C. T-shirts on . . . Amazon.

Debs was arrested in Cleveland in 1918, under the terms of the 1917 Espionage Act, for a speech protesting the war that he had given two weeks earlier, on June 16th, in Canton, Ohio. “debs invites arrest,” the Washington Post announced. Most of the nation’s newspapers described him as a dictator or a traitor, or both. And, because what he had said was deemed seditious, newspapers couldn’t print it, and readers assumed the worst. But the speech was vintage Debs, from its vague blandishments and programmatic promises—“We are going to destroy all enslaving and degrading capitalist institutions and re-create them as free and humanizing institutions”—to its astute observations and forceful repetitions: “The working class who fight the battles, the working class who make the sacrifices, the working class who shed the blood, the working class who furnish the corpses, the working class have never yet had a voice in declaring war.”

Debs was one of thousands of socialists jailed during the First World War and the Red Scare that followed, when the Justice Department effectively tried to outlaw socialism. His defense attorney compared him to Christ—“You shall know him by his works”—and called no one to the stand but Debs, who, during a two-hour oration, talked less about socialism than about the First Amendment. “I believe in free speech, in war as well as in peace,” Debs told the court. “If the Espionage Law stands, then the Constitution of the United States is dead.”

The socialist Max Eastman, watching him speak that day, described Debs’s growing fervor. “His utterance became more clear and piercing, and it made the simplicity of his faith seem almost like a portent,” Eastman wrote. But it’s the speech Debs gave during his sentencing that would be his best-remembered address, his American creed: “While there is a lower class, I am in it; while there is a criminal element, I am of it; while there is a soul in prison, I am not free.”

After being sentenced to ten years, he was taken, by train, from Cleveland to a prison in West Virginia, where he was held for two months before being transferred to the much harsher Atlanta Federal Penitentiary. On the wall of a cell that he shared with five other men, he hung a picture of Jesus, wearing his crown of thorns. Refusing to ask for or accept special treatment, he was confined to his cell for fourteen hours a day and was allotted twenty minutes a day in the prison yard. He wore a rough denim uniform. He ate food barely fit to eat. He grew gaunt and weak.

Debs came to think about the men he met in prison the way he’d once thought about men he’d worked with on the railroad. “A prison is a cross section of society in which every human strain is clearly revealed,” he wrote in a memoir called “Walls and Bars.” But, if the railroad was a model of hierarchy, prison was a model of equality: “We were all on a dead level there.”

He became an American folk hero, a champion of free speech. In his “from the jail house to the White House” campaign, in 1920, he earned nearly a million votes running for President as Convict No. 9653. But a vote for Debs in 1920 was not a vote for socialism; it was a vote for free speech.

 

Convict No. 9653 refused to ask for a pardon, even as he grew sicker, and leaner, and weaker. His reputation as a twentieth-century Christ grew. (Kurt Vonnegut’s much beset narrator in “Hocus Pocus” says, “I am so powerless and despised now that the man I am named after, Eugene Debs, if he were still alive, might at last be somewhat fond of me.”) His supporters began holding Free Debs rallies. President Woodrow Wilson refused to answer calls for amnesty. Warren Harding finally released him, on Christmas Day, 1921. Debs never recovered. He lived much of what remained of his life in a sanatorium. In 1925, he said that the Socialist Party was “as near a corpse as a thing can be.” He died the next year.

Debs understood capitalism best on a train, socialism best in prison. One of the last letters he wrote was to the judge who had sentenced him in 1918, asking whether his conviction had left him disenfranchised or whether he still had the right to vote. ♦


This article appears in the print edition of the February 18 & 25, 2019, issue, with the headline “The Fireman.”

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