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Setenta y cinco años de “Lo que el viento se llevó”

Manuel Martínez Maldonado
80 grados   12 de septiembre de 2014

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Luego de un blitzkrieg publicitario que giraba sobre quién iba a interpretar a Scarlett O’Hara el legendario David O. Selznick anunció a Vivien Leigh como la escogida. En el año 1939, preámbulo temporal de la Segunda Guerra Mundial, la Civil estadounidense habría de tomar primer plano en las pantallas de los cines de unos Estados Unidos sospechosos de las tendencias socialistas de Franklin Roosevelt y su Nuevo Trato, y en contra de cualquier intervención del país en los problemas europeos. Curiosamente, en una vuelta repleta de ironía, Selznick fue a buscar ayuda de los ingleses para conseguir la actriz que representaría a su heroína sin saber que pronto los ingleses le estarían pidiendo socorro a los norteamericanos cuando los alemanes se iban acercando a Gran Bretaña. También fue capaz por un tiempo de lograr que la atención de su país se concentrara en una guerra que ya había transcurrido y no en una que se estaba empollando.

De todas las actrices que compitieron por el papel –Paulette Goddard, Bette Davis, Tallulah Bankhead, Susan Hayward, y otras− es imposible ver a ninguna de ellas como la sagaz, impertinente, valerosa y bella Scarlett que fue Leigh, al momento la mujer de Laurence Olivier. Esa contribución de Inglaterra al cine mundial es digna de recordar porque sin duda demostró una confianza entre los dos países en una industria que habría de contribuir enormemente al triunfo aliado en la guerra. Importar la estrella del filme del cine inglés implicaba un vínculo estrecho entre los dos países, una confianza en que las asociaciones angloamericanas funcionaban a un nivel sublime (artístico) y práctico (los ingresos en la taquilla). Las negociaciones entre Alexander Korda, quien tenía a Leigh bajo contrato, y Selznick, ambos judíos, fueron el contrapunto a las de Churchill y Roosevelt. De la primera se esperaba el triunfo del arte; de la segunda, el triunfo de la humanidad. Como sabemos, así fue. El éxito de esa simbiosis transatlántica se comprobó cuando la película obtuvo trece nominaciones para el Oscar y ganó ocho, incluyendo mejor película, mejor actriz principal (Leigh), mejor actriz de reparto, Hattie McDaniel (Mammy), y produjo treinta y dos millones de dólares cuando esos valían mucho más que ahora. Se calcula que desde su debut el filme ha recaudado el equivalente a $3.3 billones de dólares. En otras palabras, una de las películas más taquilleras en la historia.

El triunfo de la película después que debutó en 1939 fue tal que se proyectó durante los bombardeos nazis de Londres y estuvo en cartelera allí por cuatro años. Ya para el 1942, después del ataque a Pearl Harbor, Inglaterra contaba con la ayuda completa de los Estados Unidos y los ingleses podían ir a los cines del West End a ver GWTW sabiendo que contaban con la ayuda militar que impediría un triunfo nazi. Además, se podía ver en pantalla un paralelismo temático entre GWTW y lo que estaba ocurriendo en el mundo que nunca consideró Margaret Mitchell. Publicada en 1937, con Hitler apoderado de Alemania, la novela idealizó la esclavitud y presentó a los negros esclavos como figuras complacidas y agradecidas de sus dueños. Esto mientras los nazis comenzaban los abusos contra los “inferiores”, representados por los judíos, los gitanos, otros “con inestabilidad racial”, los enfermos y los homosexuales. Esa ilusión de complacencia la usaron Hitler y sus asesinos recurriendo a las patrañas montadas en Theresienstadt, un campo de concentración cerca de Praga en el que se idealizaba por unos días (conciertos, juegos de fútbol, paradas) la vida de sus prisioneros para satisfacer las visitas periódicas de la Cruz Roja.  Como si fuera poco, parte de la novela y de la película trata muy de paso el origen del Ku Klux Klan cuyas ideas eran (son) paralelas a las de la Gestapo y la SS. Lo más probable es que Mitchell no estuviera familiarizada, como también lo desconocía la mayoría de los norteamericanos, con los campos de concentración nazis que comenzaron en 1935-36, pero que no aumentaron numéricamente hasta el año en que debutó la película, ni comenzaron sus programas de exterminio masivo hasta más tarde. Sin embargo, los arrabales a los que estaban condenados los libertos que surgieron en el Sur durante la época de la Reconstrucción son, hasta cierto punto, el reflejo del discrimen y el prejuicio racial en esos estados que aceptaron su derrota pero no cambiaron sus costumbres. Esos guetos de pobreza, hambre y linchamientos lo único que no tenían era cámaras de gases.

Cuando el filme debutó en Atlanta con un fastuoso desfile de lujo, la segregación racial en la ciudad imposibilitó la presencia de Hattie MacDaniel y Butterlfy McQueen (Prissy). Esta última no solo fue víctima del prejuicio del los blancos, sino también del desprecio de otros miembros de su raza porque consideraron su actuación servil, paródica y denigrante. Hoy día es difícil no ver que hay mucho de cierto en esa apreciación, pero no creo (como ha de ser patente a todos los que ven el filme) que la representación de Prissy estuviera bajo el control “artístico” o emocional de la actriz. Dudo además que las descargas contra la actuación de McQueen reflejen lo que pudo haber sentido ella en su corazón; después de todo, estaba haciendo su trabajo. No hay duda de que el filme tiene unos enfoques que se consideran políticamente incorrectos en el ambiente de hoy día. Sin embargo, no es ni tendencioso ni irresponsable como lo fue en su época con el tema racial “The Birth of a Nation” (1915), tanto así que era usada por el Ku Klux Klan como mecanismo de reclutamiento de miembros.

pruebasinprisa2Más central que el tema racial, GWTW presenta a Scarlett como una mujer emprendedora que lucha contra todo infortunio sin dejarse vencer por las circunstancias. Ella comprende que la guerra está cambiando, no solo el paisaje a su alrededor, sino la vida que ella conoció cuando joven. El viento de la guerra se ha llevado el pasado para siempre y es evidente que las costumbres de su mundo han mutado irremediablemente. Esos cambios inducidos por la guerra influyeron en las transformaciones que la derrota causó en los líderes de los estados de la Confederación. Curiosamente, en su gran libro sobre la guerra Civil Norteamericana, Battle Cry of Freedom (1988, Ballantine Book, N.Y.) James M. McPherson argumenta que a pesar de que ya en Europa y en el resto del hemisferio occidental se había abolido la esclavitud y el servilismo institucionalizado, el Sur se aferraba a esos sistemas. Eso, según el eminente historiador, hizo que los siete estados secesionistas reclamaran que eran ellos los que estaban protegiendo los derechos y valores tradicionales según el norte se lanzaba a un futuro de capitalismo industrial. De hecho, Scarlett, contrario a la tradición de la “beldad sureña” (“southern belle”) se representa como alguien que comienza a adaptarse a las nuevas ideas norteñas.  Ya había demostrado ser un espíritu libre y autosuficiente, capaz de valerse por sí misma y defender lo suyo. Con el final de la guerra se convierte en la operadora de un aserradero, rompiendo así con las nociones tradicionales antiguas y demostrando su capacidad para los negocios.

Hoy día los derechos de las mujeres son parte de la cotidianidad, aunque aún faltan muchas barreras por derribar. Mas en 1939, en una película vista por poco menos de la mitad de la población de los EE UU (vendió sesenta millones de boletos en una población de cerca de ciento treinta millones de personas), ver a una mujer manejar un negocio y trabajar fuera del hogar no era la visión tradicional ni en el sur ni en el norte. En eso la película fue profética. Cuando la necesidad de producir barcos de guerra, tanques, aviones, armas, municiones, uniformes y otras necesidades para los soldados en dos frentes se agudizó durante la Segunda Guerra Mundial, las mujeres emularon a Scarlett: fueron a trabajar para defender su vida y mantener sus hogares. En contraste con Scarlett, quien pasó a ser una matrona de sociedad, muchas mujeres de los 40 del siglo pasado, se quedaron trabajando y no volvieron a la vida tradicional de amas de casa.

Otros historiadores, incluyendo a McPherson, dan fe de que ningún suceso hizo tanto para cambiar la vida de la nación norteamericana como la Guerra Civil (1861-65). GWTW nos presenta el melodrama de Scarlett, Rhett Butler (Clark Gable, en quien pensó Mitchell mientras escribía su novela), Melanie (la extraordinaria Olivia de Havilland), Ashley (el perfecto Leslie Howard) y su familia, como uno que ejemplifica lo que debe de haber sucedido en muchos lugares del Sur Antebellum. En hacerlo plasmó para un gran público ese suceso transcendental que aún hoy día tiene relevancia. Solo hay que ver la división tajante entre conservadores y liberales en este momento, y, más allá de lo que nadie pudo haberse imaginado, la reacción que la derecha conservadora ha tenido ante un presidente negro, para darse cuenta de la profundidad de la herida causada por una guerra que cumple ciento cincuenta años de terminada en 2015. Tal parece que el impasse ideológico político de hoy día no es otra cosa que una lucha perniciosa que viene desde la Guerra Civil pero que se ha recrudecido e intensificado porque no había tenido un protagonista negro tan prominente. Una lucha cuyo resultado constitutivo y abolicionista ha logrado muy poco (como los sucesos en Ferguson atestiguan) en mejorar el prejuicio contra la gente de color y las relaciones raciales en los EEUU.

Aunque sigue teniendo sus críticos, GWTW es vista y admirada por miles. Según los tiempos han ido cambiando la estética cinemática también se ha transformado. La popularidad de las películas generadas por computadores y las técnicas de digitalización han hecho mella en la percepción de este clásico y de muchos otros. A pesar de eso uno puede apreciar GWTW como precursora de muchos temas que hoy día son causa de preocupación en la sociedad. Como sucede con muchos clásicos después de un tiempo la tentación de interpretaciones revisionistas es enorme. No empece, no cabe duda de que GWTW llega a su aniversario de diamante como un gran logro del cinema. Si no la han experimentado, háganlo y consideren analizar sus temas y postulados en el contexto de lo que ocurre hoy día en los Estados Unidos. Tendrán mucho de qué pensar.

Manuel Martínez Maldonado

Manuel Martínez Maldonado

Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero y El Mundo en San Juan (1978 a 1989). Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, y la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ha publicado los poemarios La Voz Sostenida (Mairena,1984); Palm Beach Blues (Editorial Cultural, 1985); Por Amor al Arte (Playor, 1989); Hotel María (Verbum, 1999); y Novela de Mediodía (Editorial Cultural, 2003). También ha publicado las novelas Isla Verde (1999) y El vuelo del dragón (2011).

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